Mes: marzo 2011

Producción editorial 2010

La producción editorial alcanzó en Cantabria los 657.000 ejemplares editados en 2010 frente a los 581.000 en 2009, lo que supone un aumento del 13,08 por ciento, tendencia que contrasta con la evolución en España donde ha caído un 28,1%, según un informe del INE. Según dicho informe, consultado por Europa Press, en total, durante el pasado año se editaron en la comunidad autónoma 525 títulos (libros y folletos) con un aumento del 12,1% (57 más en cifras absolutas) respecto al año anterior. De dichos títulos, 447 correspondieron a libros, con un aumento del 11,19% (45 más), y 78 a folletos, que han aumentado así en un 18,18 por ciento (12 títulos más) El número de ejemplares de libros que se editaron en 2010 en Cantabria ascendió a 568.000, con un incremento del 20,08 por ciento (95.000 más), mientras el de foletos fue de 89.000 ejemplares, con un descenso en este caso del 18,3% (20.000 menos).

En Españal, la producción editorial alcanzó los 132,1 millones de ejemplares editados en 2010 frente a los 183,9 millones en 2009, lo que supuso un descenso del 28,1%. El número de títulos editados fue de 76.206, un 2,3% más que el año anterior. Las comunidades autónomas con mayor producción editorial durante el año 2010 fueron Comunidad de Madrid (con 24.999 títulos editados, un 4,3% más que el año anterior) y Cataluña (con 20.533, un 1,6% menos).

Adela Sainz y Javier Llamazares, en Gil

Adela Sainz Abascal

Adela Sainz Abascal (Saro 1965) estudió Periodismo en la Universidad del País Vasco y ha trabajado en diversos medios de comunicación regionales y en el Gabinete de Prensa del Ayuntamiento de Santander. Posteriormente estuvo vinculada al mundo de la fotografía y en la actualidad su vida laboral transcurre por derroteros que nada tienen que ver con lo poético, o  sí, nunca se sabe, como son los trámites administrativos.
En los años 95 y 96 obtuvo los accésit del Premio  “José Hierro”, publicando los poemarios Página en Blanco y En Clave de Azul.
En Marzo de 2002 apareció, en la colección GUIOMAR, Al final de las horas muertas su primera publicación en solitario. En 2005 apareció “Cartografía del silencio” en la editorial DEVENIR.
Poemas suyos aparecen en diversas antologías, como  “Voces poéticas de Cantabria (1977-2002)”. Madrid, 2003 Devenir,  “Voces poéticas de Cantabria (1977-2004)”, Madrid, 2005, Devenir, “Poesía del medio siglo en Cantabria (1950-2000)”. Santander, 2006 Estudio, “25 Años de creación poética en Cantabria”. Santander, 2006 Parlamento de Cantabria.
Ha participado en las publicaciones colectivas Historia y Antología de la Poesía femenina en Cantabria (1997), Nueve novísimos de la poesía en Cantabria (1998), Poesía española del medio siglo: La Isla de los Ratones (1999), En homenaje a José Hierro (1999) , Solsticio (2000), En Homenaje a Ana María de Cagigal (2001) “Poesía española del medio siglo-Encuentros/98”. 1998, Santander, Caja Cantabria, “Versos, colores, sabores” 2004 Santander, Gobierno de Cantabria,“Tiempo de poesía-la creación poética en Cantabria” 2004 Caja Cantabria,“Alucinaciones 2004”  Museo de Bellas Artes de Santander, “José Hierro (1922-2002) La torre de los sueños” 2004, Santander Museo de Bellas Artes. Ayuntamiento de Santander-Gobierno de Cantabria, “El legado de Juan Ramón Jiménez en la poesía española contemporánea” 2007, Madrid, Devenir Ensayo, “Cantabria, el color y la palabra”, 2008 Cantabria Tradicional.

Javier Menéndez Llamazares
Javier Menéndez Llamazares (León, 1973) vive en Cantabria desde el año 2004. Se tituló en Biblicoteconomía y Documentación y en Lingüística por la Universidad de León. Entre 1994 y 1998 residió en Colonia, Alemania, y posteriormente en La Bañeza (León), donde trabajó como periodista en radio y prensa escrita.Su primera novela fue publicada en mayo de 2009 por la madrileña Editorial Funambulista. También ese año apareció su poemario «Cosas que no se pueden encontrar en internet», y en 2010 el volumen de relatos «Con amigos como tú». Ha obtenido los premios de narrativa «Letras Jóvenes de Castilla y León 1991» y «Universidad de León 1992».En la actualidad, mientras prepara su segunda novela, colabora semanalmente con El Diario Montañés en las secciones «Cultura sin papeles» y «Caveat lector», y con el programa «A vivir que son dos días» de la Cadena Ser, en la sección «Letras en red».

