Servicios editoriales, otra línea de nuestra actividad

Servicios editoriales, otra línea de nuestra actividad

Desde que comenzamos nuestra andadura editorial hace 11 años prestamos servicios editoriales a aquellas empresas y personas que nos los encarguen. Hemos hecho trabajos de diseño, de edición, de ilustración, de maquetación y de producción de un libro, con el único condicionante de que no lo ponemos en nuestro canal distribuidor.

En las imágenes superiores pueden verse tres ejemplos de otros tantos libros que confeccionamos y que entregamos a sus respectivos clientes. El primero, a la izquierda, un trabajo académico de uso para profesionales de la enseñanza y relativo a la implantación de los criterios de ‘inteligencias múltiples’ en el aula; un segundo, conmemorativo del 40 aniversario de Unate-Universidad Permanente; y un tercero, una Corona Poética a Joselito el Gallo, del cual se cumplió en 2020 el primer centenario de su fallecimiento en Talavera de la Reina.

Procuramos poner en estos encargos el mismo cuidado que si fueran libros propios y el resultado ha sido satisfactorio siempre para quien ha confiado en nosotros. El proceso que seguimos, en lo que atañe a un libro, incluye los procesos de redacción, corrección, maquetación, preimpresión e impresión, siempre en contacto estrecho con el cliente. Una vez que el libro sale de nuestras manos, nuestra la labor ha concluido y ya es tarea de otros.

Presentación de ‘La guerra es una estafa’, en La Vorágine, de Santander

Os dejamos la presentación completa de ‘La guerra es una estafa’, de Smedley Butler, que hicimos el pasado jueves en La Vorágine, de Santander. Presenta la obra Jesús Ortiz Pérez del Molino, autor del epílogo.

Entre la erudición y la ironía: Gabriel Insausti, poeta, ensayista y filólogo

Gabriel Insausti

La publicación de la antología poética de William Henry Davies supone nuestra segunda colaboración con el ensayista, poeta y filólogo donostiarra Gabriel Insausti tras la publicación en 2019 de ‘En la ciudad dormida’. Para nosotros es muy halagador que alguien con el bagaje y la erudición de Insausti confíe en nuestro proyecto a la hora de publicar parte de su producción. Aparte de su conocimiento, erudito pero nada avasallador y siempre accesible y cercano, la obra de Insausti, tanto propia como traducida, está determinada por una ironía y una cercanía a los personajes conmovedora. Nosotros somos seguidores de él, tanto con nuestros libros como con los que han publicado otras editoriales. Os lo recomendamos encarecidamente (aunque no sean nuestros libros, pero también). No os defraudará.

Insausti es doctor en Filología Hispánica y Filología Inglesa. Master of Arts en Filosofía y en Historia del Arte. Ha sido visiting scholar en las universidades de East Anglia y Aberdeen. Desempeña su labor docente en el departamento de Literatura hispánica y Teoría de la literatura de la Universidad de Navarra. Ha traducido a Cecil-Day Lewis y a los románticos ingleses (Coleridge, William Wordsworth), así como a W. H. Auden y John Henry Newman. Ha publicado también libros de investigación filológica (La presencia del romanticismo inglés en el pensamiento poético de Luis Cernuda) y textos sobre cine (Tras las huellas de Houston), aunque su producción más importante es la poética.

Premios literarios

  • Premio de poesía “Arcipreste de Hita” 2000 por Últimos días en Sabinia
  • Tercer puesto en el  Premio Nacional de Poesía 2002, también por Últimos días en Sabinia
  • V Premio Internacional José Bergamín de aforismos, por su obra Tirar la piedra

