Categoría: Lecturas

‘Los Caprichos de Mannekind’, en El Diario Montañés

Los Caprichos de Mannekind

Puntos de venta de ‘Nos-Otras, Todas’

Nos-Otras, Todas
Nos-Otras, Todas

Os dejamos una relación de librerías y canales de venta online en donde podéis encontrar el ensayo-narración escrito por Adelina Calvo, Ana María Rio, Elena Setién y Lucía Llano.

El Corte Inglés, FNAC, Casa del Libro, Amazon, Abacus, Elkar, Laie, Santos Ochoa, Agapea Factory (Palma Mallorca, Málaga), La llar del llibre (Sabadell), Publics (Denia), Antonio Machado (BB AA, Madrid), De Mujeres (Madrid), El Aleph (Madrid), Lex Nova (Madrid), Ramón Santiago (Madrid), Mujeres y Compañía (Madrid), Oriental (Madrid), Cervantes (Oviedo), Vorágine (Santander), Lagun (San Sebastián), Lual Picasso (Almería), Luces (Málaga), Picasso (Granada), Pléyades (Cáceres), Rayuela (Málaga), Agapea (La Orotava), Casa del lector (Las Palmas de Gran Canaria), Librería de Mujeres (Sta. Cruz de Tenerife), Puerta de Tannhauser (Cáceres, Plasencia), Berbiriana (A Coruña), Follas Novas (Santiago), Lila de Lilith (A Coruña), Paz (Pontevedra), Versus (Vigo), Letras Corsarias (Salamanca), Pastor (León), Santiago Rodríguez (Burgos), Valderas (León), Víctor Jara (Salamanca), Margen (Valladolid).

Fragmento de ‘La carretera de la costa’: «Suena el viento, él se dio la vuelta…»

Libros de Kepa Murua con El Desvelo Ediciones. (Foto: Raúl Fijo).

Suena el viento, él se dio la vuelta, y entonces sonaron los disparos. Cayó fulminado ante la sorpresa y el horror de un cliente que fue apartado unos segundos antes por el comando que irrumpió en la carrocería. Sonaron secos, como tres golpes de martillo en un yunque, como tres toques de plástico que perforan la roca, pero la sangre corre por detrás de la cabeza y Ceferino Peña queda tendido en el suelo frío del garaje ante los asombrados ojos de su hija que ni siquiera parpadea y mira a los jóvenes que dispararon a su padre. Al hombre que lo acompañaba le dijeron que se apartara; a él le preguntaron si era el propietario del taller y si tenía pasta carrocera que necesitaban para un coche averiado, aparcado cerca de la puerta, donde al volante ocultaba la cara con la mano uno del comando que controlaba con su mirada fija en el espejo retrovisor todo lo que pasaba en la curva. En el maletero el dueño del coche pudo escuchar los disparos secos. 

Extracto de La carretera de la costa, de Kepa Murua.

‘La mosca de Virgilio’: un extracto sobre mascotas de personajes famosos

La mosca de Virgilio
‘La mosca de Virgilio (y otros cuentos de mascotas)’

Se cuenta que Baudelaire tuvo por mascota una tarántula; Marcel Schwob, un lirón; Dalí, un oso hormiguero; y Gérard de Nerval, una langosta, a la que llamó Thibault y sacaba a pasear atada de una cinta azul por los jardines del Palais Royal. La lista se haría infinita si añadimos a ella: el cerdo vietnamita de George Clooney, el guepardo de Josephine Baker, el cervatillo de Frida Kahlo, la tortuga de Leonardo DiCaprio, el canguro de Elvis Presley, el león de Melanie Griffith o el chimpancé de Michael Jackson. 

Del prólogo de La mosca de Virgilio. Seve Calleja.