Conclusiones del congreso de libreros

NP-Conclusiones-Congreso-Libreros-Las-Palmas-Marzo-2011

«La vida cotidiana está llena de irrelevancias dramáticas»

LITERATURA.-José Ramón San Juan Escritor

«La vida cotidiana está llena de irrelevancias dramáticas»

Diario Montañés 19.03.11
GUILLERMO BALBONA
Foto: Javier Cotera
«Habitamos una aldea gigantesca ansiosa de fagocitar la privacidad ajena y capaz de generar ‘cuentahistorias’ más o menos impresentables»
«Un relato es u na pirámide o un cubo, mientras que una novela es un octaedro, siempre una construcción más compleja
José Ramón San Juan (Santander, 1946) ha ejercido el periodismo durante más de cuatro décadas. La poesía, la música, la narrativa han sido compañeros permanentes, colaterales y cómplices, de ese viaje con un billete común: contar historias. Mientras prepara la aparición de su segundo trabajo como cantautor, la editorial cántabra El Desvelo publica su primer libro, ‘Un fracaso ineludible y otros relatos’. La obra será presentada hoy en la Biblioteca Central a las sie te de la tarde.
-El libro rezum a o desprende la idea de que vivir ya es un fracaso. ¿La literatura sirve para tener conciencia de ello?

-Espero que no sea cierto que la idea que se desprende sea esa. Sin ser precisamente un optimista, no creo que vivir sea un fracaso. Sí creo, sin embargo, que no hay una sola vida humana sin experiencia del fracaso, aunque quien lo experimenta no lo reconozca como tal. Renunciar es un fracaso y todos renunciamos en algún momento a algo, incluso a intentarlo. Si evocamos los sueños, ambiciones y esperanzas de la primera juventud y los contrastamos con las evidencias de la edad madura es patente. Eso que llaman ‘madurar’ consiste de hecho en la amputación de expectativas. En cuanto a la literatura, no creo que juegue un papel especial en la toma de conciencia de esa realidad.

