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El heroísmo bélico como aventura poética


La guerra y la poesía se muestran a nuestros ojos postmodernos como palabras irreconciliables. La irrupción de la técnica y el hecho de que la guerra se haya transformado en algo mecánico, desprovisto de la épica que tradicionalmente se asoció a ella, han sido las causas de la cesura tan radical que hoy existe entre ambas. Sin embargo, esto no fue siempre así ya que durante siglos la guerra y la poesía estuvieron hermanadas. Es más, de acuerdo con la vieja cultura heroica heredada de la Grecia arcaica, la guerra era la instancia última en la que la paideia (educación) se ponía a prueba al demostrar en ella la excelencia (areté) del kalos kagathos o, si se prefiere, del aristócrata que en el bautismo de fuego y sangre podía descubrir quien era realmente. 
De aquella ancestral visión homérica ya no queda nada desde que el «rojo» y el «negro» stendhaliano fueron engullidos por la grisácea y anónima uniformidad de los ejércitos modernos. Inmersos en una civilización que desde Kant ve en la paz una conquista admirable, la guerra es ahora una realidad injustificada y despreciable, incluso cuando lo que se pone en juego es la legítima defensa, pues, de acuerdo con la sensibilidad contemporánea, resulta difícil encontrar en ella algo más que dolor, humillación y barbarie. Y aunque la guerra ha sido siempre «eso» esencialmente, con todo, la misma ha perdido a lo largo del siglo XX la aureola sublime que desde la Ilíada había embellecido aquel polemos en el que Heráclito fundó todas las cosas, y que muchos siglos después todavía hacía decir a Schiller que «incluso en la guerra, lo supremo nunca está en ella».
En las «batallas de material» del siglo pasado la guerra dejó de ser un hecho humano para convertirse en un fenómeno abstracto que quedó subordinado a la técnica y a sus masivos instrumentos de destrucción. La vivencia tradicional de la guerra cayó así en desgracia al diluirse la cuestión humana como circunstancia y límite, fin y medio de la confrontación bélica; de manera que este hecho, sumado al sometimiento de la guerra a la política e, incluso, a la propaganda de masas, terminó transformándola en una empresa inasumible culturalmente, pues, el objetivo de la misma ya no era imponerse a otro en el peligro del combate singular, sino tan sólo la aniquilación anónima de éste al identificarlo ideológicamente como un mero «enemigo». Y es que como dijo Lenin en «La bancarrota de la II Internacional» (1915): «Aplicada a la guerra, la regla principal de la dialéctica nos enseña que: `La guerra no es más que la continuación de la política por otros medios’… Tal es la fórmula de Clausewitz, uno de los grandes escritores de la historia militar en el que Hegel ha contribuido a fecundar sus ideas». 
Esto que ahora nos parece tan claro, sin embargo, supuso una revelación atroz para las generaciones que fueron a la Primera Guerra Mundial con el zurrón repleto de visiones románticas en torno al fenómeno bélico. Un ejemplo de ello y de cómo pudo superarse poéticamente esta vivencia fue la obra de Rupert Brooke (1887-1915). Perteneciente a la generación de los llamados poetas bélicos, representa junto a John Drinkwater, Wilfred Owen, Siegfried Sassoon, Edith Sitwell, Harold Monro, W. H. Davies y W. W. Gibson, uno de tantos a los que la impetuosidad romántica arrastró desde las aulas de Oxford y Cambridge a las trincheras de aquella Gran Guerra que, como bien describió Robert Graves, fue algo horriblemente «incomunicable».
Nacido en Rugby, Brooke estudió en el selecto internado que lleva este nombre y que rivaliza con Eton en su prestigio elitista. Hijo de un catedrático, se doctoró en literatura en el King’s College de Cambridge, encarnando pronto el ideal aristocrático de su época. Así, además de dotarse de una sólida formación intelectual mostró, también, una clara preocupación política que lo llevó a vincularse a aquella Sociedad Fabiana de la que eran destacados miembros George Bernard Shaw y Sidney Webb, y que pretendía combatir los excesos del capitalismo industrial de la época a través de elites que transmitieran ideales humanitarios y socialistas a los partidos clásicos -el tory y el whig-, con el fin de promover la reforma de aquél y evitando, de paso, que la revolución pudiera destruir las libertades políticas bajo la tiranía de las masas.
Viajero infatigable que recorrió Europa, América del Norte y la Polinesia, Brooke siguió el «iter» romántico del aventurero vital, tal y como hicieron antes sus admirados Rimbaud, Stevenson o Gaugin. Deseoso de descubrir la belleza prístina de la humanidad, admiró en los Mares del Sur a aquellos «nativos de Samoa y Fidji que son más hospitalarios y corteses, más amantes de lo bello que los europeos que aquí habitan», quizá porque, como creía Rousseau, habían sido capaces de vivir incontaminados de los vicios que irradiaba ese individualismo que hacía de la propiedad sobre las cosas o, si se prefiere, de esa dialéctica de «lo mío y lo tuyo», el fundamento de un Progreso que era identificado con el Bienestar material.
Cantor del amor y enamorado de la belleza alabada por Keats y Shelley, en sus «Pensamientos sobre la forma del cuerpo humano» (1911), describió el dolor consustancial que porta consigo el hombre al no poder evitar su caída, pues: «¿Cómo puede el amor triunfar y recrearse/donde la fiebre se oprime contra la fiebre/la rodilla contra la rodilla?/¡Si pudiéramos habitar la armonía,/y en ella alentar puros y perfectos/y como pensamientos sin cuerpos ascender/hacia un redondo y radiante amor,/y amar serenamente una perfecta esfera,/como una luna a otra, y ser/semejante a la estrella Lunisequa/siguiendo fijamente el redondo orbe claro de su delicia,/eternamente oscuro, a través de la eterna noche…!». 
La premonición del estallido de la guerra en Europa lo apartó de los brazos de la nativa que amó en Waikiki y lo trajo de vuelta a Inglaterra. Y su amistad con Winston Churchill -entonces Primer Lord del Almirantazgo- lo hizo oficial de marines, luchando en las trincheras de Anvers juntos a sus amigos Denis Browne y Raymond Asquith. En ellas compuso sus famosos «Sonetos» (1914), obra en la que logra transmutar el sufrimiento del soldado al descubrir la belleza que encierra el sacrificio heroico que porta la camaradería guerrera, como cuando dice en «Paz»:

