El hombre del tren

Mikkola llegó a la ciudad en el tren de la mañana. Acto seguido, a las diez, mantuvo una reunión que duró tres horas. Después, la empresa anfitriona lo invitó a comer, y así concluyó el programa oficial. Sin embargo, no regresó en el tren de las cuatro como tenía previsto. En su lugar, reservó una habitación de hotel para esa noche y bajó al bar a tomar un trago. Después de tres bacardís salió a dar un paseo. El otoño en la ciudad industrial lo recibió cálidamente. El aire era claro, el cielo aparecía casi despejado. Había un débil viento. En los parques los árboles dejaban caer sus hojas amarillas y rojizas. El agua del canal que fluía a través de la ciudad estaba baja, de color marrón. La gente caminaba sombría por las calles. Un grupo de jóvenes se encontraba apostado delante de un quiosco con bufandas rojiblancas al cuello. En la manzana colindante se estaban realizando tareas de demolición de una casa de madera. Detrás del Estado Mayor del Ejército, los patos flotaban en un estanque.
Mikkola contempló todo esto y se sintió como en casa. No obstante, se extrañaba un poco de su presencia allí; había visitado la ciudad por última vez hacía dos años. Para concluir la ruta, pasó por una confitería del centro.
Allí se tomó un chocolate, comió un pastel de fresa y observó la vida del local durante una hora. En el camino de regreso al hotel, se detuvo a mirar los escaparates de una tienda de discos, con el resultado de que entró y adquirió por capricho un LP de James Last. Se sentía tan cansado, que al llegar al hotel se dirigió directamente a la habitación.
Eran las cuatro. A eso de las seis, bajó de nuevo al bar y pidió un Bacardí. Conversó durante un rato con el camarero y así se enteró de que un día como aquel, a mitad de semana, todos los lugares estarían tranquilos. El camarero le aconsejó que, si de todos modos deseaba pasar la noche con ganas de compañía, merecía la pena quedarse en ese local; a él acudía la élite de la ciudad. Mikkola agradeció la información, pidió otro Bacardí y el listín telefónico. Tras encontrar el número que buscaba, apuró el trago y se dirigió a la cabina. El primer intento dio ocupado. Esperó un rato y marcó de nuevo. Ahora había conexión.
–223 833 –dijo una oscura voz femenina.
–¿Eres Taina? –preguntó Mikkola.
–Sí, ¿de parte de quién?
–Adivina… ¿no reconoces la voz?
–No. ¿Mikko?
–Mal. Prueba otra vez.
–No la reconozco, ¿quién eres?
–Hace dos años… –ayudó Mikkola–. ¿Te acuerdas ahora?
Se hizo un largo silencio.
–¿Oiga? –dijo Mikkola más alto.
–Eres Tapio –afirmó débilmente la voz femenina.
–¿Cómo lo adivinaste? Ha pasado mucho tiempo.
–¿Por qué llamas? ¿Te encuentras en la ciudad?
–Quería verte. Vine esta mañana por un viaje de negocios.
–¿Y por qué? Pero si todo terminó hace ya tiempo.
–No empieces a recordar el pasado. Vamos a quedar, a charlar…
–No sé. Ya te había olvidado.
–Precisamente, por eso. Venga, anímate.
Mikkola le indicó el nombre del hotel y prometió esperar en el restaurante.
–Bueno, entonces me acerco, pero no me voy a quedar mucho tiempo.
–No, no.
–Llego dentro de una hora.
–Vale. Hasta luego.
–Hasta luego.
Media hora más tarde, Mikkola estaba sentado en el salón restaurante hojeando el periódico Helsingin Sanomat. Tomaba un Bacardi con tragos espaciados y, de vez en cuando, estiraba el cuello por encima del periódico mirando en dirección a la puerta. El restaurante comenzaba poco a poco a despertar. En ese momento el portero estaba ayudando a quitarse el abrigo a un grupo relativamente grande.
La mujer se presentó a la hora convenida. Mikkola no se percató de su presencia hasta que estuvo de pie junto a la mesa. El pelo largo castaño le caía por los hombros. Ojos azules sensibles, nariz recta, cuello delgado. Llevaba un vestido marrón claro que acentuaba su cuerpo generoso.
Mikkola se puso en pie, evitó mirarle los pechos y le ofreció una silla. El camarero se acercó.
–¿Qué tomas? –preguntó Mikkola comedido–. ¿Bacardí, vodka?
–Una taza de té, gracias.
–Venga ya –pidió Mikkola–. Déjame que te invite.
Ella negó con la cabeza. Mikkola se dirigió al camarero.
–Un té y un Bacardí con cola, por favor.
El camarero asintió.
Permanecieron sentados un rato en silencio. Luego Mikkola se interesó por cómo le iba en el trabajo. Ella respondió. Charlaron de las dificultades académicas, de conseguir un empleo, de las elecciones municipales, de la huelga de los trabajadores del ferrocarril. Mikkola le contó que él trabajaba muchísimo y constantemente en el sur de Finlandia. Había estado en Támpere por última vez hacía poco más de dos semanas.
–¿Qué tal lo lleva Kimmo? –preguntó ella–. Como tiene que separarse de ti…
–Bien, a veces te echa de menos. Pregunta cuándo va a venir Taina.
–Pensé enviarle un paquete la Navidad pasada.
–Mejor que no se lo mandes, se entusiasmaría demasiado.
–Le había hecho ya unos calcetines, pero luego seguí tejiendo y se los envié al hijo de mi hermana a Tornio – contó seria–. Tu voz ha cambiado, casi no la reconozco por teléfono.
–El tiempo pasa, las voces cambian y las personas se olvidan –dijo Mikkola jugueteando con el vaso vacío. Hizo una señal al camarero–. Otro igual.
–Bebes mucho –comentó ella mirándole a los ojos–. Siempre has bebido.
–Algunos beben –continuó Mikkola. Y luego repentinamente–: Y otras andan de putas.
La mirada de la mujer se heló. Su voz tembló al decir:
–Me estás ofendiendo. Eres malvado.
–¿Y tú andas haciendo de puta? –preguntó Mikkola con voz calmada–. Recuerdo esa noche como si fuera ayer. Aún puedo escuchar cómo gemías y gritabas debajo de aquel hombre.
–No me crees –gimoteó ella mirando fugazmente a su alrededor–. Fue una violación.
–Mientes.
–¿Por qué no te acercaste a mirar? Te quedaste en el recibidor, preferiste imaginarte lo que allí estaba pasando –continuó con el rostro pálido–. ¿Es por esto que querías que viniera? Para vengarte…
Mikkola negó con la cabeza, esbozó una media sonrisa. De repente apuró el contenido del vaso y pidió uno nuevo. La mujer mantenía la vista fija en la mesa.
–Yo sé… Hubiera sido una pésima madre para Kimmo. Mejor que terminara a tiempo. Pero tú también me engañaste, eso es seguro.
–Es algo distinto –dijo Mikkola enfatizando cada una de las palabras–. El hombre es más carnal que la mujer.
–¡Jesús! –suspiró ella y miró hacia la pista de baile donde una pareja mayor bailaba tango. De un disco surgía la voz de Erkki Junkkarinen.
–¿Quién es ese Mikko por el que me tomaste al teléfono? –preguntó Mikkola–. ¿Uno nuevo al que te tiras?
–Eres asqueroso –gimió la mujer–. Yo me voy de aquí.
Mikkola la agarró del brazo y apretó con fuerza contra la superficie de la mesa. Casi le hizo daño.
–Tú no te vas a ningún sitio –siseó–. Te sientas ahí. (…)

(La partida, Rax Rinnekangas)

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