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Revista de Prensa: ‘Caminar hasta el anochecer’

El particular diálogo entre arte y muerte de ‘Caminar hasta el anochecer’, de Lydie Salvayre, un éxito de crítica en Francia

La publicación por ediciones Stock de la obra de Lydie Salvayre ‘Caminar hasta el anochecer’, ese diálogo fresco y sorprendente entre el arte y la muerte, tuvo una gran acogida en la prensa francesa. medios como Liberation o Le Soir dieron amplio eco de la aparición del libro, de su contenido y de su autora, que concedió numerosas entrevistas. La crítica fue unánimemente elogiosa con esta entrega de la colección ‘Una noche en los museos’, en la que Salvayre pasó una noche en el Museo Picasso de París junto a la escultura de Giacometti ‘El hombre que camina’.

  • “Un texto de una fuerza y ​​honestidad intelectual poco comunes.» JDD
  • “Una lectura inusual, vivificante y sin complejos.» El JDD
  • «Una lección estética, cultural y social dada con generosidad exaltada». Le Soir
  • “Una historia genial.» Le Soir
  • “Un libro de una rara potencia.» La Grande Librairie
  • “Amamos cuando se inflama, cuando se rebela, cuando se aventura en sus propios atrincheramientos.» Livre
Caminar hasta el anochecer, de Lydie Salvayre

Crítica de ‘Pensadores, ¡al rincón!’ en la revista de Filosofía ‘Azafea’, de la Universidad de Salamanca

Pensadores, ¡al rincón!’
Aquí reproducimos una estupenda crítica que ha hecho Fernando Martínez Llorca del libro de Pablo Redondo ‘Pensadores, ¡al rincón!’. La crítica ha sido publicada en la revista Azafea de la Facultad de Filosofía de la USAL (Universidad de Salamanca):

Pablo Redondo reúne las dos cualidades más importantes que se espera que tenga un ensayista: muchos conocimientos y capacidad literaria. El ensayo subtitulado El eclipse de la filosofía es, paradójicamente, iluminador. Está escrito desde una larga experiencia como docente en secundaria. Pablo está convencido de que, a lo largo de sus años como profesor, los alumnos han ido perdiendo la capacidad de mantener la concentración y la atención que requiere la lectura filosófica. En varias ocasiones expone la excusatio non petita de que no se trata de una visión pesimista ni al hilo manriqueño que asegura que cualquiera tiempo pasado fue mejor. Partiendo de esa situación, el libro propone un análisis de cuáles son los elementos que están haciendo que en los últimos años haya disminuido la comprensión lectora entre los jóvenes escolares. El libro tiene dos partes: en la primera se presentan observaciones muy meditadas acerca de las opiniones de diversos filósofos en torno a la pedagogía y cómo encajan (o más bien no) con las propuestas que predominan en la actualidad. Ahí aparece, des- de Sócrates hasta Emilio Lledó, una selección de ideas acerca de cómo debe ser la enseñanza. Encontramos muchos de los nombres más relevantes en la historia de la Filosofía, como los de los ilustra- dos Descartes, Hume o Kant, o los más recientes de Gadamer y Hannah Arendt. Evita, en cambio, alguno de los que se encuentran con mayor frecuencia al hablar de la educación desde la filosofía, como Jean-Jacques Rousseau. El análisis que hace Pablo Redondo en cada uno de los casos es muy limpio: claro y clarificador. El contraste que establece entre las ideas de esos filósofos y el modelo impuesto en la enseñanza secundaria actual autoriza al autor para señalar algunos de los principales defectos de este último. La segunda parte se apoya en otro tipo de lecturas y abandona el enfoque historicista para analizar quirúrgicamente las dificultades que plantean a los lectores más jóvenes su situación actual. Las ideas que pone el autor aquí en común con el lector son más novedosas. Evidentemente, nunca ha habido más lectores ni más medios que en la actualidad. Otra cosa es que contribuyan a fomentar la actitud que requiere la apro- ximación a los textos filosóficos. Acostumbrados al relampagueo constante de mensajes breves, los epigramas resultan largos. Efectivamente, el microrrelato que escribía el ordenador reuniendo los asuntos exigidos para escribir una novela de éxito (ambiente aristocrático, religiosidad e intriga) convierte el texto “¡Dios mío!, ¿estaré embarazada?, preguntó la condesa” puede parecer a algunos lectores impacientes no solo una novela, sino que pueden sentirse tentados a dividir- la en tres capítulos. Asumiendo que el tiempo pasado es meramente  anterior, en opinión del autor, uno de las circunstancias actuales que amenaza a la filosofía es que las pantallas se han convertido en la fuente fundamental de información, que llega en píldoras pequeñas y hacen adictos a quienes las consumen, llevando a cabo un consumo compulsivo y exagerado. Si la paciencia es madre de la ciencia, la impaciencia es enemiga de la filosofía. No se encuentra el tiempo que permite la lectura lenta y atenta.

