¿Cuántos muertos? Tantos como desees, escribe Sassoon en su poema titulado “El Efecto”. En la Primera Guerra Mundial murieron más de seis mil hombres al día durante los cuatro años que duró el conflicto. Ocho millones de muertos y seis millones de inválidos. Si estas cifras, en negro sobre blanco y casi un siglo después, nos resultan sobrecogedoras, no es de extrañar que el poeta inglés que caminó entre el lodo abriéndose paso entre cadáveres sintiera la necesidad de gritar al mundo la locura que tenía lugar ante sus ojos.

Fue allí, en el Frente Occidental, donde Sassoon comenzó a escribir sus primeros poemas realistas con la intención de transmitir al lector lo que verdaderamente significaba la guerra. Sin triunfalismos, sin soldados heroicos que dan su vida por la patria, sin gloria ni honores; sólo barro, sangre y horror. Pero no se asusten, o sí. “Contraataque” es mucho más que una galería de imágenes bélicas en tres dimensiones.

Este poemario aúna tres perspectivas bien diferenciadas.

Los poemas “de trinchera”, en los que el autor narra, sin concesiones, ofensivas, contraataques, bombardeos. Sí, pero no sólo eso. Sassoon va más un paso más allá y nos muestra al soldado, no al militar aguerrido y osado, sino al hombre que hay bajo el uniforme: sus miedos, sus terrores, sus anhelos. ¿Con qué sueñan los soldados? Nos cuenta el poeta: “Los soldados son soñadores; cuando silba el proyectil/ piensan en hogares con chimenea, esposas y camas limpias.” ¿Dónde está el patriotismo, el ansia de victoria, el sueño de alcanzar la gloria? Sin duda no se encuentra en la trinchera. En palabras de Sassoon “estos hombres han perdido todo afecto hacia la patria”.

Si lo que buscamos son vítores, desfiles, soflamas, retratos del soldado mítico, no los encontraremos en estos poemas de trinchera. Para hallarlos debemos mirar en otra dirección. Nos encontramos entonces con los poemas que hablan de la visión de la guerra desde una perspectiva exterior. El tono de estos textos es bien distinto al anterior, caracterizados por la ironía y un intenso sabor amargo. El poeta nos habla de la prensa como instrumento de propaganda.  Por ejemplo, ese corresponsal del poema “Impresiones Editoriales” que tras una visita al frente conversa con un soldado gravemente herido y exclama “¡Por Júpiter! Esos chavales nuestros están bien”, que dice espera haber captado el “increíble espíritu de las tropas ” y que sintió “brillar ese esplendor que nos hace ganar”. O esos padres sentados cómodamente en el club que comentan el destino de sus hijos: mientras uno de ellos se lamenta porque el suyo está de instrucción en Inglaterra, el otro se enorgullece de que su vástago se esté divirtiendo “con sus obuses en Arras”.

Sassoon no da crédito a tanta ceguera y se empeña, con este conjunto de  poemas como arma arrojadiza, en arrancar la venda de los ojos y dinamitar desde la base cualquier misticismo sobre el soldado, la guerra y la gloria. Pretende hacerles llegar el hedor de la trinchera y acabar así con los himnos estúpidos que ensalzan una lucha sin sentido. Porque ¡qué fácil es ser patriota y valiente desde el sillón, mientras escuchas las bombas retumbando al otro lado del Canal pero nunca te alcanza la metralla!

Nos queda aún por conocer al tercer Sassoon: el oficial convaleciente, alejado de la guerra, ingresado en un sanatorio para recuperarse de esa supuesta neurastenia que le libró de la acusación de traición y consiguiente consejo de guerra.

Lejos de encontrar la paz en este retiro, encontramos a un hombre asediado por los fantasmas de sus compañeros caídos para los que utiliza imágenes sobrecogedoras como “los sin casa, los muertos sin ruido”. Lleno de remordimientos se pregunta “¿Por qué estás aquí con todas tus guardias acabadas? […] ¿Cuándo vas a volver a ellos? ¿No son acaso tus hermanos de sangre?” Algunos poemas muestran un ritmo más sincopado que recuerda al habla inconexa y tartamuda de los internos, a los que llama “niños rotos y locos”. También hallamos el monólogo interior donde afloran, como él dice, los “pensamientos feos” y los mecanismos mentales para rechazarlos, mecanismos que siempre fallan. Desde la ventana del sanatorio Sassoon mira a través del cristal y vislumbra el camino que lleva a la locura.

Pero como hemos dicho, “Contraataque” es mucho más que todo esto. Este libro es un canto, una ofrenda, a todos aquellos que “buscaron la paz a tientas” desde el fondo de la trinchera, a los que perdieron su vida en una batalla inútil, orquestada por gobiernos que buscaban no sabemos qué y que alargaron innecesariamente un conflicto que se llevó por delante millones de almas.

Este libro es una denuncia, es un grito. Estos poemas sirven para que no olvidemos nunca que la guerra, cualquier guerra, nos degrada. Que no nos hace hombres sino que destruye la humanidad que hay en nosotros.

Y para terminar, utilizaré las palabras del autor en su poema “A cualquier oficial muerto”:

“Desearía que te hubieran matado en un espectáculo decente.”

Eva Gallud Jurado

Arrebato Libros, presentación de Contraataque. Madrid, 11 de mayo

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