Categoría: Lecturas

Los años del plomo, por Kepa Murua

Foto: Raúl Fijo.

A propósito de ‘La carretera de la costa’

Escribir era extraño cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía era ensordecedor. Se vivían como normales las batallas campales y los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a una estadística que se leía sin más. 

Vivíamos en el infierno, pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un armisticio tácito, llegaba un silencio que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de unos pocos metros. Sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos acallara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón. 

Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas, y sin una personalidad individual que se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos. 

Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir era toda una declaración de intenciones. Te preguntaban por qué lo hacías. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. Fue duro porque nos sentíamos aislados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras como “paz”, “convivencia” y algunas más que defendíamos como “amor” y “vida” ante tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura. 

En mi caso, creo que me salvaron las palabras. Yo podría haber sido uno más; sin embargo, la educación que tuve y la lectura de libros, e incluso, la soledad, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Esos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente. 

Había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree. Pero mereció la pena. Ahora cuando escucho a algunos que no estuvieron, digamos que a la altura de las circunstancias, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a la incomprensión, pese a la soledad, merece la pena hacerlo si hay algo con lo que no se esté de acuerdo y se piense, por último, que se ha de escribir algún día.

Kepa Murua.

Tarifas de la luz, androides y una colección de ensayos

Ahora que el precio de la luz encamina una nueva escalada alpina (se desconoce el momento en que iniciará el descenso) nos acordamos del libro de ensayos de Jesús Ortiz Pérez del Molino en el que escribía sobre el penúltimo episodio de esta pandemia tarifaria para la que parece no haber vacuna. Os dejamos un extracto de ‘¿Sueñan los androides con tarifas eléctricas?’:

A otras preguntas no se puede responder, aunque uno sepa lo que hay. Se debe dejar que los hijos vivan su vida y vayan descubriendo poco a poco lo que nosotros hemos aprendido sin que lo digan Google ni las universidades. Por ejemplo, que un domingo cada cuatro años vamos disciplinadamente a la escuela y elegimos a quienes nos van a gobernar los cuatro siguientes. O eso creemos. En realidad lo que estamos eligiendo es a quienes se van a sentar en los consejos de administración de las compañías eléctricas y de otras grandes empresas dentro de quince o veinte. 

Jesús Ortiz Pérez del Molino
¿Sueñan los androides con tarifas eléctricas?

‘Tangomán, superhéroe de esquina’, por Francisco Taboada

Foto: Raúl Fijo.

Hay varias clases de superhéroes: los universales tipo Superman, los locales como Spiderman, los de barrio como Superlópez y los de esquina, como Tangomán, cuyas hazañas no son del dominio público, suceden en la intimidad, las conocen cuatro monos y tres van a callar la boca por simple pudor. Es el antihéroe por excelencia, feo, solitario, despreciado por todos, se sabe muy poco de él, y nacerá y morirá en el anonimato salvo que escriba sus memorias.

En esta novela de Kepa Murua, Tangomán nos cuenta en primera persona sus recuerdos, comenzando por el momento en que descubre sus habilidades ocultas, los superpoderes. Se llama Pedro Muros, es un oficinista de mediana edad, amargado por su fealdad, depresivo, hasta que un día se apunta a un curso de bailes de salón y lo hace tan bien que sus compañeros lo bautizan como Tangomán. Necesita tanto despojarse de su ingrata identidad que se aferra a esta última esperanza que le ofrece la vida, se entrega por completo y entonces el baile lo transforma todo. El narrador comparte con nosotros la creación de Tangomán, su criatura, transportado por la música, invadido por el ritmo, desbordado por sus nuevas posibilidades. Pero la cosa se complica porque Tangomán no es Peter Parker utilizando su sentido arácnido para ayudar al prójimo, sino que es un tipo oscuro, rencoroso, misógino, y se aprovecha del baile para seducir a las mujeres y vengarse por el poco caso que le han hecho. Ahora es un trípode humano, y aunque no crea en el amor encuentra consuelo en el sexo desenfrenado y promiscuo y constante, todo el rato, sin parar, hasta la extenuación. En cierto modo, a lo largo de la primera parte, titulada “Una música diferente”, todo nos conduce a querer a Tangomán. A envidiarle aunque sea tan feo. A sentirnos identificados cuando se esfuerza por ser alguien significativo, por hacerse un nombre, y como lectores le agradecemos la acción incesante, las novedades y las aventuras entretenidas. Lo estamos pasando bien, es divertido. Pero el azar, el autor, no está de acuerdo, fuerza la situación y entonces entramos en las tinieblas del libro.

