Jesús Pardo presenta Rojo perlauna novela de sabor galdosiano que narra con sarcasmo las peripecias de posguerra de un periodista santanderino obsesionado con las mujeres.

Manuel Longares: Rojo perla es otra novela de Jesús Pardo, con eso queremos decir que los amantes de la lectura, de la narrativa, de leer un libro y no poder dejarlo porque tienes que seguir leyendo pues estamos de enhorabuena. Conozco a Jesús desde el año setenta y tantos aproximadamente. Esta presentación, coloquio o diálogo me gustaría que fuera como una especie también de narración de la propia vida de Jesús, a vida cuenta de que en sus novelas Jesús se pone de protagonista aunque no utilice el yo narrativo, si no esa especie de tercera persona, luego creas un personaje y en el personaje pones todas tus vivencias. Porque, te gusta la autobiografía, ¿o no?

Jesús Pardo: Es inevitable autobiografía. Alguien dijo que cuando un pintor está pintando el retrato por ejemplo de Carlos V de Suecia, en el fondo se está pintando a sí mismo. Eso pasa también con los escritores. Yo por mucho que me esfuerzo en crear un personaje original, es original solamente en la medida en que nadie sabe que soy yo. Esa es la cuestión, que soy yo, por lo menos, en parte. Pero eso es inevitable. Eso no es narcisismo, es inevitabilidad.

M: ¿No es deliberado?

J: No, se está a gusto.

M: ¿Qué piensas de la ficción pura, de partir de una base de invención?

J: Eso yo no creo que sea posible. Por ejemplo, Zola escribió un novelón de quince tomos sobre los Rougon-Macquart, una familia, que es una obra maestra. Y él mismo lo dijo: “¿y que coño voy a hacer yo sino retratarme a mí mismo multiplicado por el numero personajes de mi libro?” No lo podía remediar. Y no es el único que ha dicho cosas así, pero éste lo dijo y llamó mucho la atención que lo confesara, porque muchos otros no confiesan. “Es un personaje que me he inventado yo”, dicen. ¿Qué coño se va a haber inventado usted? Usted lo tenía aquí dentro y lo ha desarrollado a su manera. Eso es un poco lo que pasa. Y mi personaje no es enteramente yo, es yo en una parte. Luego al final ya va creciendo y tiene su originalidad, pero tampoco entera cien por cien.

M: Digamos que la primera parte de la novela, para los que todavía no hayan leído Rojo Perla, trascurre en Santander. Se llama “El Desvalido” esa primera parte de la novela, y es de un chico que no tiene muchas relaciones de amigos, es un poco desplazado. Se dedica a leer y también a otros actos de descubrimiento de la vida.

J: A él lo que le pasa es que está obsesionado por las mujeres, y constantemente va conociendo a una y va conociendo a otra. Llega un momento en el que se va dando cuenta de que la mayoría se ríen de él y le humillan. Pero de pronto le cae un bombazo: su tío multimillonario lo ha hecho uno de los hombre ricos de la provincia, ricos de veras. Y dice “ahora va a ser la mía”, y se venga sistemáticamente gastando mucho dinero con todas las mujeres que le han humillado, incluso en algunos casos se murieron alguna pobres como consecuencia de ese ataque. Entonces él se queda ya muy contento. Y de pronto se le ocurre una idea: “he matado a dos personas. La venganza está permitida, pero la vida es terreno de Dios. Yo me he metido en el terreno de Dios, he matado a dos personas y no tengo derecho a matar a nadie. Y se desespera de tal manera que acaba cogiendo el coche y yendo a Jerusalén donde él cree que hablará con Dios, pero por el camino se pierde de vista y así acaba el libro, nadie sabe donde está.

M: Es un poco no saber qué hacer con la vida de uno.

J: Sí, es eso, Rojo Perla, es buscar lo que no hay. ¿Cómo vas a encontrar el color rojo en una perla si no lo tiene? Pero tú sigue buscando, que a lo mejor.