‘Lavas Remi’, de Kepa Murua: un extracto previo a la presentación

Lavas Remi, de Kepa Murua

Este jueves, presentaremos en Vitoria (Mara-Mara, 19.30 horas) la novela de Kepa Murua, ‘Lavas Remi’, de la que aquí os ofrecemos un extracto. Esta peculiarísima historia entre un asesino a sueldo y un hombre timorato será introducida para el público en el acto por el también escritor Francisco Taboada.

Un buen hombre, uno de esos ciudadanos a los que yo y otros como yo defendemos en la oscuridad de la historia. Esa mayoría que debería dormir tranquila. Por lo que leo en estos papeles que recogí del suelo, veo que es un poco tonto, una persona sensible que se excede en sus pensamientos. El hombre de acción reafirma los lazos cada vez que ataja los hechos. Las mujeres asesinadas por razones de seguridad interna no son conocidas por el público. El poder tiene unos tentáculos de largo alcance, indeterminados y en última instancia, el dinero podría importarme porque finalmente se compra todo: un sicario trabaja por dinero, un profesional es un ejecutor que responde a un código secreto. Pocas veces archivo los planos y las notas de cada acción; mi mente sí que lo hace. Mucho menos las carpetas y datos que se nos entregan de las personas a ejecutar. Lo único que guardo son unos códigos que podrían defenderme y las cifras que podrían ayudarme en caso de necesidad. ¿Cuatro asesinatos? Ningún detenido. Todas eran extranjeras, dos venezolanas y una argentina, la cuarta era mexicana. […]

Kepa Murua

‘La primera Sherezade’, por Abdelfattah Kilito (fragmento)

El que buscamos vive al lado
El que buscamos vive al lado, por Abdelfattah Kilito.

La primera Sherezade

Traicionados por sus esposas, el rey Shariyar y su hermano Shazamán abandonan el palacio y emprenden un viaje con la intención de «comprobar si otros han sufrido una desgracia semejante». Al llegar a la orilla del mar, ven surgir un demonio que lleva en la cabeza un cofre de cristal del que saca una arqueta y de esa arqueta sale una joven «de una belleza sin igual».

Abrir un cofre reserva en efecto muchas sorpresas, se puede encontrar un tesoro, incluso una mujer. También pueden escaparse de él todos los males de la humanidad. Las mil y una noches, una caja de Pandora.

Asustados, Shariyar y Shazamán trepan hasta la copa de un árbol y se esconden entre las ramas, mientras que el demonio, cansado, posa la cabeza sobre las rodillas de su cautiva y se duerme. Al alzar la vista, la joven divisa entre el follaje a los dos hermanos y les obliga a bajar y a acostarse con ella. Luego saca del escote de su blusa un saquito que contiene un collar compuesto de noventa y ocho anillos. «Todos los dueños de estos anillos, les explica, se acostaron conmigo delante de las narices de este demonio cornudo. Dadme, pues, vosotros también los anillos.» Y como para justificar su conducta, les cuenta que el demonio la secuestró la noche de su boda. «No sabía que lo que la mujer quiere, Dios lo quiere», tal es la conclusión de su relato.

La analogía entre el demonio y Shariyar, así como entre el cofre de cristal y el palacio es evidente. El espectáculo que se ofrece ante los ojos de los dos viajeros es un espejo en el que contemplan su propio destino. No olvidemos de que se trata de la primera historia de las Noches, justo después del relato de la desgracia acaecida a los dos hermanos. Es una historia al margen de Las mil y una noches, y no podemos dejar de constatar que la joven es la primera narradora en este libro. Adelantándose a Sherezade, de la que se tratará más adelante, inaugura el ciclo de los cuentos. Aquí aparece, dicho sea de paso, la habilidad del autor anónimo de las Noches, o más exactamente de los autores, que han tejido esta historia singular pensando en la arquitectura del libro, en su composición hecha de meandros, vueltas y revueltas. La joven prepara la aparición de Sherezade y anuncia con delicadeza la forma y el contenido que tendrá el libro: anillos en una bolsa.

El que buscamos vive al lado. Abdelfattah Kilito.

