Puntos de venta de ‘Leve’, de José Manuel Gallardo

Puntos de venta de ‘Leve’, de José Manuel Gallardo

Leve
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El amor entre Vera Brittain y Roland Leighton en dos libros: ‘Un llanto sobre el mar’ y ‘Nada tan amargo’

Dos de nuestros libros están íntimamente relacionados y si se leen a la vez se comprenderá por qué. En ‘Nada tan amargo’, conjunto de poemas de poetas de la I Guerra Mundial, Vera Brittain tiene un protagonismo especial. Pero también Roland Leighton, aquel muchacho de quien estuvo enamorada y cuya relación quedó truncada por la guerra. De Roland Leighton hemos publicado ‘Un llanto sobre el mar’ y tanto en un libro como en otro se encuentran poemas cruzados, los que Vera dedicó a Roland y los que Roland dedicó a Vera.

Leighton no tenía un círculo amplio de amigos ya que sus compañeros lo consideraban bastante frío y vanidoso. Sin embargo, se convirtió en un amigo cercano de Edward Brittain, hermano de Vera. Leighton utilizó el medio de la poesía para expresar su creciente amor por ella, a quien conoció cuando tenía 19 años. No tuvieron mucho tiempo. Roland moría en 1915, con 20 años, en Francia.

Fotografía de Vera Brittain
Vera Brittain

‘Un llanto sobre el mar’ fue editado por Paula Campos Fernández. ‘Nada tan amargo’, por Eva Gallud Jurado. Sin ellas no hubieran sido posible estos libros.

Porque yo naceré en un burdel

Roland Leighton

Porque yo naceré en un burdel
y tú nacerás sobre un trono.
Con rostro desatento
el destino nos asigna un lugar,
y nunca podemos reclamar el nuestro.
Y no nos atrevemos a murmurar
y no expresamos queja alguna,
aunque muy bien sabemos
qué infierno deben vivir algunos
antes de morir.
Porque una parte de la tierra es cielo
y la mayor parte de la tierra es infierno
y las estrellas burlonas
miran a través de las rejas del cielo
y sonríen: «Dios lo ha hecho bien.»

Traducción: Paula Campos Fernández

El único hijo

Vera Brittain

La tormenta golpea ruidosa y tú estás lejos, 
la noche es feroz,
¿acaso apunta el día en lejanos campos de batalla, 
pequeño mío?

Hasta el menor de los males intenté evitarte 
en el pasado,
con sueños de hombría en colinas lejanas calmé 
tus temores infantiles,

pero no pude salvarte del choque del conflicto; 
con ojos brillantes
agarraste la espada y por el camino de la Vida 
saliste a buscar tu recompensa.

La tempestad ruge, pero tú estás dormido; 
aunque el viento azote con furia
no podrán romper tu profundo sueño infinito, 
pequeño mío. 

Traducción: Eva Gallud Jurado

Extracto del prólogo de Ben Clark al libro ‘Un llanto sobre el mar’, de Leighton

Un llanto sobre el mar

Los llamados War poets han ocupado una parte central en el ejercicio colectivo de recordar que la Primera Guerra Mundial ocurrió. Sus versos se recitan todos los años con la devoción de quienes musitan textos sagrados y hoy, un siglo después del Armisticio del 11 de noviembre de 1918, podemos afirmar que, contra todo pronóstico, no ha sido la narrativa ni la pintura ni el cine, sino el arte más breve y frágil, la palabra hecha poesía, lo que ha logrado y logra transportarnos al horror de las trincheras de las que ya ningún ser humano guarda el recuerdo. Así, difundir la poesía de la Gran Guerra —difundir the pity, que diría Owen— es hacer justicia a la memoria, al recuerdo de lo abominables que podemos llegar a ser los hombres —¿hubiera ocurrido la Gran Guerra en un mundo liderado por mujeres?— y significa, entre otras cosas, trabajar para que esto no pueda volver a ocurrir jamás. Son malos tiempos para una paz europea y nuestra principal amenaza es el olvido. Así, traducir la poesía de las trincheras tiene una función práctica, actual, indispensable, nos permite el acceso a las voces que vivieron el infierno y que nos suplican, con sus versos, que no dejemos que ocurra de nuevo. En este sentido quiero felicitar y agradecer a Paula Campos Fernández por su extraordinaria labor. Ahora que se acaba de editar en España Testamento de Juventud, creo que la lectura de la poesía de Roland Aubrey Leighton resultará fundamental para evitar que sea sólo un personaje dentro de un libro. Fue un joven con sueños, un joven enamorado, el hijo de dos escritores que escribía, a su vez, estupendamente. Roland era puro futuro y todo le fue arrebatado a los veinte años. Disfruten, pues, de sus versos y de la excelente traducción de Paula Campos Fernández, y dediquen un momento a pensar en el joven Roland para que no sea verdad aquella vieja consigna de Bécquer: ¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!