M: Este personaje se enfrenta a la vida, no se queda apartado en un rincón con sus libros (es un lector voraz), si no que se enfrenta a la vida, sale, se relaciona.

J: Sí, pero siempre con un poco de recelo, una reserva. Y luego al final ya como en el fondo lo que él quiere es buscar algo en la nada, y su pretexto es ir a hablar con dios a Jerusalén, el espera que en el camino le atropelle otro coche.

M: Es un desenlace abierto.

J: Sí, abierto al otro mundo.

M: De alguna manera ese principio del personaje, que viene de Santander a Madrid, es un poco lo que te pasó a ti.

J: Yo soy santanderino en excedencia, yo soy santanderino como otros son rubios, siempre lo he sido toda mi vida, y cada vez que salía un libro mío en Madrid o en Barcelona y lo leían todos menos los santanderinos yo lo consideraba una derrota. Y por fin se me abrió la posibilidad de publicar en Santander, que es lo que yo llevaba veinte años preguntándome cómo se hace eso, pero por fin ya llegó.

Hay una diferencia, el personaje presume de opulencia. Hay un modelo santanderino cuyo nombre no voy a decir, aunque está muerto.

M: Pero hay una burguesía, y tú eres el narrador de esa burguesía.

J: Yo pertenezco a ella, pero solo en el departamento de grandes burgueses venidos a menos.

M: Tú también desclasado porque eres lector.

J: Y porque sospechaban que yo podía ser comunista, y eso es fatal cuando eres de la burguesía santanderina.

M: Te plantas en Madrid, al igual que el personaje, y te instalas en una agencia de prensa.

J: Sí, pero son muy distintas las dos situaciones. Yo entré en la Agencia F porque yo quería vivir de la pluma. Y como no tenia posibilidad e publicar, por lo menos estoy viviendo de la pluma, estoy haciendo periodismo y es una forma de vivir de la pluma. Pero eso es consolarse a uno mismo con mentirijillas. Al final en cuanto pude dejó la agencia y se dedicó a lo que a él le gustaba, pero gracias al fortunón que le dejo su tío. Es un tío que existió, y que pudo dejarme el dinero a mi pero no me lo dejó.

M: Tú continuaste en prensa mucho más tiempo que el protagonista de tu novela.

J: Si pero solamente mientras no tuve más remedio que aceptarlo. EN cuanto pude lo dejé. En cuanto cumplí los treinta años y me pusieron en la calle con no sé cuantos millones de indemnización, no he vuelto a ver un periódico ni por dentro ni por fuera, no leo la prensa.

M: No tenías vocación de periodista, no te interesaban las noticias.

J: Ninguna. Ni vocación ni gusto. A mi me parece que la prensa es una excusa para justificar algo. Por ejemplo, si compras el diario montañés estás trabajando para Emilio Botín. Ese es un ejemplo, y podría poner todos los que quieras. Estás trabajando para gente que no es nada tuyo. ¿Y dices que eso es leer los periódicos? Pues no, es hacerle la pelotilla a un señor que no es nada tuyo.

M: ¿Es muy distinto el periodismo de la literatura?

J: Bueno, yo aprendí mucho del periodismo. Aprendí a que si una cosa se puede decir bien en 3 palabras no hay porque decirla en 7. Eso lo primero. Y luego la concisión en la narración: déjate de parrafadas. Esas cosas de Azorín, 3 páginas explicándote lo bonito que es no sé qué y no sé cuánto. Lo que es bonito, es bonito para uno personalmente. A mi el periodismo me enseño a no perder el tiempo con divagaciones, y a no usar más palabras de las necesarias para que te entiendan. Eso sí, tienes que ser claro, tienen que entenderte. Y eso que yo al principio me metía en muchas descripciones. A los seis años escribí una novela de piratas, y el ahorcamiento del jefe de los piratas me llevó siete páginas. Se puede hacer en cuatro líneas y queda igual de impresionante.

M: Desde los seis años ya escribías.