De los muchos nombres de Mannekind, por J. Martimore

Los Caprichos de Mannekind

El nombre dado al artefacto deriva del antiguo idioma neerlandés, mannekjin, un diminutivo de mann (hombre en genérico), consecuencia lógica de su forma. Apelativo que pasó en el siglo XV a un uso francófono como mannequin (específicamente mannequin d’atelier), y de ahí en el siglo XVIII al español maniquí. Aún hoy en lengua flamenca se dice manneken (hombre pequeño, hombrecito), lo que sigue evidenciando su aspiración como modelo antropométrico, así como, en términos generales, esta misma connotación se da en un auténtico aluvión de usos lingüísticos que no parecen apartarse mucho de su raíz original: manekin (albanés), манекен (búlgaro), manekýn (checo), mannequin (danés), mannekeen (estonio), manikino (esperanto), mannekiini (finlandés), manöken (húngaro), manikin (inglés), manichino (italiano), manekens (letón), manekenas (lituano), манекен (mongol), manekin (polaco), manequim (portugués), manechin (rumano), манекенщица (ruso), манекенка (serbio), манекин (tártaro), manken (turco), maneken (turkmeno), манекен (ucraniano), ma-nơ-canh (vietnamita)… 

Los Caprichos de Mannekind, de J. Martimore

Tríos de escritores

En La Razón

El nuevo ensayo de Toni Montesinos es objeto de la atención de la sección de Cultura de La Razón, que destaca cómo El sueño esclavo recopila varias relaciones sorprendentes unidas por una esclava pasión: escribir.

La literatura comparada tiene ya entre nosotros una arraigada tradición. No es posible contar exclusivamente con criterios historicistas o formulaciones teóricas para una mejor comprensión de la escritura estética. Las obras que la conforman no habitan compartimentos estancos ni permanecen aisladas en su propia única excelencia. Encarando entre sí los textos artísticos obtenemos un canon de calidades, un sutil cotejo de épocas y mentalidades, así como una rica imagen intercultural. Esta metodología incluye una mirada multidisciplinar desde materias como la Historia, la Filosofía, la sociología cultural o los medios audiovisuales. Estamos ante un mosaico crítico de primer orden donde anidan los dos motores fundamentales de la literatura: la voluntad de estilo y el placer del texto.

Jesús Ferrer. La Razón.

‘Pinar, piscina, plenilunio’, un extracto

Pinar, piscina, plenilunio
Pinar, piscina, plenilunio.

En la urbanización, el verano suponía encomendarse a todo lo que existía en la naturaleza, a todo lo que procedía directamente de ella y a cosas que habían derivado de su bondad por vías más tortuosas. 

Al verlos alejándose, mezclados con otros niños, a medida que aumentaban su distancia, me costaba comprender cómo mis hijos podían parecerme tan impropios. La imagen rara de unos niños pequeños dejando un hogar cómodo y seguro, diluyéndose en la compañía de sus amigos. Mi extrañeza al comprobar que ya eran otras personas, individuos ajenos en los que bullía la vida sin que yo tuviera que alentarla, con una capacidad clara para la escisión. 

Los rosales que había imaginado bordeando el césped no han crecido demasiado. La sequedad del clima consiente pocas especies de plantas y el césped se agosta en cuanto no se riega un par de días. Mis hijos son seres humanos diferenciados y yo tengo que hacer un esfuerzo más grande del que había previsto para sostener el verdor debido en torno al chalet. 

Después de entregarles a su grupo de amigos, vuelvo a sentir los espejos de la casa. ¿En qué momento del día se riegan los rosales? Vuelvo a mirarme en ellos con atención. Dedicando a mi reflejo un tiempo que normalmente ocupan otras personas. 

