Klabund, un moribundo que vive a todo gas

Jun 3, 2020 Lecturas
Historia de la literatura alemana contada en una hora.

«En esta época de compendios, extractos, síntesis y sinopsis, donde los saberes aparecen estuchados como complejos multivitamínicos que, en una sola cápsula, deben aportar todo lo que supuestamente debe ingerir el intelecto para participar en la atropellada comunicación internacional; y además demostrar que se es poseedor de una, cada vez más inexistente, cultura general; en esta época, puede que sea el momento para rescatar del doble fondo de la biblioteca una obrita que promete un recorrido por las letras alemanas en sólo una hora. Ésta no es una historia de la literatura al uso, y en efecto se podría leer en el tiempo que su título anuncia, sobre todo si se es un velocista engullidor de píldoras culturales. Sin embargo, su lectura no permitiría adquirir al lego un breve resumen de la historia de la literatura alemana, aunque en sus algo más de 100 páginas el autor pase revista a casi 2 000 años de producción literaria. Semejante obra sólo la podía escribir alguien que manifestó «estar siempre muy seguro de sí mismo», Alfred Henschke (Crossen del Oder, la actual ciudad polaca de Krosno Odrzańskie, 1890-Davos 1928), conocido con el pseudónimo de Klabund, acrónimo a partir de Klabautermann (duende en las embarcaciones del mar Báltico) y del término vagabundo (Vagabund, en alemán). 

Alfred Henschke, Klabund.

El, en un principio, discreto y aplicado hijo de boticario se definió a los 20 años como escritor al haber ya compuesto 597 poemas, 29 relatos, 13 piezas de teatro de un acto, una novela, una colección de aforismos, además de otros fragmentos para futuros dramas y novelas. Fredi plantó cara a su despótico padre, se negó a seguir estudios de Farmacia y eligió los derroteros de la germanística y la dramaturgia. Klabund estaba naciendo. Munich, Lausanne, Berlín, Locarno y Davos le acogerán. Escribirá más de 1 500 poemas, un total de 70 obras, entre escritos propios y adaptaciones; a pesar de su prematura muerte a los 38 años. 70 escritos en 20 años bajo el ritmo trepidante de quien sabe que tiene los días contados. 

A los 16 años le diagnosticaron tuberculosis pulmonar «cerrada» (es decir, no contagiosa). Esta patología milenaria que hasta la mitad del siglo XX solía ir acompañada de una sentencia de muerte. Sin embargo, la enfermedad no le impidió frecuentar los antros de la bohemia berlinesa y muniquesa, aunque estos ambientes fueran auténtico veneno para sus pulmones. ¿Cómo iba a resistirse a compartir mesa con Franz Werfel, Frank Wedekind o el carismático actor Alexander Granach? ¿A participar de la conversación y la bebida con Leonhard Frank y Erwin Piscator en el Simpl? 

A los 23 años le asaltó, como a otros, la embriaguez patriótica y en el verano de 1914 se presentó voluntario a filas. Al igual que en Hugo Ball, George Grosz, Hermann Hesse o Ernst Toller, el entusiasmo bélico de Klabund no duró mucho y, además, no podía ser de otra manera, fue declarado no acto. Durante la campaña fue asiduo frecuentador del Cabaré Voltaire en Zurich, lugar de encuentro de los dadaístas en torno a Tristan Tzara; y allí se volvió pacifista. Desde Suiza pidió al emperador alemán, en una carta abierta, que abdicara y así se pusiera fin a la contienda. La carta seguro tuvo algo que ver  cuando años más tarde fue arrestado acusado de tener conexiones con los espartaquistas, y tuvo que pasar 10 días de calabozo en Munich (incidente no muy recomendable para sus pulmones).

Aquel joven delgado, pálido, de apariencia tímida, con sus inseparables gruesas gafas de montura oscura iba y venía de los más variados lechos amorosos a la tumbona del sanatorio; de la climoterapia de altuna a los escenarios de los más conocidos cabarés de la época. La enfermedad le obligaba a intercalar periódicas curas de reposo y dieta rica en grasa en las alturas alpinas. 