-¿Cómo define estas historias y qué identidad literaria las une?
-El elemento común a todas ellas es la desolación de sus personajes, seres comunes y corrientes cuya inercia vital es rota en cada una de las historias por un incidente de apariencia insignificante que les fuerza o impulsa a manifestar lo esencial de su humanidad y a reaccionar en ocasiones más allá de lo previsible y de sus propios propósitos. Cada uno de los relatos ha exigido planteamientos estilísticos y estructurales diferentes, al servicio de la mayor eficacia narrativa posible: lograr que el lector encuentre en cada párrafo una invitación casi imperiosa a continuar la lectura.
-¿Escribir es hoy, sobre todo, un acto de resistencia?
– Si declarar la propia existencia y reclamar la atención de los otros es resistir, supongo que sí. A estas alturas de la historia toda ocupación que no sea embrutecerse ante el televisor, convertirse en un ‘trabajólico’ o ser un comprador compulsivo podría ser considerado como un acto de resistencia. Así de barato está el concepto de resistencia, reducido a la no complicidad.
-¿No se planteó llegar a convertir en una novela algunos de los cuentos que forman parte de este volumen?
– No, porque mi propósito era escribir relatos. Considero que una novela es el arte mayor de la narrativa, una construcción más compleja y amplia que la habitual en el relato. Digamos que, en términos geométricos, un relato es una pirámide o un cubo, mientras una novela, cuando menos, es un octaedro. Dada mi forma de escribir los relatos, dejando que los hechos fluyan y concediendo autonomía a los personajes, podría ocurrir que algún día, creyendo escribir uno más, descubra de pronto que tengo entre manos una novela, pero lo dudo mucho.
-Se habla mucho de este género como si respondiera a una fórmula (Quiroga…). ¿Cree que está más sujeto que otros?
-Muy al contrario, creo que el relato puede ser libérrimo, tanto o más que cualquier otro género. Personalmente nunca he creído en cánones o en fórmulas. No dudo que los ‘santos mandamientos de Quiroga’ o de cualquier otro puedan ser de utilidad para alguien, pero sí dudo que atendiéndolos de un modo fiel y exclusivo se pueda llegar muy lejos. El siglo XX acabó con la mayoría de esas convenciones y declaró la libertad omnímoda del artista. Mal andamos si regresamos a los conceptos normativos y a las ortodoxias. Sólo hay un límite para la literatura, uno tan obvio como es la inteligibilidad.
-Su pasado como periodista, ¿lastra de alguna manera su presente de cuentista o, por el contrario, le da otras alas?
-La escritura periodística y la literaria no tienen nada en común y no puedo planteármelas del mismo modo. Al escribir relatos tengo que renunciar a mi tendencia a conceptualizar, pero no sé si esa tendencia se la debo al periodismo o a una inclinación natural, aunque me inclino más por esta última opción. La aportación positiva de la práctica periodística viene dada más a nivel humano, en la medida que propicia un conocimiento más extenso y profundo de la realidad, que a nivel técnico, donde sólo destacaría la utilidad puntual de la capacidad de síntesis que el periodismo exige.
-Tras su larga e intensa experiencia como periodista, ¿qué ha supuesto reencontrares con la escritura sin estar mediatizado por la actualidad, el espacio o el tiempo?
-Simplemente una liberación estrictamente necesaria. Si sumo los tiempos resultan más de cuarenta años de relación con el periodismo y ésta es una profesión muy absorbente, que coexiste difícilmente con otras formas de expresión o comunicación. Apenas inicié mi retiro fue como si se abriera la esclusa de un canal represado y, para mi sorpresa, lo primero que fluyó fue poesía, algo que había abandonado hace bastante tiempo. Luego, una vez definida la fecha de publicación, me concentré en este libro, semipactado con ‘El Desvelo’ antes de mi retiro profesional, cuando sólo uno de los relatos estaba terminado. También ha aumentado mi participación en Internet, aunque la atención que prestaba a mis blogs ha decaído a favor de las redes sociales, cosa que me propongo corregir.
-¿Comparte la idea de Paul Auster de que la realidad no existe si no hay imaginación para verla?
– Absolutamente. Lo evidente no es la realidad, toda la realidad. Con frecuencia es sólo un indicio, una de las dimensiones -la más superficial- de ella.
-¿Teme que el libro, tal como lo conocemos hoy, pueda llegar a desaparecer?
– Esa idea no me produce ningún temor. Tanto en el caso de la prensa como en el del libro la desaparición de sus soportes tradicionales no amenaza ni al periodismo ni a la literatura, cuya desaparición sí que sería temible. Es sólo una consecuencia del progreso tecnológico que aumentará el espacio disponible en nuestras casas, salvará innumerables árboles y mejorará nuestra atmósfera viciada.
-A su juicio, ¿hoy existe más necesidad que nunca de contar y de que nos cuenten historias?
-Si juzgamos por los contenidos televisivos parece evidente. Habitamos una aldea gigantesca ansiosa de fagocitar la privacidad ajena y capaz de generar ‘cuentahistorias’ más o menos impresentables. En otros ámbitos no percibo que esa necesidad sea superior a la de otras épocas.
-¿Qué opinión le merece la vida cultural de la ciudad y, en particular, del ámbito literario?
-En términos generales, creo que ha mejorado sensiblemente en los últimos tiempos. Hay más actividad, más variada, más contemporánea y menos clasista. En el terreno específicamente literario también se registra mayor ebullición y ésta va siendo correspondida, lentamente, por el interés del público, lo cual es tan alentador como imprescindible.
-Transmite la sensación de que los pequeños detalles, los incidentes menores desencadenan grandes historias…
-No tiene que ser necesariamente así, pero así es en este libro, que, por otra parte, no contiene grandes historias. La vida cotidiana está llena hoy en día de irrelevancias potencialmente dramáticas que les suceden a personajes también aparentemente irrelevantes. Ese aspecto de la realidad me interesa mucho, ese intento de captar los innumerables rostros de la desolación.
-¿La música, muy unida a su vida, influye en su escritura?
-Si lo hace no soy consciente de ello. Lo cierto es que sí está presente, por mera alusión, en varios de los relatos. La influencia de la música, concretamente la del el ‘jazz’, seguramente sí incide sobre mi escritura poética, pero en mi narrativa creo que sólo es una referencia puntual.
-Hábleme de su disco…
– La concepción de ‘Nación humana’ es similar a la de ‘Tierra de nadie’ (anterior trabajo), con una mezcla de temas digamos que ‘afectivos’ y otros con mayor componente social o político. Algunas de las canciones hace diez años podrían considerarse proféticas. Hoy, cuando las consecuencias de la globalización y de la orgía financiera han dado sus lamentables frutos quizás suenen incluso oportunistas.

Presentación de ‘Un fracaso ineludible’, por José Ramón San Juan

El gusto y la pasión por la escritura me habitan desde que tengo memoria y se asocian en el tiempo con mi interés apasionado por la lectura y mi inquietud por el conocimiento de la realidad. Los libros fueron para mí infancia, como para la de tantos, la primera aproximación verosímil a lo que estaba ahí fuera, en un mundo que, en tanto que niño, me estaba vedado conocer. El bien y el mal –en especial este último- tomaron cuerpo en los libros, a través de seres pérfidos como el Negoro de ‘Un capitán de quince años’ o el artero John Silver de ‘La isla del tesoro’ más que a través de paradigmas religiosos como Caín o Herodes, que en cierta medida me parecían incomprensibles en su crueldad.

La curiosidad y el gusto por escribir me conducirían más tarde, en la adolescencia, a definir mi vocación profesional como periodista. Nada parecía entonces más razonable ni más conveniente para satisfacer tanto el ansia de saber como el placer de escribir. Hoy, tras casi cuatro décadas de práctica del periodismo no recomendaría a nadie con una genuina vocación literaria tratar de realizarla o cimentarla a través de su experiencia laboral en un medio informativo. Sobre todo porque, aunque ahora se trate de rectificar parcialmente, la buena escritura fue largamente proscrita de la prosa periodística, supuestamente para salvaguardar la presunción de objetividad demandada por los lectores. El adjetivo y el adverbio fueron declarados sospechosos habituales y sólo cabe detectarlos –a veces en exceso- en los artículos de opinión y con menos frecuencia en dos géneros periodísticos largo tiempo preteridos: el reportaje y la crónica, ahora en vías de recuperación. No obstante, el periodismo sigue constituyendo un observatorio privilegiado para la observación de la realidad. Ante él y en él surcan situaciones y personajes capaces de saciar con creces la curiosidad a la que antes me refería y aportar material narrativo de primera calidad.