La segunda parte, “De una esquina a otra”, es dura, obsesiva, repetitiva, angustiosa, el discurso es el único campo de batalla. Es normal, algo que les sucede con frecuencia a los superhéroes, en esos capítulos en que se vuelven malos, o raritos, y reniegan de sí mismos y se pasan al lado oscuro. Ahora Tangomán ya no quiere ser más Tangomán y se hace boxeador. Si ya empezaba a estar un poco esquizofrénico, lo empeora creando un personaje dentro de su personaje: Chiquito de Mariturri, un boxeador bajito al que da pena soltarle un guantazo y que se pelea con su sombra. La sombra de Tangomán. Es el doloroso peregrinar por el desierto de nuestro superhéroe, un lacerante combate donde no acaba de sonar la campana. Por pura desesperación, surge entonces en su mente golpeada la temeridad de aspirar a algo tan glorioso, ideal e inalcanzable como es el amor, el amor verdadero. Ésa es la única redención posible, la curación poética, el sentido último y elevado que justifica la existencia de Tangomán. Sólo le falta olvidar.

Pero tarde o temprano todos los caminos conducen a la infancia, y la tercera parte, titulada democráticamente “Será lo que quieras que sea”, nos restituye a la ilusión, al argumento, a la narrativa que ajusta cuentas con el tiempo pasado para pronosticar un futuro esperanzador, desmemoriado quizás. La historia la ha contado él, luego Tangomán vive para contarlo, y con gran estilo da por concluido su lamentable tango arrabalero, y el cuento ceniciento del hombre feo al que no quería ni dios, y al fin el torrente de palabras que le ha servido como escudo para justificar sus actos llega a una acertada conclusión. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Porque Tangomán, de Kepa Murua, es un cuento. Un cuento sofisticado que encierra un profundo homenaje hacia la narrativa que ha configurado nuestra manera de contar y entender las historias. Un artefacto muy bien montado que utiliza con soltura esquemas de pensamiento clásico, reconocibles, pero sometiéndolos a un cuestionamiento tan incesante que los desmenuza, los pervierte y finalmente los agota. Por ejemplo el tango, ese pensamiento triste que se baila, se convierte aquí en un mecanismo iniciático que inaugura el tiempo del héroe y lo impulsa hacia adelante, hacia la transformación. Se puede escuchar perfectamente, en el modo de respirar del texto, ese fuelle del bandoneón que da oxigeno a la historia en todo momento. En este tango no vence la melancolía sino que es una fuerza generadora que atrae al amor en vez de llorar por él. Del mismo modo, su Ceniciento, rebelde y descreído, renuncia al éxito entendido como venganza y envía al mundo de los recuerdos desechados a esa especie de madrastra y hermanastras que le han tocado en desgracia. El olvido y salirse por la tangente como recurso. Y otro tanto su criatura Frankenstein, atormentado y solitario, pero que prefiere ser deforme a no tener forma.

Tangomán tiene ese carácter depredador de las novelas actuales, que devoran todo lo que se pone en su camino dejando un cadáver casi pelado para el buitre-lector. Si quiere sacarle algo más a la historia debe roer el hueso y leer a varios niveles. En este caso, basta con seguir las indicaciones del autor. El referente más inmediato de Tangomán, declarado con reiteración a lo largo de la novela, es El hombre sin atributos, de Robert Musil, y eso dota al texto de una dolorosa tensión moral que enjuicia a la sociedad como generadora de un excedente de seres fracasados y sin rumbo cuya única alternativa es hacer de sí mismos una ficción. Se nota el poder del discurso contemporáneo para paralizar a los individuos, ofreciéndoles como meta la imagen del espejo en vez del sujeto que la proyecta. Por eso, en sus momentos más penosos, es cuando Tangomán se parece más a todos nosotros, instaurados en la queja y el lamento, paralizados, considerando que un pensamiento es un hecho, un sueño un acontecimiento, como panchovillas haciendo la revolución delante de la tele, y además con la disculpa de ser más feos que el demonio para odiar a todo cristo. Tan débiles de carácter como hace cien años, a las puertas del nazismo, cuando Musil escribió El hombre sin atributos.

Alguien dijo que los poetas nos indicarían el camino, y Kepa Murua sabe sacar a nuestro héroe del atolladero de pensamiento estéril y universalizar el mensaje para indicar una dirección. Su Hombre sin atributos no queda inconcluso sino que concluye en nosotros. Y se puede escarbar mucho más en esta novela, una tragicomedia casi cotidiana que nos plantea si debe existir una distancia entre la cara y la máscara, entre el ojo y la mirada, entre ser y estar, entre desear y querer, entre amar y eso que es lo contrario… Pero es mejor leerla, lo demás son teorías.

Francisco Taboada, Espacio Luke. Mayo de 2015.
Foto: Raúl Fijo.

Autorretrato con muro

Cuando se desmoronó
en un tiempo que luego la historia
se encargará de engrandecer
y de exagerar a su antojo
yo pasé por allí
tal como lo cuenta ahora la gente.