Ben Clark, del Prólogo de Un llanto en el mar.

Lectura de un poema del libro ‘Leve’, de José Manuel Gallardo

El autor lee un poema.
Hojeando el libro.

Lamberto Ricci

Lamberto Ricci

No es nuestro pero como si lo fuese. #lambertoricci es un poemario que escribimos y diseñamos para otros. Quien esté interesado puede ponerse en contacto con nosotros aquí.

En ocasiones realizamos encargos externos y en ocasiones vamos más allá de ser meros contratistas, como fue en este caso en que se nos pidió también escribir. El resultado fue este libro.

A la venta, ‘Leve’, de José Manuel Gallardo

A partir de hoy ya tenemos a la venta el nuevo poemario de José Manuel Gallardo, ‘Leve’.

‘Leve’ es un poemario que quiere aunar varios conceptos y sensaciones; por un lado, y como desarrolla Cristina Morano en el prólogo, hay miedo, muerte, rutinas de lo enfermo; por el otro lado, contemplación, asunción, amor por lo que existe, por lo que nos ha traído hasta aquí. Por eso, pese a su tono aparentemente duro, hay gratitud por la herencia recibida, desconcierto ante los objetos que nos rodean, conocimiento de ser un cuerpo con un destino. 

Como los vilanos que llevan dentro toda la carga genética del futuro

De ahí ‘Leve’, que se define bien desde la portada: la claridad, la levedad que suponen los vilanos que llevan dentro toda la carga genética del futuro; el aire los maneja, sí, pero su destino está trazado desde el pasado. 

Justo en estos momentos de pandemia e incertidumbre, parece que no toca insistir en el dolor y, sin embargo, viene ‘Leve’ que trata de acercarse a ese concepto de una forma caleidoscópica: la voz es de quien sufre a veces, otras de quien acompaña, de quien permanece y asume en unas ocasiones o quien ha perdido a alguien o algo en otras.

No somos, sin embargo, seres dolientes y sufrientes, sino más bien seres perplejos

La levedad de nuestros cuerpos y la levedad de lo que nos rodea que parece que la situación actual nos ha recordado, pero que siempre ha estado ahí. No somos, sin embargo, seres dolientes y sufrientes, sino más bien seres perplejos que observan todo lo que está antes (herencia, amor, angustia) o después (perplejidad, recuerdo u olvido) de ese momento fatal.

‘Leve’ no es un poemario negativo, hay más asunción y agradecimiento que dolor.

Álbum de imágenes de las presentaciones de ‘Entretanto, en algún lugar’

Esta semana realizamos las presentaciones de ‘Entretanto, en algún lugar’, de Ángela Mallén, tanto en San Sebastián como en Bilbao. En la primera, el jueves, la autora fue presentada por el editor Javier Fernández Rubio; y en la del viernes, en Bilbao, por el escritor Juan de la Cruz.

Todo salió bien, pese a los rigores pandémicos que condicionaron, pero no imposibilitaron la celebración de actos. Gracias a FNAC por su atención y su gran profesionalidad y, por supuesto, gracias al público asistente, que superó temores y dedicó una tarde soleada a acompañarnos.

Cuatro poemas ‘leves’ para una tarde de septiembre

Objetos

Que no son tú, ni en ti se quedan
una tarde como esta.
Su tacto, su leve peso, el espacio que ocupan
entre los demás
es reconocible,
pero es solo cuando vuelves
y los tomas en tus manos
cuando es fácil saber, reconocer
su función, su uso,
el porqué de su presencia
que sin ti
no era nada.

Cortezas

Restos de la piel que crece y cae
y no será ya más nosotros,
pero lleva el ADN de nuestra memoria.

Fe

Solamente el que ama está a salvo.
solamente el que ama tiene salvoconducto,
puerta franca, vía de escape a este dolor.
Solamente el que ha amado
está salvado de este día, de este tiempo,
de esta ausencia.

Leve

Y saber ya
que cada día será una ausencia,
que pese a ello iremos olvidando detalles:
el timbre exacto de su voz,
el tacto de sus manos,
las canciones tarareadas a medias.
Saber también que sonreiremos
y seremos felices pese a ello.
Saber que los muertos pesan,
pero poco.

La mesilla de los difuntos

Para Carles B.

