PRESENTACIÓN FRACASO INELUDIBLE

Lo pueden tomar ustedes como ese chiste ineludible con el que se suelen comenzar estos actos; pero la verdad es que a mí esto de presentar un libro me recuerda un poco al oficio de celestina. En principio, no hay nada de malo en esta actividad, y hasta podríamos destacar su larga tradición literaria, sin embargo no puedo evitar la sospecha de que en ella late un fondo de desconfianza del alcahuete, en las habilidades expresivas de los alcahuetados. Opinión que si en el caso de ciertos amigos o amigas podríamos considerar correcta, es discutible cuando se trata de un libro, que es libro precisamente por su capacidad de darse a conocer por sí mismo, y más que discutible cuando se refiere a los lectores quienes, como su propio nombre indica, saben leer y, por lo tanto, están capacitados para enfrentarse al abordaje de cualquier libro que tenga la aviesa intención de capturar su atención para ser leído. Porque de leer se trata; y no de leer en general, sino de leer en particular, es decir, de leer este libro titulado: “Un fracaso ineludible y otros relatos”. Y es el caso de que en él, como en todo libro, habita una voz. Pero ¡cuidado! esa voz no es la voz del autor, aquí presente mal que le pese, esa voz es la voz que el autor ha creado para contar. Parece lo mismo, pero no lo es; como, por ejemplo, no es igual la mano del pintor y la pincelada que traza… o la cara de atención que ustedes me ponen y la atención que en realidad me están prestando.

Permítanme ahora que fusile al prologuista, también aquí presente mal que les pese, y lea uno de sus abigarrados párrafos de crítica crítica de la crítica literaria crítica, referente a esa voz que habita en el cuerpo y alma de este libro. Dice así: “Es una voz narrativa eficaz, precisa y reflexiva. Una voz que trabaja más con acciones y diálogos, que con técnicas descriptivas. Una voz grave, austera, parsimoniosa en el uso de adjetivos, metáforas y demás figuras retóricas. Podríamos decir que es una voz más naturalista y analítica, que lírica y sintética. Sin embargo, hay en ella como un eco de tristeza que va poseyendo a nuestro lector…” Pero alto, un momento, ¿lo han escuchado?, ¿se han dado cuenta?… Se lo repito: ¡Lector!, ¡nuestro lector! ¡Qué anhelado posesivo!, ¡qué escurridizo substantivo!, ¡qué Romeo y qué Julieta! Porque, díganme por favor, ¿hay algo más triste que un libro cerrado, solo, abandonado, acumulando tiempo y polvo, en una librería, estantería o biblioteca? No, no lo hay, sabemos que no lo hay, ¿cómo podría haberlo, sabiendo como sabemos, que todo libro es una voz que musita, dice o clama en busca de un oído que recree sus palabras?, ¿cómo podría haberlo sabiendo como sabemos que los amores reñidos…?

Pero no, no convirtamos este texto en un pretexto para escalar pendientes poéticas y precipitarnos por líricos excesos. Volvamos a lo que aquí nos ha traído y preguntémonos: ¿qué oído busca esta voz, a veces austera como una piedra, a veces amarga como ceniza? Mis queridos amigos y amigas…, permítanme llamarles así, porque ahora quisiera que me acompañasen en un corto viaje por la imaginación y sus palabras. Hágase la noche, enciéndase la hoguera, descríbase un corro y en el soplo de la brisa y en la danza de las llamas trasladémonos a Yonville, una pequeña y ficticia ciudad de Normandía a mediados del siglo diecinueve…

Recién llegados a Yonville, el matrimonio Bovary está en la posada del pueblo. Charles Bovary habla con Homais, el farmacéutico; Emma Bovary con León, un joven pasante. Presentados por el farmacéutico, Emma y León charlan y se dan a conocer mutuamente. En ese momento, el farmacéutico interviene en la conversación de los dos jóvenes y recomienda a Emma la jardinería. Charles tercia entonces aclarando que su mujer no se ocupa de eso, que a pesar de tener recomendado el ejercicio prefiere quedarse en casa leyendo. Aquí León salta con entusiasmo y dice:

“ – Como yo: ¿y que mejor ocupación que permanecer al lado del fuego con un buen libro, mientras que el viento suena en la calle y azota los cristales del balcón?

– ¿No es verdad que sí? – exclamó Emma fijando en él sus grandes ojos muy abiertos.

– No se piensa en nada – continúa León – ; las horas pasan; paséase uno inmóvil por los países que cree ver, enlazándose el pensamiento con la ficción; se goza en los detalles, se prosigue el hilo de las aventuras, mézclase con los personajes; en una palabra,… parece que uno palpita bajo sus vestidos.

– ¡Es cierto! ¡Es cierto! – dijo ella – Detesto los héroes vulgares y los sentimientos normales como se dan en la naturaleza.

– Efectivamente – observó el pasante – esas obras no llegan al corazón; se apartan a mi modo de ver, del verdadero objeto del arte: ¡Es tan dulce, entre los desencantos de la vida, poder aproximarse con el pensamiento a los caracteres nobles, a las afecciones puras y a los cuadros de la dicha!”.

