Mes: enero 2021

Los años del plomo, por Kepa Murua

Foto: Raúl Fijo.

A propósito de ‘La carretera de la costa’

Escribir era extraño cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía era ensordecedor. Se vivían como normales las batallas campales y los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a una estadística que se leía sin más. 

Vivíamos en el infierno, pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un armisticio tácito, llegaba un silencio que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de unos pocos metros. Sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos acallara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón. 

Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas, y sin una personalidad individual que se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos. 

Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir era toda una declaración de intenciones. Te preguntaban por qué lo hacías. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. Fue duro porque nos sentíamos aislados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras como “paz”, “convivencia” y algunas más que defendíamos como “amor” y “vida” ante tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura. 

En mi caso, creo que me salvaron las palabras. Yo podría haber sido uno más; sin embargo, la educación que tuve y la lectura de libros, e incluso, la soledad, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Esos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente. 

Había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree. Pero mereció la pena. Ahora cuando escucho a algunos que no estuvieron, digamos que a la altura de las circunstancias, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a la incomprensión, pese a la soledad, merece la pena hacerlo si hay algo con lo que no se esté de acuerdo y se piense, por último, que se ha de escribir algún día.

Kepa Murua.

El ‘pandillero’ de Estados Unidos que podía haber dado lecciones a Al Capone

El próximo día 1 tendremos a la venta en todaEspaña La guerra es una estafa, la denuncia de los intereses económicos que estuvieron detrás de todas las guerras de Estados Unidos antes de convertirse en superpotencia. Es un discurso visceral del militar más laureado de la historia de EE UU, Smedley Butler, comandante general del Cuerpo de Marines. Para que veáis cómo se las gastaba Smedley, aquí va una declaración suya sobre el ‘trabajo’ que realizaba:

La guerra es una estafa, de Smedley Butler.

“He servido durante 30 años y cuatro meses en las unidades más combativas de las Fuerzas Armadas estadounidenses: en la Infantería de Marina. Tengo el sentimiento de haber actuado durante todo ese tiempo de bandido altamente calificado al servicio de las grandes empresas de Wall Steet y sus banqueros. En una palabra, he sido un pandillero al servicio del capitalismo. De tal manera, en 1914 afirmé la seguridad de los intereses petroleros en México. Contribuí a transformar a Cuba en un país donde la gente del National City Bank podía burlar tranquilamente los beneficios. Participé en la «limpieza» de Nicaragua de 1902 a 1912, por cuenta de la firma bancaria internacional Brown Brothers Harriman. En 1916, por cuenta de los grandes azucareros norteamericanos, aporté a la República Dominicana la «civilización». En 1923 «enderecé» los asuntos en Honduras en interés de las compañías fruteras norteamericanas . En 1927, en China, afiancé los intereses de la Standard oil. (..)

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«(…) Fui premiado con honores, medallas y ascensos. Pero cuando miro hacia atrás considero que podría haber dado algunas sugerencias a Al Capone. Él, como gángster, operó en tres distritos de una ciudad. Yo, como Marine, operé en tres continentes. El problema es que cuando el dólar estadounidense gana apenas el seis por ciento, aquí se ponen impacientes y van al extranjero para ganarse el ciento por ciento. La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera».

Smedley Butler.

Homenaje al general Butler el día de su retiro.
Butler, segundo por la derecha.

‘La guerra es una estafa’, el discurso antiimperialista del militar más laureado de la historia de Estados Unidos

A partir del 1 de febrero de 2021

Comenzamos 2021 con el lanzamiento, a partir del 1 de febrero, del discurso pacifista ‘La guerra es una estafa’, de Smedley Butler, el militar más laureado de la historia de Estados Unidos. ‘La guerra es una estafa’ es la airada denuncia de la guerra como forma de hacer negocios, una denuncia que provenía de alguien que la conocía muy bien, ya que sirvió en numerosos conflictos que hicieron de Estados Unidos una potencia militar y económica.

La obra ha sido prologada por el editor, traductor y articulista Jesús Ortiz Pérez del Molino, de quien nosotros ya publicamos su recopilación de textos en prensa ‘¿Sueñan los androides con tarifas eléctricas?’

Después de retirarse del Cuerpo de Marines, en 1935, el general Smedley Butller escribió el discurso War is a racket (La guerra es una estafa) en el que denuncia el uso de las fuerzas armadas de los Estados Unidos para el beneficio de Wall Street. Este libro detalla como Estados Unidos intervino militarmente en Latinoamérica, Europa y China en beneficio de las grandes compañías estadounidenses, pasando el costo de la guerra finalmente a los ciudadanos estadounidenses.

Cortesía Library of Congress.