J: Una novela de piratas.

M: El protagonista de Rojo Perla es un gran lector pero no escribe. Dice que no le sale.

J: No. Él piensa que las obras completas las está escribiendo constantemente su cabeza. Es un gran lector, conoce a todos los grandes escritores, pero no escribe nada. Él no veía sentido de escribir una cosa que ya está escrita. Proust dijo una vez “todo lo que he escrito, está escrito ya”.

M: Pero tú tenías vocación desde el principio.
J: Desde pequeño. Cuando yo llegué a casa de mi tía en el sardinero en Santander y me encontré con un armario con una biblioteca de mil y pico libros de mi padre, todo bajo llave, lo primero que hice fue hacer una ganzúa. Y cuando tenía seis o siete años abría la puerta, sacaba un libro y lo volvía a atrancar. La colección universal Espasa-Calpe, que es una verdadera obra de arte, y me lo cepillé todo, pero seguido, por orden alfabético

M: ¿No salías? ¿No tenías relación con otros chicos de tu edad?

J: No. Mi tía siempre me llevaba a merendar aquí y allá, a conocer a los hijos de fulanito. Pero yo no quería ver a esa gente, yo quería entenderme con los personajes de Zola, de Pérez Galdós, y hablar con ellos. Pero eso solo podía hacerlo por las noches. De día no salía. Yo siempre estaba hablando conmigo mismo por falta de otro interlocutor.

M: ¿No tenías ningún problema para utilizar los libros?

J: Mi tía no me dejaba leer. Todos los curas que conocía decían que “las novelas ni verlas”. Y lo tenía todo bajo llave, pero no sabía que yo tenía una ganzúa. Abría, volvía a cerrar y la ponía debajo del colchón. No se enteró nadie. Cuando me fui de casa a los 22 años, después de recibir una pequeña herencia, me emancipé.

Mi tía se había muerto sin saber que yo me había leído todo lo que ella tenía bajo llave.
M:¿No hiciste el servicio militar?

J: No, porque era hijo de viuda. Mi padre murió justo a tiempo para hacerme ese favor.

M:¿Y cómo es que llegas a Madrid y tienes un taxi en la puerta del Palace?

J: Yo tenía una pequeña herencia que recibí. Una pequeña herencia con la que podía  a lo mejor comprar una tienda a medias con otro y ponerme detrás de un mostrador, pero eso yo no lo quería. Yo no tenia suficiente dinero para vivir de ese dinero, entonces me pasé cinco meses o seis en el hotel Ritz, viviendo como si fuese mi casa. Iba a cenar y me traían una botella de vino, y me ponían el corcho y me la guardaban para mañana. Estaba como en mi casa. En el Ritz había cada cosa… Había un camarero especializado en chicas guapas. Llamaba por teléfono y te subía como una loca.

Eso duró cinco meses o así. Y luego  me quedé con muy poco dinero, me cogí un taxi y me fui a la Pensión Ginense, y seguí viviendo allí, en la pensión donde no había ningún lujo.

M:¿Hay algo en aquella pensión que ves en la pensión que tienes aquí en el libro?

J: Posiblemente sí porque es la única que conozco. Pensión española es la única que conozco y no tengo más remedio que recurrir a ella, no porque me guste hablar de pensiones españolas, si no porque no tengo otro modelo.

M: Pero tendrás modelos literarios.

J: Sí, pero a mi me enseño Emilio Zola que las cosas hay que tocarlas antes de llevárselas a la boca. La experiencia personal. Eso era una obsesión de Emilio Zola, que todo lo tenia que ver el, y daba la lata. Por ejemplo, cuando estaba escribiendo Nana, que todo el mundo sabe lo que es una puta. Bueno pues es una novela de la puta francesa, y él iba todos los días con un cuadernito y un lápiz, daba no se cuanto de dinero a la dueña, y se sentaba allí y escribía todo lo que veía. Y las putas se decían unas a otra: es un señor que está loco que viene aquí a escribir. Emilio Zola. Y cuando el tuvo 20 folios, ya escribió Nana que es una gran novela. Y eso es un modelo que yo he seguido en la medida de lo posible.