Hay horas en las que apenas se oye nada afuera y empiezo a derivar placer de exactitudes absurdas. Mido con la vista una de las columnas de la valla de los vecinos, un poco más baja que las demás. Desde la ventana de la cocina, mi punto de observación, dibujo la trayectoria que seguirán las madreselvas que han empezado a extender sus tentáculos sobre la valla, son algo más benévolas que las arizónicas de la parcela contigua. Sus ramas aguzadas crecerán de modo incontrolado y quienes las han plantado lo lamentarán. Nada de lo que es nuevo me resulta apacible todavía. 

Debo recordar que el mal casi nunca proviene de donde se espera. El mal siempre es otra cosa y la naturaleza tiene sus propios mecanismos, una inercia natural hacia la vida que imanta todo lo viviente con lo viviente, que atrae su propia continuidad. Lo vivo tiende a perdurar de forma inconsciente y automática.

Junio ya ha solidificado el color del cielo. Los coches pasan a poca velocidad pero sigo sin distinguir quiénes viajan dentro. Me gustaría conocer a esas personas. Pasan el verano a poca distancia de aquí, han construido casas que son similares entre ellas pero también diferentes, casas edificadas cerca de mi casa, en un radio que puede recorrerse a pie en menos de una hora. 

Patricia Rodríguez. Pinar, piscina, plenilunio

El crítico literario como autoridad, por Toni Montesinos

El sueño esclavo, de Toni Montesinos.

Un día de 1984, un anciano Sándor Márai anota en su diario: «Voluminosos catálogos de editoriales, cada semana uno o dos. Miles y decenas de miles de libros, todos de reciente publicación, cientos y cientos de cada género. Un hartazgo asfixiante. Escribir sólo frases yuxtapuestas. Incluso palabras sueltas. Leer diccionarios. La literatura ha muerto: ¡viva la industria del libro!».

Esa misma idea, la del fin de la Edad de la Literatura, la expuso Germán Gullón en Los mercaderes en el templo de la literatura (Caballo de Troya, 2004), ubicándola en un tiempo concreto en nuestro contexto, alrededor del año 2000, cuando «se produjo un cambio radical en el panorama de las artes: la preferencia del hombre culto se trasladó de lo verbal a lo icónico, lo que vino a empañar un panorama cultural posmoderno ya de por sí confuso». El carácter comercial del libro literario, su valor convertido en precio, la marca registrada que hoy en día es el autor, el libro como objeto de consumo con código de barras, el show business de los premios, eran sólo algunos de los numerosos asuntos que Gullón analizaba con certeros argumentos y una valentía y clarividencia extraordinarios. Y además de modo excepcional, porque el debate en torno a todo ello es inexistente en España, que vive una etapa editorial-empresarial magnífica que, por desgracia, se asienta en un gran conservadurismo artístico, la censura del mercado en palabras del editor André Schiffrin, que va en detrimento en última instancia de la creatividad del escritor. 

Así las cosas, Gullón daba un paso adelante en su mirada sociocultural —siempre contundente y real, en ningún caso pesimista per se, ya que «nunca se ha leído tanto, gracias a la distribución de diarios gratis y al éxito de la novela negra y de la ficción histórica»— y concentraba una obra como Una Venus mutilada (Biblioteca Nueva, 2008) en la función de la crítica literaria española actual. Partiendo de una frase de «El método de Sainte-Beuve» de Proust, sobre el estilo periodístico, el catedrático de la Universidad de Ámsterdam abordaba la importancia de «cuidar de que la calidad cultural sea respetada en el espacio público». Un espacio en el que los medios de comunicación necesitan reajustarse para desarrollar una labor que abrace al libro como «uno de los semilleros del pensamiento humano», dado que «se impone la necesidad de que la política empresarial de los órganos culturales responda mejor a su audiencia, y consideren en serio las preferencias de los lectores».

En este sentido, los críticos deberían establecer la diferencia entre las obras de entretenimiento y las literarias, una frontera hoy turbia ante el caudal publicitario, el número de títulos nuevos al mes y lo políticamente correcto —para no herir la susceptibilidad de unos u otros— en el que nos dan gato por liebre continuamente. De este modo, en un ciclo tan regulado de productos culturales, cabe reactivar el modo de respetar lo comercial sin menoscabo de hundir «el legado literario, patrimonio de la humanidad [que] pasa por apuros de subsistencia como espejo válido de las realidades y sueños de la ciudadanía».

