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Alberto Santamaría

“En El burgués gentilhombre Molière nos sitúa frontalmente ante uno de esos personajes desde cuyo ser-delirante es posible leer las acciones de una época: el señor Jourdain. El señor Jourdain es un simple y clásico hombre de la burguesía francesa del momento; buena persona, cándido y algo ingenuo, es cierto, pero con pretensiones de introducirse con buen pie en el peculiar mundo de la nobleza y de la aristocracia de la época. Posee una gran suma de dinero, dado que su padre se enriqueció con el oficio de trapero; oficio que él tratará de ocultar por todos los medios1. En cualquier caso, su objetivo principal en la vida será impresionar a las que denomina les gens de qualité, frente a las cuales trata de hacer ver su cultura como medio de aceptación. Sabe, o más bien ha oído, que para lograr su aristocrático objetivo el mejor camino es el de desarrollar una cultura propia o, dicho de otro modo, cultivarse para así lucirse y conquistar a ese notable público. Para ello no escatima en esfuerzos ni en dinero, y contrata tanto a un profesor de música como a un profesor de baile. Ambos tratan de reconducir al burgués gentilhombre, ambos buscan estrategias para educar, pero también para contener, al señor Jourdain. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de sus maestros, éste no sólo carece de dotes para tales artes sino que además carece de gusto y estilo, según narran, lo que provocará situaciones densamente tragicómicas.

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Moliere

Al inicio de la obra, Molière, en un perfecto modo de condensar temporalmente la acción, sitúa a ambos profesores esperando la llegada del señor Jourdain. La teatralización de los gestos delata, a su vez, una teatralización de las conciencias. Mientras eso sucede, el profesor de música y el de baile, divagan libremente en torno a su trabajo y, sobre todo, acerca de su relación comercial con el burgués gentilhombre. «Los dos hemos encontrado un hombre tal que nos conviene. Rica renta es la que nos proporciona el señor Jourdain —dice el profesor de música— con sus quimeras de galantería y nobleza». Y más adelante describe con una sutil superficialidad la propia superficialidad del señor Jourdain: «Verdaderamente nuestro alumno es persona de pocas luces, que habla de todo a derechas y torcidas, y que nunca aplaude sino a deshora; pero su mucho dinero corrige su poco ingenio. Tiene su juicio en su bolsa, sus loores son en moneda contante, y ya veis que este ignorante burgués nos es más útil que el culto gran señor que a él nos ha presentado». De pronto un personaje aparece en escena. Es el propio señor Jourdain que llega con un ligero retraso. Este retraso se debe, y así lo hace notar, al hecho de haberse mandado hacer una «bata rameada» ya que su sastre le ha dicho «que las personas de calidad visten así por la mañana». Tras este breve diálogo, en el que Molière nos ha situado hábilmente frente al buen burgués, se dispone éste a cantar con la intención de no perder más el tiempo. Tanto un profesor como el otro se miran horrorizados tras comenzar el canto, sin embargo se apresuran a contener el gesto de desprecio, con la finalidad de no molestar a su notable alumno. Después de rechazar por lúgubre una canción ofrecida por el músico, canta él una horrible canción de cosecha propia, que cínicamente ambos profesores tildan de lindísima. El profesor de música insiste al instante en que debería aprender música más en profundidad y dedicar a ello más horas de estudio, a lo que el señor Jourdain responde: «¿Acaso la gente de calidad aprende música también?». Como era de prever, en ese mismo momento, el músico, de inmediato, responde afirmativamente. Es ahí cuando el señor Jourdain anuncia que debería entonces hacer un hueco en su apretada agenda escolar porque además de tener un profesor de esgrima, ha contratado recientemente, y por una necesidad urgente, a un «profesor de filosofía, que comenzará esta misma mañana». Los profesores allí presentes se muestran visiblemente nerviosos, el temor parece afectar su tranquila posición de antaño. Asustados por la competencia, tanto el profesor de música como el de baile, defienden con vehemencia sus territorios. «Algo vale la filosofía —dice el músico—, pero la música, señor, ¡la música…!». Por su parte el profesor de baile va más lejos: «Todas las desgracias humanas, todos los funestos reveses que llenan las historias, todos los errores de los políticos y las torpezas de los grandes capitanes dimanan de no saber bailar». Es en ese preciso instante cuando aparece en escena, como salido de la nada, el profesor de esgrima quien hace su aparición violentamente, como azotado por alguna urgencia. Éste, asombrado ante sus oponentes territoriales, defiende la legitimidad, necesidad y la elegancia de su arte. Poco dura su encomio de la esgrima, dado que a su espalda asoma otro personaje fantasmal: el filósofo, que en ese momento salta a escena, provocando una disputa violenta entre los asistentes al sostener la superioridad de la filosofía sobre «el oficio de espadachín, de tocador y de bailarín». Tras una tensa y no menos cómica disputa, el filósofo, que ha prometido «componer contra ellos una sátira al estilo de Juvenal, que los dejará destruidos», logra quedarse a solas con su particular alumno. Comienzan entonces a hablar. El filósofo, tras calibrar en apenas una frase la ignorancia del señor Jourdain, quien trata de ocultarla sin éxito, decide que si no es posible enseñarle lógica —«Esta lógica no me aviene»—, ni física —«mucho embrollo y barullo hay en eso»—, ni moral —«Soy bilioso como un diablo, no me atengo a ninguna moral y quiero montar en cólera a mi satisfacción siempre que tenga deseos de ello»—, debe replantearse el trabajo. «¿Pues qué queréis que os enseñe?». A lo que responde el señor Jourdain: «enseñadme ortografía». Y más adelante, tras narrar alguna aventura de corte amoroso, descubrimos el porqué: «Estoy enamorado de una persona de alta condición y os agradecería que me ayudaseis a escribir algunas cosillas en una notita que quiero dejar caer a sus pies». A esto el filósofo responde: «¿Qué queréis escribirle? ¿Versos?». «Versos, no», responde con desdén. «¿Os contentáis con prosa?». Y aquí el ignorante señor Jourdain abre una interesante vía que, sacada de contexto, supone un verdadero descubrimiento intuitivo para el futuro, algo que los románticos mucho tiempo después describirán con superior acierto. «No quiero ni prosa ni verso». «Ha de ser una de las dos cosas», responde sorprendido el profesor de filosofía quien no puede entender tanta ignorancia, «por la razón, señor, de que para expresarse no hay más que prosa y verso». A lo que atónito responde el señor Jourdain: «¿Nada más?»La pregunta del ingenuo burgués gentilhombre podía entonces llegar a sacar los colores a cualquiera. ¿Es posible que no hubiese «nada más» para expresarse? Acto seguido, con su habitual candor, vuelve a insistir el señor Jourdain: «Y cuando se habla, ¿cómo se habla?». «En prosa», responde el profesor. «Entonces, cuando digo: Nicole, tráeme las zapatillas y el gorro de dormir, ¿hablo en prosa?». Hasta este callejón divagatorio, en una especie de desquiciante diálogo contra-socrático, ha llegado el burgués de la mano del filósofo. El descubrimiento paródico de la realidad y de la prosa. Y de alguna forma, desde la modernidad, la escritura ha sido en sí misma un proceso de descubrimiento de la prosa, de ese asombro ignorante, similar al del señor Jourdain, quien concluye asombrado: «Pues a fe mía que hace más de cuarenta años que me expreso en prosa sin saberlo, y os estoy agradecidísimo por habérmelo enseñado». Puede que Jourdain nos valga como modelo.”

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