‘Un rastro de sentido’, seleccionado por el Ministerio de Cultura

El Ministerio de Cultura acaba de anunciarnos la selección de uno de nuestros libros dentro de la lista de obras subvencionables en España en 2020. Para nosotros esta selección es un reconocimiento que nos reafirma en el camino a seguir. ‘Un rastro de sentido’, de Martin Seymour-Smith, prologado y traducido por Imanol Gómez Martín, es una gran obra llamada a perduras y contribuye a cubrir una laguna editorial sobre la poesía británica del siglo XX.

Un rastro de sentido, de Martin Seymour-Smith

Para el público en general, Martin Seymour-Smith (1928-1998) es conocido como biógrafo literario de Robert Graves, Rudyard Kipling y Thomas Hardy. Para figuras como John Dover Wilson, William Empson, Stephen Spender y Anthony Burgess fue considerado como uno de los eruditos más independientes de su generación, a través de su pionera edición crítica de los Sonetos de Shakespeare y su magistral Guía de la literatura mundial moderna. Para sus compañeros poetas, Graves, James Reeves, CH Sisson y Robert Nye, era, ante todo, un poeta.

Tarifas de la luz, androides y una colección de ensayos

Ahora que el precio de la luz encamina una nueva escalada alpina (se desconoce el momento en que iniciará el descenso) nos acordamos del libro de ensayos de Jesús Ortiz Pérez del Molino en el que escribía sobre el penúltimo episodio de esta pandemia tarifaria para la que parece no haber vacuna. Os dejamos un extracto de ‘¿Sueñan los androides con tarifas eléctricas?’:

A otras preguntas no se puede responder, aunque uno sepa lo que hay. Se debe dejar que los hijos vivan su vida y vayan descubriendo poco a poco lo que nosotros hemos aprendido sin que lo digan Google ni las universidades. Por ejemplo, que un domingo cada cuatro años vamos disciplinadamente a la escuela y elegimos a quienes nos van a gobernar los cuatro siguientes. O eso creemos. En realidad lo que estamos eligiendo es a quienes se van a sentar en los consejos de administración de las compañías eléctricas y de otras grandes empresas dentro de quince o veinte. 

Jesús Ortiz Pérez del Molino
¿Sueñan los androides con tarifas eléctricas?

‘Tangomán, superhéroe de esquina’, por Francisco Taboada

Foto: Raúl Fijo.

Hay varias clases de superhéroes: los universales tipo Superman, los locales como Spiderman, los de barrio como Superlópez y los de esquina, como Tangomán, cuyas hazañas no son del dominio público, suceden en la intimidad, las conocen cuatro monos y tres van a callar la boca por simple pudor. Es el antihéroe por excelencia, feo, solitario, despreciado por todos, se sabe muy poco de él, y nacerá y morirá en el anonimato salvo que escriba sus memorias.

En esta novela de Kepa Murua, Tangomán nos cuenta en primera persona sus recuerdos, comenzando por el momento en que descubre sus habilidades ocultas, los superpoderes. Se llama Pedro Muros, es un oficinista de mediana edad, amargado por su fealdad, depresivo, hasta que un día se apunta a un curso de bailes de salón y lo hace tan bien que sus compañeros lo bautizan como Tangomán. Necesita tanto despojarse de su ingrata identidad que se aferra a esta última esperanza que le ofrece la vida, se entrega por completo y entonces el baile lo transforma todo. El narrador comparte con nosotros la creación de Tangomán, su criatura, transportado por la música, invadido por el ritmo, desbordado por sus nuevas posibilidades. Pero la cosa se complica porque Tangomán no es Peter Parker utilizando su sentido arácnido para ayudar al prójimo, sino que es un tipo oscuro, rencoroso, misógino, y se aprovecha del baile para seducir a las mujeres y vengarse por el poco caso que le han hecho. Ahora es un trípode humano, y aunque no crea en el amor encuentra consuelo en el sexo desenfrenado y promiscuo y constante, todo el rato, sin parar, hasta la extenuación. En cierto modo, a lo largo de la primera parte, titulada “Una música diferente”, todo nos conduce a querer a Tangomán. A envidiarle aunque sea tan feo. A sentirnos identificados cuando se esfuerza por ser alguien significativo, por hacerse un nombre, y como lectores le agradecemos la acción incesante, las novedades y las aventuras entretenidas. Lo estamos pasando bien, es divertido. Pero el azar, el autor, no está de acuerdo, fuerza la situación y entonces entramos en las tinieblas del libro.

