Categoría: Lecturas

‘Pinar, piscina, plenilunio’, un extracto

Pinar, piscina, plenilunio
Pinar, piscina, plenilunio.

En la urbanización, el verano suponía encomendarse a todo lo que existía en la naturaleza, a todo lo que procedía directamente de ella y a cosas que habían derivado de su bondad por vías más tortuosas. 

Al verlos alejándose, mezclados con otros niños, a medida que aumentaban su distancia, me costaba comprender cómo mis hijos podían parecerme tan impropios. La imagen rara de unos niños pequeños dejando un hogar cómodo y seguro, diluyéndose en la compañía de sus amigos. Mi extrañeza al comprobar que ya eran otras personas, individuos ajenos en los que bullía la vida sin que yo tuviera que alentarla, con una capacidad clara para la escisión. 

Los rosales que había imaginado bordeando el césped no han crecido demasiado. La sequedad del clima consiente pocas especies de plantas y el césped se agosta en cuanto no se riega un par de días. Mis hijos son seres humanos diferenciados y yo tengo que hacer un esfuerzo más grande del que había previsto para sostener el verdor debido en torno al chalet. 

Después de entregarles a su grupo de amigos, vuelvo a sentir los espejos de la casa. ¿En qué momento del día se riegan los rosales? Vuelvo a mirarme en ellos con atención. Dedicando a mi reflejo un tiempo que normalmente ocupan otras personas. 

Hay horas en las que apenas se oye nada afuera y empiezo a derivar placer de exactitudes absurdas. Mido con la vista una de las columnas de la valla de los vecinos, un poco más baja que las demás. Desde la ventana de la cocina, mi punto de observación, dibujo la trayectoria que seguirán las madreselvas que han empezado a extender sus tentáculos sobre la valla, son algo más benévolas que las arizónicas de la parcela contigua. Sus ramas aguzadas crecerán de modo incontrolado y quienes las han plantado lo lamentarán. Nada de lo que es nuevo me resulta apacible todavía. 

Debo recordar que el mal casi nunca proviene de donde se espera. El mal siempre es otra cosa y la naturaleza tiene sus propios mecanismos, una inercia natural hacia la vida que imanta todo lo viviente con lo viviente, que atrae su propia continuidad. Lo vivo tiende a perdurar de forma inconsciente y automática.

Junio ya ha solidificado el color del cielo. Los coches pasan a poca velocidad pero sigo sin distinguir quiénes viajan dentro. Me gustaría conocer a esas personas. Pasan el verano a poca distancia de aquí, han construido casas que son similares entre ellas pero también diferentes, casas edificadas cerca de mi casa, en un radio que puede recorrerse a pie en menos de una hora. 

Patricia Rodríguez. Pinar, piscina, plenilunio

El crítico literario como autoridad, por Toni Montesinos

El sueño esclavo, de Toni Montesinos.

Un día de 1984, un anciano Sándor Márai anota en su diario: «Voluminosos catálogos de editoriales, cada semana uno o dos. Miles y decenas de miles de libros, todos de reciente publicación, cientos y cientos de cada género. Un hartazgo asfixiante. Escribir sólo frases yuxtapuestas. Incluso palabras sueltas. Leer diccionarios. La literatura ha muerto: ¡viva la industria del libro!».

Esa misma idea, la del fin de la Edad de la Literatura, la expuso Germán Gullón en Los mercaderes en el templo de la literatura (Caballo de Troya, 2004), ubicándola en un tiempo concreto en nuestro contexto, alrededor del año 2000, cuando «se produjo un cambio radical en el panorama de las artes: la preferencia del hombre culto se trasladó de lo verbal a lo icónico, lo que vino a empañar un panorama cultural posmoderno ya de por sí confuso». El carácter comercial del libro literario, su valor convertido en precio, la marca registrada que hoy en día es el autor, el libro como objeto de consumo con código de barras, el show business de los premios, eran sólo algunos de los numerosos asuntos que Gullón analizaba con certeros argumentos y una valentía y clarividencia extraordinarios. Y además de modo excepcional, porque el debate en torno a todo ello es inexistente en España, que vive una etapa editorial-empresarial magnífica que, por desgracia, se asienta en un gran conservadurismo artístico, la censura del mercado en palabras del editor André Schiffrin, que va en detrimento en última instancia de la creatividad del escritor. 