Pero yo pasé mucho frío
y mucha hambre
en el centro de un mapa
que podía ser el de mi cerebro.

¿Por qué elegí ese camino y no otro?
¿Por qué esa lengua y no otra
–como la de mi madre–
y esa soledad como un juramento
que necesita del silencio
para seguir adelante?

Han pasado pocos meses de aquello
y me veo aún más perdido
tras los pasos de una Europa
que no sabe cómo crece
ni en qué se convertirá
una vez que estos gobiernos
desaparezcan y nuevos nombres
se asomen por su barandilla
a ver cómo va el mundo.

Que dios me perdone
porque el único que no cambiará seré yo.
Lo haré de rostro y seguramente
temblarán aún más mis manos.
Pero no podré olvidar ese juramento
que hice a las puertas de un cementerio
de lápidas bellas y monumentales
con tantos nombres
que no reconozco.

Hacía frío, era invierno,
llevaba una gorra,
una vieja chaqueta.
La misma invisible cara
de ahora. De siempre.
Yo, el único que no cambiará.
Ni el mundo ni mis poemas.

(1990)

 Autorretratos, El Desvelo, 2018.

Autorretratos, de Kepa Murua

«Es muy caro ser yo»: Anna Nicole Smith, el dinero y Remartínez (un extracto de ‘Culo veo, culo quiero)

Culo veo, culo quiero.

Nada mejor para hacerse idea de un libro que leerlo. Aquí os dejamos un fragmento del último ensayo de David Remartínez, ‘Culo veo, culo quiero’, una mirada desprejuiciada sobre nuestra lucha cotidiana por lidiar con los deseos y una mirada también humorística sobre Anna Nicole Smith y su triste vida de millonaria.

Durante el juicio por la herencia de su difunto marido, el multimillonario del petróleo J. Howard Marshall II, el juez le preguntó a la exuberante modelo Anna Nicole Smith a qué respondía su fastuoso tren de vida, tan exagerado que su esposo le había limitado el gasto a 9.000 euros semanales. Hablamos de 9.000 euros semanales en el año 2001. Un millón y medio de pesetas cada siete días. Si eso suponía una disciplina severa, es que viajabas en un tren bala. Cómo tenía que pasar los días y sus noches Anna Nicole. Qué manera de amanecer.

Resulta que la neumática rubia no disfrutaba dilapidando a manos llenas, sino que sufría horrores ante lo inevitable de sus dispendios: «Es muy caro ser yo. Es terrible las cosas que tengo que hacer para ser yo», le explicó una compungida playmate al juez, a los aboga- dos y a las cámaras de medio mundo, llorando tras una cascada de bucles amarillos. Casi toda la sala se echó a reír desencajada, a pesar de que la declarante pretendía con su justificación ontológica justo lo contrario: mostrar que su fama de derrochadora revelaba una extraña responsabilidad conyugal. Según la crónica de la revista Hola! (de aquella todavía una Larousse de la frivolidad), Anna Nicole adujo ante el tribunal «que todo el dinero que su difunto marido le asignaba a la semana, entre un millón y un millón y medio de pesetas, se lo gastó especialmente en ropa para asistir a sus actos sociales». En proyectar la elegancia de su patrocinador; en trabajar como consorte pública. Obviamente, nadie hizo mucho caso a la viuda de oro y lágrimas de plástico, y la frase

«Es muy caro ser yo», envidiable hasta para Groucho Marx, quedó grabada en el acervo pop como una de las declaraciones más descacharrantes sobre el dinero jamás pronunciadas por alguien rico y manirroto.

Durante años me agarré al epitafio de Anna Nichole como la mejor defensa para mi carácter caprichoso. Pronunciada con dignidad, en lugar de con miseria de telenovela, se convertía en un epigrama de Oscar Wilde, uno de mis ídolos literarios desde la juventud. Si proclamabas «Es muy caro ser yo» arropado por los brocados sicilianos y las telas georgianas que hermoseaban el alma imaginaria de Wilde, la oración de perdón de la pin-up ante el juez se tornaba en una armadura contra cualquier censura de sotana. Sí, padre: gasto mucho en chorradas, en efecto, pero lo hago desde la inteligencia y el aprecio por la belleza. Es muy caro ser yo porque yo soy un ser cultivado en los placeres excelsos y en los mundanos. ¿O acaso miento, señora Windermere?

