«Su contrato por enamorarla caduca hoy», un fragmento de ‘Rojo perla’, de Jesús Pardo

May 25, 2020 Autores, Lecturas

–El señor Lacombe –enunció una voz neutra, como quien recita un versículo de la biblia– me comunica que su contrato por enamorarla a Usted caduca hoy, y quienes le tenían contratado con ese objeto acaban de comunicarle que no piensan renovar el contrato, de modo que al señor Lacombe ya no le será posible seguir visitándola a diario, a menos que lo renueve Usted de su bolsillo: son dos mil dólares semanales por una visita fogosa y tierna de cuatro horas diarias, con frecuentes llamadas nocturnas, y las atenciones y los pequeños regalos pagados aparte contra recibo. Estoy leyéndole a Usted literalmente lo que estipula el contrato. Usted dirá.
Oyendo esto, Lyduvina no lo entendía, y sólo cuando la voz, impasible, se lo repitió casi silábicamente, se dio vaga cuenta de que estaba sucediéndole algo tremendo y extraño que sus oídos captaban, pero no su mente. Así y todo, por si acaso, colgó y marcó con sus propios dedos el número de Lacombe, y fue la voz de la secretaria de éste quien la informó amablemente de que el señor Lacombe acababa de salir de viaje y estaría fuera por un tiempo que no le había precisado. Y entonces Lyduvina sí que comprendió, nítida, confusamente, el volumen de la atroz tragedia en que de pronto estaba sumida, viéndose cuando menos lo esperaba blanco de la bofetada más fea y odiosa de su vida entera. Y colgó, esta vez para siempre: desganada de todo, ajena a todo, sin saber qué decir o pensar. Y cayó cuan larga era, ni con sentido ni sin él, simplemente como inexistente. Ávida, empero, de alguna noticia, vigilaba al cartero, preguntaba constantemente al puertorriqueño de la portería si habría llegado un telegrama, o carta, o algo, del señor Lacombe, y poco a poco fue madurando en su mente la idea justa: se trataba de una trama de la que ella, sin saber por qué, era víctima, y fue cayendo en una apatía tan honda que a todo el mundo le extrañaba. Ella seguía haciendo puntualmente su trabajo, pero con simple eficiencia, es decir: sin entusiasmo. Su permanente optimismo y jovialidad, por los que era famosa entre sus amistades, fue languideciendo.

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