Más allá del hecho de que periodismo y literatura apenas tienen algo en común habría que añadir que además, en la práctica, son en gran medida mutuamente excluyentes. Ambos comparten la cualidad de ser muy absorbentes para quien los realiza, hasta el extremo de que es frecuente que el periodista escritor abandone el periodismo si está en sus manos hacerlo, limitando su contacto con él al esporádico artículo, o bien renuncie a su actividad literaria o la limite en mayor o menor grado. A lo largo de mi vida me he planteado cuatro proyectos de novela e incluso en algunos casos he avanzado hasta cuarenta folios para rendirme finalmente a la evidencia –seguramente muy subjetiva- de que no merecía la pena. En lugar de eso he escrito poemas, canciones e incontables textos en mis blogs, actividades todas ellas mucho más compatibles en tiempo y forma con la dedicación periodística.

Precisamente este libro de relatos nació en un blog, llamado ‘Desolaciones’, con la idea de ir avanzando lentamente en su redacción y publicación a través de pequeñas inserciones sucesivas que el propio concepto de blog y su estructura facilitan. Supongo que, por condicionamiento profesional de periodista, necesitaba ver publicado lo escrito para alentarme a continuar. En cualquier caso no era mi propósito que el contenido de ese blog fuese leído por otros, a excepción de algún amigo, y por ello carecía de enlaces y no fue dado de alta en los buscadores. Por otra parte, un blog no es el instrumento más adecuado para publicar relatos, dado su orden cronológico inverso. El título, ‘Desolaciones’, revela el propósito común de todos los relatos inicialmente previstos: incidir en los aspectos desolados y desoladores de la vida cotidiana de seres comunes y corrientes, nada excepcionales ni especialmente representativos.

El término ‘desolación’ pivota semánticamente sobre dos conceptos negativos: uno, el más común, es la tristeza; el otro, la devastación. Ambos están asociados, con diferente intensidad, en la concepción de las cinco historias que conforman ‘Un fracaso ineludible y otros relatos’. La soledad, la desesperanza, la extrañeza del mundo, la frustración y la impotencia frente a lo imprevisto e indeseable están ahí de un modo u otro y también, en todos los relatos, irrumpe la violencia o es evocado su efecto devastador.

Sin embargo el tema de los relatos no es la desolación; ésta existe o sobreviene a partir de pequeños incidentes, potencialmente irrelevantes, y envuelve a los protagonistas en una red de absurdos y de experiencias imprevistas e ingratas de la que pugnan por salir o que simplemente afrontan de un modo igualmente imprevisto e imprevisible en principio. La desolación, en fin, es más el clima o el escenario de los relatos que su motivo central. Por otro lado, el tema -si sólo hubiera uno-, tampoco es fácilmente simplificable. Se podría decir respecto a algunos de los relatos, que tratan de la violencia escolar, o del amor traicionado, o de la memoria histórica pero, sin que eso sea falso, resulta tan insuficiente que es inexacto.

Desconozco cómo abordan otros la concepción y la factura de sus relatos. En mi caso, los cinco que integran este libro surgen de la previa definición de otros tantos puntos de arranque o de inflexión de apariencia casi insignificante: el director de un instituto se duerme desnudo en una playa desierta, dos compañeros de estudios se encuentran después de más de cuarenta años sin verse, un hombre que vive solo descubre restos de ceniza de un puro en su lavabo, una pareja halla en la casa deshabitada heredada por uno de ellos la carta de ruptura de una amante de su tío abuelo… A partir de esos puntos o en torno a ellos mis relatos se han ido haciendo sin que yo supiera, en la mayoría de los casos, hacia dónde se dirigían ni cómo iban a evolucionar los hechos y los personajes hasta que avanzaba en su desarrollo.

A propósito de sus propios relatos el potentísimo y admirable narrador que fue Julio Cortázar escribió que “la gran mayoría fueron escritos al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi consciencia razonante, como si yo –decía- no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena”. Modestamente, sin llegar a la mágica y envidiable experiencia del maestro, la mía se le parece en que, de manera consciente, me he negado a definir previamente el rumbo de la historia o su conclusión. Incluso los personajes, que se van perfilando en función de lo que les sucede, eran inicialmente sombras indefinidas, forzadas por las circunstancias a manifestar en algún momento de la narración su humanidad esencial. En su obra ‘Seis personajes en busca de autor’ Luigi Pirandello crea una ficción teatral sorprendente y muy estimulante, en la que esos seis personajes irrumpen en el escenario e interrumpen el desarrollo de una representación en demanda de que se les dé vida. Al explicar su obra Pirandello asume que eran “criaturas de mi espíritu”, pero que “esos seis estaban ya viviendo una vida que era de ellos y no mía, una vida que no estaba en mi poder negarles”.