Robert Louis Stevenson, Christian Morgenstern o Arthur Conan Doyle fueron otros pacientes que le precedieron en Davos. Los sanatorios de la localidad suiza, inmortalizada en La montaña mágica, pronto se convertirían en lugar de peregrinación de la bohème literaria

Robert Louis Stevenson, Christian Morgenstern o Arthur Conan Doyle fueron otros pacientes que le precedieron en Davos. Los sanatorios de la localidad suiza, inmortalizada en La montaña mágica, pronto se convertirían en lugar de peregrinación de la bohème literaria (Paul Éluard y Gala Dalí, René Crevel y Mopsa Sternheim…). Ya en 1916, Klabund realiza la primera de sus muchas y sucesivas curas en Davos, en el sanatorio del Dr. Jessen, donde cuatro años antes también Katja Mann había sido tratada. La frívola existencia de los «moribundos» la plasmó irónicamente Alfred Henschke, alias Klabund, en no pocos versos, textos fragmentarios y en la narración autobiográfica jadeante La enfermedad (1916) que, sorprendentemente, presenta varios paralelismos con La montaña mágica (1924). El ambiente mórbido, a la vez exaltado, la desesperación pero también las ansias de vivir que inundan el sanatorio del Dr. Jessen (Dr. Behrens para Thomas Mann), o las macabras fiestas de carnaval y algunos amoríos de Klabund parece como si hubiesen sido transpuestos posteriormente a La montaña mágica. Si Mann algo sabía de las correrías y la obra del «espíritu vagabundo», es una incógnita. De lo que no hay duda es que Klabund fue el iniciador de los bailes de disfraces en Davos. Él mismo ensamblaba collages dadaístas para anunciar, siempre con un corrosivo humor negro, el próximo Baile de la Banana, donde se danzaría al ritmo del vals del bacilo, el tango febril o la polca de las temperaturas; o las carreras de sacos, cuyo primer premio era un termómetro.

No obstante, el tísico Klabund, a diferencia de Hans Castorp, no estaba dispuesto a prolongar sus estancias en Davos; para él la vida no consistía en esperar y como aquél sabía que arriba en el sanatorio se consume más tiempo que en ningún otro lugar, y tiempo es justamente de lo que él no disponía. Para Klabund escribir se convirte en una «adicción», una forma de sobrellevar la enfermedad. Sí, tumbado como Oblomov, pero activo; siempre escribiendo en la tumbona, bien tapado y rodeado de libros y papeles. Así lo pinto Erich Büttner.

El crítico Alfred Kerr fue su protector. Frank Wedekind, uno de sus amigos más venerado. A Gottfried Benn le unió una amistad desde los cursos de bachillerato. El ocho años más joven y por entonces poco conocido escritor, Bertolt Brecht, alguien a quien admiraba por su fuerza artística, pero un hombre cuyos argumentos le resultaban, en ocasiones, tan sucios como sus uñas. 