¿Quién sabe? Lo cierto es que nunca ha habido tanta gente capaz de leer y tantos conocimientos. Aparecen filósofos en diferentes lugares del mundo y de orígenes muy diversos. Como el autor reconoce, la sensación de que no son buenos tiempos para la filosofía ha sido constante en la historia de nuestra dis- ciplina. Y seguro que lo que importa es que vaya bien a la humanidad, más que a

un campo del saber. Otra cosa es que la contribución de la filosofía al bienestar humano sea mucho mayor de lo que parece a primera vista. Y, para una mirada más profunda, libros como el de Pablo Redondo son excelentes anteojos.

Fernando Martínez Llorca

Instituto Lucía de Medrano, Salamanca.

Tríos de escritores

En La Razón

El nuevo ensayo de Toni Montesinos es objeto de la atención de la sección de Cultura de La Razón, que destaca cómo El sueño esclavo recopila varias relaciones sorprendentes unidas por una esclava pasión: escribir.

La literatura comparada tiene ya entre nosotros una arraigada tradición. No es posible contar exclusivamente con criterios historicistas o formulaciones teóricas para una mejor comprensión de la escritura estética. Las obras que la conforman no habitan compartimentos estancos ni permanecen aisladas en su propia única excelencia. Encarando entre sí los textos artísticos obtenemos un canon de calidades, un sutil cotejo de épocas y mentalidades, así como una rica imagen intercultural. Esta metodología incluye una mirada multidisciplinar desde materias como la Historia, la Filosofía, la sociología cultural o los medios audiovisuales. Estamos ante un mosaico crítico de primer orden donde anidan los dos motores fundamentales de la literatura: la voluntad de estilo y el placer del texto.

Jesús Ferrer. La Razón.

‘La isla de la verdad’: «Una atrac­tiva carta de navegación para todo aquel que desee aventurarse, sin temor a nau­fragar, en el vasto universo de las metá­foras filosóficas»

‘La isla de la verdad’ y ‘En el corazón de la existencia’, de Pablo Redondo y Sebastián Salgado.

La reflexión sobre la naturaleza del dis­curso metafórico, aquel que de manera genérica podríamos caracterizar como el establecimiento de una relación de seme­janza entre dos pares de elementos apa­rentemente heterogéneos, ha estado pre­sente desde los albores del pensamiento filosófico. Ya en Platón hallamos la plena conciencia de que para hablar del ámbito de lo inteligible no podemos sino recurrir a elementos del mundo sensible. Sirven de antesala al mito del carro alado las si­guientes palabras: «Cómo es el alma re­queriría toda una larga y divina explica­ción; pero decir a qué se parece, es ya asunto humano y, por supuesto, más breve». El padre de la Academia es sin lugar a dudas uno de los pensadores más avezados a la utilización de este discurso por analogía: quizá no exista narración metafórica de mayor calado filosófico y repercusión histórica que el mito de la caverna.

Ahora bien, a pesar de esta estrecha relación entre la aparición de la filosofía y su interés por el funcionamiento de la metáfora, la consideración que ha mere­cido esta peculiar manera de proceder ha sido cambiante a lo largo de la historia. En sus inicios, la metáfora fue reservada al ámbito de la estética y la retórica; su función se veía reducida al embelleci­miento y la persuasión, por lo que su valor de verdad quedaba en entredicho, barruntándose el peligro de utilizarla en ámbitos inadecuados. Es especialmente en el seno de las investigaciones estéticas del Romanticismo que se subraya el po­tencial cognoscitivo del discurso por ana­logía (sea bajo la denominación de alegoría o símbolo). Este interés llega a su máxima eclosión a propósito de la re­ flexión sobre los diversos rendimientos del lenguaje que es característica del giro lingüístico en la filosofía del siglo pasado.

El libro que presentamos, La isla de la verdad y otras metáforas en filosofía, se inscribe en esta tradición contemporánea de interés por las metáforas y su rendi­miento filosófico. Pablo Redondo y Se­bastián Salgado realizan un recorrido selectivo por las principales metáforas utilizadas en la historia del pensamiento occidental, ya sea con la función de sintetizar de manera atractiva las abstrusas reflexiones de los filósofos, para ilustrar­ las de manera pedagógica o para hablar de aquello que escapa a los límites de nuestra razón.