Sería una simplificación imperdonable concluir que la creación literaria se limita a actuar como mediadora entre las criaturas que ya existen en nuestra mente y el papel en blanco, pero seguramente algo hay de eso en mi caso. Deliberadamente he permitido que los personajes y las circunstancias evolucionen y se manifiesten a partir de su confrontación con unos pequeños hechos que en tanto que son puntos de partida o de inflexión podrían provocar cierta variedad de reacciones y consecuencias en función de quién sea y cómo sea quien los experimenta. La desolación, en suma, no tendría por qué ser la única consecuencia. Finalmente han sido lo que son en estos relatos porque tal vez todos estaban ya en mí sin yo saberlo y han aparecido a partir de la simple convocatoria a participar en una experiencia común de desolación.

De todos modos, tengo que admitir que probablemente estas historias no existirían si no me hubiera planteado su realización del modo que lo he hecho, permitiendo que todo fluya sin un esquema previo, que los personajes adquieran autonomía y los hechos evolucionen en direcciones inicialmente imprevistas. No sé si por condicionamiento profesional o por carácter, tengo una tendencia casi invencible a conceptualizar. Establecer relaciones causa- efecto, esquematizar, analizar y sacar conclusiones son para mí mecanismos muy familiares. Eso, que sin duda es muy conveniente e incluso imprescindible a la hora de elaborar un artículo periodístico, se revela como un obstáculo –al menos para mí- cuando se trata de implicarme en la construcción de una narración. Nunca hasta el momento en que me senté a escribir estos relatos lo había pensado, pero saber lo que va a pasar me paraliza, es todo lo contrario de una invitación a la escritura literaria. “Si ya me lo sé, ¿para qué lo voy a escribir”, sería la pregunta clave. Por supuesto, hay muchos más matices en esa negativa, pero el principal es ese.

No es estimulante la tarea de desarrollar un guión preexistente. El hecho de escribir debe ir acompañado, a mi entender, de cierto grado de disfrute, de placer, de aventura incluso. Y más aún, de juego en algún caso. De lo contrario la escritura se convierte en un oficio casi notarial, en tarea rutinaria y para mí frustrante. Con esto no estoy prejuzgando la función ni los resultados de quien, disciplinadamente, se someta a esa rutina, desde luego. Seguramente se puede construir obras estupendas con ese método, pero tengo serias dudas de que tal sistema pueda llegar a ser el mío.

Probablemente los proyectos de novela frustrados a los que me he referido antes, aparte del obstáculo que supone intentar escribirlos de modo simultáneo con la práctica de una profesión absorbente, se frustraron por abordarlos de un modo conceptual y calculado. La estrategia debería haber consistido justamente en la ausencia de estrategia. Un protagonista en su circunstancia personal y profesional y un punto de arranque o de inflexión en una biografía aún por definir es todo lo que hace falta para iniciar la aventura. Continuarla será facilitado por la afortunada circunstancia de que la historia se crea al mismo tiempo que se escribe, sin ningún pie forzado; que los personajes y sus realidades adquieren autonomía e imponen con frecuencia algo diferente de lo que se consideraba más probable al escribir la página anterior; que el autor se convierte al mismo tiempo en lector y disfruta grandemente en ambas situaciones.

Si tuviera que hacer el ejercicio imposible de distanciarme de mi papel como autor y hablar de este libro sólo como un lector que se dirige a otro lector, a la hora de explicar de qué trata en general el libro diría, quizás, que trata de personas corrientes, ni héroes ni antihéroes, forzadas o inducidas a reaccionar ante situaciones que rompen la linealidad de sus vidas; de su desasosiego ante la evidencia de la desolación; de su lucha por la felicidad. Añadiría que, pese a ese panorama general, hay aquí y allá cierto humor y algunas dosis de ternura.

Como autor seguramente no debería decir más de lo que ya he dicho, pero no puedo evitar hacerlo. He tratado de atraer y mantener la atención del lector mediante una variedad de recursos estilísticos y una preocupación constante por el ritmo, pero eso supongo que es lo que se espera de todo escritor. Si lo he logrado o no y hasta qué punto es algo que habrán de juzgar los lectores, intérpretes últimos del texto escrito. Yo no he buscado otra cosa que relatar con la mayor eficacia posible cinco historias que podrían sucedernos a cualquiera de nosotros, Sin sugerir siquiera una leve moraleja.

Pese a ello soy consciente de la diferencia que existe entre el desenfado, el juego y la metáfora simple del primer relato que escribí, “Amores reñidos”, concluido en 2006, y la gravedad de los restantes, terminados a lo largo del año pasado. Durante el tiempo que media entre esas fechas la tasa general de desolación se ha disparado como consecuencia de una crisis económica sin precedentes. Un sistema insostenible ha colapsado sobre nuestras cabezas y es el ciudadano medio quien paga las consecuencias de la codicia irresponsable de una minoría y de la inhibición cómplice de los gobiernos que dicen representarnos. Seguramente esa realidad ha condicionado en alguna medida, inevitablemente, el contenido y el tono de los cuatro relatos escritos en 2010.