M: Es un modelo narrativo, escritores que se basan en la experiencia y se la transmiten al lector.

J: Mezclando la experiencia con la realidad, en la medida en q se puedan mezclar. Sacar la conclusión que más puedas de dos cosas tan diversas como es la realidad y la experiencia personal. Son dos cosas opuestas. Bueno pues yo he intentado hacer un combinado, y no sé si me ha salido bien o mal pero es que no sé hacer otra cosa.

M:¿No tienes manías respecto a autores? Tú te lees todo, ¿no?

J: Sí, pero por ejemplo mis escritores favoritos son Pérez Galdós y Pío Baroja. Son españoles. Lo siento mucho pero es así. “¿Y que te parece fulanito?” Sí, sí, será todo que tu quieras, pero a mi me han enseñado a escribir Pío Baroja y Pérez Galdós, y por mucho q la novela actual sea distinta, para mi no es mejor. Para mi la buena es Fortunata y Jacinta. O una de las grandes novelas de Baroja, El mundo es ansí. Yo me hice muy amigo de Pio Baroja. Fui a verle a su casa y me dijeron “es usted periodista” dije no, y me dieron pues pase usted. Y había una mesa larga y estrecha, y el viejuco estaba ahí sentado haciendo cigarrillos. Y nos hicimos muy amigos, porque yo le decía a todo que sí, que es lo que a él le gustaba. Nos contaba todo lo que yo había leído en Desde la última vuelta del camino, sus memorias, de cuando dicen que él iba al Café Gijón todos los días y de pronto decían “se murió fulanito” y se iba corriendo  para poder añadirlo a sus memorias, “ahora puedo escribir sobre él” y corriendo lo añadía al manuscrito de sus memorias.

M:¿Qué tal en el trato Pío Baroja?

J: Era muy simpático pero nada comunicativo. A él le gustaba que le escrachasen. Te contaba cosas de las guerras carlistas y todas esas cosas, era muy divertido, y te permitía hacer una pregunta e incluso hacer algún razonamiento, pero a él le gustaba hablar sin que le interrumpiesen. Pero no era anodino, no era grosero, al contrario, era muy simpático y muy buena persona. Estaba siempre ofreciéndote cigarrillos. Una vez fui con un norteamericano, y él dijo “los chicos jóvenes de ahora q bien se tratan a si mismos” y cogió la cajetilla metálica de tabaco norteamericano y se la guardó en el bolsillo delante de nosotros. Y el otro no dijo nada porque a un viejo hay que permitirle ciertos caprichos. Y además era un viejo que en menuda casa vivía él, no era un mendigo. En la casa de Ruiz de Alarcón, la casa museo. Una casa preciosa. Y luego, cuando se murió, me contaron que el viejo le dijo a un sobrino suyo: tu mira los libros de mi biblioteca. Y dentro de cada uno había un billete de 500 pesetas. Guardaba el dinero ahí, no lo tenía en el banco. El otro empezó a abrir libros y salió rico.

M: Él se quejaba de que no se sacaba dinero con la escritura.

J: Es que era muy tacaño. Excepto con el hijo mayor de uno de sus hermanos, que luego fue muy conocido, Julio Caro, que le permitía todo. Delante de mi un día apareció Julio Caro, le pidió “oye tío no se qué” y le atizó  20 duros en aquella época, para que se fuese por ahí de juerga. A él le mimaba, con él no era tacaño, pero con la gente en general… si yo le pido diez duros no me los da. Es que ni hablar vamos. Porque yo no soy nadie para él.

M:¿No tienes predilección por ningún autor extranjero?