Obras

  • La presencia del romanticismo inglés en el pensamiento poético de Luis Cernuda, EUNSA, Pamplona
  • Noche a noche
  • Vísperas del silencio, Diputación Provincial, Soria, 1992
  • Tras las huellas de Houston, EUNSA, Barcelona
  • Últimos días en Sabinia, Pre-Textos – Ayuntamiento de Alcalá la Real, Valencia, 2001
  • Destiempo, Renacimiento, Sevilla, 2004
  • Cristal ahumado, 2006
  • Vida y milagros, Pre-Textos, Valencia, 2007
  • Tierra de nadie: La literatura inglesa y la Gran Guerra, Pre-Textos, Valencia, 2015
  • En la ciudad dormida, El Desvelo Ediciones, Santander, 2019
  • Antología Poética W. H. Davies, El Desvelo Ediciones, Santander, 2021

Antología poética de W. H. Davies

El poeta vagabundo William Henry Davies es prácticamente un desconocido en España. Pero se trata de uno de los poetas más populares de Reino Unido. En esta obra puede encontrarse una antología de la mano de Gabriel Insausti. Su vida como vagabundo le hizo famoso y su poesía, de gran sencillez, le hizo muy popular. Protegido de George Bernard Shaw, también influenció en poetas de su época como Edward Thomas. Esta antología se publica en edición bilingüe español-inglés y la traducción, prólogo y selección corresponden a un gran especialista en el período poético de entreguerras en Gran Bretaña, Gabriel Insausti.


Cementerio de Père Lachaise, escenario de las andanzas del protagonista de ‘En la ciudad dormida’.

En la ciudad dormida

‘En la ciudad dormida’ es un libro de viajes en el que hay más libro que viajes. En él se visitan los cementerios de París en busca de las sepulturas de algunos escritores, en cuya vida se ha querido ver la memoria de la Europa moderna. De Villiers de L’Isle Adam a Ciorán, de Gautier, a Baudelaire, y tantos otros. Una memoria que, tras los atentados de 2016, propiciaba que pendiesen sobre la ciudad varios interrogantes. “… Y tal vez siguiendo el rastro del poeta y sus sucesores se averigüe cuál fue su pecado, cómo llegó a morir cada uno. Cómo llegó no a la muerte, a esa igualación de las existencias por el rasero de la nada, sino a su muerte…”. Desde la inquietud y el humor, el autor recoge la atmósfera de un paisaje perplejo y una belleza amenazada

La poesía de ‘Supertrump’, en edición bilingüe y de la mano de Gabriel Insausti

Antología poética de William Henry Davies

Ya tenemos a disposición de los libreros (y pronto del público) una antología excepcional de uno de los poetas referentes de este género en el Reino Unido. Hombre de gran sencillez, con ideas propias y nada acomodaticio, W. H. Davies viajó por el mundo libre de ataduras y escribió al margen de modas y generaciones una poesía como era él: sencilla y honda, de vuelta a las cosas esenciales, que son las que importan. Con su visceral independencia, la poesía de Davies fue muy popular en el primer cuarto del siglo XX y grandes poetas del momento como Edward Thomas se reconocen como tributarios. Tuvo más influencia de la que quiso tener y recibió menos reconocimiento del que merecía.

En esta edición bilingüe, prologada y traducida por Gabriel Insausti, se recoge una antología de sus mejores y más significativos poemas.

William Henry Davies (Newport, 1871 – Nailsworth, 1940). Poeta y novelista inglés, conocido como el poeta vagabundo o como él mismo se describió: un ‘supertramp’, un supermendigo. De origen humilde, empezó a trabajar desde muy joven. Abandonó Inglaterra en 1893 y, durante algunos años, vivió vagabundeando entre Estados Unidos y Canadá, pero se vio obligado a poner fin a esta vida de aventurero tras un accidente que le costó la amputación de un pie. Regresó a su país y se estableció en Londres, donde, por un tiempo, se ganó la vida como vendedor ambulante. Gracias a la ayuda y al apoyo de George Bernard Shaw y de Edward Thomas, en 1905 consiguió publicar su primera colección de poemas, ‘Soul’s Destroyer’.

