Categoría: Lecturas

«Es muy caro ser yo»: Anna Nicole Smith, el dinero y Remartínez (un extracto de ‘Culo veo, culo quiero)

Culo veo, culo quiero.

Nada mejor para hacerse idea de un libro que leerlo. Aquí os dejamos un fragmento del último ensayo de David Remartínez, ‘Culo veo, culo quiero’, una mirada desprejuiciada sobre nuestra lucha cotidiana por lidiar con los deseos y una mirada también humorística sobre Anna Nicole Smith y su triste vida de millonaria.

Durante el juicio por la herencia de su difunto marido, el multimillonario del petróleo J. Howard Marshall II, el juez le preguntó a la exuberante modelo Anna Nicole Smith a qué respondía su fastuoso tren de vida, tan exagerado que su esposo le había limitado el gasto a 9.000 euros semanales. Hablamos de 9.000 euros semanales en el año 2001. Un millón y medio de pesetas cada siete días. Si eso suponía una disciplina severa, es que viajabas en un tren bala. Cómo tenía que pasar los días y sus noches Anna Nicole. Qué manera de amanecer.

Resulta que la neumática rubia no disfrutaba dilapidando a manos llenas, sino que sufría horrores ante lo inevitable de sus dispendios: «Es muy caro ser yo. Es terrible las cosas que tengo que hacer para ser yo», le explicó una compungida playmate al juez, a los aboga- dos y a las cámaras de medio mundo, llorando tras una cascada de bucles amarillos. Casi toda la sala se echó a reír desencajada, a pesar de que la declarante pretendía con su justificación ontológica justo lo contrario: mostrar que su fama de derrochadora revelaba una extraña responsabilidad conyugal. Según la crónica de la revista Hola! (de aquella todavía una Larousse de la frivolidad), Anna Nicole adujo ante el tribunal «que todo el dinero que su difunto marido le asignaba a la semana, entre un millón y un millón y medio de pesetas, se lo gastó especialmente en ropa para asistir a sus actos sociales». En proyectar la elegancia de su patrocinador; en trabajar como consorte pública. Obviamente, nadie hizo mucho caso a la viuda de oro y lágrimas de plástico, y la frase

«Es muy caro ser yo», envidiable hasta para Groucho Marx, quedó grabada en el acervo pop como una de las declaraciones más descacharrantes sobre el dinero jamás pronunciadas por alguien rico y manirroto.

Durante años me agarré al epitafio de Anna Nichole como la mejor defensa para mi carácter caprichoso. Pronunciada con dignidad, en lugar de con miseria de telenovela, se convertía en un epigrama de Oscar Wilde, uno de mis ídolos literarios desde la juventud. Si proclamabas «Es muy caro ser yo» arropado por los brocados sicilianos y las telas georgianas que hermoseaban el alma imaginaria de Wilde, la oración de perdón de la pin-up ante el juez se tornaba en una armadura contra cualquier censura de sotana. Sí, padre: gasto mucho en chorradas, en efecto, pero lo hago desde la inteligencia y el aprecio por la belleza. Es muy caro ser yo porque yo soy un ser cultivado en los placeres excelsos y en los mundanos. ¿O acaso miento, señora Windermere?

Con 20 años, cada vez que descubría algo que me parecía hermoso, fuese un disco, una camiseta o cualquier otra fruslería, un ímpetu furioso me exigía poseerlo, atesorarlo, comprarlo, como un hobbit trastornado, pues de lo contrario sentía que me estaba privando de lo mejor de la vida. Mi temperamento desmesurado chocaba con mis escasos ingresos y con la sanción ineludible del consumismo, esa enfermedad tan incipiente como mi barba en cuya condena coincidían tanto mi educación religiosa como mis primeras inquietudes políticas (de izquierdas, claro; la derecha jamás alberga dudas). Wilde ofrecía una alternativa divertida para excusar el impulso de dedicar el dinero a insensateces, de repudiar la lucha, la hucha y el monedero. El dinero siempre presto en el bolsillo, quemando las manos, prendiendo el deseo. Con Wilde y después con Nicole, era más fácil despreciar a los cenicientos y no resistirse jamás a una tentación.