Así las cosas, Gullón daba un paso adelante en su mirada sociocultural —siempre contundente y real, en ningún caso pesimista per se, ya que «nunca se ha leído tanto, gracias a la distribución de diarios gratis y al éxito de la novela negra y de la ficción histórica»— y concentraba una obra como Una Venus mutilada (Biblioteca Nueva, 2008) en la función de la crítica literaria española actual. Partiendo de una frase de «El método de Sainte-Beuve» de Proust, sobre el estilo periodístico, el catedrático de la Universidad de Ámsterdam abordaba la importancia de «cuidar de que la calidad cultural sea respetada en el espacio público». Un espacio en el que los medios de comunicación necesitan reajustarse para desarrollar una labor que abrace al libro como «uno de los semilleros del pensamiento humano», dado que «se impone la necesidad de que la política empresarial de los órganos culturales responda mejor a su audiencia, y consideren en serio las preferencias de los lectores».

En este sentido, los críticos deberían establecer la diferencia entre las obras de entretenimiento y las literarias, una frontera hoy turbia ante el caudal publicitario, el número de títulos nuevos al mes y lo políticamente correcto —para no herir la susceptibilidad de unos u otros— en el que nos dan gato por liebre continuamente. De este modo, en un ciclo tan regulado de productos culturales, cabe reactivar el modo de respetar lo comercial sin menoscabo de hundir «el legado literario, patrimonio de la humanidad [que] pasa por apuros de subsistencia como espejo válido de las realidades y sueños de la ciudadanía».

Observador infatigable de una sociedad que evita la discusión intelectual verdadera y de una crítica literaria cobarde en sus juicios, denunciador de las hipocresías del mundo universitario y de la parcialidad de los suplementos culturales, Gullón se empeñaba en buscar interlocutores que también pretendieran cuidar a la moribunda Literatura. En este Occidente presuroso de inicios del siglo xxi, hay que intentar su resurrección entre todos, aunque sea difícil encontrar voces hoy que se animen a cuestionar la situación sociocultural que nos rodea. El pesimismo en Occidente tiene mala prensa, y esas voces que no se contentan con lo establecido y lo denuncian mediante artículos o libros son escasas. Si en España Gullón se lanzó a tales tareas, afuera, André Schiffrin expuso su punto de vista al respecto en La edición sin editores (2000) y El control de la palabra (2006).

Más adelante, Schiffrin continuó con su análisis de un ambiente que conoce bien, por su largo paso por las editoriales estadounidenses Pantheon Books y The New Press, pero de una manera tangencial. Se trataba de unas «memorias políticas», como decía el propio autor, en las que se mezclaba una parte netamente biográfica, la más atractiva —la que hablaba de cómo sus padres emigraron a Nueva York— con el recuerdo de su activa participación en asociaciones políticas juveniles en su periodo universitario como «anticomunista prematuro», y su visión final de cómo la globalización se ha «apoderado de la edición mundial».

El modo en que Schiffrin reflexionaba sobre «la nueva ideología del beneficio» que impera en los grandes grupos editoriales es bien conocida, y en estas páginas todo lo que cuenta era muy interesante al respecto de su experiencia personal con Random House y su estupor ante la desaparición de su vieja idea: «El principio clásico de la edición de que los libros de éxito debían subvencionar a los que producían menos dinero». Sin embargo, la explicación de estas «nuevas normas empresariales» y «lo importante que es disponer de medios de comunicación independientes» eran asuntos que el editor parisino ya había tratado, de ahí que lo novedoso para el lector fueran, por un lado, su vida de niño y adolescente francés en el Nueva York de los años cuarenta, su negativa perspectiva de las universidades americanas e inglesas por el otro, e incluso su detallada visión de las políticas gubernamentales americanas en el plano internacional y bélico.

Para los interesados en el macartismo y el espionaje del FBI y la CIA, para los que quisieran saber cómo funcionaba una asociación como la Liga de Estudiantes para la Democracia Industrial, de la que Schiffrin era presidente, Una educación política (Península, 2008) constituía una lectura estimulante. Para los curiosos en saber la forma en que se enseñaba en Estados Unidos, ciertamente pobre en el ámbito de las humanidades, separando la literatura del contexto histórico, y también en Inglaterra (con un programa de estudios abrumador, «un caos»), también el libro ofrecía pasajes iluminadores. Pero, con todo, lo más emocionante era la parte familiar: conocer al padre, Jacques Schiffrin, y el impacto que le suscitó a André la lectura de las cartas que le envió al otro gran André de su vida, su amigo Gide.