J: Yo las contrapartidas extranjeras las conozco y me las he leído todas, pero sigo agarrado a Baroja y a Galdós, que me cuentan el mundo que he vivido y es el que yo quiero saber. Si lees por ejemplo a xxx ves que está hablando de cosas que a ti no te conciernen, que no tienen nada que ver contigo. Serán muy respetables pero no tienen nada que ver contigo. Yo prefiero los problemas que plantean Galdós y Baroja, primero porque escriben estupendamente. Segundo porque conocen al ser humano como ya me gustaría a mi conocerlo, y tercero porque es que lo q el te cuenta o viviste o conociste de oídas o lo olías en el aire. Y yo siempre he sido así. He leído a medio mundo. Porque, modestia a parte, yo llegó un momento que podía leer quince idiomas. Ahora ya se me han olvidado la mitad. Sabía leer quince idiomas, incluso el húngaro. Ahora ya se me han olvidado. No tanto, porque si cojo una página en húngaro y la miro, reconozco muchas palabras y conozco sobretodo la estructura gramatical (que esa no sé olvida) pero no me atrevo a leer un libro como llegué a poder hacer. Que digan de mi lo que quieran , a mi me gustan mis escritores españoles pero he leído todos los demás y de ellos cojo los que me convienen.

M:¿Y esta leyenda de poner a Galdós como un personaje castizo, cuando era todo lo contrario, un progresista para su época?

J: Era un hombre de instinto moderno para la época en la que el vivía. Era un hombre además con una claridad de ideas extraordinario, daba gusto leerle. Yo me he leído los Episodios Nacionales del tirón, y ahí se ve España como nadie más lo ha dicho que él. Y luego las novelas: Fortunata y Jacinta, Dios mío, qué novelón. Y las demás pequeñas, por ejemplo esas novelas ni largas ni cortas, que tiene varias, yo lo he leído todo. Yo me acuerdo que me costó robarle a mi tía el dinero para comprar las obras completas de Pérez Galdós. Fui a la librería y compré los seis tomos, y lo escondí donde no lo viera nadie,  y mi tía no se enteró.

M: Cuando estás en Madrid, y esto lo sacas en tu novela Ramas secas del pasado, te relacionas con los escritores del Café Gijón. ¿Eras uno de ellos?

J: Yo era uno de ellos. Me convertí en un bohemio. Estaba en la tertulia de García Nieto, que cuando llegaba Cela, García nieto se levantaba y le dejaba el asiento, porque su dirección era con permiso de camilo. Era muy difícil no reñir con camilo, y con Pérez García Nieto. Con Camilo porque le gustaba reñir, dar voces y salir ganando. Como era tan grandote cualquiera se metía con el. Y a Pepe García Nieto le gustaba que la gente se arrobase viéndole. Y claro yo no me arrobaba viéndole, entonces esto a él le fastidiaba. Era más finolis, no más educado (García Nieto), lindando con la cursilería, pero sin llegar a entrar en ella. Él levaba una revista del ministerio, Poesía Española. A mi me publicó un poema.

M: ¿Escribías poemas entonces?

J: Yo toda mi vida he escrito poesía. Pero generalmente mediocre. Ahora empiezo a escribir un poco mejor. Acabo de hacer un libro en cuatro tomos que se llama Gradus ad mortem, Ascensión hacia la muerte. Y me ha quedado bastante bien, me han elogiado bastante ese libro.

Mira, un gran crítico Francés hablando de las obras completas de no me acuerdo qué gran escritor en prosa novelista francés, lo distribuye en poesía de verso, poesía de prosa, poesía de novela, poesía de narración corta, y así sucesivamente. Poesía viene del griego payos, que es creación. Por tanto, es legítimo lo que estaba diciendo él. Él pensaba que todo buen escritor era de por sí poeta. En cierto modo se podía defender eso. Pero yo no lo creo, yo no lo uso así. Yo no soy nada retórico. Incluso escribiendo poesía tiendo al prosaísmo irremediablemente.

M: Lo de la poesía se cultiva cuando empiezas a traducir a Ezra Pound.