Sin duda, habrán ustedes captado que en esta apasionada escena el autor ha pretendido crearnos la expectativa de un próximo idilio entre Emma y León, al tiempo que nos ha descrito toda una teoría, que podríamos calificar de romántica, sobre la lectura. Y es precisamente a este cruce de intenciones al que queríamos llegar en nuestro breve viaje por la ficción literaria. De modo que dejemos a Homais, el farmacéutico, discurseando al buen cornudo de Charles; dejemos también a Madame Bovary y a León lanzándose ardientes palabras y miradas, y vayamos hasta el mostrador de la posada, pidamos unas copas de Calvados y preguntémonos chasqueando de placer la lengua: ¿Son Emma y León los oídos que busca la voz de Un fracaso ineludible y otros relatos?

Pero no nos apresuremos en nuestra respuesta, contengamos nuestro primer impulso, no sea que una decisión precipitada frustre un posible y nunca desdeñable enlazar el pensamiento con la ficción, un mezclarse con los personajes y un palpitar bajo sus vestidos.

Armados de paciencia – y si me permitís que os tutee – quisiera que me acompañaseis ahora en otro breve viaje. Cojamos el vuelo de bajo coste de la fantasía, dejemos atrás Yonville y trasladémonos a Centroeuropa… ¡Ya hemos llegado!, ¡ya hemos aterrizado en la bella Praga! Estamos sentados en la terraza de un café de una recoleta plaza de la ciudad vieja.

Es de noche, y en el aire se deshilachan los alientos blanquecinos del cercano río; de vez en cuando se oyen pisadas con ecos de empedrado; de pronto, nos parece ver un rostro pálido de ojos grandes, negros y profundos rompiendo en sombra fugaz el cono de luz de una farola. Entonces, sacamos un libro y leemos: “Si el libro que leemos no nos despierta, como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? ¡Dios mío! También seríamos felices si no tuviéramos libros y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hagan felices. Pero un libro debe ser como un pico de alpinista que rompa el mar helado que tenemos dentro”. Sí, lo han adivinado: se trata de Kafka. Un joven Kafka que nos habla, también de forma apasionada, de un tipo de libro y de lectura muy diferente al preferido por Madame Bovary y León. Y también habrán adivinado en que nueva pregunta se ha convertido aquella, que líneas atrás, dejamos en suspenso en Normandía.

En efecto, ahora la pregunta rezaría así: ¿Es para oídos como los de Emma y los de León o, por el contrario, para oídos como los del joven Kafka, para los que narra la voz de Un fracaso ineludible y otros relatos?

La respuesta debemos buscarla en la mirada que da aliento a esa voz. Porque detrás de toda voz hay una mirada. Porque detrás del tono, el timbre, la intensidad de toda voz narrativa está, como origen y fundamento de sus palabras, acentos y silencios, una forma de ver el mundo, de ver al otro, de verse a uno mismo. Y la mirada que habita en Un fracaso ineludible y otros relatos nos habla de un mundo hostil y violento; de un “otro”, que si no el infierno, es el purgatorio; de un yo en permanente conflicto consigo mismo, atrapado por la impotencia y la melancolía, con una lacerante atrofia en su capacidad para expresar deseos y sentimientos.

Sin embargo, en ciertos rincones de ese mundo hostil, en alguno de los condenados a ese purgatorio, en las grietas de esos individuos inadaptados, laten unas ansias de vivir que, aunque heridas por la desolación, me atrevería a decir que pugnan por mantener el débil pulso de algo parecido a la esperanza o al deseo de felicidad. Ha llegado el momento de que dejemos Praga y volvamos, mal que nos pese, a este incomparable marco incomparable que incomparablemente nos enmarca.

Y también ha llegado el momento de que termine y conteste de una vez a la postergada pregunta.

Creo que la voz de un “Fracaso ineludible y otros relatos” no quiere renunciar, ni renuncia, al placer, el juego y la seducción que buscan Madame Bovary y León cuando leen un buen libro al lado del fuego, mientras el viento suena en la calle y azota los cristales del balcón. Sin embargo, a mi modo de ver, su aliento más íntimo, su acento más fuerte se dirige a quienes, como el joven Kafka, buscan un tipo de libro cuya lectura rompa el mar helado que todos llevamos dentro.

Si me permitís que lo diga con una frase sentenciosa: hay literaturas que nos distraen de la realidad y otras que nos traen la realidad. Y considero que “Un fracaso ineludible y otros relatos” se encuentra entre las que nos traen y nos atraen a la realidad. Pero esto no es más que una opinión, es decir, el último rabo de lagartija y el último colmillo de serpiente que he echado a esta pócima, en la confianza de que en cuanto la bebáis, os poseerá el impulso ineludible de arrojaros en brazos de este libro y engolfaros con él en unas apasionadas veladas de amor… a la lectura.

Muchas gracias.

Ramón Qu, 19 de marzo 2011

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