Dichas cartas reflejaban el gran dolor que supuso para el fundador de Éditions de la Pléiade tener que emigrar de París ante el acoso nazi y de cómo él y su mujer convirtieron ese peligro en un juego para el chaval, que no fue consciente del enorme sufrimiento que conllevó tal huida. La pobreza, la dificultad de «reconstruir una vida cultural» en Manhattan, el viaje de André a los trece años a Francia en barco a visitar al editor Gaston Gallimard… Sólo la narración de esas experiencias ya justificaba la lectura de un libro poco unitario, algo disperso, pero incuestionablemente atractivo. […]

El éxito del fracaso, el fracaso del éxito, por Toni Montesinos

En una novela de Bohumil Hrabal, Una soledad demasiado ruidosa, el protagonista, después de trabajar treinta y cinco años en una trituradora de papel, se introducía en la máquina y apretaba el botón que lo iba a aplastar. Echándole imaginación, ese podría ser el aspecto caníbal de la literatura actual en Occidente, convertida en muchos casos en disciplina industrial, dependiente de empresas de comunicación, constituyéndose en un Prometeo cuyos órganos son comidos y reconstruidos ad infinitum. Así, hoy el artista está castigado de cara a una pared llena de cifras: es un producto de las finanzas, el stock, el trimestre en las librerías, la trituradora si no logra un mínimo de ventas.

¿Qué significa, dentro de este marco de prisas, de ansiedad económica, de novedades que el tiempo desintegra antes de que su eco caduque de forma natural, el éxito y el fracaso de una obra literaria? Actualmente, los textos son secundarios en beneficio de quien los firma: se compra lo último de Menganito, y las agencias y editoriales buscan la fórmula —siempre su majestad la Novela— que les facilite insertar el original en el mercado. Así ocurre desde 1840, explica Arnold Hauser, cuando «la obra literaria se convierte en mercancía en el sentido más absoluto de la palabra; tiene su tarifa de precios, se confecciona según modelo y se entrega en fecha fija». Balzac o Eugène Sue serán algunos de los autores más aclamados y que más beneficios económicos consigan con este tipo de novelas por partes: «Las lee todo el mundo: la aristocracia y la burguesía, la sociedad mundana y la intelectualidad, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, señores y criados». Pero el que ganará más dinero, entre doscientos y trescientos mil francos al año, será Dumas, que enseguida entenderá la necesidad de recurrir a negros que le ayuden a satisfacer la demanda de unas tramas atractivas y sencillas; en su caso setenta y tres empleados que escriben una impresionante cantidad de páginas y entre los que destaca el erudito historiador Auguste Maquet.

Es el tiempo del folletín, cuando Dumas deja en suspenso la trama de El conde de Montecristo o Los tres mosqueteros para avivar la curiosidad del lector, del cliente fiel que a la semana siguiente adquirirá el periódico donde continúa la historia que le tiene en vilo. Jamás la palabra «producción» se había relacionado con la actividad artística, como advirtió Octavio Paz, hasta que se consolida la Revolución Industrial. Se inaugura, de este modo, el concepto de popularidad en torno al escritor: Balzac, Dickens, Blasco Ibáñez, Simenon, Stephen King, Pérez Reverte. En estos casos, se deduce que el éxito equivale a dinero, a número de admiradores que pagan a cambio de la creatividad de un individuo y su capacidad para entretener.

La otra cara de la moneda, sin embargo, resulta más atractiva, abundante y realista, más próxima a la mayoría: «¿El fracaso? El fracaso es el condimento que le da sabor al éxito», decía en su «Autorretrato» Truman Capote; algo que tiene que ver con lo que estudió Alain de Botton en Ansiedad por el estatus: «Nuestro sentido de la identidad se ve preso de los juicios de aquellos con quienes convivimos». En virtud de cuánto se atienda la opinión ajena, el fracaso y el éxito serán, por consiguiente, relativos; Lev Tolstói, en sus diarios, se preguntaba: «¿Para qué el dinero o la estúpida fama literaria? Es mejor escribir algo bueno y útil con convicción y entusiasmo»; y añadía: «Hay que escribir sin ruido, con tranquilidad, sin tener como objetivo publicar»; y el colmo de la contradicción: «Que mis obras se hayan vendido durante los diez últimos años [1885-1895] ha sido para mí el asunto más doloroso de la vida». Lo cual es difícil hasta para los autores de más talento. En la Navidad de 1922, Virginia Woolf escribía a Gerald Brenan: «¿Acaso no estamos siempre esperando? Y aunque fracasemos cada vez que lo intentemos, lo cierto es que no fracasaremos tan estrepitosamente como habríamos fracasado de no haber estado dispuestos a atacar el todo desde un principio». Woolf recordaba la desesperación que sentía, a los treinta años, al no tener nada digno de publicarse. Una autoexigencia que también proclamaba Julio Cortázar y que Samuel Beckett llevaría a sus últimas consecuencias, pues el sentimiento de repulsión por la propia obra es inherente al escritor, hasta el punto de que «ser artista es fracasar como nadie se atreve a fracasar».

