“Caminaba de noche sin paraguas. Le gustaba que la lluvia le diera en la cara mientras pensaba en sus cosas a una hora en que los demás dormían. Él tampoco lo hacía todos los días en la misma cama y cuando descansaba en la otra casa, en medio de la ciudad, todo le quedaba más cerca. Todo le quedaba más cerca. La lluvia mojaba su cara cuando ella apareció en el fondo del parque. Se habían mirado tantas veces, se habían cruzado tantas veces, que él pudo reconocer el cambio de su cara e inevitablemente imaginar el de su cuerpo. La recordaba con las facciones delgadas, flaca como un palo, con una melena oscura por detrás de su espalda, pero ahora era otra mujer la que se cruzaba a esas horas donde los demás dormían. Su cara era afilada, el pelo corto, los ojos los llevaba pintados de rímel negro. Con un toque ligero de maquillaje cubría el rostro. Había cambiado y él reconocía en la oscuridad su belleza que ahora no ocultaba los ojos oscuros. Y ella aguantaba la mirada como nunca antes lo hizo.

Se cruzaron, se miraron con el disimulo necesario que esconde cierta familiaridad en el encuentro cotidiano. Para él eran las señales del destino, las del azar. Para ella, era verle para saber que comenzaba el día. Sin embargo, y aunque pudieran imaginarse algunas cosas, ni uno ni otro sabían nada de sus respectivas vidas. Ni él sabía nada de ella ni ella le conocía a él.

Pero él tenía pensamientos distintos de los acostumbrados esa mañana. Otras veces repasaba en su cabeza las cuestiones del trabajo que debería realizar durante el día, una por una. Parecía que alguien, una voz oculta, le hablaba en su cabeza, moviendo ligeramente los labios, controlando sus palabras, esas que sonaban en su cabeza, para que no huyeran de los labios. Mas esta vez retumbaban en su interior las frases sentidas, enigmáticas, que su amante le había dicho cuando cenaban en la sala de estar de su casa.

–Hay algo que debes hacer para ser feliz y ser libre. Algo que está en ti y todavía no lo has encontrado o no lo sabes hacer. Eres un inmaduro. Uno es más de lo que ha vivido.

–Uno es más de lo que ha vivido.

Intuía que le estaba diciendo la verdad cuando lo volvió a repetir de nuevo. Y no le molestó que se lo dijera, porque sabía que le estaba diciendo su verdad. Tampoco le molestó lo que escuchó, que se trataba de un inmaduro, mucho menos la expresión utilizada, «no lo sabes hacer». Había sobrepasado los cuarenta, había vivido plenamente, eso creía, pero le sorprendió que su amante reconociera ante él su propia infelicidad y que le dominaba el interior de su cuerpo, podría decir el alma, desde hacía tiempo.

Recordó lo que había pensado mientras se lo dijo delante de una botella de vino que vaciaban en las dos copas, sentados el uno frente al otro.

–¿Por qué me lo dices así?

Y recordó lo que dijo, como un autómata que busca una respuesta y que por suerte la encuentra, lo que dijo para salir del paso:

–Nadie tiene la suerte de ser lo que quiere, sino la necesidad de sentirse vivo creyéndose único.

¿Qué le dolía? ¿La confesión de su amante? ¿La realidad que recordaba su situación? ¿O saberse desconcertado al no entender del todo lo que ella le confesaba con sinceridad, sin malicia?

Era extraño, él que estaba acostumbrado a trabajar con las palabras, con los sentimientos y las emociones de los demás, no era capaz de adentrarse en los propios, de esclarecerlos y encontrar una respuesta que calmara el eco que adquirían esas palabras premonitorias. Además, había un dato que no se le escapaba, porque de la misma manera que podía ser el hombre más inteligente en un momento dado, podría reconocer por igual su incapacidad para muchas cosas. Él mismo lo decía a menudo:

–Puedo ser el más tonto de todos los hombres.

Le sorprendía reconocer que ella sí había logrado el equilibrio necesario para encontrar la felicidad, pese a todo, pese a la amargura que encierra la vida, pese a los golpes que da; en cambio, él no había llegado a ese punto donde la gente alcanza la calma y el equilibrio. A ese lugar donde algunos alcanzan la felicidad y la mayoría se instala cómodamente para seguir el paso de los días. De los años. De toda una vida.

–Un poco de paz, un poco de paz –se decía. Necesito un poco de paz cuando se reconocía intranquilo.”

Extracto de Un poco de paz, Kepa Murua. El Desvelo Ediciones, 2013

 

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