El mar y el naufragio, el viaje (que no turismo), el camino, la luz, la máquina y el organismo, el edificio, el libro, el tea­tro o la red son algunas de las metáforas tratadas en el texto. Así, por ejemplo, el mar fue entendido en la tradición judía y en la Antigüedad greco­latina como representación del carácter indigente y precario de la existencia humana, forzada constantemente a buscarse la vida, nave­gando más allá de los confines conocidos gracias a sus habilidades técnicas, pero con la inseguridad que supone el abrirse a la inmensidad de lo desconocido (p. 23). Con la Modernidad se añade el matiz del descubrimiento y la posibilidad de am­pliar las capacidades humanas, la concien­cia de nuestra constante perfectibilidad y la idea de progreso (p. 25). A la par con el mar tenemos la imagen del naufragio. Los estoicos la emplearon asimilando al espec­tador con la figura del sabio, aquel que es capaz de mantener la imperturbabilidad de su ánimo en la conciencia del carácter conflictivo y voluble, tanto de la natura­leza como de los acontecimientos huma­nos (p. 32). Más recientemente, autores como Nietzsche se han servido del nau­fragio «para entender la vida como un continuo estar embarcado surcando la mar» (p. 35).

En ocasiones se nos hace difícil dife­renciar el uso literal del metafórico. Esto es especialmente cierto en la mayoría de nuestros conceptos filosóficos: «Todos los términos filosóficos son metáforas: por así decir, analogías cristalizadas, cuyo verdadero significado se revela cuando disolvemos el término en el contexto ori­ginario, que tan claramente debió de estar en el espíritu del primer filósofo que lo utilizase». Para expresarlo en las ya clásicas palabras de Nietzsche, la ma­yoría de nuestros conceptos filosóficos son metáforas que hemos olvidado que lo son. Kant coincide asimismo en este punto:

Nuestro lenguaje está lleno de tales exhi­biciones indirectas según una analogía, por medio de las cuales la expresión no contiene el auténtico esquema para el concepto, sino meramente un símbolo para la reflexión. De este modo, las pala­bras fundamento (apoyo, base), depender (verse sostenido desde arriba), fluir a par­tir de (en lugar de seguirse de), substancia (como Locke la entiende; la portadora de los accidentes) e innumerables otras.

Otra de las figuras estrella es la metá­fora del camino como representación de la vida y la tarea del pensar (p. 43), una imagen que es crucial en el pensamiento de autores tan diversos como Heráclito, Parménides, Descartes o Heidegger (re­cuérdese su «Wege, nicht Werke», «Ca­minos, no obras»). El camino sería un ejemplo de «metáfora absoluta» en el sentido de H. Blumenberg, esto es, «ele­mentos básicos del lenguaje filosófico, transferencias que no se pueden recondu­cir a lo propio, a la logicidad». También la analogía con el libro ha desempeñado un papel relevante en la estructuración del pensamiento religioso, científico y filosófico (p. 53). La Biblia es el libro sa­grado, y el mundo, el lugar donde leer los rastros de la acción creadora de Dios, si bien cabe discutir en qué caracteres ha sido escrito y cuál sea la manera más ade­cuada de leerlo. La imagen de la luz como representación de la verdadera rea­lidad y el conocimiento verdadero ha desempeñado también un papel funda­ mental a lo largo de toda la tradición fi­losófica occidental. Como afirman los autores del libro, «en capacidad de expre­sión y en cuanto a las posibilidades que se abren al seguir sus cambios —que a su vez ayudan a entender las transformacio­nes en la comprensión del mundo y del hombre a lo largo del tiempo—, la me­táfora de la luz no tiene comparación con otras» (p. 83).

A pesar de la voluntad de rehuir todo corsé academicista (p. 7), el texto que presentamos no renuncia a utilizar un extenso y selecto aparato bibliográ­fico. El estilo con que P. Redondo y S. Salgado exponen sus reflexiones es elegante y bello, sin menoscabo alguno del necesario rigor en la exposición de los conceptos filosóficos. Por todo esto, La isla de la verdad constituye una atrac­tiva carta de navegación para todo aquel que desee aventurarse, sin temor a nau­fragar, en el vasto universo de las metá­foras filosóficas.

Àlex Mumbrú.
Mora Universitat Internacional de Catalunya.  

‘Tangomán, superhéroe de esquina’, por Francisco Taboada

Foto: Raúl Fijo.

Hay varias clases de superhéroes: los universales tipo Superman, los locales como Spiderman, los de barrio como Superlópez y los de esquina, como Tangomán, cuyas hazañas no son del dominio público, suceden en la intimidad, las conocen cuatro monos y tres van a callar la boca por simple pudor. Es el antihéroe por excelencia, feo, solitario, despreciado por todos, se sabe muy poco de él, y nacerá y morirá en el anonimato salvo que escriba sus memorias.