Peor sería, no obstante, para aquellos que morirían sin disfrutar del clamor que el futuro tenía reservado a sus escritos: Mijaíl Bulgákov, calumniado y silenciado por el poder político hasta su desaparición en 1940, no vería cómo el mundo literario se asombraba ante El maestro y Margarita; Giuseppe Tomasi di Lampedusa fallecería meses antes de que se descubriera la magnitud de El Gatopardo aunque, por otra parte, su enfermedad le evitaría padecer los ataques de los críticos contra el relato; la repentina muerte de Robert Musil interrumpiría la escritura de la gigantesca El hombre sin atributos. Los casos son incontables. Hoy mismo, ¿intuiría Roberto Bolaño todas las maravillas, a título póstumo, que se iban a decir de su 2666?

El sueño esclavo, Toni Montesinos

He descubierto que la lectura es un sueño esclavo.  
¿No es mejor soñar mis propios sueños? 

Fernando Pessoa

‘La isla de la verdad’: «Una atrac­tiva carta de navegación para todo aquel que desee aventurarse, sin temor a nau­fragar, en el vasto universo de las metá­foras filosóficas»

‘La isla de la verdad’ y ‘En el corazón de la existencia’, de Pablo Redondo y Sebastián Salgado.

La reflexión sobre la naturaleza del dis­curso metafórico, aquel que de manera genérica podríamos caracterizar como el establecimiento de una relación de seme­janza entre dos pares de elementos apa­rentemente heterogéneos, ha estado pre­sente desde los albores del pensamiento filosófico. Ya en Platón hallamos la plena conciencia de que para hablar del ámbito de lo inteligible no podemos sino recurrir a elementos del mundo sensible. Sirven de antesala al mito del carro alado las si­guientes palabras: «Cómo es el alma re­queriría toda una larga y divina explica­ción; pero decir a qué se parece, es ya asunto humano y, por supuesto, más breve». El padre de la Academia es sin lugar a dudas uno de los pensadores más avezados a la utilización de este discurso por analogía: quizá no exista narración metafórica de mayor calado filosófico y repercusión histórica que el mito de la caverna.

Ahora bien, a pesar de esta estrecha relación entre la aparición de la filosofía y su interés por el funcionamiento de la metáfora, la consideración que ha mere­cido esta peculiar manera de proceder ha sido cambiante a lo largo de la historia. En sus inicios, la metáfora fue reservada al ámbito de la estética y la retórica; su función se veía reducida al embelleci­miento y la persuasión, por lo que su valor de verdad quedaba en entredicho, barruntándose el peligro de utilizarla en ámbitos inadecuados. Es especialmente en el seno de las investigaciones estéticas del Romanticismo que se subraya el po­tencial cognoscitivo del discurso por ana­logía (sea bajo la denominación de alegoría o símbolo). Este interés llega a su máxima eclosión a propósito de la re­ flexión sobre los diversos rendimientos del lenguaje que es característica del giro lingüístico en la filosofía del siglo pasado.

El libro que presentamos, La isla de la verdad y otras metáforas en filosofía, se inscribe en esta tradición contemporánea de interés por las metáforas y su rendi­miento filosófico. Pablo Redondo y Se­bastián Salgado realizan un recorrido selectivo por las principales metáforas utilizadas en la historia del pensamiento occidental, ya sea con la función de sintetizar de manera atractiva las abstrusas reflexiones de los filósofos, para ilustrar­ las de manera pedagógica o para hablar de aquello que escapa a los límites de nuestra razón.

El mar y el naufragio, el viaje (que no turismo), el camino, la luz, la máquina y el organismo, el edificio, el libro, el tea­tro o la red son algunas de las metáforas tratadas en el texto. Así, por ejemplo, el mar fue entendido en la tradición judía y en la Antigüedad greco­latina como representación del carácter indigente y precario de la existencia humana, forzada constantemente a buscarse la vida, nave­gando más allá de los confines conocidos gracias a sus habilidades técnicas, pero con la inseguridad que supone el abrirse a la inmensidad de lo desconocido (p. 23). Con la Modernidad se añade el matiz del descubrimiento y la posibilidad de am­pliar las capacidades humanas, la concien­cia de nuestra constante perfectibilidad y la idea de progreso (p. 25). A la par con el mar tenemos la imagen del naufragio. Los estoicos la emplearon asimilando al espec­tador con la figura del sabio, aquel que es capaz de mantener la imperturbabilidad de su ánimo en la conciencia del carácter conflictivo y voluble, tanto de la natura­leza como de los acontecimientos huma­nos (p. 32). Más recientemente, autores como Nietzsche se han servido del nau­fragio «para entender la vida como un continuo estar embarcado surcando la mar» (p. 35).