Ni que decir tiene que mi historia financiera deja el crack del 29 como una partida desafortunada de tute en el bar. Conozco a pocas personas que gestionen peor el dinero. He ganado y he gastado sin mucha reflexión. Si hasta ahora, a lo largo de mi vida, he ingresado más de medio millón de euros, los dígitos del banco se han ido disipando con formidable regularidad en impuestos, alquileres, recibos, transportes, comida, gasolina, ropa, unas cuantas aficiones y demasiado alcohol y tabaco, dos partidas domésticas que hasta los 40 años se comían mi presupuesto mensual con una voracidad incuestionable. Nunca en mi fuero interno consideré que lo gastado por las noches fueran realmente consumos, aunque en proporción al resto de desembolsos personales resultasen una absoluta locura. Consumos eran las zapatillas y los tebeos. Es curioso cómo el cerebro aparta ciertos dispendios de la lógica mercantil.

Nunca me ha amargado el dinero, pero tampoco nunca lo he planificado, al menos hasta que los acontecimientos me empujaron y no me quedó más remedio que pedir el extracto bancario cuando acababa las operaciones en el cajero. Mis estanterías y mi cuenta corriente son la viva imagen de esa improvisación. Cuando empecé a trabajar como autónomo, ya cercano a la cincuentena, mi amigo Paco me recomendó lo siguiente:

«Calcula cuánto dinero necesitas para vivir al año. Y cuando tengas esos ingresos asegurados, dedícate a hacer las cosas que te gustan». Se me quedó una cara de gilipollas-manga fabulosa. Siempre había dejado que otros atribuyeran una cifra a mi trabajo, y en función de ese número de partida había articulado todo lo demás. Cuando lo importante era determinar la muesca de la regla donde el dinero, según mi propio baremo, dejaba de tener influencia. Eso me lo tenían que haber contado en la escuela.

Sin embargo, en cierto modo he sido un afortunado. El dinero, para casi todo el mundo, es un sinsabor porque lo habitual es que lo vivamos como una preocupación, a menudo como una angustia. Ni siquiera la salud le supera en esa condición, pues el miedo a la muerte suele aparcar en los escondites de nuestra consciencia los temores cotidianos a la enfermedad (excepto los hipocondríacos, claro, que los tienen siempre presentes). La inquietud por el dinero, por conseguirlo, mantenerlo o ampliarlo, gobierna por nuestros días. Y sin embargo, hablar de dinero «es de mala educación». ¿De cuántos conocidos y amigos conoces sus sueldos? Tabú. Los ingresos determinan nuestra autoestima y también la que atribuimos a los demás, mientras que los gastos, o la forma de gastar, establece nuestra virtud. Solemos sentirnos culpables cuando gastamos mucho, por la educación, por las desigualdades; porque el  neoliberalismo

Culo veo, culo quiero, de David Remartínez

Presentación de ‘Un rastro de sentido’ en Torrelavega

El pasado sábado pasamos un momento muy agradable en la casa de Adolfo, en Dlibros (Torrelavega), a donde fuimos para presentar ‘Un rastro de sentido’, la antología poética de Martin Seymour-Smith. En las imágenes podéis ver al antólogo-traductor-recitador Imanol Gómez Martín, junto a Asier Gómez, quien lo acompañó con el bajo y el contrabajo.

Andrea Constanza Ferrari lee un fragmento de ‘A pesar de los estragos del tiempo’, de William Morris

La editora literaria de ‘A pesar de los estragos del tiempo’, Andrea Constanza Ferrari, lee un fragmento de la obra, traducido por Tomás García Lavín.

Unas palabras de Morris, ‘A pesar de los estragos del tiempo’

Andrea y Tomás nos hace llegar desde argentina esta miniatura preciosa con textos de William Morris sobre las artes que reconcilian al hombre con su naturaleza. Tomás García Lavín tradujo la recopilación de textos ‘A pesar de los estragos del tiempo’ y Andrea Constanza Ferrari se encargó de la edición literaria.

Imágenes de la presentación de ‘Un rastro de sentido’ en La Vorágine (Santander)

Imágenes: Jesús Ortiz.

Presentación de ‘Un rastro de sentido’ en La Vorágine, en Santander

Colaborador de Graves, preceptor del hijo, crítico feroz y poeta fagocitado

Martin Seymour-Smith
William y Robert Graves, Martin y Janet, en Mallorca.

Martin Seymour-Smith, de quien acabamos de publicar su poesía escogida fue un brillante estudiante que dedicó sus primeros años a la enseñanza. Dio clases de matemáticas a Stephen Hawking y fue preceptor del hijo de Roberto Graves, William, fraguando junto a su esposa Janet, una amistad con el padre durante su estancia en Mallorca, la isla.