Con 20 años, cada vez que descubría algo que me parecía hermoso, fuese un disco, una camiseta o cualquier otra fruslería, un ímpetu furioso me exigía poseerlo, atesorarlo, comprarlo, como un hobbit trastornado, pues de lo contrario sentía que me estaba privando de lo mejor de la vida. Mi temperamento desmesurado chocaba con mis escasos ingresos y con la sanción ineludible del consumismo, esa enfermedad tan incipiente como mi barba en cuya condena coincidían tanto mi educación religiosa como mis primeras inquietudes políticas (de izquierdas, claro; la derecha jamás alberga dudas). Wilde ofrecía una alternativa divertida para excusar el impulso de dedicar el dinero a insensateces, de repudiar la lucha, la hucha y el monedero. El dinero siempre presto en el bolsillo, quemando las manos, prendiendo el deseo. Con Wilde y después con Nicole, era más fácil despreciar a los cenicientos y no resistirse jamás a una tentación.

Ni que decir tiene que mi historia financiera deja el crack del 29 como una partida desafortunada de tute en el bar. Conozco a pocas personas que gestionen peor el dinero. He ganado y he gastado sin mucha reflexión. Si hasta ahora, a lo largo de mi vida, he ingresado más de medio millón de euros, los dígitos del banco se han ido disipando con formidable regularidad en impuestos, alquileres, recibos, transportes, comida, gasolina, ropa, unas cuantas aficiones y demasiado alcohol y tabaco, dos partidas domésticas que hasta los 40 años se comían mi presupuesto mensual con una voracidad incuestionable. Nunca en mi fuero interno consideré que lo gastado por las noches fueran realmente consumos, aunque en proporción al resto de desembolsos personales resultasen una absoluta locura. Consumos eran las zapatillas y los tebeos. Es curioso cómo el cerebro aparta ciertos dispendios de la lógica mercantil.

Nunca me ha amargado el dinero, pero tampoco nunca lo he planificado, al menos hasta que los acontecimientos me empujaron y no me quedó más remedio que pedir el extracto bancario cuando acababa las operaciones en el cajero. Mis estanterías y mi cuenta corriente son la viva imagen de esa improvisación. Cuando empecé a trabajar como autónomo, ya cercano a la cincuentena, mi amigo Paco me recomendó lo siguiente:

«Calcula cuánto dinero necesitas para vivir al año. Y cuando tengas esos ingresos asegurados, dedícate a hacer las cosas que te gustan». Se me quedó una cara de gilipollas-manga fabulosa. Siempre había dejado que otros atribuyeran una cifra a mi trabajo, y en función de ese número de partida había articulado todo lo demás. Cuando lo importante era determinar la muesca de la regla donde el dinero, según mi propio baremo, dejaba de tener influencia. Eso me lo tenían que haber contado en la escuela.

Sin embargo, en cierto modo he sido un afortunado. El dinero, para casi todo el mundo, es un sinsabor porque lo habitual es que lo vivamos como una preocupación, a menudo como una angustia. Ni siquiera la salud le supera en esa condición, pues el miedo a la muerte suele aparcar en los escondites de nuestra consciencia los temores cotidianos a la enfermedad (excepto los hipocondríacos, claro, que los tienen siempre presentes). La inquietud por el dinero, por conseguirlo, mantenerlo o ampliarlo, gobierna por nuestros días. Y sin embargo, hablar de dinero «es de mala educación». ¿De cuántos conocidos y amigos conoces sus sueldos? Tabú. Los ingresos determinan nuestra autoestima y también la que atribuimos a los demás, mientras que los gastos, o la forma de gastar, establece nuestra virtud. Solemos sentirnos culpables cuando gastamos mucho, por la educación, por las desigualdades; porque el  neoliberalismo

Culo veo, culo quiero, de David Remartínez

Presentación de ‘Un rastro de sentido’ en Torrelavega

El pasado sábado pasamos un momento muy agradable en la casa de Adolfo, en Dlibros (Torrelavega), a donde fuimos para presentar ‘Un rastro de sentido’, la antología poética de Martin Seymour-Smith. En las imágenes podéis ver al antólogo-traductor-recitador Imanol Gómez Martín, junto a Asier Gómez, quien lo acompañó con el bajo y el contrabajo.

Andrea Constanza Ferrari lee un fragmento de ‘A pesar de los estragos del tiempo’, de William Morris

La editora literaria de ‘A pesar de los estragos del tiempo’, Andrea Constanza Ferrari, lee un fragmento de la obra, traducido por Tomás García Lavín.

Unas palabras de Morris, ‘A pesar de los estragos del tiempo’

Andrea y Tomás nos hace llegar desde argentina esta miniatura preciosa con textos de William Morris sobre las artes que reconcilian al hombre con su naturaleza. Tomás García Lavín tradujo la recopilación de textos ‘A pesar de los estragos del tiempo’ y Andrea Constanza Ferrari se encargó de la edición literaria.

Imágenes de la presentación de ‘Un rastro de sentido’ en La Vorágine (Santander)

Imágenes: Jesús Ortiz.

Presentación de ‘Un rastro de sentido’ en La Vorágine, en Santander

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