SOLEDAD

Sí, soledad, pues solo veo árboles
en torno a mí y muy cerca, hacia el oeste
–casi a tiro de piedra– una montaña
que forma un solo ser con este bosque.
He mirado su cumbre largo rato
por si volaba algún ave de presa
sobre esa ola de tierra, y se acercaba 
por temor de volver por esa senda.
Y si lo hubiese visto, qué alegría
como cuando una vez, aún niño, vi
junto a un muelle una barca de diez pies
que había atravesado el hondo Atlántico
y a un anciano que se había amarrado
tres días y tres noches, pues si el viento
lo soltaba, sin duda se ahogaría.
Sí, soledad, pues a mi alrededor
no veo sino montes con sus árboles
y las flores, las aves, las abejas
-las abejas, que beben de esas jarras
de forma y color vario y no suspiran
sino murmuran su alabanza– y todos
los pájaros cantaban hasta ahora
que han oído el chillido de algún mirlo,
al verme detenido bajo un árbol,
y los ha enmudecido y ahuyentado;
incluso el petirrojo mira en torno
con miedo. Y una casa o dos más lejos,
sin señales de vida; en vano el cuco
nos deja oír su extraña, alegre nota
por que la voz del niño le responda.
Vagan por este valle silencioso
ovejas que no tienen otro hogar
ni sueñan otra cosa que este valle.
Veo una puerta, un muro casi en ruinas,
oscuro y sin pintura, y me parece
que podría contar dulces historias.
Luego anduve y muy cerca encontré un campo
y lo que vi me hizo abrir los ojos:
un hombre y un caballo blanco, y juro
que, aunque dormidos, araban la tierra.
Luego me fui a casa y ya no vi
un solo rostro en mi camino, hace
una semana de esto. No habrá uno
entre los vagabundos de Inglaterra
que me haga creer en ese campo
cuando yo, soñador, cierro mis libros.
Y, sin embargo, a veces dejaría
feliz que me engañasen esos hombres.

Traducción: Gabirel Insausti.

‘La isla de la verdad’: «Una atrac­tiva carta de navegación para todo aquel que desee aventurarse, sin temor a nau­fragar, en el vasto universo de las metá­foras filosóficas»

‘La isla de la verdad’ y ‘En el corazón de la existencia’, de Pablo Redondo y Sebastián Salgado.

La reflexión sobre la naturaleza del dis­curso metafórico, aquel que de manera genérica podríamos caracterizar como el establecimiento de una relación de seme­janza entre dos pares de elementos apa­rentemente heterogéneos, ha estado pre­sente desde los albores del pensamiento filosófico. Ya en Platón hallamos la plena conciencia de que para hablar del ámbito de lo inteligible no podemos sino recurrir a elementos del mundo sensible. Sirven de antesala al mito del carro alado las si­guientes palabras: «Cómo es el alma re­queriría toda una larga y divina explica­ción; pero decir a qué se parece, es ya asunto humano y, por supuesto, más breve». El padre de la Academia es sin lugar a dudas uno de los pensadores más avezados a la utilización de este discurso por analogía: quizá no exista narración metafórica de mayor calado filosófico y repercusión histórica que el mito de la caverna.

Ahora bien, a pesar de esta estrecha relación entre la aparición de la filosofía y su interés por el funcionamiento de la metáfora, la consideración que ha mere­cido esta peculiar manera de proceder ha sido cambiante a lo largo de la historia. En sus inicios, la metáfora fue reservada al ámbito de la estética y la retórica; su función se veía reducida al embelleci­miento y la persuasión, por lo que su valor de verdad quedaba en entredicho, barruntándose el peligro de utilizarla en ámbitos inadecuados. Es especialmente en el seno de las investigaciones estéticas del Romanticismo que se subraya el po­tencial cognoscitivo del discurso por ana­logía (sea bajo la denominación de alegoría o símbolo). Este interés llega a su máxima eclosión a propósito de la re­ flexión sobre los diversos rendimientos del lenguaje que es característica del giro lingüístico en la filosofía del siglo pasado.