La isla se convierte en el paisaje del poema si no en el sujeto poemático. Varias son las páginas, poemas como «Los hombres de la isla», donde la isla de Mallorca desempeña el lugar mítico, a veces peligroso, o «Viaje a la isla», poema donde el poeta profetiza su muerte en brazos de Janet, y la de esta última en brazos de su hija Charlotte, o un mundo repleto de imágenes idílicas y recuerdos, como en el «Invierno para William» poema en el que William es el hijo mayor de Robert Graves, a quien Seymour-Smith instruyó durante dos años. Cabe decir que William Graves no sabía que era él a quien iba dedicado el poema hasta que se lo consultó y lo vio traducido para la realización de este libro. Para entender la visión que William Graves recuerda de Martin Seymour-Smith es interesante leer el libro del propio W. Graves Wild Olives (Pimlico, 2001), en cuyo capítulo V aparece la figura del poeta ampliamente desarrollada desde los ojos del niño William. 

Imanol Gómez Martín, del prólogo de Un rastro de sentido.

Seymour-Smith (Londres, 1928-1998) fue un lector voraz, biógrafo de Robert Graves, con quien colaboró en algunas de sus obras, Rudyard Kipling y Thomas Hardy y crítico feroz de la literatura de su tiempo. Ello ocultó su propia faceta como poeta que se prolongó en cierta oscuridad desde 1943 y 1993, que es el período que recoge ‘Un rastro de sentido’, antología prologada y traducida por Imanol Gómez Martín.

Políglota y autor de diversos libros, se hizo famoso por Los cien libros que más influenciaron la Humanidad, lanzado en 1998. Mundialmente, Seymour-Smith fue tal vez más conocido por su Guide to Modern World Literature, que fue publicado en 1973 y revisado, expandiéndose en 1986 como The Macmillan Guide to Modern World Literature. El libro fue un estudio tan profundizado de la poesía del siglo 20, que algunos críticos dudaron que fuera el trabajo de una persona.

«Para algunos de sus amigos y entusiastas seguidores, la faceta de crítico había fagocitado al Martin poeta (cuestionó a Eliot por su frialdad, a Williams como poeta menor y a Olson como vacío. Sin embargo elevó a Laura Riding diciendo de ella que era la poetisa más importante de la historia), alejado siempre de los ámbitos literarios, y, sin embargo, alabado por Philip Larkin, quien incluyó un poema de Martin en su libro Oxford Book of Twentieth-Century English Verse». 

#imanolgomezmartin, del prólogo de #unrastrodesentido, antología de #martinseymoursmith #poet #poeta #englishpoet #poetry #poesia

‘Reconsideración indemostrable…’, un poema de Martin Seymour-Smith

Martin Seymour-Smith.

‘Reconsideración indemostrable sobre una observación quizás en un juego’

Los preliminares de tu muerte son
esto y lo otro: afeitarse, un poco de rabia,
acariciar la cabeza del gato, escribir una carta aburrida.
Tu lógica no encuentra nada mejor.

¿O en tu caso fantasías amorosas
interfieren de manera preocupante?
Tenemos entonces una base común falsa
sobre la que cimentar nuestra «amistad» (di)
¿o si soy una señora puedes entonces
expresarte de manera diferente?

Pon esto de la forma menos atractiva:
debes admitir que en conjunto supone, 
en la rutina hacia la muerte, unas vacaciones.
Freddy no puede analizarlo todo, no puede actuar.

Recuerda entonces la próxima vez que tu razón maldiga
este universo accidental sin dios,
que solo las mentiras evitan que empeore.

Traducción de Imanol Gómez Martín

Imanol Gómez Martín, traductor.

An observation for unverifiable
Reconsideration in a game perhaps 

The preliminaries to your death are
This and that: shaving, a little anger,
Pat the cat’s head, write a boring letter.
Your logic can show you nothing better.
Or have in your case fantasies of love
Interfered in a serious manner?
Then we have a false though common basis
Upon which to found a ‘friendship’ (say)
(Or if I am a lady then you may
Express yourself in a quite different way).
Put this at its very least attractive—
You must admit that on the whole it is,
From routine deathwards-going, a holiday.
Freddy can’t have all analysis, no play.
Remember, then, next time your mind must curse
This godless accidental universe,
That only lies prevent it from being worse.