En ocasiones se nos hace difícil dife­renciar el uso literal del metafórico. Esto es especialmente cierto en la mayoría de nuestros conceptos filosóficos: «Todos los términos filosóficos son metáforas: por así decir, analogías cristalizadas, cuyo verdadero significado se revela cuando disolvemos el término en el contexto ori­ginario, que tan claramente debió de estar en el espíritu del primer filósofo que lo utilizase». Para expresarlo en las ya clásicas palabras de Nietzsche, la ma­yoría de nuestros conceptos filosóficos son metáforas que hemos olvidado que lo son. Kant coincide asimismo en este punto:

Nuestro lenguaje está lleno de tales exhi­biciones indirectas según una analogía, por medio de las cuales la expresión no contiene el auténtico esquema para el concepto, sino meramente un símbolo para la reflexión. De este modo, las pala­bras fundamento (apoyo, base), depender (verse sostenido desde arriba), fluir a par­tir de (en lugar de seguirse de), substancia (como Locke la entiende; la portadora de los accidentes) e innumerables otras.

Otra de las figuras estrella es la metá­fora del camino como representación de la vida y la tarea del pensar (p. 43), una imagen que es crucial en el pensamiento de autores tan diversos como Heráclito, Parménides, Descartes o Heidegger (re­cuérdese su «Wege, nicht Werke», «Ca­minos, no obras»). El camino sería un ejemplo de «metáfora absoluta» en el sentido de H. Blumenberg, esto es, «ele­mentos básicos del lenguaje filosófico, transferencias que no se pueden recondu­cir a lo propio, a la logicidad». También la analogía con el libro ha desempeñado un papel relevante en la estructuración del pensamiento religioso, científico y filosófico (p. 53). La Biblia es el libro sa­grado, y el mundo, el lugar donde leer los rastros de la acción creadora de Dios, si bien cabe discutir en qué caracteres ha sido escrito y cuál sea la manera más ade­cuada de leerlo. La imagen de la luz como representación de la verdadera rea­lidad y el conocimiento verdadero ha desempeñado también un papel funda­ mental a lo largo de toda la tradición fi­losófica occidental. Como afirman los autores del libro, «en capacidad de expre­sión y en cuanto a las posibilidades que se abren al seguir sus cambios —que a su vez ayudan a entender las transformacio­nes en la comprensión del mundo y del hombre a lo largo del tiempo—, la me­táfora de la luz no tiene comparación con otras» (p. 83).

A pesar de la voluntad de rehuir todo corsé academicista (p. 7), el texto que presentamos no renuncia a utilizar un extenso y selecto aparato bibliográ­fico. El estilo con que P. Redondo y S. Salgado exponen sus reflexiones es elegante y bello, sin menoscabo alguno del necesario rigor en la exposición de los conceptos filosóficos. Por todo esto, La isla de la verdad constituye una atrac­tiva carta de navegación para todo aquel que desee aventurarse, sin temor a nau­fragar, en el vasto universo de las metá­foras filosóficas.

Àlex Mumbrú.
Mora Universitat Internacional de Catalunya.  

‘Entre pupitres’: «Un libro que a muchos nos hace rememorar la tiza, la pizarra y en gran medida la infancia»

Entre pupitres

Aquí os dejamos el texto de la presentación del libro ‘Entre pupitres’, cuyo editor literario y prologista es Seve Calleja:

“Si yo fuera tú” es el juego literario por excelencia de Seve Calleja. Y como ha trabajado siempre “entre pupitres” rodeado de jóvenes y adolescentes, es el mundo de hijos, ahora nietos también,  y alumnos el que más ha manejado en su larga y fructífera carrera literaria, porque cree en la literatura como un juego de magia que le permite creer en lo que sueña, sea o no cierto, a cambiar a voluntad lo que no le gusta y a imaginar que caza a lazo la luna, mientras azuza a sus palabras contra las pesadillas. Al subirme a este estrado para presentar en un ágora tan docta como este colegio de doctores y licenciados a un escritor reconocido y consagrado como Seve Calleja sé bien de mi atrevimiento, porque por mi condición de compañero al tiempo que amigo me expongo tanto a no llegar como a pasarme de frenada al glosar la obra y los muchos méritos literarios del autor de la obra “Entre pupitres”.