El libro que presentamos, La isla de la verdad y otras metáforas en filosofía, se inscribe en esta tradición contemporánea de interés por las metáforas y su rendi­miento filosófico. Pablo Redondo y Se­bastián Salgado realizan un recorrido selectivo por las principales metáforas utilizadas en la historia del pensamiento occidental, ya sea con la función de sintetizar de manera atractiva las abstrusas reflexiones de los filósofos, para ilustrar­ las de manera pedagógica o para hablar de aquello que escapa a los límites de nuestra razón.

El mar y el naufragio, el viaje (que no turismo), el camino, la luz, la máquina y el organismo, el edificio, el libro, el tea­tro o la red son algunas de las metáforas tratadas en el texto. Así, por ejemplo, el mar fue entendido en la tradición judía y en la Antigüedad greco­latina como representación del carácter indigente y precario de la existencia humana, forzada constantemente a buscarse la vida, nave­gando más allá de los confines conocidos gracias a sus habilidades técnicas, pero con la inseguridad que supone el abrirse a la inmensidad de lo desconocido (p. 23). Con la Modernidad se añade el matiz del descubrimiento y la posibilidad de am­pliar las capacidades humanas, la concien­cia de nuestra constante perfectibilidad y la idea de progreso (p. 25). A la par con el mar tenemos la imagen del naufragio. Los estoicos la emplearon asimilando al espec­tador con la figura del sabio, aquel que es capaz de mantener la imperturbabilidad de su ánimo en la conciencia del carácter conflictivo y voluble, tanto de la natura­leza como de los acontecimientos huma­nos (p. 32). Más recientemente, autores como Nietzsche se han servido del nau­fragio «para entender la vida como un continuo estar embarcado surcando la mar» (p. 35).

En ocasiones se nos hace difícil dife­renciar el uso literal del metafórico. Esto es especialmente cierto en la mayoría de nuestros conceptos filosóficos: «Todos los términos filosóficos son metáforas: por así decir, analogías cristalizadas, cuyo verdadero significado se revela cuando disolvemos el término en el contexto ori­ginario, que tan claramente debió de estar en el espíritu del primer filósofo que lo utilizase». Para expresarlo en las ya clásicas palabras de Nietzsche, la ma­yoría de nuestros conceptos filosóficos son metáforas que hemos olvidado que lo son. Kant coincide asimismo en este punto:

Nuestro lenguaje está lleno de tales exhi­biciones indirectas según una analogía, por medio de las cuales la expresión no contiene el auténtico esquema para el concepto, sino meramente un símbolo para la reflexión. De este modo, las pala­bras fundamento (apoyo, base), depender (verse sostenido desde arriba), fluir a par­tir de (en lugar de seguirse de), substancia (como Locke la entiende; la portadora de los accidentes) e innumerables otras.

Otra de las figuras estrella es la metá­fora del camino como representación de la vida y la tarea del pensar (p. 43), una imagen que es crucial en el pensamiento de autores tan diversos como Heráclito, Parménides, Descartes o Heidegger (re­cuérdese su «Wege, nicht Werke», «Ca­minos, no obras»). El camino sería un ejemplo de «metáfora absoluta» en el sentido de H. Blumenberg, esto es, «ele­mentos básicos del lenguaje filosófico, transferencias que no se pueden recondu­cir a lo propio, a la logicidad». También la analogía con el libro ha desempeñado un papel relevante en la estructuración del pensamiento religioso, científico y filosófico (p. 53). La Biblia es el libro sa­grado, y el mundo, el lugar donde leer los rastros de la acción creadora de Dios, si bien cabe discutir en qué caracteres ha sido escrito y cuál sea la manera más ade­cuada de leerlo. La imagen de la luz como representación de la verdadera rea­lidad y el conocimiento verdadero ha desempeñado también un papel funda­ mental a lo largo de toda la tradición fi­losófica occidental. Como afirman los autores del libro, «en capacidad de expre­sión y en cuanto a las posibilidades que se abren al seguir sus cambios —que a su vez ayudan a entender las transformacio­nes en la comprensión del mundo y del hombre a lo largo del tiempo—, la me­táfora de la luz no tiene comparación con otras» (p. 83).