El amor entre Vera Brittain y Roland Leighton en dos libros: ‘Un llanto sobre el mar’ y ‘Nada tan amargo’

Dos de nuestros libros están íntimamente relacionados y si se leen a la vez se comprenderá por qué. En ‘Nada tan amargo’, conjunto de poemas de poetas de la I Guerra Mundial, Vera Brittain tiene un protagonismo especial. Pero también Roland Leighton, aquel muchacho de quien estuvo enamorada y cuya relación quedó truncada por la guerra. De Roland Leighton hemos publicado ‘Un llanto sobre el mar’ y tanto en un libro como en otro se encuentran poemas cruzados, los que Vera dedicó a Roland y los que Roland dedicó a Vera.

Leighton no tenía un círculo amplio de amigos ya que sus compañeros lo consideraban bastante frío y vanidoso. Sin embargo, se convirtió en un amigo cercano de Edward Brittain, hermano de Vera. Leighton utilizó el medio de la poesía para expresar su creciente amor por ella, a quien conoció cuando tenía 19 años. No tuvieron mucho tiempo. Roland moría en 1915, con 20 años, en Francia.

Fotografía de Vera Brittain
Vera Brittain

‘Un llanto sobre el mar’ fue editado por Paula Campos Fernández. ‘Nada tan amargo’, por Eva Gallud Jurado. Sin ellas no hubieran sido posible estos libros.

Porque yo naceré en un burdel

Roland Leighton

Porque yo naceré en un burdel
y tú nacerás sobre un trono.
Con rostro desatento
el destino nos asigna un lugar,
y nunca podemos reclamar el nuestro.
Y no nos atrevemos a murmurar
y no expresamos queja alguna,
aunque muy bien sabemos
qué infierno deben vivir algunos
antes de morir.
Porque una parte de la tierra es cielo
y la mayor parte de la tierra es infierno
y las estrellas burlonas
miran a través de las rejas del cielo
y sonríen: «Dios lo ha hecho bien.»

Traducción: Paula Campos Fernández

El único hijo

Vera Brittain

La tormenta golpea ruidosa y tú estás lejos, 
la noche es feroz,
¿acaso apunta el día en lejanos campos de batalla, 
pequeño mío?

Hasta el menor de los males intenté evitarte 
en el pasado,
con sueños de hombría en colinas lejanas calmé 
tus temores infantiles,

pero no pude salvarte del choque del conflicto; 
con ojos brillantes
agarraste la espada y por el camino de la Vida 
saliste a buscar tu recompensa.

La tempestad ruge, pero tú estás dormido; 
aunque el viento azote con furia
no podrán romper tu profundo sueño infinito, 
pequeño mío. 

Traducción: Eva Gallud Jurado

Extracto del prólogo de Ben Clark al libro ‘Un llanto sobre el mar’, de Leighton

Un llanto sobre el mar

Los llamados War poets han ocupado una parte central en el ejercicio colectivo de recordar que la Primera Guerra Mundial ocurrió. Sus versos se recitan todos los años con la devoción de quienes musitan textos sagrados y hoy, un siglo después del Armisticio del 11 de noviembre de 1918, podemos afirmar que, contra todo pronóstico, no ha sido la narrativa ni la pintura ni el cine, sino el arte más breve y frágil, la palabra hecha poesía, lo que ha logrado y logra transportarnos al horror de las trincheras de las que ya ningún ser humano guarda el recuerdo. Así, difundir la poesía de la Gran Guerra —difundir the pity, que diría Owen— es hacer justicia a la memoria, al recuerdo de lo abominables que podemos llegar a ser los hombres —¿hubiera ocurrido la Gran Guerra en un mundo liderado por mujeres?— y significa, entre otras cosas, trabajar para que esto no pueda volver a ocurrir jamás. Son malos tiempos para una paz europea y nuestra principal amenaza es el olvido. Así, traducir la poesía de las trincheras tiene una función práctica, actual, indispensable, nos permite el acceso a las voces que vivieron el infierno y que nos suplican, con sus versos, que no dejemos que ocurra de nuevo. En este sentido quiero felicitar y agradecer a Paula Campos Fernández por su extraordinaria labor. Ahora que se acaba de editar en España Testamento de Juventud, creo que la lectura de la poesía de Roland Aubrey Leighton resultará fundamental para evitar que sea sólo un personaje dentro de un libro. Fue un joven con sueños, un joven enamorado, el hijo de dos escritores que escribía, a su vez, estupendamente. Roland era puro futuro y todo le fue arrebatado a los veinte años. Disfruten, pues, de sus versos y de la excelente traducción de Paula Campos Fernández, y dediquen un momento a pensar en el joven Roland para que no sea verdad aquella vieja consigna de Bécquer: ¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!

Ben Clark, del Prólogo de Un llanto en el mar.
A %d blogueros les gusta esto: