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Nacida en Yanow (Rusia, 1900), Polly Adler fue propietaria del burdel más famoso de Nueva York en los años de La Ley Seca, la Depresión y el gangsterismo. Por su casa (de citas), a la que hace referencia el título de las memorias que publicamos, Una casa no es un hogar, pasaron famosos personajes del mundo del arte, el cine, las finanzas y los gángsteres más importantes de la época. A lo largo de su carrera como madame hubo de sortear la corrupción policial y judicial prácticamente hasta su muerte en Estados Unidos en 1962.

Una casa no es un hogar estará a la venta el lunes de la próxima semana. De corte biográfico, el libro cuenta la fascinante historia de una mujer nacida en un lejano pueblo de la Rusia blanca que llegó a ser la madame más influyente de la ciudad de Nueva York entre los años veinte y treinta del pasado siglo. Su nombre fue asociado por la sociedad biempensante de la época con el pecado y ese estigma la perseguió toda su vida.

Una casa no es un hogar es un relato ameno que se lee como una novela en donde se cuenta las vicisitudes de una niña rusa que a la edad de doce años parte sola para América en busca de la Tierra dorada o Goldine Madina, como se decía en Yanow, la aldea rusa en donde nació. Heredó el espíritu aventurero y soñador de su padre y también «su terco rechazo a conformarse con segundos platos y preferir un rol en la vida que no limitase mis actividades a cocinar, coser, fregar y parir hijos». Con esa filosofía, viaja sola a América a una edad demasiado temprana para lo que ahora estamos acostumbrados. A los catorces años comienza a trabajar en diversas fábricas y enseguida se dio cuenta de que en una fábrica de hilos, o de telas o de corsés nunca saldría de la pobreza, y tenía claro que ésta no formaba parte de su futuro. Polly Adler se hizo madame más bien por casualidad y por casualidad se inició en el negocio convirtiéndose en toda una celebridad en el Nueva York de 1920, en plena Ley Seca.

Así es como conoció a las altas esferas de la sociedad, la gente del teatro, artistas y escritores y como no, a los más granado del hampa neoyorquino, al máximo jefe Joe Masseria, Owney Madden y Dutch Schultz que la protegió durante un tiempo. También a lo más corrupto de la policía, «a los que odiaba tanto como a los chulos y a los traficantes de drogas», ya que utilizaba su posición para sacar sobresueldos y sobornar a quién disfrutaba de los placeres prohibidos. A pesar de todos los peligros que rondaban a su alrededor, Polly Adler siempre fue una persona íntegra que trató de ser la mejor profesional en su negocio. Al menos así lo reconocían tanto sus chicas, a las que cuidó y ayudó, como sus clientes y competidoras. Todos hablaban maravillas de su jefa y rival.

Todas estas experiencias reflejan la interesante vida de Polly Adler y lo que le llevó a escribir sus memorias que fueron un éxito de ventas en la época, con versión cinematográfica incluida, protagonizada por Robert Taylor y Shelley Winters.

 

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