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¿Cuál es el secreto de Olivier?

Olivier o el secreto, de Claire de Duras.

«Esta obra, que fue escrita en 1823 en su versión definitiva, ha protagonizado una peripecia única en los anales literarios. Pese a haber permanecido inédita durante un siglo y medio, su asunto –el secreto de un hombre que rechaza a la mujer a la que ama y por la que es amado intensamente– motivó e influenció a los escritores de su tiempo más allá de lo que cabría imaginar. El propio Stendhal se inspiró en el argumento de Olivier (no había alusión alguna al secreto en el título original) para construir su primera novela, Armance ou quelques scènes d’un salon de Paris en 1827, considerada por André Gide como la mejor del autor. Henri Beyle pretendía titularla del mismo modo que su autora, pero Prosper Merimée le convenció de no hacerlo. Habría sido el segundo robo de título y argumento con Claire de Duras como víctima.

El primer robo –en realidad falsificación– se produjo en 1826, cuando el escritor Henri de Latouche procedió a editar anónimamente una novela titulada Olivier de tal modo que pareciese la obra de la duquesa de Duras, de la que se hablaba desde hacía tiempo en los mentideros literarios de París, tras haber sido leída a los frecuentadores de confianza de su selecto salón. La superchería de Latouche no tardó en ser denunciada y su autor hubo de sumar nuevas mentiras a la inicial, al negar su paternidad pero afirmar al mismo tiempo que conocía al autor y que de ninguna manera era la duquesa de Duras. El de Latouche sería el texto en el que se inspiró Stendhal y que propició otras secuelas, que tienen como autores, entre otros, a Astolphe de Custine y a Honoré de Balzac.

Parece evidente que madame de Duras no tenía el propósito de publicar su espinoso Olivier, pero si lo hubiera tenido los acontecimientos que siguieron a la filtración parcial y aparentemente inexacta de su contenido se lo habrían desaconsejado. Cabe preguntarse por qué existía tanta expectación y tanto interés por la obra de una aristócrata que había decidido escribir y publicar tardíamente, en mitad de la cuarentena. La respuesta puede tener dos vertientes; la primera es estrictamente literaria: el éxito alcanzado por sus dos primeras obras editadas, Ourika y Edouard –especialmente la primera– , no sólo en Francia sino en toda Europa, que fue comparado en su día con el logrado por Alessandro Manzoni con Los novios (I promessi sposi). Ello fue en cierta medida motivo de envidia y resquemor para algunos escritores, molestos por la competencia de una aristócrata supuestamente ociosa.

La segunda razón, tal vez más importante, es de carácter político. La duquesa de Duras era la esposa de Amédée-Bretagne-Malo de Durfort, 6º duque de Duras, primer gentilhombre del Rey y Par de Francia. Durfort era hombre de confianza de Luis XVIII y más tarde lo fue de Carlos X. Corrían tiempos convulsos en Francia, donde la Restauración borbónica no provocaba excesivas simpatías, dada su probada inclinación al absolutismo. No sólo existe una oposición republicana, sino también nostálgicos de Napoleón, muchos de ellos cesantes en sus puestos a causa de la Restauración y, lo que es peor, desunión y confrontación entre los propios monárquicos, divididos entre los calificados como ultras y los liberales o moderados. Claire de Duras se identificaba con estos últimos. Candidatos a la malquerencia y a la insidia –por razones literarias o políticas, o por ambas– no faltaban. 

Claire de Duras o Kersaint.

En cualquier caso, no se puede decir que Claire de Kersaint (ese era su nombre de soltera) tuviera una existencia apacible ni feliz, acorde con su privilegiada posición. Nacida en febrero de 1777 en la ciudad bretona de Brest, hija del conde de Kersaint, vicealmirante de la Armada francesa, asistió con doce años al nacimiento de la Revolución y con dieciséis sufrió la muerte de su padre –diputado girondino, liberal, guillotinado por oponerse a la ejecución del Rey–, así como la confiscación de los bienes familiares. 

En Abril de 1794, Claire, hija única, inicia junto a su madre, enferma y perturbada, un exilio que se extenderá por dos continentes. Viajan en primer lugar a Filadelfia, para trasladarse a continuación a Martinica, donde la joven Claire demuestra prematuramente su determinación y energía en la tarea de recuperar, con éxito casi total, la importante herencia materna. Suiza, donde se reunirán con Madame de Staël, será la escala siguiente. Finalmente, en 1795, se instalan en Londres, donde se concentra gran parte del exilio aristocrático francés huido de la Revolución.

Durante cuatro años la futura duquesa estudiará inglés, italiano y latín, lenguas cuyos frutos literarios influirán poderosamente en el ejercicio de su tardía vocación de escritora. Inglaterra no sólo seduce a Claire por sus paisajes, sino también por el carácter de sus gentes y su monarquía parlamentaria. Algunos pasajes de Olivier o el secreto dan buena prueba de ello. Se relaciona asiduamente con la aristocracia exiliada, participando en sus salones, y conoce al futuro duque de Duras, con el que se casa en 1797. Como siempre entre la vieja aristocracia, se trata de un matrimonio de conveniencia, especialmente por parte de él, arruinado por la Revolución. No así por parte de ella, que espera y desea amor, y se verá defraudada por la frialdad e indiferencia de su cónyuge, que no silencia el fastidio que le causan las exigencias y la hipersensibilidad de su esposa. No obstante, Claire dará a luz sendas hijas, Félicie y Clara, en los dos años siguientes al casamiento.