A pesar de la voluntad de rehuir todo corsé academicista (p. 7), el texto que presentamos no renuncia a utilizar un extenso y selecto aparato bibliográ­fico. El estilo con que P. Redondo y S. Salgado exponen sus reflexiones es elegante y bello, sin menoscabo alguno del necesario rigor en la exposición de los conceptos filosóficos. Por todo esto, La isla de la verdad constituye una atrac­tiva carta de navegación para todo aquel que desee aventurarse, sin temor a nau­fragar, en el vasto universo de las metá­foras filosóficas.

Àlex Mumbrú.
Mora Universitat Internacional de Catalunya.  

‘Entre pupitres’: «Un libro que a muchos nos hace rememorar la tiza, la pizarra y en gran medida la infancia»

Entre pupitres

Aquí os dejamos el texto de la presentación del libro ‘Entre pupitres’, cuyo editor literario y prologista es Seve Calleja:

“Si yo fuera tú” es el juego literario por excelencia de Seve Calleja. Y como ha trabajado siempre “entre pupitres” rodeado de jóvenes y adolescentes, es el mundo de hijos, ahora nietos también,  y alumnos el que más ha manejado en su larga y fructífera carrera literaria, porque cree en la literatura como un juego de magia que le permite creer en lo que sueña, sea o no cierto, a cambiar a voluntad lo que no le gusta y a imaginar que caza a lazo la luna, mientras azuza a sus palabras contra las pesadillas. Al subirme a este estrado para presentar en un ágora tan docta como este colegio de doctores y licenciados a un escritor reconocido y consagrado como Seve Calleja sé bien de mi atrevimiento, porque por mi condición de compañero al tiempo que amigo me expongo tanto a no llegar como a pasarme de frenada al glosar la obra y los muchos méritos literarios del autor de la obra “Entre pupitres”.

Experto en literatura infantil, prolífico creador de cuentos, ganador de prestigiosos premios literarios como el Ignacio Aldecoa, el de relatos cortos Gabriel Aresti o el Leer es vivir, también nos ha regalado novelas como “Los desayunos de Esther”, “El oso hormiguero del rey” o su reciente thriller “Muerte en el Adur”. Artículos en revistas, apéndices, recopilaciones, alma mater de colecciones antologías de cuentos y leyendas populares vascas y de otros muchos lugares del mundo… el universo literario de Seve es caleidoscópico, pero su planeta preferido es el habitado por las reglas, lenguajes, intereses y sueños de los niños, jóvenes y adolescentes… algo no tan fácil de plasmar en un libro cuando se pasa la frontera de adulto

Quizá el haber compartido docencia con él durante años sea lo que más me ha ayudado a viajar en el tiempo y en el espacio junto a Seve por los folios de “Entre pupitres”, un libro que a muchos nos hace rememorar la tiza, la pizarra y en gran medida la infancia. Desde este recuerdo y de su asiento duro de madera podría decirse que nacen la mayoría de los relatos de autores muy conocidos que aquí se recopilan, incluyendo los propios del autor; algunos desde la conciencia de haber sido alumno, otros desde la experiencia profesional docente, pero todos cargados de la nostalgia y de la pasión que nunca desaparece en quienes aman enseñar. Y Seve amó tanto enseñar a jóvenes y adolescentes que no puede dejar de escribirlos al dictado de su corazón de recuerdos de alumno y enseñante.

Colegio Oficial de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias de Bizkaia y Álava

Publicamos en febrero la antología poética de ‘supertramp’, el ‘poeta vagabundo’ W. H. Davies

A la venta, a partir del día 15

El 15 de febrero tendremos en la calle una antología del ‘poeta vagabundo’, de un ‘supertramp’, como se definía y que dio lugar al nombre del popular grupo de música. W. H. Davies es prácticamente un desconocido en España. Su vida como vagabundo le hizo famoso y su poesía, de gran sencillez, le hizo muy popular. Pero también influenció en poetas de su época como Edward Thomas. La edición que publicaremos en español-inglés y la traducción, prólogo y selección corresponde a un gran especialista en el período de entreguerras poético, Gabriel Insausti.