La segunda parte, “De una esquina a otra”, es dura, obsesiva, repetitiva, angustiosa, el discurso es el único campo de batalla. Es normal, algo que les sucede con frecuencia a los superhéroes, en esos capítulos en que se vuelven malos, o raritos, y reniegan de sí mismos y se pasan al lado oscuro. Ahora Tangomán ya no quiere ser más Tangomán y se hace boxeador. Si ya empezaba a estar un poco esquizofrénico, lo empeora creando un personaje dentro de su personaje: Chiquito de Mariturri, un boxeador bajito al que da pena soltarle un guantazo y que se pelea con su sombra. La sombra de Tangomán. Es el doloroso peregrinar por el desierto de nuestro superhéroe, un lacerante combate donde no acaba de sonar la campana. Por pura desesperación, surge entonces en su mente golpeada la temeridad de aspirar a algo tan glorioso, ideal e inalcanzable como es el amor, el amor verdadero. Ésa es la única redención posible, la curación poética, el sentido último y elevado que justifica la existencia de Tangomán. Sólo le falta olvidar.

Pero tarde o temprano todos los caminos conducen a la infancia, y la tercera parte, titulada democráticamente “Será lo que quieras que sea”, nos restituye a la ilusión, al argumento, a la narrativa que ajusta cuentas con el tiempo pasado para pronosticar un futuro esperanzador, desmemoriado quizás. La historia la ha contado él, luego Tangomán vive para contarlo, y con gran estilo da por concluido su lamentable tango arrabalero, y el cuento ceniciento del hombre feo al que no quería ni dios, y al fin el torrente de palabras que le ha servido como escudo para justificar sus actos llega a una acertada conclusión. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Porque Tangomán, de Kepa Murua, es un cuento. Un cuento sofisticado que encierra un profundo homenaje hacia la narrativa que ha configurado nuestra manera de contar y entender las historias. Un artefacto muy bien montado que utiliza con soltura esquemas de pensamiento clásico, reconocibles, pero sometiéndolos a un cuestionamiento tan incesante que los desmenuza, los pervierte y finalmente los agota. Por ejemplo el tango, ese pensamiento triste que se baila, se convierte aquí en un mecanismo iniciático que inaugura el tiempo del héroe y lo impulsa hacia adelante, hacia la transformación. Se puede escuchar perfectamente, en el modo de respirar del texto, ese fuelle del bandoneón que da oxigeno a la historia en todo momento. En este tango no vence la melancolía sino que es una fuerza generadora que atrae al amor en vez de llorar por él. Del mismo modo, su Ceniciento, rebelde y descreído, renuncia al éxito entendido como venganza y envía al mundo de los recuerdos desechados a esa especie de madrastra y hermanastras que le han tocado en desgracia. El olvido y salirse por la tangente como recurso. Y otro tanto su criatura Frankenstein, atormentado y solitario, pero que prefiere ser deforme a no tener forma.

Tangomán tiene ese carácter depredador de las novelas actuales, que devoran todo lo que se pone en su camino dejando un cadáver casi pelado para el buitre-lector. Si quiere sacarle algo más a la historia debe roer el hueso y leer a varios niveles. En este caso, basta con seguir las indicaciones del autor. El referente más inmediato de Tangomán, declarado con reiteración a lo largo de la novela, es El hombre sin atributos, de Robert Musil, y eso dota al texto de una dolorosa tensión moral que enjuicia a la sociedad como generadora de un excedente de seres fracasados y sin rumbo cuya única alternativa es hacer de sí mismos una ficción. Se nota el poder del discurso contemporáneo para paralizar a los individuos, ofreciéndoles como meta la imagen del espejo en vez del sujeto que la proyecta. Por eso, en sus momentos más penosos, es cuando Tangomán se parece más a todos nosotros, instaurados en la queja y el lamento, paralizados, considerando que un pensamiento es un hecho, un sueño un acontecimiento, como panchovillas haciendo la revolución delante de la tele, y además con la disculpa de ser más feos que el demonio para odiar a todo cristo. Tan débiles de carácter como hace cien años, a las puertas del nazismo, cuando Musil escribió El hombre sin atributos.

Alguien dijo que los poetas nos indicarían el camino, y Kepa Murua sabe sacar a nuestro héroe del atolladero de pensamiento estéril y universalizar el mensaje para indicar una dirección. Su Hombre sin atributos no queda inconcluso sino que concluye en nosotros. Y se puede escarbar mucho más en esta novela, una tragicomedia casi cotidiana que nos plantea si debe existir una distancia entre la cara y la máscara, entre el ojo y la mirada, entre ser y estar, entre desear y querer, entre amar y eso que es lo contrario… Pero es mejor leerla, lo demás son teorías.

Francisco Taboada, Espacio Luke. Mayo de 2015.
Foto: Raúl Fijo.
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