Como todos los que pertenecían a la vanguardia literaria, Klabund escribía para el cabaré poemas de denso simbolismo, oscilantes entre el Impresionismo y el Expresionismo, y baladas sobre la actualidad política. Vivió aquellos años de cambios y rupturas con la tradición decimonónica, esa época de rebelión y oposición en la que confluye todo un abanico de movimientos (los ismos). En el Berlín de los locos años 20 había más teatros que en París, 59 frente a 47, por no hablar, por ejemplo, de los 38 cabarés registrados en la capital en 1922. Éstos eran la válvula de escape para una sociedad que fundamentalmente quería olvidar y divertirse. Los cabarés político-literarios reunieron a la avant-garde del momento que, para un público insaciable, componía o interpretaba. Kurt Tucholsky, Walter Mehring y Klabund alimentaban con sus chansons musicadas por Friedrich Hollaender, Hanns Eisler o Ralph Benatzky a esa sociedad «depravada» que inigualmente retrató George Grosz y Otto Dix. Klabund se introducía con sus cuplés incluso en los hogares (fue uno de los cofundadores del primer cabaré radiofónico alemán), e incluso era él mismo quien los ejecutaba al piano o simplemente los improvisaba. Recibía encargos de la Metro-Goldwyn-Meyer para guiones que después no se llevaron a la gran pantalla, pero que él rápidamente convirtió en novelas. Pero también sintió, como otros contemporáneos, una inclinación hacia las filosofías orientales, hacia las literaturas china, japonesa o india (piénsese en Siddarta de Hermann Hesse o Los tres saltos de Wang-lun de Alfred Doblin). Se le llamó burlonamente el Rilke del Extremo Oriente y su producción poética está compuesta por adaptaciones libres y reelaboraciones de poemas chinos, japoneses y persas. Varios de sus textos teatrales están inspirados en fábulas orientales, y entre ellos una obra que le colocó en el cénit de su carrera, El círculo de tiza, estrenada en Meißen en 1925; y acompañada por el éxito en los escenarios de Hannover, Frankfurt y Berlín, bajo la dirección de Max Reinhard. Una recreación que llegó a ser una de las obras más representadas de la República de Weimar. Este drama dio a conocer a Brecht la fábula china que también él convertirá posteriormente en pieza dramática durante su exilio norteamericano entre 1943 y 1945 (El círculo de tiza caucasiano). La influencia de Klabund sobre Brecht es indiscutible, siempre fue Brecht deudor de Klabund, no al contrario. Y en 1962, Alfonso Sastre escribió, a partir de ambos textos, su versión Historia de una muñeca abandonada.

La influencia de Klabund sobre Brecht es indiscutible, siempre fue Brecht deudor de Klabund, no al contrario. Y en 1962, Alfonso Sastre escribió, a partir de ambos textos, su versión Historia de una muñeca abandonada.

Ni el Impresionismo, el Expresionismo, el Neorromanticismo, o la Neue Sachlichkeit sirven para encasillar la obra del vagante seguidor de la tradición de François Villon. Él fue una figura simbólica de los años 20, sus chansons hicieron furor en la denominada «Época del Jazz», sus novelas Bracke y Borgia pasaron a la lista de los bestsellers; pero en las décadas siguientes cayeron en el olvido. Primero, porque ya no había sitio para la «literatura del asfalto», y segundo porque después nadie más se volvió a acordar de aquel tísico delgaducho, miope e inquieto que, a los 38 años, murió en Davos.

A comienzos de su etapa más productiva, la década de los 20, redacta esta Historia de la literatura alemana contada en una hora, posiblemente la más sincera, y subjetiva hasta la médula, historia literaria que se haya escrito. Un libro sin ninguna pretensión de universalidad o reconocimiento científico. No es una obra expositiva. Hay que estar versado en las letras alemanas para poder seguir los enjuiciamientos y, a veces, las licencias poéticas de Klabund. Ni que decir tiene que, en no pocas valoraciones, el autor se equivoca; y cuanto más se acerca a su época, más aventuradas son sus opiniones. A Lessing le dedica dos páginas, a Goethe siete de alabanzas, a Thomas Mann se lo despacha en dos líneas, y elogia a autores cuyos nombres hoy son prácticamente desconocidos. Y un tal Günther no deja de aparecer aquí y allá. Posiblemente porque Fredi sentía afinidades con la vida nómada y breve de este desasosegado y también tuberculoso de principios del siglo XVIII. Sus dictámenes literarios tienen en ocasiones el formato de la microprosa, de la miniatura que a placer él adereza con divagaciones fragmentarias. 

Cuando el editor de la Historia de la literatura alemana contada en una hora le anuncia su intención de poner en el mercado 10 ediciones, Klabund escribe a su suegra y confidente: «El hombre tiene valor». Pero la Dürr & Weber de Leipzig no se equivocaba. Ya en 1921 se habían vendido 30 000 ejemplares de esta peculiar obrita.

Quizá algún día vuelvan a ser rescatadas sus entretenidas novelas, biografías literarias y lírica burlona, erótica, y socarrona; mientras tanto leamos, pero sin apremio, la más breve, acelerada e insolente historia de la literatura alemana que jamás se haya escrito. 

Klabund, el último rapsoda libre, el último de una vieja estirpe de poetas vagabundos, así lo definió Carl Ossietzky.»

Olga García, del prólogo de Historia de la Literatura Alemana Contada en una Hora. 

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