Mientras tanto, en Francia la situación política evoluciona, de modo lento y accidentado, en un sentido favorable al retorno de los aristócratas exiliados, que no de la Monarquía. A la época del Terror, que le costó la vida al Rey y a un considerable número de aristócratas, le sucede la fundación de la Primera República (1795-1799), en la que la Asamblea pierde el poder ejecutivo que se había otorgado a sí misma y lo delega en un Directorio integrado por cinco personas. Los sucesivos directorios intentan favorecer el apaciguamiento político-social, pero la situación de crisis económica imperante sólo tiene el contrapunto positivo de las victorias militares y estas favorecen las ambiciones de su principal protagonista, Napoleón Bonaparte, quien el 18 brumario (9 de noviembre) de 1799 perpetra un golpe de estado que da nacimiento al Consulado. Apenas cinco años más tarde, el brillante militar corso pone fin a la Primera República y se declara emperador, para pasmo de muchos y contento de no pocos.

Chateaubriand.

En 1807 los duques de Duras (Amédée heredó el título al morir su padre en 1800) adquieren el fantástico castillo de Ussé (Indre-Loire) y en 1808 abandonan Inglaterra y se deciden a habitarlo discretamente, en una virtual situación de retiro, pues el emperador desconfiaba de los viejos monárquicos y los había borrado del mapa político, al igual que a los republicanos. El castillo se convierte pronto en centro de peregrinación de los monárquicos y uno de sus primeros visitantes es el vizconde de Chateaubriand, ya entonces prestigioso escritor y fuertemente inclinado a la actividad política. La talla intelectual y moral que Claire ve en el autor de Atala convertirá a este en el objeto de un amor apasionado y absorbente, aunque no carnal, y la influencia política de la duquesa potenciará la carrera del vizconde.

Romanticismo

Al igual que sus personajes, Claire de Duras tiene rasgos de heroína romántica. Como ellas, es vehemente y sensible, pero además consciente de las dramáticas circunstancias de un tiempo tempestuoso y contradictorio, en el que, pese a la influencia racionalista y libertaria de la Ilustración, la sociedad seguía fuertemente dividida por motivos de clase, sexo y raza, y la democracia era en realidad una ausencia. Aunque está comúnmente aceptado que el romanticismo francés se inicia en torno a 1830,* la influencia de este movimiento a través de Alemania e Inglaterra se ha dejado sentir ya desde principios del siglo XIX, especialmente entre los exiliados en esos países. El propio Chateaubriand (1768-1848) es considerado un prerromántico y Rousseau (1712-1768), un precursor, cuya obra, apasionada y lírica, influye poderosamente en el romanticismo francés.

Ciertamente, el estilo e incluso la temática –no así el fondo– de las obras de Claire de Kersaint se parecen más a los característicos del Ancien Régime que a los que que eclosionarán en 1830, en coincidencia significativa con la Revolución que conduce a la Monarquía de Julio. Desde el punto de vista literario, tanto el periodo de Revolución-República (1789-1799) como el de Consulado-Imperio napoleónico (1799-1814) son casi estériles. La excepción está personificada por Chateaubriand, desde Francia pero bajo la influencia del romanticismo británico, y Mme. de Staël, desde su exilio en Alemania –forzado por Napoleón–, entusiasta de lo que allí se escribe. Ambos son amigos íntimos de Mme. de Duras y los tres participan del espíritu liberal, que quiere para Francia una Monarquía parlamentaria, alejada de los excesos absolutistas, y la consolidación de unos derechos fundados en la libertad.

Curiosamente, mientras Claire de Kersaint perfila sus tres únicas novelas, el romanticismo francés apunta ya en la poesía, con los acentos sinceros y apasionados de amor y de melancolía que caracterizan la obra de la duquesa, como en las Meditaciones, de Lamartine (1820), y aires novedosos, aunque aún bastante clásicos, en la Odas de Victor Hugo (1822), quien a sus veinte años aborda ya algunos de los temas que serán el leitmotiv de la obra futura del gigante romántico. El romanticismo en Francia está desde el principio cargado de política, de demandas de libertad, no sólo para el arte, sino también para la vida. Es la expresión artística y vital de una clase media pujante. La duquesa de Duras, en tanto que aristócrata, al igual que Chateaubriand, está excluida, pero seguramente suscribiría muchos de sus principios, si no todos, si fuera invitada a hacerlo, ya que su obra –como su vida–, comparte lo esencial de ellos. Su supuesto mentor, sin embargo, puede escribir, sin complejos ni pudor, en sus memorias: “En mí comenzaba, con la escuela llamada romántica, una revolución en la literatura francesa”. Privilegio de su longevidad.

La Restauración

Cuando finalmente, en 1814, se restaura la monarquía en la persona de Luis XVIII no sólo se constata la imposibilidad de poner fin al absolutismo a causa de la inflexibilidad del Rey, sino que esa situación da alas a Napoleón para que regrese, cosa que hace sin llegar a cumplir un año de exilio en la isla de Elba. La conmoción es extraordinaria. En apenas veinte días desde su desembarco en Golfe Juan el emperador retoma el poder y afronta a sus enemigos, mientras el rey huye a Gante (Bélgica). El sobresalto durará apenas cien días, hasta la derrota de Waterloo, pero basta para dar una idea de la sensación de inestabilidad que viven los franceses, que soportarán cuatro años bajo ocupación extranjera y sufrirán la pérdida de nuevos territorios, mientras se desata una cruel persecución de los bonapartistas por parte de los ultras, periodo que fue conocido como el terror blanco. En contrapartida, Luis XVIII se ve forzado a ceder en su absolutismo y los liberales y moderados se imponen a los ultras, al menos durante unos años, pues el celo absolutista no cejará en su empeño de volver al Ancien Régime con todas sus consecuencias.