Demos gracias a Dios, que nos ha hermanado en Su hora,
y ha invocado a nuestra juventud, y ha hecho que despertemos del sueño,
con segura mano, ojo limpio y certero poder,
para que abandonemos alegres,
como nadadores que buscan de un salto la región más pura,
el frío y gastado mundo envejecido,
y los corazones enfermos a los que ya no mueve el honor,
y a los cobardes, y sus monótonas y sucias canciones,
y toda la triste futilidad del amor.

Inmerso en la vorágine bélica, la temblorosa subjetividad que irradian estos sonetos denota su alejamiento de la ojetividad que heredó de Keats y el desarrollo de una emoción imaginativa en la que el peligro de la muerte estremece su creatividad al despertar en él un nuevo sentimiento de libertad que entronca con la vivencia de la fratria griega. Así, acompañado por la lectura de la Iliada se embarcó entusiasmado en la expedición que Churchill envió a la península de Gallipoli, mientras retumbaban en sus oídos esos versos en los que grita que es dichoso porque habiendo conocido la vergüenza del mundo del que proviene, con todo, ha encontrado junto a sus camaradas la libertad que ofrece ese lugar en el que «no hay pena ni enfermedad, y el sueño ya no inquieta/donde nada se quiebra sino este cuerpo,/y nada se marchita sino este aliento./Nada estremece la suave paz del sonriente corazón,/lejana ya la agonía,/en la región de la muerte, nuestra peor amiga y enemiga». 
Fallecido en la isla de Skyros, su cuerpo reposa allí, junto al Egeo, como quiso también su admirado Byron al caer en Grecia. En el epitafio de su tumba reza esta escueta inscripción escrita en griego: «Aquí yace Rupert Brooke, servidor de Dios, alférez de la Armada británica, muerto en camino de liberar Constantinopla de los turcos». Con su muerte el Romanticismo se hizo, también, pasado.

JOSÉ MARÏA LASSALLE

(Publicado en El Diario Montañés de Santander).

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