J: A mi me enseñó a escribir en verso Ezra Pound. Ezra Pound es un verdadero prodigio. Su obra son los cantos, que son 110 cantos. Al final empiezan a bajar un poco, porque ya no coordinaba las cosas bien, pero la primera parte hasta el canto número cincuenta a mi me parece un prodigio. Sobretodo de tremenda cultura poéticamente digerida, porque no es nada pedante, ese tío maneja las cosas más complejas con una naturalidad y con un recelo que es realmente como un niño pequeño que no sabe qué tiene entre manos, y le salen poemas preciosos. Como el canto contra la usura. Él decía que la usura, o sea sacar dinero de trabajo ajeno sin compensarlo (en la Edad Media estaba prohibida la usura por la Iglesia, pero la iglesia definía la usura como aquel que presta dinero y exige su devolución aún cuando el que lo ha recibido lo haya perdido en buena lid haciendo negocios), es usura, y en la Edad Media el usurero iba al mismo castigo que el homosexual, a la hoguera, porque los dos intentaban sacar producto de una cosa estéril, como es el trasero masculino por ejemplo, que eso no produce nada por mucho que lo uses. El que exige devolución de un dinero que ha sido perdido en buena lid decentemente, ese es un usurero y hay que quemarlo vivo. Y si además mandas a tres o cuatro maricones pues mejor todavía.

M: También tradujiste La Divina Comedia.

J: La Divina Comedia mejor no hablar de ella porque podríamos estar aquí hasta mañana. Dante es un prodigio, además eso lo reconoce todo el mundo menos los que le tienen rabia. Todo comenzó  cuando me vine a Madrid, que un día en un autobús me encontré una Divina Comedia en italiano, y como el tranvía estaba no se podía devolver, y me lo llevé. Me quedé con ella y empecé a leerla en italiano. Yo no sabía italiano todavía, e interpretaba barbaridades. Total, que aprendí italiano únicamente para eso. Lo aprendí rápidamente y todo lo mejor que pude, de una forma decimonónica, porque yo soy decimonónico, aún cuando parece que no, lo soy.

Yo La Divina Comedia me la sé de memoria, la he leído ocho veces. Me parece un prodigio literario de genio. Los ingleses dicen: “¿y Shakespeare, qué?”. Yo siempre contesto lo mismo: hay cuatro cinco nombre que han llegado a tal altura, que discutir quién es más o quién es menos es una tontería. Por ejemplo Proust, Strindberg, Dante… más o menos, ¿quién es mejor o quién es peor? Pues mire usted, yo no voy a perder el tiempo averiguándolo porque me parece que por ahí se andan. Han llegado a una especie de nivel que ya da igual. Pío Baroja es un novelista como hay pocos, y los demás es periodismo.

M: En Madrid empezaste una vida periodística, pero ¿siempre estabas pensando en escribir?

J: Toda mi vida, pero no me salía. He destruido cuatro o cinco manuscritos de novela enteros. Yo hacía novela instintivamente. Me acordaba de mi tía Currita y aquello era una novela, era un mundo aparte. Y cuando me ponía a escribir me salían automáticamente novelas.

M: Tuviste confianza para hablar con Cela de esto.

J: Sí, llegamos a ser muy amigos Camilo José Cela y yo. Un día coincidí con él en la puerta de una casa de putas, y me dijo “yo te hacía maricón, Jesús, ¿qué haces tú aquí?”. Yo no le contesté nada allí dentro. Pero a veces hablábamos de literatura. Poco, más bien poco. Él hablaba de lo estupendo que él era, de sus éxitos. Era un tremendo narciso. Pero al mismo tiempo era muy simpático, muy comprensivo, por un amigo haría cualquier cosa menos prestarle una peseta. Te buscaba influencias, te metía aquí, hablaba con Zutanito, se molestaba… Pero ni un helado de vainilla vamos

M: De ahí digamos hasta Ahora es preciso morir, tu primer libro de narrativa que se publica en el año 82. ¿Cómo te sale la novela (la publicas con cicuenta y pico años)?