Termino ya insistiendo en subrayar el placer inédito que ha supuesto para mí realizar este trabajo (entre comillas) y la satisfacción que me produce haber logrado abrir una puerta creativa que se me resistía a causa de mi exceso de precauciones, de mi disciplina conceptual. Ahora que se ha abierto no dejaré de traspasar su umbral con frecuencia.

A ustedes, muchas gracias por venir. Espero y deseo que disfruten leyendo el libro tanto como yo disfruté escribiéndolo.

Ramón Qu y ‘Un fracaso ineludible’

PRESENTACIÓN FRACASO INELUDIBLE

Lo pueden tomar ustedes como ese chiste ineludible con el que se suelen comenzar estos actos; pero la verdad es que a mí esto de presentar un libro me recuerda un poco al oficio de celestina. En principio, no hay nada de malo en esta actividad, y hasta podríamos destacar su larga tradición literaria, sin embargo no puedo evitar la sospecha de que en ella late un fondo de desconfianza del alcahuete, en las habilidades expresivas de los alcahuetados. Opinión que si en el caso de ciertos amigos o amigas podríamos considerar correcta, es discutible cuando se trata de un libro, que es libro precisamente por su capacidad de darse a conocer por sí mismo, y más que discutible cuando se refiere a los lectores quienes, como su propio nombre indica, saben leer y, por lo tanto, están capacitados para enfrentarse al abordaje de cualquier libro que tenga la aviesa intención de capturar su atención para ser leído. Porque de leer se trata; y no de leer en general, sino de leer en particular, es decir, de leer este libro titulado: “Un fracaso ineludible y otros relatos”. Y es el caso de que en él, como en todo libro, habita una voz. Pero ¡cuidado! esa voz no es la voz del autor, aquí presente mal que le pese, esa voz es la voz que el autor ha creado para contar. Parece lo mismo, pero no lo es; como, por ejemplo, no es igual la mano del pintor y la pincelada que traza… o la cara de atención que ustedes me ponen y la atención que en realidad me están prestando.

Permítanme ahora que fusile al prologuista, también aquí presente mal que les pese, y lea uno de sus abigarrados párrafos de crítica crítica de la crítica literaria crítica, referente a esa voz que habita en el cuerpo y alma de este libro. Dice así: “Es una voz narrativa eficaz, precisa y reflexiva. Una voz que trabaja más con acciones y diálogos, que con técnicas descriptivas. Una voz grave, austera, parsimoniosa en el uso de adjetivos, metáforas y demás figuras retóricas. Podríamos decir que es una voz más naturalista y analítica, que lírica y sintética. Sin embargo, hay en ella como un eco de tristeza que va poseyendo a nuestro lector…” Pero alto, un momento, ¿lo han escuchado?, ¿se han dado cuenta?… Se lo repito: ¡Lector!, ¡nuestro lector! ¡Qué anhelado posesivo!, ¡qué escurridizo substantivo!, ¡qué Romeo y qué Julieta! Porque, díganme por favor, ¿hay algo más triste que un libro cerrado, solo, abandonado, acumulando tiempo y polvo, en una librería, estantería o biblioteca? No, no lo hay, sabemos que no lo hay, ¿cómo podría haberlo, sabiendo como sabemos, que todo libro es una voz que musita, dice o clama en busca de un oído que recree sus palabras?, ¿cómo podría haberlo sabiendo como sabemos que los amores reñidos…?

Pero no, no convirtamos este texto en un pretexto para escalar pendientes poéticas y precipitarnos por líricos excesos. Volvamos a lo que aquí nos ha traído y preguntémonos: ¿qué oído busca esta voz, a veces austera como una piedra, a veces amarga como ceniza? Mis queridos amigos y amigas…, permítanme llamarles así, porque ahora quisiera que me acompañasen en un corto viaje por la imaginación y sus palabras. Hágase la noche, enciéndase la hoguera, descríbase un corro y en el soplo de la brisa y en la danza de las llamas trasladémonos a Yonville, una pequeña y ficticia ciudad de Normandía a mediados del siglo diecinueve…

Recién llegados a Yonville, el matrimonio Bovary está en la posada del pueblo. Charles Bovary habla con Homais, el farmacéutico; Emma Bovary con León, un joven pasante. Presentados por el farmacéutico, Emma y León charlan y se dan a conocer mutuamente. En ese momento, el farmacéutico interviene en la conversación de los dos jóvenes y recomienda a Emma la jardinería. Charles tercia entonces aclarando que su mujer no se ocupa de eso, que a pesar de tener recomendado el ejercicio prefiere quedarse en casa leyendo. Aquí León salta con entusiasmo y dice:

“ – Como yo: ¿y que mejor ocupación que permanecer al lado del fuego con un buen libro, mientras que el viento suena en la calle y azota los cristales del balcón?