William Henry Davies (1871-1940) fue un poeta y novelista inglés. De origen humilde, empezó a trabajar desde muy joven. Abandonó Inglaterra en 1893 y, durante algunos años, vivió vagabundeando entre Estados Unidos y Canadá, pero se vio obligado a poner fin a esta vida de aventurero tras un accidente que le costó la amputación de un pie. Regresó a su país y se estableció en Londres, donde, por un tiempo, se ganó la vida como vendedor ambulante.

Durante ese período inició su actividad como poeta. Gracias a la ayuda y al apoyo de George Bernard Shaw y de Edward Thomas, en 1905 consiguió publicar su primera colección de poemas, Soul’s Destroyer and Other Poems, que obtuvo un éxito notable.

William Henry Davies forma parte del movimiento de los «Georgian Poets», quienes, contraponiéndose a la artificiosidad estetizante de la literatura inglesa de finales del siglo XIX, proclamaban la necesidad de un retorno a la naturaleza y a la sencillez de la vida campestre. La lírica de Davies es simple y sugestiva. Describe la naturaleza y logra plasmar, sin afectación, de una manera sincera y espontánea, las emociones que despiertan un paisaje, el encuentro con un niño o con un pájaro, la aparición del arco iris. Sus temas son escasos, pero la autenticidad de su inspiración y la sencilla musicalidad del lenguaje es, precisamente, lo que confiere a su poesía una fuerza y una vitalidad especiales.

Davies no es únicamente un poeta de la naturaleza; en su lírica sobre Londres logra retratar, con la misma eficacia, la vida urbana, y pinta con unos pocos trazos, pequeños cuadros repletos de cosas, de personajes, de sentimientos. Su fama está ligada fundamentalmente a sus poesías, en especial a las breves, mientras que entre sus obras en prosa adquirió una notable popularidad la novela La autobiografía de un supervagabundo publicada en 1907, con una introducción de Bernard Shaw, y que por su atmósfera picaresca y su estilo descarnado recuerda, en algunos fragmentos, a Daniel Defoe.

Ruiz, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de William Henry Davies.

William Henry Davies

Un conservador que se oponía a «las carnicerías para enriquecer a unos pocos»

Smedley Butler, en la ceremonia de su retiro como comandante general de los Marines.

Dos son los elementos que hacen sorprendente el libro La guerra es una estafa y a su autor, el comandante general del Cuerpo de Marines de Estados Unidos, Smedley Butler: una que, sin ser un pacifista, y militar de carrera al fin y al cabo, terminó abominando del belicismo basado en los intereses comerciales de Estados Unidos; la otra, que fue un hombre conservador, como lo atestigua su militancia en el partido republicano, lo que le convierte en un caso excepcional en la política estadounidense y también en el estamento militar. Pero de esto habla mejor Jesús Ortiz Pérez del Molino, articulista y editor, a la par que autor del epílogo que contextualiza la obra:

Hay muchas más obras de ficción que muestran los horrores
de la guerra. Hay también, por supuesto, una larga
lista de autores que se opusieron a la guerra sin recurrir a la
ficción. Como Bertrand Russell, Kant, Tolstoy o Gandhi.
La guerra es una estafa podría incluirse en esta categoría
de obras serias, tratados argumentativos que no usan de la

Butler se dirige a excombatientes de la I Guerra Mundial que marchaban sobre Washington para reclamar el pago de sus bonos de guerra.