Experto en literatura infantil, prolífico creador de cuentos, ganador de prestigiosos premios literarios como el Ignacio Aldecoa, el de relatos cortos Gabriel Aresti o el Leer es vivir, también nos ha regalado novelas como “Los desayunos de Esther”, “El oso hormiguero del rey” o su reciente thriller “Muerte en el Adur”. Artículos en revistas, apéndices, recopilaciones, alma mater de colecciones antologías de cuentos y leyendas populares vascas y de otros muchos lugares del mundo… el universo literario de Seve es caleidoscópico, pero su planeta preferido es el habitado por las reglas, lenguajes, intereses y sueños de los niños, jóvenes y adolescentes… algo no tan fácil de plasmar en un libro cuando se pasa la frontera de adulto

Quizá el haber compartido docencia con él durante años sea lo que más me ha ayudado a viajar en el tiempo y en el espacio junto a Seve por los folios de “Entre pupitres”, un libro que a muchos nos hace rememorar la tiza, la pizarra y en gran medida la infancia. Desde este recuerdo y de su asiento duro de madera podría decirse que nacen la mayoría de los relatos de autores muy conocidos que aquí se recopilan, incluyendo los propios del autor; algunos desde la conciencia de haber sido alumno, otros desde la experiencia profesional docente, pero todos cargados de la nostalgia y de la pasión que nunca desaparece en quienes aman enseñar. Y Seve amó tanto enseñar a jóvenes y adolescentes que no puede dejar de escribirlos al dictado de su corazón de recuerdos de alumno y enseñante.

Colegio Oficial de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias de Bizkaia y Álava

Un conservador que se oponía a «las carnicerías para enriquecer a unos pocos»

Smedley Butler, en la ceremonia de su retiro como comandante general de los Marines.

Dos son los elementos que hacen sorprendente el libro La guerra es una estafa y a su autor, el comandante general del Cuerpo de Marines de Estados Unidos, Smedley Butler: una que, sin ser un pacifista, y militar de carrera al fin y al cabo, terminó abominando del belicismo basado en los intereses comerciales de Estados Unidos; la otra, que fue un hombre conservador, como lo atestigua su militancia en el partido republicano, lo que le convierte en un caso excepcional en la política estadounidense y también en el estamento militar. Pero de esto habla mejor Jesús Ortiz Pérez del Molino, articulista y editor, a la par que autor del epílogo que contextualiza la obra:

Hay muchas más obras de ficción que muestran los horrores
de la guerra. Hay también, por supuesto, una larga
lista de autores que se opusieron a la guerra sin recurrir a la
ficción. Como Bertrand Russell, Kant, Tolstoy o Gandhi.
La guerra es una estafa podría incluirse en esta categoría
de obras serias, tratados argumentativos que no usan de la

Butler se dirige a excombatientes de la I Guerra Mundial que marchaban sobre Washington para reclamar el pago de sus bonos de guerra.

imaginación ni del humor para señalar lo terrible que es
la guerra. Pero hay una diferencia importante: su autor es
militar por voluntad propia, que hizo de ella su profesión
desde los 16 años hasta su retiro. Que fue un alto mando,
por lo que conocía desde dentro las tripas del asunto,
invisibles para un oficial bombardero, como Heller, y no
digamos para un soldado de infantería como Vonnegut.
No sabemos de la inclinación política de Aristófanes,
pero Heller y Vonnegut eran personas de izquierdas, al
menos de lo que en Estados Unidos se llama izquierda.
Butler no; tras su retiro se presentó a las elecciones por el
partido republicano, el mismo que ha hecho presidente a
Trump. Butler era un conservador convencido, pero entre
los conservadores también hay gente a la que no le parece
bien que se organicen carnicerías para enriquecer a unos
pocos. Y lo bastante valiente para ver que de eso se trata
en la guerra, aunque implique, como en el caso de Butler,
cuestionarse toda su vida. Desde 1933 daba mítines contra
la guerra. En 1935 declaraba «fui un estafador, un gángster
del capitalismo».

Jesús Ortiz Pérez del Molino. Epílogo.

Los años del plomo, por Kepa Murua

Foto: Raúl Fijo.

A propósito de ‘La carretera de la costa’

Escribir era extraño cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía era ensordecedor. Se vivían como normales las batallas campales y los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a una estadística que se leía sin más. 

Vivíamos en el infierno, pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un armisticio tácito, llegaba un silencio que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de unos pocos metros. Sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos acallara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón. 

Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas, y sin una personalidad individual que se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos. 

Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir era toda una declaración de intenciones. Te preguntaban por qué lo hacías. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. Fue duro porque nos sentíamos aislados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras como “paz”, “convivencia” y algunas más que defendíamos como “amor” y “vida” ante tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura. 

En mi caso, creo que me salvaron las palabras. Yo podría haber sido uno más; sin embargo, la educación que tuve y la lectura de libros, e incluso, la soledad, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Esos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente. 

Había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree. Pero mereció la pena. Ahora cuando escucho a algunos que no estuvieron, digamos que a la altura de las circunstancias, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a la incomprensión, pese a la soledad, merece la pena hacerlo si hay algo con lo que no se esté de acuerdo y se piense, por último, que se ha de escribir algún día.

Kepa Murua.

