nocautJamás olvidaré el día que crucé, con un nudo en la garganta, la puerta del gimnasio de Mancuso. Nada más entrar me topé con un corcho lleno de carteles con información sobre algunos eventos pugilísticos. En el angosto pasillo retumbaban los puñetazos como tambores de guerra. En mis oídos pugnaban el martilleo del miedo latiéndome en las sienes y la línea de bajos de un linchamiento colectivo. Poco me faltó para salir corriendo. Las paredes transpiraban. La atmósfera se iba haciendo más densa a cada paso que daba. Olía la fatiga, las respiraciones arrítmicas, la adrenalina. Al doblar el recodo que formaba el pasillo con la sala de entrenamiento, el sentido de la vista se sumó a la fiesta. Vi una docena de sacos colgando del techo: nueve estáticos, tres de ellos danzando al son de la batuta de unos directores de orquesta con guantes y calzones oscuros. Vi a dos negros sacudiéndose mutuamente en un cuadrilátero a nivel del suelo. Vi a un tipo con una espalda rectangular recibiendo instrucciones de un señor escuálido vestido de chándal y con el pelo cortado al cepillo. Pasaron unos segundos hasta que el delgaducho con pinta de sargento o monitor de los Boy Scouts se percató de mi presencia. Con los brazos en jarras y una voz rasposa como una lija, me espetó:
–¿Qué quieres, chaval?
Se hizo un silencio grave, funerario. Siete pares de ojos se clavaron en mí esperando una respuesta. Me costó despegar los labios como si mis labios fuesen de plomo. Por suerte, no tartamudeé ni me puse rojo. Y con el volumen con el que se habla en una biblioteca, contesté:
–Quiero aprender a boxear.
Una avalancha de carcajadas inundó la sala. Los que estaban dando caña a los sacos, dos latinos y un negro, interrumpieron su entrenamiento para reírse a pleno pulmón. Los dos negros que peleaban sobre la lona se doblaron de risa. El blanco tamaño bulldozer al que le estaban dando la clase particular fue el más comedido de los boxeadores: solo dejó escapar una media sonrisa. El único que no movió ni un músculo de la cara fue el soldado estirado y cincuentón que llevaba un chándal de color azul añil. La misma mirada asesina de desaprobación con la que me había saludado. El mismo mohín adusto de rechazo. Cuando estaba abriendo la boca para mandarme a tomar por el culo, un hombre bajito y rechoncho con pantalones de pana y una camisa a cuadros salió de una habitación al fondo del gimnasio. Mancuso. Los tres primeros botones de la camisa fuera de su ojal. El pecho: un jardín botánico de vello. Cóctel excéntrico: aura de literato y andares de paquidermo.
Mancuso, probablemente extrañado por el cese de la cadencia de golpes en su templo, preguntó:
–¿Qué pasa aquí?
Y Bennett, moderando una chispa su antipatía, dijo:
–Este muchacho. Que viene a aprender a boxear.
Mancuso miró en derredor sin verme. Yo, con mi uno ochenta y ocho de altura y mis ochenta y pico kilos de peso de aquella época, me sentí como una hormiga en la sabana rodeada de rinocerontes. Una miniatura suplicando para que la mirasen con lupa. Segundos después recuperé un poco la autoestima porque noté que un saco y el corpachón del boxeador blanco me estaban tapando, interponiéndose entre Mancuso y yo. Mancuso se acercó a mí con sus pisadas de tiranosaurio. Bennett lo siguió cual perro olfateando el trasero de otro perro con un puesto más alto en la jerarquía canina. Juntos no tenían desperdicio. Bennett era espigado. Mancuso era un retaco. Bennett estaba raquítico. Mancuso estaba rollizo. Uno al lado del otro parecían un dúo cómico o una pareja esperpéntica. Stan Laurel y Oliver Hardy. Quijote y Sancho.
Mancuso se puso a mirarme con extrañeza como intentando averiguar un secreto o sonsacarme información. Bennett se quedó detrás de él en un segundo plano. Me fijé en que con trece años yo ya medía bastante más que Mancuso y pesaba bastante más que Bennett.
–¿A qué has venido, hijo? –disparó Mancuso a quemarropa.
–A que me enseñen a boxear. Ya se lo he dicho a su compañero –dije señalando a Bennett con la barbilla.
–¿Y no eres muy joven? –quiso saber Mancuso. Pese a mi envergadura, tenía cara y voz de niño.
–No, señor.
–Llámame Vinnie. ¿Y qué edad tienes?
–Voy a hacer catorce dentro de nada.
–Está bien.
–No, no está bien –rezongó Bennett–. Es un crío.
–¿A qué edad crees que se empieza en esto, Ernie?
–Ya, pero no es eso. Le falta un brazo.
–Ernie. –Mancuso fulminó a Bennett con la mirada.
–Si es que le falta un brazo, joder. ¿Cómo va a boxear así?
–No me toques los cojones, Ernie. Vuelve a lo tuyo con Keith.
Bennett se marchó protestando y haciendo aspavientos con las manos.
–Es de nacimiento, señor.
–Vinnie.
–Digo Vinnie.
–¿El qué es de nacimiento?
–Lo del brazo. Nací así.
–¿Y se meten contigo? –indagó Mancuso haciendo gala de sus dotes de adivino.
–A todas horas.
–¡Pero si eres una torre! Apabullarías a cualquiera.
–A nadie. Soy un cagueta.
–Y te gustaría darles una buena tunda, ¿verdad?
–Bueno…
–Esto no funciona así, hijo. Me refiero a que la finalidad del boxeo no es atizar a las personas fuera del ring. Es un deporte, y no un curso de defensa personal ni un instrumento para darles su propia medicina a los matones.
–Pero yo no quiero pegarlos.
–¿Qué quieres entonces?
Resoplé.
–Estar seguro de que no van a pegarme a mí.

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