Observador infatigable de una sociedad que evita la discusión intelectual verdadera y de una crítica literaria cobarde en sus juicios, denunciador de las hipocresías del mundo universitario y de la parcialidad de los suplementos culturales, Gullón se empeñaba en buscar interlocutores que también pretendieran cuidar a la moribunda Literatura. En este Occidente presuroso de inicios del siglo xxi, hay que intentar su resurrección entre todos, aunque sea difícil encontrar voces hoy que se animen a cuestionar la situación sociocultural que nos rodea. El pesimismo en Occidente tiene mala prensa, y esas voces que no se contentan con lo establecido y lo denuncian mediante artículos o libros son escasas. Si en España Gullón se lanzó a tales tareas, afuera, André Schiffrin expuso su punto de vista al respecto en La edición sin editores (2000) y El control de la palabra (2006).

Más adelante, Schiffrin continuó con su análisis de un ambiente que conoce bien, por su largo paso por las editoriales estadounidenses Pantheon Books y The New Press, pero de una manera tangencial. Se trataba de unas «memorias políticas», como decía el propio autor, en las que se mezclaba una parte netamente biográfica, la más atractiva —la que hablaba de cómo sus padres emigraron a Nueva York— con el recuerdo de su activa participación en asociaciones políticas juveniles en su periodo universitario como «anticomunista prematuro», y su visión final de cómo la globalización se ha «apoderado de la edición mundial».

El modo en que Schiffrin reflexionaba sobre «la nueva ideología del beneficio» que impera en los grandes grupos editoriales es bien conocida, y en estas páginas todo lo que cuenta era muy interesante al respecto de su experiencia personal con Random House y su estupor ante la desaparición de su vieja idea: «El principio clásico de la edición de que los libros de éxito debían subvencionar a los que producían menos dinero». Sin embargo, la explicación de estas «nuevas normas empresariales» y «lo importante que es disponer de medios de comunicación independientes» eran asuntos que el editor parisino ya había tratado, de ahí que lo novedoso para el lector fueran, por un lado, su vida de niño y adolescente francés en el Nueva York de los años cuarenta, su negativa perspectiva de las universidades americanas e inglesas por el otro, e incluso su detallada visión de las políticas gubernamentales americanas en el plano internacional y bélico.

Para los interesados en el macartismo y el espionaje del FBI y la CIA, para los que quisieran saber cómo funcionaba una asociación como la Liga de Estudiantes para la Democracia Industrial, de la que Schiffrin era presidente, Una educación política (Península, 2008) constituía una lectura estimulante. Para los curiosos en saber la forma en que se enseñaba en Estados Unidos, ciertamente pobre en el ámbito de las humanidades, separando la literatura del contexto histórico, y también en Inglaterra (con un programa de estudios abrumador, «un caos»), también el libro ofrecía pasajes iluminadores. Pero, con todo, lo más emocionante era la parte familiar: conocer al padre, Jacques Schiffrin, y el impacto que le suscitó a André la lectura de las cartas que le envió al otro gran André de su vida, su amigo Gide.

Dichas cartas reflejaban el gran dolor que supuso para el fundador de Éditions de la Pléiade tener que emigrar de París ante el acoso nazi y de cómo él y su mujer convirtieron ese peligro en un juego para el chaval, que no fue consciente del enorme sufrimiento que conllevó tal huida. La pobreza, la dificultad de «reconstruir una vida cultural» en Manhattan, el viaje de André a los trece años a Francia en barco a visitar al editor Gaston Gallimard… Sólo la narración de esas experiencias ya justificaba la lectura de un libro poco unitario, algo disperso, pero incuestionablemente atractivo. […]

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