Tarifas de la luz, androides y una colección de ensayos

Ahora que el precio de la luz encamina una nueva escalada alpina (se desconoce el momento en que iniciará el descenso) nos acordamos del libro de ensayos de Jesús Ortiz Pérez del Molino en el que escribía sobre el penúltimo episodio de esta pandemia tarifaria para la que parece no haber vacuna. Os dejamos un extracto de ‘¿Sueñan los androides con tarifas eléctricas?’:

A otras preguntas no se puede responder, aunque uno sepa lo que hay. Se debe dejar que los hijos vivan su vida y vayan descubriendo poco a poco lo que nosotros hemos aprendido sin que lo digan Google ni las universidades. Por ejemplo, que un domingo cada cuatro años vamos disciplinadamente a la escuela y elegimos a quienes nos van a gobernar los cuatro siguientes. O eso creemos. En realidad lo que estamos eligiendo es a quienes se van a sentar en los consejos de administración de las compañías eléctricas y de otras grandes empresas dentro de quince o veinte. 

Jesús Ortiz Pérez del Molino
¿Sueñan los androides con tarifas eléctricas?

‘Tangomán, superhéroe de esquina’, por Francisco Taboada

Foto: Raúl Fijo.

Hay varias clases de superhéroes: los universales tipo Superman, los locales como Spiderman, los de barrio como Superlópez y los de esquina, como Tangomán, cuyas hazañas no son del dominio público, suceden en la intimidad, las conocen cuatro monos y tres van a callar la boca por simple pudor. Es el antihéroe por excelencia, feo, solitario, despreciado por todos, se sabe muy poco de él, y nacerá y morirá en el anonimato salvo que escriba sus memorias.

En esta novela de Kepa Murua, Tangomán nos cuenta en primera persona sus recuerdos, comenzando por el momento en que descubre sus habilidades ocultas, los superpoderes. Se llama Pedro Muros, es un oficinista de mediana edad, amargado por su fealdad, depresivo, hasta que un día se apunta a un curso de bailes de salón y lo hace tan bien que sus compañeros lo bautizan como Tangomán. Necesita tanto despojarse de su ingrata identidad que se aferra a esta última esperanza que le ofrece la vida, se entrega por completo y entonces el baile lo transforma todo. El narrador comparte con nosotros la creación de Tangomán, su criatura, transportado por la música, invadido por el ritmo, desbordado por sus nuevas posibilidades. Pero la cosa se complica porque Tangomán no es Peter Parker utilizando su sentido arácnido para ayudar al prójimo, sino que es un tipo oscuro, rencoroso, misógino, y se aprovecha del baile para seducir a las mujeres y vengarse por el poco caso que le han hecho. Ahora es un trípode humano, y aunque no crea en el amor encuentra consuelo en el sexo desenfrenado y promiscuo y constante, todo el rato, sin parar, hasta la extenuación. En cierto modo, a lo largo de la primera parte, titulada “Una música diferente”, todo nos conduce a querer a Tangomán. A envidiarle aunque sea tan feo. A sentirnos identificados cuando se esfuerza por ser alguien significativo, por hacerse un nombre, y como lectores le agradecemos la acción incesante, las novedades y las aventuras entretenidas. Lo estamos pasando bien, es divertido. Pero el azar, el autor, no está de acuerdo, fuerza la situación y entonces entramos en las tinieblas del libro.

La segunda parte, “De una esquina a otra”, es dura, obsesiva, repetitiva, angustiosa, el discurso es el único campo de batalla. Es normal, algo que les sucede con frecuencia a los superhéroes, en esos capítulos en que se vuelven malos, o raritos, y reniegan de sí mismos y se pasan al lado oscuro. Ahora Tangomán ya no quiere ser más Tangomán y se hace boxeador. Si ya empezaba a estar un poco esquizofrénico, lo empeora creando un personaje dentro de su personaje: Chiquito de Mariturri, un boxeador bajito al que da pena soltarle un guantazo y que se pelea con su sombra. La sombra de Tangomán. Es el doloroso peregrinar por el desierto de nuestro superhéroe, un lacerante combate donde no acaba de sonar la campana. Por pura desesperación, surge entonces en su mente golpeada la temeridad de aspirar a algo tan glorioso, ideal e inalcanzable como es el amor, el amor verdadero. Ésa es la única redención posible, la curación poética, el sentido último y elevado que justifica la existencia de Tangomán. Sólo le falta olvidar.