Leonor y Laureana acababan de enterrar a su padre. Era el último vivo que les quedaba entre los seniors de la familia. Cierto que todavía estaba la prima Eduvigis, demenciada y postrada en cama desde hacía ya la intemerata, pero aquello no era vida. Esa tarde Leonor y Laureana regresaron a casa tristonas y sin ganas de cenar. No es que fueran de cenar mucho: un caldito de pollo, tortillita a la francesa, la pieza de fruta y pare usted de contar. Pero ni eso les entraba. Sabían que ahora tendrían que enfrentarse al silencio de los ausentes, que es un silencio intenso, instantáneo y seco como si le das un trancazo a un cerdo que chilla. Allí en el pueblo se hablaba así, a base de comparaciones comprensibles. Sin embargo, ellas eran más de leer, de clasificar cosas, de planchar bien el paño, de preparar buenas mantecadas si hiciera falta. Su espíritu de sacrificio era superior a su capacidad para la ambición. En su cabeza no se dibujaban los retos, sino una difusa y empecinada abnegación hacia sus allegados, amistades y vecindario. Así fue desde siempre: las dos unidas. Las hermanas no discuten, que eso está muy feo. Leonor y Laureana. Ele y Ele, las llamaba el sobrino nieto por parte de su pobre-hermano-Ernesto-que-en-paz-descanse, que se les fue repentinamente de una cosa mala. El nieto de Ernesto-que-en-paz-descanse, Pedro Javier, las llamaba siempre Ele y Ele. Qué guasón. Qué chiquillo.

—A ver qué hacemos ahora con la cama de matrimonio del pobre papá-que-en-paz-descanse —se planteó Laureana, la más prudente.

—¿Qué quieres que hagamos, hermana? Conservarla. Que ahí nacimos nosotras, figúrate. 

Leonor no es que fuera la hermana dominante, pero era la que dictaminaba. De manera que se mudaron a la habitación grande. Grande y bien hermosa. Con una luz mañanera que daba gozo y unos techos altísimos con vigas de madera de América. Y la cama, una preciosidad, en madera de castaño tallada a mano, con repujados en relieve. Conservaban además la pareja de mesillas a juego. La izquierda para guardar los pañuelos y el orinal. La derecha, para las fotos y recordatorios de los difuntos. Allí dentro estaban las estampitas primorosamente catalogadas por orden de parentesco (los familiares de mayor cercanía en una parte y los conocidos en otro montón) y, para mayor control, estaban dispuestas también por fecha de defunción. Sobre la última, la de Ernesto-que-en-paz-descanse, iría la del pobre papá.

—Ay, Leonor… un recordatorio más para guardar en la mesilla —suspiró Laureana—. Qué poca cosa somos. Y colocó la postrera estampita en riguroso orden cronológico.

—Eso, hermana. «La mesilla de los difuntos» le vamos a tener que poner.

Y la mesilla quedó bautizada como si fuera un mueble de IKEA. 

Ángela Mallén, Entretanto, en algún lugar.

 

Tres poemas de Teresa Guzmán, del libro ‘En el lugar del viento’

En el lugar del viento
ANSIÁBAMOS LA LUZ DE LAS CIUDADES,
sus destellos más íntimos
a la caída de la tarde
como minúsculos cristales esmerilados
que dejaban tan solo ver las formas.
Nos creímos gigantes
a esa escala en la que se miden
las latitudes más extrañas de los mapas.
Bastaba con atrapar la tibieza
con que un dedo acaricia
el cuenco de la mano.
Yo sigo el zigzagueo
con los ojos,
sin perder el trazo
del símbolo infinito que me dibujas.
Dormimos al raso de los sueños
bajo un cielo que muestra
lo que aún no ha acontecido.
Tú te muerdes los labios
de la misma forma en que seduces.
Yo veo las palabras
consumidas en mi cabeza,
mientras cae la luz sobre tus ojos
y es fácil rendirse al embrujo
con que precipitan el crepúsculo. 
COMO SI NADA TRATAS LA MATERIA DEL TEMBLOR.
La vistes a tu antojo moldeando sus formas
y exhibes la alquimia con que mudas
los tiempos que encierran los espejos.
Te nombro aquí, frente a un paisaje
que no puede durar más allá
de lo que somos,
dos seres que proyectan un mismo deseo
y caminan ciegos
en medio de la persistencia de la niebla.
Puedes decir que existe un lugar
reservado a quienes al igual que yo,
nunca se rinden.
Pero ese lugar está más adelante
y el paso del tiempo
unge la extrema unción
sobre la frente coronada por el frío.
Si te acercas lo suficiente
me verás latir la piel,
notarás su respiración
como una sábana bombeada
por el levante.
Llueve sobre tu playa en el invierno,
a los pies de la cama donde te vi volar
como el pájaro libre
que debiste ser siempre. 
HE VENIDO A VIVIR A UNA CIUDAD
que tiene la medida de un bosque.
He traído las nubes desde lejos
y plantado las semillas
en una tierra que fuera
heredera del primer paraíso.
La mía bien pudiera ser
la historia de cualquiera,
con sus verdades a medias,
sus luces y sus sombras,
reveladas en la iluminación
última de la tarde.
En ella no caben
los idiomas que trenzan las palabras,
y no soy más que aquella
que ha elegido para la contemplación
un espejo de agua. 
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