– ¿No es verdad que sí? – exclamó Emma fijando en él sus grandes ojos muy abiertos.

– No se piensa en nada – continúa León – ; las horas pasan; paséase uno inmóvil por los países que cree ver, enlazándose el pensamiento con la ficción; se goza en los detalles, se prosigue el hilo de las aventuras, mézclase con los personajes; en una palabra,… parece que uno palpita bajo sus vestidos.

– ¡Es cierto! ¡Es cierto! – dijo ella – Detesto los héroes vulgares y los sentimientos normales como se dan en la naturaleza.

– Efectivamente – observó el pasante – esas obras no llegan al corazón; se apartan a mi modo de ver, del verdadero objeto del arte: ¡Es tan dulce, entre los desencantos de la vida, poder aproximarse con el pensamiento a los caracteres nobles, a las afecciones puras y a los cuadros de la dicha!”.

Sin duda, habrán ustedes captado que en esta apasionada escena el autor ha pretendido crearnos la expectativa de un próximo idilio entre Emma y León, al tiempo que nos ha descrito toda una teoría, que podríamos calificar de romántica, sobre la lectura. Y es precisamente a este cruce de intenciones al que queríamos llegar en nuestro breve viaje por la ficción literaria. De modo que dejemos a Homais, el farmacéutico, discurseando al buen cornudo de Charles; dejemos también a Madame Bovary y a León lanzándose ardientes palabras y miradas, y vayamos hasta el mostrador de la posada, pidamos unas copas de Calvados y preguntémonos chasqueando de placer la lengua: ¿Son Emma y León los oídos que busca la voz de Un fracaso ineludible y otros relatos?

Pero no nos apresuremos en nuestra respuesta, contengamos nuestro primer impulso, no sea que una decisión precipitada frustre un posible y nunca desdeñable enlazar el pensamiento con la ficción, un mezclarse con los personajes y un palpitar bajo sus vestidos.

Armados de paciencia – y si me permitís que os tutee – quisiera que me acompañaseis ahora en otro breve viaje. Cojamos el vuelo de bajo coste de la fantasía, dejemos atrás Yonville y trasladémonos a Centroeuropa… ¡Ya hemos llegado!, ¡ya hemos aterrizado en la bella Praga! Estamos sentados en la terraza de un café de una recoleta plaza de la ciudad vieja.

Es de noche, y en el aire se deshilachan los alientos blanquecinos del cercano río; de vez en cuando se oyen pisadas con ecos de empedrado; de pronto, nos parece ver un rostro pálido de ojos grandes, negros y profundos rompiendo en sombra fugaz el cono de luz de una farola. Entonces, sacamos un libro y leemos: “Si el libro que leemos no nos despierta, como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? ¡Dios mío! También seríamos felices si no tuviéramos libros y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hagan felices. Pero un libro debe ser como un pico de alpinista que rompa el mar helado que tenemos dentro”. Sí, lo han adivinado: se trata de Kafka. Un joven Kafka que nos habla, también de forma apasionada, de un tipo de libro y de lectura muy diferente al preferido por Madame Bovary y León. Y también habrán adivinado en que nueva pregunta se ha convertido aquella, que líneas atrás, dejamos en suspenso en Normandía.

En efecto, ahora la pregunta rezaría así: ¿Es para oídos como los de Emma y los de León o, por el contrario, para oídos como los del joven Kafka, para los que narra la voz de Un fracaso ineludible y otros relatos?

La respuesta debemos buscarla en la mirada que da aliento a esa voz. Porque detrás de toda voz hay una mirada. Porque detrás del tono, el timbre, la intensidad de toda voz narrativa está, como origen y fundamento de sus palabras, acentos y silencios, una forma de ver el mundo, de ver al otro, de verse a uno mismo. Y la mirada que habita en Un fracaso ineludible y otros relatos nos habla de un mundo hostil y violento; de un “otro”, que si no el infierno, es el purgatorio; de un yo en permanente conflicto consigo mismo, atrapado por la impotencia y la melancolía, con una lacerante atrofia en su capacidad para expresar deseos y sentimientos.

Sin embargo, en ciertos rincones de ese mundo hostil, en alguno de los condenados a ese purgatorio, en las grietas de esos individuos inadaptados, laten unas ansias de vivir que, aunque heridas por la desolación, me atrevería a decir que pugnan por mantener el débil pulso de algo parecido a la esperanza o al deseo de felicidad. Ha llegado el momento de que dejemos Praga y volvamos, mal que nos pese, a este incomparable marco incomparable que incomparablemente nos enmarca.

Y también ha llegado el momento de que termine y conteste de una vez a la postergada pregunta.

Creo que la voz de un “Fracaso ineludible y otros relatos” no quiere renunciar, ni renuncia, al placer, el juego y la seducción que buscan Madame Bovary y León cuando leen un buen libro al lado del fuego, mientras el viento suena en la calle y azota los cristales del balcón. Sin embargo, a mi modo de ver, su aliento más íntimo, su acento más fuerte se dirige a quienes, como el joven Kafka, buscan un tipo de libro cuya lectura rompa el mar helado que todos llevamos dentro.