Por convicción, carácter y posición, Claire no podía permanecer ajena a la casi permanente tensión y conflictividad en su país, de las que poseía una información privilegiada y puntual a través de su propio salón. Aunque este es calificado generalmente como literario, su carácter predominante era político. La nómina de sus asiduos incluye, como muestra, a los siguientes personajes: François Arago (astrónomo, físico y varias veces ministro), Adrian de Montmorency (militar y diplomático), Talleyrand (político de larga trayectoria, que jugó un importante papel durante todos los regímenes), Armand du Plessis, duque de Richelieu (militar y político que ejerció como jefe del Gobierno y ministro de Exteriores), Joseph de Villèle (primer ministro entre 1821 y 1828), Benjamin Constant (político eminentemente posibilista, también considerado oportunista por sus detractores), y Charles de Rémusat (político y filósofo).

Incluso entre los cuatro escritores más destacados que suelen ser citados como asistentes al salón de Madame de Duras, dos, Chateaubriand y Lamartine, tienen vocación política y, en su momento, un protagonismo nada desdeñable. Balzac, demasiado atareado con su ciclópea creación y por la urgencia de pagar sus abultadas deudas, es ajeno, aunque no indiferente a esa actividad. Madame de Stäel, por otra parte, es, por su condición de mujer y su enorme talento e influencia, poco homologable con los varones mencionados, al igual que la propia Claire de Duras. Por lo demás, cabe resaltar dos presencias muy relevantes en el campo de las ciencias: el alemán Humboldt, geógrafo, explorador y naturalista, y el anatomista y paleontólogo Georges Cuvier, famoso por su polémica con el protoevolucionista Lamarck y por sostener con vehemencia la inferioridad de la raza negra.

Olivier y el secreto
Ilustración de cubierta: Javier Jubera.

El elemento común del salón de Mme. De Duras, si alguno existió, además del estricto interés personal, fue la coincidencia en el apoyo a la idea de una monarquía parlamentaria frente al absolutismo y el republicanismo. Eso no impidió que algunos de los políticos mencionados mostrasen, para decepción de su anfitriona, una sorprendente ductilidad, que les permitió navegar con provecho bajo los vientos más diversos. Para Claire de Duras, el ideal liberal que había defendido su padre era irrenunciable y lo mantuvo siempre. Sin embargo, aunque la política –o mejor, la ideología– subyace en sus principales obras, su único escrito de carácter político se debe a una modesta tarea de amanuense: apenas 50 páginas dedicadas al pensamiento del rey sol,* paradójico empeño, dado que Luis XIV fue el absolutismo en persona.

‘Superior’ y desgraciada

Claire de Kersaint no fue, desde ningún punto de vista, una mujer –ni una aristócrata– convencional de su tiempo. La conjunción de discernimiento y de pasión en difícil equilibrio, su toma precoz de responsabilidades, y la ineludible y vitalicia asunción de incertidumbres produjeron un ser excepcional, cuya vida y obra, sin pretenderlo, reflejan el espíritu y también los demonios de un tiempo crucial para Francia, Europa y la cultura occidental. Intentar interpretarla y comprenderla sólo a través de las escasas obras que escribió no produciría más que un retrato incompleto –o mejor, mutilado– de una mujer que, en lo esencial y más cierto de sí misma, se gobernó por el sentimiento. Una frase deslizada en su nutrida correspondencia con su gran amiga Rosalie, prima de su contertulio Benjamin de Constant, define su carácter más de lo que lo haría cualquier otro apunte, propio o ajeno: “se conoce mejor a alguno por los sentimientos que inspira, casi, que por sí mismo”.

El imperio del sentimiento se limita, sin embargo, generalmente a su fuero interno y al territorio sagrado de los afectos personales. Mientras, su vida social está caracterizada por la afabilidad, la generosidad y la tolerancia, ingredientes muy útiles y oportunos cuando se rige el que fue en su día el principal salón de París. La corazonada, no obstante, fue para ella, durante casi toda su vida, una especie de instrumento de conocimiento. Cuando alguien conquistaba su afecto no sólo se entregaba de una manera incondicional, sino también con un punto emocional imprudente e ingenuo: desnudaba su corazón sin prevenciones ni reservas. En una carta no exenta de cierta crueldad, su amiga la marquesa de La Tour du Pin intenta corregirla: “He ahí cómo su corazón se confía a quienes no son dignos de usted, que usted muestra completamente su corazón a quienes esconden cuidadosamente el suyo o no le muestran más que lo que a usted le gusta encontrar, y hacen como esos comerciantes que conocen el gusto de sus clientes y no despliegan más que los tejidos que les agradan”.

El desequilibrio entre lo dado y lo recibido marcará toda la vida de la duquesa, más allá de la desafección ya comentada del duque, quien se casará un año después de la muerte de esta y no se privará de comentar, con una sonrisa, que finalmente era un alivio desposar a una mujer dotada con menos talento que él. La relación afectiva-amistosa con Chateaubriand constituyó una considerable fuente de decepción y lo mismo le ocurrió con su hija Felicie, su predilecta, que contrajo matrimonio con un ultra. Claire había puesto un especial empeño y cuidado en educar a sus hijas, desde muy pequeñas, en sus propios conocimientos y valores y aquella defección colmó su sensación de fracaso. “Yo no sé –escribió– para qué he nacido, pero no es para la vida que llevo. No recibo del mundo más que lo que no es él, cuando vuelvo sobre mí no concibo lo que hago aquí, hasta tal punto me siento extranjera”. Sin duda fue esa experiencia del propio extrañamiento respecto a su entorno lo que la condujo a escribir sus tres únicas novelas con el nexo común de lo que en nuestros días se denomina la alteridad, asunto en el que fue precursora y que es la causa fundamental de su posterior rescate del catálogo generalmente banalizador de las obras sobre amores imposibles.