imaginación ni del humor para señalar lo terrible que es
la guerra. Pero hay una diferencia importante: su autor es
militar por voluntad propia, que hizo de ella su profesión
desde los 16 años hasta su retiro. Que fue un alto mando,
por lo que conocía desde dentro las tripas del asunto,
invisibles para un oficial bombardero, como Heller, y no
digamos para un soldado de infantería como Vonnegut.
No sabemos de la inclinación política de Aristófanes,
pero Heller y Vonnegut eran personas de izquierdas, al
menos de lo que en Estados Unidos se llama izquierda.
Butler no; tras su retiro se presentó a las elecciones por el
partido republicano, el mismo que ha hecho presidente a
Trump. Butler era un conservador convencido, pero entre
los conservadores también hay gente a la que no le parece
bien que se organicen carnicerías para enriquecer a unos
pocos. Y lo bastante valiente para ver que de eso se trata
en la guerra, aunque implique, como en el caso de Butler,
cuestionarse toda su vida. Desde 1933 daba mítines contra
la guerra. En 1935 declaraba «fui un estafador, un gángster
del capitalismo».

Jesús Ortiz Pérez del Molino. Epílogo.

La guerra es buena para los negocios. Las cuentas del general Butler

La guerra es una estafa
La guerra es una estafa, de Smedley Butler.

 La Gran Guerra, mejor dicho, nuestra breve participación en ella, ha costado a los Estados Unidos cerca de 52.000 millones de dólares. Descifrémoslo. Eso significa 400 dólares por cada estadounidense, hombre, mujer y niño. Y no hemos pagado la deuda todavía. La estamos pagando, nuestros hijos la pagarán y probablemente los hijos de nuestros hijos seguirán pagando todavía el coste de esa guerra.

El beneficio habitual de un negocio en Estados Unidos suele ser del seis, ocho, diez, en ocasiones, del doce por ciento. Pero los beneficios en tiempos de guerra (¡ah!, ese es otro cantar) pueden ser del 20, 60, 100, 300 e incluso del 1.800 por ciento (no hay techo). Lo que el negocio aguante. El Tío Sam tiene el dinero.

Tomemos el caso de nuestros amigos los Du Pont, la gente de la pólvora. ¿No testificó uno de ellos recientemente ante un Comité del Senado que su pólvora ganó la guerra? ¿O salvó el mundo para la Democracia? ¿O algo así? ¿Cómo les fue a ellos durante la guerra? Ellos eran una corporación patriótica. Bien, las ganancias medias de los Du Pont durante el período de 1910 a 1914 fueron de seis millones de dólares al año. No era mucho, pero los Du Pont se las arreglaban con ellas. Ahora observemos su beneficio medio anual durante los años de guerra, de 1914 a 1918. ¡58 millones de beneficio anual encontramos! Cerca de 10 veces más que en tiempos de paz, y eso que los beneficios en tiempos de paz eran realmente buenos. Un incremento de beneficios de más del 950 por ciento.

Smedley Butler, La guerra es una estafa

Los años del plomo, por Kepa Murua

Foto: Raúl Fijo.

A propósito de ‘La carretera de la costa’

Escribir era extraño cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía era ensordecedor. Se vivían como normales las batallas campales y los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a una estadística que se leía sin más. 

Vivíamos en el infierno, pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un armisticio tácito, llegaba un silencio que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de unos pocos metros. Sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos acallara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón. 

Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas, y sin una personalidad individual que se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos. 

Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir era toda una declaración de intenciones. Te preguntaban por qué lo hacías. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. Fue duro porque nos sentíamos aislados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras como “paz”, “convivencia” y algunas más que defendíamos como “amor” y “vida” ante tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura. 

En mi caso, creo que me salvaron las palabras. Yo podría haber sido uno más; sin embargo, la educación que tuve y la lectura de libros, e incluso, la soledad, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Esos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente. 

Había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree. Pero mereció la pena. Ahora cuando escucho a algunos que no estuvieron, digamos que a la altura de las circunstancias, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a la incomprensión, pese a la soledad, merece la pena hacerlo si hay algo con lo que no se esté de acuerdo y se piense, por último, que se ha de escribir algún día.

Kepa Murua.
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