Pero tarde o temprano todos los caminos conducen a la infancia, y la tercera parte, titulada democráticamente “Será lo que quieras que sea”, nos restituye a la ilusión, al argumento, a la narrativa que ajusta cuentas con el tiempo pasado para pronosticar un futuro esperanzador, desmemoriado quizás. La historia la ha contado él, luego Tangomán vive para contarlo, y con gran estilo da por concluido su lamentable tango arrabalero, y el cuento ceniciento del hombre feo al que no quería ni dios, y al fin el torrente de palabras que le ha servido como escudo para justificar sus actos llega a una acertada conclusión. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Porque Tangomán, de Kepa Murua, es un cuento. Un cuento sofisticado que encierra un profundo homenaje hacia la narrativa que ha configurado nuestra manera de contar y entender las historias. Un artefacto muy bien montado que utiliza con soltura esquemas de pensamiento clásico, reconocibles, pero sometiéndolos a un cuestionamiento tan incesante que los desmenuza, los pervierte y finalmente los agota. Por ejemplo el tango, ese pensamiento triste que se baila, se convierte aquí en un mecanismo iniciático que inaugura el tiempo del héroe y lo impulsa hacia adelante, hacia la transformación. Se puede escuchar perfectamente, en el modo de respirar del texto, ese fuelle del bandoneón que da oxigeno a la historia en todo momento. En este tango no vence la melancolía sino que es una fuerza generadora que atrae al amor en vez de llorar por él. Del mismo modo, su Ceniciento, rebelde y descreído, renuncia al éxito entendido como venganza y envía al mundo de los recuerdos desechados a esa especie de madrastra y hermanastras que le han tocado en desgracia. El olvido y salirse por la tangente como recurso. Y otro tanto su criatura Frankenstein, atormentado y solitario, pero que prefiere ser deforme a no tener forma.

Tangomán tiene ese carácter depredador de las novelas actuales, que devoran todo lo que se pone en su camino dejando un cadáver casi pelado para el buitre-lector. Si quiere sacarle algo más a la historia debe roer el hueso y leer a varios niveles. En este caso, basta con seguir las indicaciones del autor. El referente más inmediato de Tangomán, declarado con reiteración a lo largo de la novela, es El hombre sin atributos, de Robert Musil, y eso dota al texto de una dolorosa tensión moral que enjuicia a la sociedad como generadora de un excedente de seres fracasados y sin rumbo cuya única alternativa es hacer de sí mismos una ficción. Se nota el poder del discurso contemporáneo para paralizar a los individuos, ofreciéndoles como meta la imagen del espejo en vez del sujeto que la proyecta. Por eso, en sus momentos más penosos, es cuando Tangomán se parece más a todos nosotros, instaurados en la queja y el lamento, paralizados, considerando que un pensamiento es un hecho, un sueño un acontecimiento, como panchovillas haciendo la revolución delante de la tele, y además con la disculpa de ser más feos que el demonio para odiar a todo cristo. Tan débiles de carácter como hace cien años, a las puertas del nazismo, cuando Musil escribió El hombre sin atributos.

Alguien dijo que los poetas nos indicarían el camino, y Kepa Murua sabe sacar a nuestro héroe del atolladero de pensamiento estéril y universalizar el mensaje para indicar una dirección. Su Hombre sin atributos no queda inconcluso sino que concluye en nosotros. Y se puede escarbar mucho más en esta novela, una tragicomedia casi cotidiana que nos plantea si debe existir una distancia entre la cara y la máscara, entre el ojo y la mirada, entre ser y estar, entre desear y querer, entre amar y eso que es lo contrario… Pero es mejor leerla, lo demás son teorías.

Francisco Taboada, Espacio Luke. Mayo de 2015.
Foto: Raúl Fijo.

Autorretrato con muro

Cuando se desmoronó
en un tiempo que luego la historia
se encargará de engrandecer
y de exagerar a su antojo
yo pasé por allí
tal como lo cuenta ahora la gente.

Pero yo pasé mucho frío
y mucha hambre
en el centro de un mapa
que podía ser el de mi cerebro.

¿Por qué elegí ese camino y no otro?
¿Por qué esa lengua y no otra
–como la de mi madre–
y esa soledad como un juramento
que necesita del silencio
para seguir adelante?

Han pasado pocos meses de aquello
y me veo aún más perdido
tras los pasos de una Europa
que no sabe cómo crece
ni en qué se convertirá
una vez que estos gobiernos
desaparezcan y nuevos nombres
se asomen por su barandilla
a ver cómo va el mundo.

Que dios me perdone
porque el único que no cambiará seré yo.
Lo haré de rostro y seguramente
temblarán aún más mis manos.
Pero no podré olvidar ese juramento
que hice a las puertas de un cementerio
de lápidas bellas y monumentales
con tantos nombres
que no reconozco.

Hacía frío, era invierno,
llevaba una gorra,
una vieja chaqueta.
La misma invisible cara
de ahora. De siempre.
Yo, el único que no cambiará.
Ni el mundo ni mis poemas.

(1990)

 Autorretratos, El Desvelo, 2018.

Autorretratos, de Kepa Murua

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