El amor sin sexo, pero apasionado, exigente y absorbente que la duquesa sentía por el seductor y trepador Chateaubriand pasó con frecuencia de la devoción inicial a la crítica sin ambages. Ambos se trataban en sus cartas como “querido hermano” y “querida hermana”, pero ello no evitó que Claire llegase a calificarle como “tiránico niño mimado” ni que él, en respuesta a sus exigencias y objeciones, declarase estar harto de sus “gruñidos” e incluso sugiriese que “chocheaba”. Veamos lo que escribe la duquesa a su crecientemente elusivo “hermano”: “Cuando siento tanta sinceridad, tanta abnegación en mi corazón por usted, que pienso que desde hace quince años prefiero lo que es usted a lo que soy yo, que sus intereses y sus asuntos prevalecen sobre los míos, y eso muy naturalmente, sin que yo tenga el menor mérito, y pienso que usted no haría el más ligero sacrificio por mí, me indigno contra mí misma por mi locura”. 

Lo cierto es que el “niño mimado”, idolatrado por las mujeres de la época, no sólo está muy ocupado con su actividad política, sino que entretiene –y engaña– simultáneamente a dos mujeres nada insignificantes: Madame de Recamier, cuyo influyente salón prefiere al de la duquesa desde hace años, y Cordélia de Castellane. Y todo ello mientras seguía casado con su esposa, Céleste Buisson de la Vigne. Para desesperación de Claire, en esa época, en torno a 1818-1819, al fiasco de su “querido hermano” se suma el de su hija predilecta y la más parecida a ella por su carácter fuerte y apasionado. Felicie, casada a los 14 años con el príncipe de Talmont y viuda sin hijos tres años después, se desposa a los 21 años con el conde de la Rochejaquelain, catorce años mayor que ella y perteneciente a una familia ferozmente ultra de la Vendée, con cuyas ideas comulga.* Claire, cuyas presiones fueron inútiles, no asiste a la boda, enferma y decide alejarse de París. Así, supuestamente bajo el consejo de Chateaubriand, comienza a escribir. 

En poco tiempo nacerán tres nouvelles:** Ourika, Edouard y Olivier, con historias basadas en hechos reales que tienen en común la pared de cristal (“nos vemos, nos hablamos, nos acercamos, pero no podemos tocarnos”) a la que se alude en la segunda carta de este libro. Son historias de amor desgraciado a causa de los prejuicios raciales o clasistas –en los dos primeros casos– y de un misterioso condicionamiento sexual en el tercero. Tuvieron que pasar muchos años hasta que una relectura desde la modernidad las excluyera de la adjetivación de sentimental que las había infavalorado e hiciera justicia al atormentado espíritu precursor que las generó y a su capacidad para interpretar las vivencias ajenas. 

Imaginaba el ampuloso Chateaubriand que sus amigos y amigas compartirían en cierta medida su gloria post mortem por el hecho de haberlo sido. Sin duda esa fue la razón de que los mencionase en sus Memorias de ultratumba, donde afirma, acerca de Claire de Duras: “El calor del alma, la nobleza del carácter, la elevación del espíritu, la generosidad del sentimiento hacían de ella una mujer superior”. Y también, con cierta autocrítica, procedente del remordimiento: “Desde que he perdido a esta persona tan generosa, con un alma tan noble, con un espíritu que reunía algo de la fuerza del pensamiento de Mme. de Staël con la gracia del talento de Mme. de Lafayette, no he cesado, llorándola, de reprocharme las irregularidades con las que he podido afligir algunas veces a los corazones que me eran devotos”. Sus memorias llegaron demasiado tarde para que la duquesa, fallecida en 1828, pudiera considerarlas como una mínima satisfacción para sus desvelos y frente a su decepción. De todos modos, la historia ha querido que ella viva en el presente con mayor vigencia y más gloria que la que su “querido hermano” falaz quiso que compartiera.

Buena prueba de la vigencia y el interés renovado por la obra de Claire de Duras son las ediciones realizadas en los últimos años en Francia, bajo la dirección de Marie-Benedicte Diethelm, especialista rigurosa y esforzada en la figura y la obra de la duquesa. En 2007, Editions Gallimard publicó en un solo tomo sus tres novelas sobre la alteridad (Ourika, Edouard y Olivier ou le Secret) y en 2011 Editions Manucius hizo lo propio con Memoires de Sophie y Amélie et Pauline. El tomo fue subtitulado Romans d’émigration (1789-1800). Las traducciones a otras lenguas, así como los estudios realizados sobre el personaje y su obra, especialmente en el mundo angloparlante, configuran un panorama en el que la recuperación de Mme. de Duras se muestra como un hecho lógico, justo y necesario.

Esta edición se basa en el texto en francés establecido por Mme. Diethelm, que se considera la versión definitiva hecha por su autora, condición que no tenía la primera, publicada por la editorial parisina Jose Corti en 1971. Se ha respetado la peculiar utilización de los signos ortográficos de muchas de las cartas –especialmente las de la condesa de Nangis– en el convencimiento de que su autora hizo un uso deliberado de ellos con fines expresivos.»

José Ramón San Juan, traductor y autor del prólogo de ‘Olivier o el secreto’

‘La fanfarlo’, de Baudelaire, o el cazador cazado

La fanfarlo. El joven hechicero.

El joven poeta Samuel Cramer intenta ayudar a Madame de Cosmelly e inicia un juego de seducción en el que cae atrapado. El marido de Madame de Cosmelly pretende a La Fanfarlo, bailarina de moda, por lo que Cramer asume la tarea de enamorarla para que abandone a aquél. Pero Cramer acaba siendo el cazador cazado. La obra está secundada por otro relato de Baudelaire, aunque la trama la plagió de un clérigo escocés: ‘El joven hechicero’. Durante unas excavaciones en Nápoles, en 1815, se encuentra en una habitación de la casa de Alcmeón un gran mural de una belleza muy especial, que representa a un grupo de ninfas. Pero la historia del fresco no estaba destinado a ser un secreto para siempre…

La obra fue traducida por Cristina López y la ilustración de cubierta es de Sara Huete.

‘Confesiones de un asesino’, por Kepa Murua

Carretera de la costa.

Proseguimos con un nuevo descarte de la novela ‘La carretera de la costa’, en el que el autor, Kepa Murua, narra en primera persona los pensamientos de Korta, el asesino de Ceferino Peña, al que ETA mató ‘por error’.

CONFESIONES DE UN ASESINO

«No delaté a nadie. Se podrán decir muchas cosas de mí, pero no fui un chivato. Yo, en todo lo que hice fui de frente. De joven pensaba que teníamos que ayudar a aquellos que luchaban por la independencia. Una vez en ETA, los días pasaron sin darme cuenta de lo que hacíamos. Dentro de la organización las cosas se veían de una única manera, separadas del resto. El daño causado queda para siempre: fue por las prisas, por la confianza, los datos que nos pasaron eran ambiguos, pero agradezco que mis compañeros se tomaran el asunto en serio y que hicieran público el error cometido. Los ojos de la niña me persiguieron desde el último disparo. Huimos a la carrera, no pensé en el tiro de gracia, sabía que estaba muerto. Si me cogían sabía lo que me esperaba, pero tardé un tiempo, segundos interminables dijeron mis compañeros, en llegar al coche que me esperaba con el motor encendido. Al principio dijeron que era un niño, pero yo sabía que era una niña. Supe que era su hija. 

Desde entonces nada fue igual. Lo mío fue una huida de todos: de ETA, de mis compañeros, de mí mismo, y sobre todo de una niña que no sé de dónde salió, pero que allí estaba. Casi todas las noches me desvelaba, la veía delante de mí; nunca antes, ni siquiera con lo que pudiera haber hecho con la pistola o las bombas que pusimos, pensé en el daño causado. Me podía la rabia, el odio a la policía que me inculcaron desde joven y la lucha de tantos que entregaron lo mejor de sus vidas para conseguir unos fines. Si dudaba, ya estaban los compañeros para que los siguieras sin que perdieras el tiempo. Si me pasaba alguna vez cuando estaba solo pensaba que debía seguir por la memoria de los militantes muertos en enfrentamientos con la policía y por los compañeros que aún quedaban presos en las cárceles. La guerra perdida de los padres quedaba lejos, nosotros éramos más auténticos: íbamos de frente y no teníamos miedo. Pero ahora comprendo que las justificaciones surgen solas y mientras tu vida corre peligro no tienes un momento para pensar en otras cosas que no sean las que te comprometen solo a ti o a tu entorno. Pero una vez que necesitas respirar al aire libre y marcas las distancias ante los que te vigilan, ya no puedes ser el mismo. Ya no puedes ser aquel que eras ni creer de lleno en lo que creías. En Francia no estuve bien, tuve fiebre y me temblaba el pulso, no me concentraba, ellos lo notaban, estaba ausente, y alguna vez me negué a cruzar de nuevo la frontera. Si lo hacía iba a matar y a morir al mismo tiempo. Menos mal que me di cuenta. En 1981 ya estaba quemado, la policía me perseguía y yo me quedaba en una casa a las afueras, sin hacer nada, mientras a todas horas pensaba en irme lejos. Cuando me vi en un escaparate, en una vitrina de las tiendas del D.F., me noté viejo. Iba sin red, vivía en la calle, sin recursos. Y sin amigos que te cubran las espaldas, tarde o temprano te pillan. Llevaba documentos falsos, esperaba con inquietud el momento. Mi vergüenza me impedía volver sobre mis pasos y pedir ayuda. Estaba solo, desde que dejé a mis compañeros siempre lo estuve, solo en ese tiempo de pobreza y de miseria, encontré algunos momentos de calma. De día deambulaba de un lugar a otro y por la tarde me refugiaba en las iglesias o descansaba en los parques. De noche era otra cosa, pocas veces pude dormir con tranquilidad. La calle en D.F. impone su dureza a todas horas, pero en mi caso era diferente: en la oscuridad sentía la presencia de aquellos ojos –no sé de dónde salió la hija– y recordaba el error cometido, una y otra vez, hasta volver a repasar toda la vida. Cuando la mía no valió nada, cuando toqué fondo, tuve que pedir limosna para comer, me acostumbré a beber más de la cuenta, lo que me cayera encima, y a comer lo que encontrara en el camino, solo para poder descansar a solas y calentar mi alma y mi cuerpo día tras día.

No fue una buena idea, de todo eso me di cuenta tras los barrotes. Hace mucho frío en la cárcel, pero es un frío distinto. Me vino bien compartir la celda, con mi compañero pude sacar lo que llevo dentro y el colchón viejo, además, es mejor que el suelo duro y sucio. Tantas horas sin hacer nada en la cárcel me sirvieron para aquietar la mente. La tregua de ETA la viví sin más, en el talego los días pasan sin que se haga nada especial. En aquellas calles caminaba de un lado a otro, buscaba un lugar apartado para envolverme en la manta y esperaba a que mis ojos abiertos vieran el cielo blanco y azul que anunciaba el nuevo día. Aunque no como antes, pero aún pasa que esos ojos vuelven; ojalá ella haya crecido sin recordar los míos. Creo que podrían ser los mismos, solo que yo ya no veo como antes y tengo que usar gafas. Cuando salga iré al oculista. No sé si en la calle tendré algo que reprocharme, quizá que todo eso que hicimos no sirvió para nada. Tampoco habrá nada que destacar entre las pertenencias de mi bolsa. La mochila en México no era grande, tenía las cosas imprescindibles para sobrevivir. Solo unas pocas personas me esperarán fuera. No espero más. Puede que cuando el coche pise Euskadi vea el verde de las montañas y el cielo azul, tan distinto al de la cárcel de Valladolid, tan diferente al de D.F, y en ese momento sienta que la vida me da una nueva oportunidad y que me ofrece, aún con todo lo que hice, algo así como una bienvenida. En un segundo se recuerdan muchas cosas, pero es difícil explicar en unas pocas frases todo lo que tiene el instante que uno ha soñado tantas veces. Me gustaría que me llevaran por la carretera de la costa, podrían volverme de golpe esos ojos que me impidieron dormir durante tanto tiempo, pero sé que miraría al mar con tranquilidad. Todos necesitamos de paz para seguir viviendo. No me escondo, para qué, entre rejas espero que pase el tiempo. Hice daño y causé un dolor que un día también se adueñó de mí, hasta llegué a pensar que nada tenía importancia. Lo siento en el alma, quizá debería haber sabido que todo por lo que luché se podía haber luchado de otra manera. Muchas veces he pensado en pedir perdón, pero no sé cómo dar con ella y tampoco sé si tendré fuerzas para enfrentarme a sus ojos. Nunca delaté a nadie y he recuperado mi nombre verdadero, aunque me cueste pronunciarlo. Me llamaron por otros, pero este no lo quiero cambiar; tampoco puedo cambiar lo que hice. Pero nunca delaté a nadie, lo único que confesé nada más bajar esposado del avión y pisar tierra española fue la verdad que nunca pude olvidar y que me condenaba solo a mí ante ese juez y los demás. He pagado por todo aquello, aún pago; he matado, sí, y si alguien aún no se ha perdonado del todo, ese soy yo. Esa es mi condena. Por eso mismo no volveré a Arrona. No soy uno de esos que vuelve a la escena del crimen. Lo mío es un error que me ha perseguido siempre, una equivocación que hizo que pasara hambre y que perdiera la cabeza. Que ETA lo asumiera como suyo no me dio ningún respiro ni me causó un alivio. Pero ya no huyo, y eso, ya es mucho.» 

‘Subversivo’, explicado por sus autores

Begoña Cacho y Rafael Manrique, autores de ‘Subversivo’ explican su obra y leen un fragmento de la misma.

‘Cásate (o no)’, depende de ti

Tanto si tienes en mente casarte como si no este libro te va a interesar. Contiene 27 consejos o ‘desaconsejos’, según se mire, a la hora de enfocar este trance. Rafael Manrique, su autor, es un psiquiatra experto en terapia de pareja y sabe de lo que habla. En el fondo, el libro es un ameno estudio sobre la diferencia que hay entre amor, sexo y convivencia.

La portada del libro es de Aria Ocón Ortigosa.

Amar y casarse no tienen que ser sinónimos. A amar se va aprendiendo y, al tiempo, no se aprende nunca. A vivir en las instituciones en las que el amor acaba por colapsarse, aún menos. Es lógico que el orden social quiera adoctrinar. Este es un cursillo prematrimonial crítico, al margen de las instituciones, y realizado sobre la base de la psicología y la antropología. El psiquiatra Rafael Manrique, experto en relaciones de pareja, firma esta aguda percepción de una institución a la que despoja de ritos y prejuicios, aportando una veintena de consejos para los que quieran afrontar este paso en su vida. Va al grano en un divertido y muy instructivo cursillo prematrimonial para gente desprejuiciada.

27 consejos para casarse (o no).

Rafael Manrique Solana es psiquiatra y doctor por la Universidad de Cantabria. Trabaja en práctica privada en Santander. Sus áreas de trabajo son la psicoterapia y las relaciones amorosas, temas sobre los que ha publicado diversos libros. Las áreas de interés no profesionales son el cine y los viajes, sobre los que asimismo ha publicado varios trabajos. Publicó con esta editorial la novela El Gran Vacío Amarillo, junto a Silvia Andrés Serna y el ensayo Subversivo, junto a Begoña Cacho. Es el coordinador de la colección “Textos Insólitos” de la editorial El Desvelo.

‘La carretera de la costa’: Confesiones de una hija

La génesis de #lacarreteradelacosta llevó a descartar unos fragmentos finales de la obra de #kepamurua, que ahora recogemos en nuestro blog por su especial interés. En el que lleva por epígrafe ‘Confesiones de una hija’ se lee el testimonio dramatizado por el autor de la hija de Ceferino Peña, aquel a que ETA mató ‘por error’ y que es el protagonista elidido de la obra, junto con la propia violencia de los Años de Plomo y una carretera entre Zarauz y Guetaria que contiene tanta belleza como tragedia.

«Mi padre trabajaba la familia y cuando lo mataron quedamos solas mi madre y yo; yo, con muy pocos años. La ama me contó que durante un tiempo me quedé callada. Nunca he querido hablar de ello, pero tampoco he querido perder la alegría ni dejar que la rabia nos comiera por dentro. Mi padre nos enseñó que las personas deben prescindir del odio para superar cualquier dolor en la vida y ser felices algún día. Al principio, con toda la pena del mundo encima, no quisimos movernos de Arrona, de la parte de abajo, en la que él estaba presente. Unos años más tarde nos mudamos a Zarautz, donde hacemos una vida normal y la gente no sabe nada de lo que vivimos en el pasado. Pero desde que hace un año el pueblo de Arrona saldó la deuda que tenía con el aita estamos más tranquilas. Después de treinta y seis años, hoy es el día que junto a su amigo Joxe Mari Korta –son las casualidades que se dan con los nombres de este pueblo–, que fue asesinado con una bomba que le explotó al otro lado de la ría, por Bedua, se le recuerda con un monolito en el Rincón de la Memoria. Vivíamos en un pueblo donde nos conocíamos todos, pero que también tiene su historia. En ese rincón, un jardín con flores que cobija un árbol grande, se recuerda a los presos republicanos que tras la Guerra Civil estuvieron en un batallón de trabajadores que se ubicó en una casa cercana. Arrona, aunque es un barrio de Zestoa, tiene vida propia. Y eso era lo que mi padre tenía, mucha vida, hasta que murió con cuarenta años, muy joven; yo misma cumplí ya esos años. De niña no entendía lo que nos había pasado. Cuando fui haciéndome mayor, con cada asesinato que escuchaba en la televisión u oíamos en la radio, volvían las pesadillas. Cosas así no debían de ocurrirle a nadie. Nos tocó a nosotras: si me voy para atrás en el tiempo, puedo recordar el ruido, como si fueran unos petardos, una ráfaga de aire con un extraño olor que entró de golpe en la carrocería, y un hombre, que me pareció muy alto, que no dejaba de mirarme y que intentaba guardar una pistola bajo el brazo. Creo que no sentí miedo, lo que sentí fue algo inexplicable, una pena inmensa que no sabría cómo. Sé que podría mirar a otro lado, alguna vez he pensado que lo hice; y también he llegado a dudar de si nuestra conducta fue la apropiada. Pero si no viviera en el presente y no mirara para adelante, sé también que lo estaríamos traicionando. Quedarme en el odio no es lo que me hubiera enseñado mi padre: nunca lo hice, ni siquiera cuando volvía a Arrona y pasaba por la carrocería en la que trabajaba. En cuanto a la historia que nos ha tocado, pienso que la paz es un bien sagrado que pertenece a todos. Es lo que les digo a mis alumnos cuando doy clase; ellos no saben quién fue mi padre, pero me gustaría que vivieran sin resentimientos. Es una lección que me costó aprender: todos los días se ha de vivir sin odio. Superar la rabia nos permitió olvidarnos de la tristeza de una madre y de una hija que saben, aunque no lo puedan creer del todo, especialmente los primeros días, que el hombre de la casa, el marido, el padre, no volverá a tocar el timbre ni abrir la puerta con su llave. Para que no vuelva a ocurrir, todos debemos seguir por un camino parecido. Solo que cada dieciséis de mayo su recuerdo vuelve con la misma intensidad que al principio; antes celebrábamos los actos en familia, en la intimidad, pero hoy es el día en que estamos satisfechas de que su historia sea conocida por los vecinos. Arrona es un pueblo tranquilo, no tiene la playa de Zarautz, pero el verde del monte se mete en las calles, toca las casas, y la gente se conoce desde hace mucho tiempo. Al principio mi madre pensó que irnos era traicionar su memoria y volver a matarlo de otra forma, pero pasado un tiempo, cuando ella se sintió sola y sin fuerzas para pasear por los lugares donde había sido feliz con su marido, decidió que lo mejor era que nos fuéramos a otro lugar, donde no nos conociera nadie, para que yo pudiera empezar de cero. Mi madre dice que solo tenía ojos para mí y que era un buen hombre, cariñoso, muy trabajador, sano, honesto, amigo de sus amigos, amante de la montaña. Le gustaba recoger setas, tomarse un vino con alguno de sus vecinos, bailar con ella en las fiestas, y si no estaba silbando, ella me decía que podías oírle cantar a menudo. Para cada cliente que cruzaba la puerta del taller tenía una sonrisa y una palabra de ánimo en sus labios para aquel que lo necesitara. Con cada fotografía suya que me mostraba, cuando las lágrimas no le saltaban por la cara, salían los recuerdos más hermosos. Mi madre insiste que no hay una en la que se le vea enfadado. Me gusta su nombre, para nosotros es parte de la familia, Ceferino. Fue mi padre quien eligió el mío. Por si no lo dije, me llamo Kristina, Kristina Peña, y estoy orgullosa de ser su hija. Me quiso por encima de todo y aunque ha pasado tiempo desde que se nos fue, para mí fue y sigue siendo mi padre. El dolor sentido nos volvió tristes, pero también nos hizo fuertes. Durante años estuvimos calladas, hablábamos solo entre nosotras, y a menudo, durante mucho tiempo, ni siquiera eso. Hoy lo hacemos con más libertad. Como a él, me gusta la música, y cuando canto soy feliz porque siento que no lo olvido. No le pude conocer como me hubiera gustado; esa podría ser una de las razones que me han llevado a negarme a hablar de lo sucedido. Solo tenía tres años cuando me fijé en los ojos de aquel hombre que lo mató. Dijeron que fue un error, pero nunca he querido saber lo que pensaba su asesino. Lo que sí me pregunto es si él me oye cuando toco la trikitixa1 por ejemplo. O si su muerte, como la de tantos otros, tiene una razón invisible en esta historia que es nuestra vida tantas veces en silencio. Cuando el recuerdo se hace intenso, vuelvo a Arrona, y me pierdo por algún lugar que sé que le gustaba especialmente. Lo hago andando, despacio, sin prisa. En coche, por la carretera de la costa, se tarda una media hora en llegar hasta allí. El regreso suelo hacerlo por el mismo camino. Evito pasar por Meagas, nunca voy más allá de Zumaya, nunca hasta Deba, no sé por qué, pero ese trayecto me da un poco de miedo. A él le gustaba conducir, probaba la puesta a punto de los coches que debía entregar a sus clientes por esa carretera. Decía que, con el mar a su lado, era la más bonita del mundo.«

Los monstruos, la desgracia y el horror en los relatos de un Flaubert de 15 años

Bibliomanía y otros relatos de juventud, de Flaubert.