Si me permitís que lo diga con una frase sentenciosa: hay literaturas que nos distraen de la realidad y otras que nos traen la realidad. Y considero que “Un fracaso ineludible y otros relatos” se encuentra entre las que nos traen y nos atraen a la realidad. Pero esto no es más que una opinión, es decir, el último rabo de lagartija y el último colmillo de serpiente que he echado a esta pócima, en la confianza de que en cuanto la bebáis, os poseerá el impulso ineludible de arrojaros en brazos de este libro y engolfaros con él en unas apasionadas veladas de amor… a la lectura.

Muchas gracias.

Ramón Qu, 19 de marzo 2011

Cocinando (a fuego lento) a Serner, el padre Dadá

En octubre de 2011 publicaremos Manual para embaucadores (o para aquellos que quieran llegar a serlo), manual dadá escrito por Walter Serner entre 1919 y 1927. Una auténtica locura de la vanguardia por primera vez en español. Un manual de cinismo. Escribe:

«Haz como si tomaras la vida en serio. Los listos, si te creen, te considerarán digno de confianza; si no te creen, te tomarán por listo».

«No debes hablar cínicamente con mucha frecuencia. Pero debes serlo siempre.»

«Si quieres seguir siendo por largo tiempo el amante de una mujer, debes intentar ser también en este aspecto su… mano derecha.»

 

«Del miserable y bellísimo mundo de allí y de aquí!

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José Ramón presentará ‘Un fracaso ineludible’ en la BCC

José Ramón San Juan, escritor, periodista, poeta y gran persona, presentará su libro ‘Un fracaso ineludible y otros relatos’, el 19 de marzo, sábado, en el salón de actos de la Biblioteca Central de Cantabria (19.00 horas). El acto será presentado por Javier F. Rubio y el prologuista Ramón Qu. Esperamos veros allí.

Marcos Díez, Noé Ortega, lecturas

El viernes próximo, en la librería Gil de Santander (Plaza de Pombo), tendrá lugar la segunda sesión de ciclo de lecturas de poesía. Los siguientes en intervenir serán los poetas Marcos Díez y Noé Ortega (que sustituye a Katho Gómez cuya lectura se pospone). Esta es la segunda sesión de una serie de lecturas que ha organizado la librería y que se sucederán a lo largo del año cada dos semanas, aproximadamente. Se pretende con estas lecturas mostrar la vitalidad de la poesía dando cabida a voces ya asentadas y con una proyección nacional con otras voces que comiencen ahora a mostrarse al público. Ése es el objetivo. Os esperamos. Y el vino también. Saludos

VIERNES 11 DE MARZO

LIBRERÍA GIL, a las 20 horas

LECTURA DE

Marcos Díez (Santander, 1976) Ha publicado el poemario «Puntos de apoyo» (La Grúa de Piedra, 2011), la paquette «Aprendiendo a ser Clint Eastwood» (Humus, 1999) y «Quince pequeños apuntes sobre la longitud de la tristeza» (Premio José Hierro, 1998). Sus cuentos y poemas están recogidos en una docena de publicaciones colectivas. Ha escrito y dirigido los cortometrajes «Fe» y «Todo incluido»y ha sido guionista del cortometraje «El sueño de caracol».

Noé Ortega nace en Madrid en 1984, y al cabo de un año su familia se traslada a Santander, donde continúa viviendo. Ingeniero de Telecomunicaciones por la Universidad de Cantabria, actualmente disfruta de una Beca de Investigación Predoctoral. Comienza a escribir poesía en el año 2001, obteniendo en años sucesivos varios premios y, con ellos, la posibilidad de dar a conocer su trabajo. Sin embargo, en el año 2004 decide no volver a presentarse a ningún certamen, comenzando una trayectoria personal divergente con respecto a los primeros años, y desvinculando paulatinamente el grueso de su actividad de su entorno inmediato y de toda connotación exclusivamente literaria.

En la actualidad forma parte del Grupo surrealista de Madrid, y consecuentemente participa en la edición de la revista “Salamandra” y del periódico “El Rapto”, así como en los diversos proyectos colectivos y jornadas que el grupo lleva a cabo. Además de practicar la escritura poemática, que ha sedimentado en varios libros de poemas y pequeñas plaquetas, ha abordado en diferentes textos diversos temas, como el inconsciente urbano, el tactilismo, la exterioridad, el azar objetivo o los objetos suicidas. Ha participado en varios libros colectivos como “Situación de la poesía (por otros medios) a la luz del surrealismo” (2006), “The exteriority crisis” (2009), o el libro de poemas “Clavar limas en la tierra”, de próxima aparición. También ha participado en varias revistas, entre las que cabe mencionar las publicaciones en lengua inglesa “Phosphor” (Leeds) o “Hydrolith” (Berkeley).

Además de lo anterior, es coeditor de la publicación Anémona, dedicada al pensamiento poético y surgida en Santander en el año 2005.

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