J: Uno empieza a escribir cuando ya tiene arranque para ello. Porque yo quería pero no me salía. Mis novelas eran muy malas, yo tiré hasta cuatro o cinco, no me acuerdo ya. Yo creo que mi cabeza me había puesto esta condición: hasta que no hables de tu familia, no sacas una novela. Y en efecto, cuando escribí Ahora es preciso morir, que es la historia de mi familia en la generación que yo la conocí, me salió de un tirón, y luego novela tras novela con mucha facilidad. Y además, para mi que soy bastante buen crítico mío, era aceptable, se podía publicar sin hacer el ridículo. Yo últimamente he escrito tres novelas, Altas esferas, bajos fondos, que la escribí de la misma manera. Yo tengo una idea general pero no tengo idea de lo que va a pasar allí. Sé que tipo de persona es, y me invento su vida pasada, pero me pongo a escribir y su vida futura me sale sola.

M:¿Escribes un número determinado de folios al día?

J: Eso lo hacía Zola. Escribía 10 diarios. Y cuando murió lo encontraron en la cama muerto, y sobre su mesa de trabajo siete folios escritos, uno medio escribir y los demás en blanco. Diez diarios. Yo no, yo escribo realmente mañana, tarde y noche, pero a veces físicamente y a veces con la cabeza. Yo no sé hacer otra cosa. Yo soy escritor, es lo único que soy, todo lo demás se me da por añadidura o lo que sea

M: ¿Cómo es tu vida cotidiana dedicada a la literatura?

J: Yo me despierto hacia las siete, siete y media. A partir de las ocho y media ya estoy visible. Ahora estoy terminando un novelón que se titula Banderillas de fuego, y que va a tener cerca de las 400 páginas. Le estoy dando el tercer repaso. La tengo en el ordenador, con eso que se supone que te lo guardan, no se borra. Entonces cada día estoy repasando cinco folios, y ya voy por el 81. Soy metódico. Ya la tengo terminada, y corrijo sobretodo el estilo, los errores sintácticos que me joroban. La estoy corrigiendo por tercera vez, y luego voy a leerla una vez más seguido como si estuviera impresa

M: Dicen que leer en papel es distinto a leer en pantalla.

J: Yo cuando termine de revisar voy a imprimirla, y ya la leo escrita como si fuese el periódico. No con ánimo de corregir nada, si no de ver qué tal se lee, si se lee bien o se lee mal. Yo leo de corrido, me horrorizan las faltas de estilo o de sintaxis.

M: ¿Y ahora te dedicas en exclusiva a corregir Banderillas de fuego?

J: Hasta que termine. Luego tengo otro proyecto, porque yo tengo 87 años, y como me voy a morir un día de estos, pues tengo un plan para otras dos novelas pero cortas, porque a mi edad ya no se puede. Una de ellas sobre Federico Segundo, el Emperador Romano Germánico, que era extraordinario, era mago, sabía Griego y escribía poesía. Era el hombre más fuerte y poderoso del mundo, y un día (él era rey de Italia) los florentinos tuvieron el descaro y la osadía de meter en un palacio preso a un hijo suyo, ponerle bajo llave y vigilancia. Y cuando se lo dijeron al emperador, le dijeron que mandara un par de regimientos alemanes, y dijo él: “tengo fuerza, pero no tengo derecho”. Y dejó a su hijo morirse allí. A mi eso me parece fabuloso.

M: ¿Qué representa esta novela en tu carrera literaria en comparación con las anteriores, y qué hilo de continuidad sigue?

J: En el fondo la narración es lo más flexible que hay. Yo todo lo que escribo es narración. Esta novela está escrita como mis novelas anteriores, escatimando frases y palabras inútiles, y no escribir más que ir al grano. Es lo que he intentado hacer, y es lo más distinto que tiene a las demás. En mis novelas anteriores sí hay algo de retórica, pero en esta no hay nada.

 

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