Gustave Flaubert está considerado uno de los mejores novelistas occidentales y es conocido principalmente por su primera novela publicada, ‘Madame Bovary’, y por su escrupulosa devoción a su arte y su estilo, cuyo mejor ejemplo fue su interminable búsqueda de ‘le mot juste’ (‘la palabra exacta’). Pero no todo empezó en Bovary. empezó mucho antes, cuando un Flaubert con 15 años ya escribía relatos de extensión media en donde los sueños, el melodrama y la injusticia social desbordaban su imaginación.

Flaubert.

‘Bibliomanía’ es la historia truculenta de un librero de Barcelona que, obsesionado por los libros, no duda en llegar hasta el crimen. ‘Un perfume para oler’ o ‘Los acróbatas’ es un cuento de saltimbanquis en el que una mujer fea y buena es despreciada a causa de su fealdad y acaba arrojándose al Sena: el cadáver está minuciosamente descrito con términos científicos. Es una historia de desgracia inmerecida que el autor expone como protesta contra el orden establecido. ‘Sueño infernal’, cuento fantástico situado en el mundo de los demonios, trata de la historia de un hombre que no tiene alma. ‘Quidquid volueris’ presenta a un ser hijo de una mujer y un mono al que la desesperación conduce al crimen.

Baile de máscaras.

El libro se encuadra en la colección de nouvelle Postcards. La portada de ‘Bibliomanía’ fue realizada por Sara Huete y la traducción de la obra corrió a cargo de Ana Isabel Fernández Rubio.

Los Años de Plomo en el País Vasco, por Kepa Murua

Kepa Murua, por @ardiluzu

Escribir era extraño cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía era ensordecedor. Se vivían como normales las batallas campales y los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a una estadística que se leía sin más.
Vivíamos en el infierno, pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un armisticio tácito, llegaba un silencio que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de unos pocos metros.
Sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos acallara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón.
Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas, y sin una personalidad individual que se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos.
Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir era toda una declaración de intenciones. Te preguntaban por qué lo hacías. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. Fue duro porque nos sentíamos aislados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras como “paz”, “convivencia” y algunas más que defendíamos como “amor” y “vida” ante tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura.
En mi caso, creo que me salvaron las palabras. Yo podría haber sido uno más; sin embargo, la educación que tuve y la lectura de libros, e incluso, la soledad, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Esos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente.
Había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree. Pero mereció la pena. Ahora cuando escucho a algunos que no estuvieron, digamos que a la altura de las circunstancias, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a la incomprensión, pese a la soledad, merece la pena hacerlo si hay algo con lo que no se esté de acuerdo y se piense, por último, que se ha de escribir algún día.

La carretera de la costa.

¿Se puede dedicar un poema a una rata?

No sólo se puede hacer, sino que el resultado es un gran poema de Robert Nye, recogido en su Poesía Selecta, prologada y traducida por Imano Gómez Martín, quien se revela como un consumado recitador.

Kilito habla todas las lenguas

Hablo todas las lenguas, pero en árabe.

El título ‘Hablo todas las lenguas pero en árabe’, de Abdelfattah Kilito, está tomado de Kafka que, en su Diario, cita una frase pronunciada por una artista de Praga: ”Mire usted, yo hablo todas las lenguas, pero en yiddish”, para mostrar que no podemos liberarnos, al menos oralmente, de nuestra lengua materna, familiar. Pero también para acercarnos a la magia del traductor que hace posible que, como lectores, podamos leer cualquier obra en cualquier idioma escrita. Asimismo, es una gran expresión que hace pensar sobre la relación que hay entre el ‘yo’ y el ‘otro’.

Abdelfattah Kilito (Rabat, 1945) es una de las voces más importantes y originales del panorama literario e intelectual marroquí. Profesor de Lengua y Literatura francesas en la Universidad Mohamed V de Rabat, ha dado clases también como profesor invitado en importantes universidades como la Sorbona, Princeton, Harvard o El Colegio de Francia entre otras. En 1989 obtuvo el Grand Prix du Maroc y en 1996 el Prix du Rayonnement de la langue française otorgado por la Academia francesa. Cinco de sus libros han sido traducidos al español.

‘Hablo todas las lenguas, pero en árabe’ es una recopilación de artículos, conferencias y notas de lectura, en donde el autor reflexiona y analiza las relaciones tanto en la vida cotidiana como en literatura entre el o los árabes dialectales, el árabe clásico y las lenguas extranjeras, todo con una profunda erudición y un cierto toque de humor que le confiere un sabor especial a la obra. Dividida en tres secciones, el libro recorre los problemas a los que se han enfrentado las letras árabes desde la edad clásica, y que versan esencialmente sobre la dualidad identidad/alteridad.

Mucho mejor que nosotros, Miguel Ángel Moreta-Lara, amigo personal y profundo conocedor de la obra de Kilito, nos habla de este libro:

https://revistaelobservador.com/opinion/89-el-lector-vago/15182-kilito-el-ultimo-morisco

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