En esta novela de Kepa Murua, Tangomán nos cuenta en primera persona sus recuerdos, comenzando por el momento en que descubre sus habilidades ocultas, los superpoderes. Se llama Pedro Muros, es un oficinista de mediana edad, amargado por su fealdad, depresivo, hasta que un día se apunta a un curso de bailes de salón y lo hace tan bien que sus compañeros lo bautizan como Tangomán. Necesita tanto despojarse de su ingrata identidad que se aferra a esta última esperanza que le ofrece la vida, se entrega por completo y entonces el baile lo transforma todo. El narrador comparte con nosotros la creación de Tangomán, su criatura, transportado por la música, invadido por el ritmo, desbordado por sus nuevas posibilidades. Pero la cosa se complica porque Tangomán no es Peter Parker utilizando su sentido arácnido para ayudar al prójimo, sino que es un tipo oscuro, rencoroso, misógino, y se aprovecha del baile para seducir a las mujeres y vengarse por el poco caso que le han hecho. Ahora es un trípode humano, y aunque no crea en el amor encuentra consuelo en el sexo desenfrenado y promiscuo y constante, todo el rato, sin parar, hasta la extenuación. En cierto modo, a lo largo de la primera parte, titulada “Una música diferente”, todo nos conduce a querer a Tangomán. A envidiarle aunque sea tan feo. A sentirnos identificados cuando se esfuerza por ser alguien significativo, por hacerse un nombre, y como lectores le agradecemos la acción incesante, las novedades y las aventuras entretenidas. Lo estamos pasando bien, es divertido. Pero el azar, el autor, no está de acuerdo, fuerza la situación y entonces entramos en las tinieblas del libro.

La segunda parte, “De una esquina a otra”, es dura, obsesiva, repetitiva, angustiosa, el discurso es el único campo de batalla. Es normal, algo que les sucede con frecuencia a los superhéroes, en esos capítulos en que se vuelven malos, o raritos, y reniegan de sí mismos y se pasan al lado oscuro. Ahora Tangomán ya no quiere ser más Tangomán y se hace boxeador. Si ya empezaba a estar un poco esquizofrénico, lo empeora creando un personaje dentro de su personaje: Chiquito de Mariturri, un boxeador bajito al que da pena soltarle un guantazo y que se pelea con su sombra. La sombra de Tangomán. Es el doloroso peregrinar por el desierto de nuestro superhéroe, un lacerante combate donde no acaba de sonar la campana. Por pura desesperación, surge entonces en su mente golpeada la temeridad de aspirar a algo tan glorioso, ideal e inalcanzable como es el amor, el amor verdadero. Ésa es la única redención posible, la curación poética, el sentido último y elevado que justifica la existencia de Tangomán. Sólo le falta olvidar.

Pero tarde o temprano todos los caminos conducen a la infancia, y la tercera parte, titulada democráticamente “Será lo que quieras que sea”, nos restituye a la ilusión, al argumento, a la narrativa que ajusta cuentas con el tiempo pasado para pronosticar un futuro esperanzador, desmemoriado quizás. La historia la ha contado él, luego Tangomán vive para contarlo, y con gran estilo da por concluido su lamentable tango arrabalero, y el cuento ceniciento del hombre feo al que no quería ni dios, y al fin el torrente de palabras que le ha servido como escudo para justificar sus actos llega a una acertada conclusión. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Porque Tangomán, de Kepa Murua, es un cuento. Un cuento sofisticado que encierra un profundo homenaje hacia la narrativa que ha configurado nuestra manera de contar y entender las historias. Un artefacto muy bien montado que utiliza con soltura esquemas de pensamiento clásico, reconocibles, pero sometiéndolos a un cuestionamiento tan incesante que los desmenuza, los pervierte y finalmente los agota. Por ejemplo el tango, ese pensamiento triste que se baila, se convierte aquí en un mecanismo iniciático que inaugura el tiempo del héroe y lo impulsa hacia adelante, hacia la transformación. Se puede escuchar perfectamente, en el modo de respirar del texto, ese fuelle del bandoneón que da oxigeno a la historia en todo momento. En este tango no vence la melancolía sino que es una fuerza generadora que atrae al amor en vez de llorar por él. Del mismo modo, su Ceniciento, rebelde y descreído, renuncia al éxito entendido como venganza y envía al mundo de los recuerdos desechados a esa especie de madrastra y hermanastras que le han tocado en desgracia. El olvido y salirse por la tangente como recurso. Y otro tanto su criatura Frankenstein, atormentado y solitario, pero que prefiere ser deforme a no tener forma.

Tangomán tiene ese carácter depredador de las novelas actuales, que devoran todo lo que se pone en su camino dejando un cadáver casi pelado para el buitre-lector. Si quiere sacarle algo más a la historia debe roer el hueso y leer a varios niveles. En este caso, basta con seguir las indicaciones del autor. El referente más inmediato de Tangomán, declarado con reiteración a lo largo de la novela, es El hombre sin atributos, de Robert Musil, y eso dota al texto de una dolorosa tensión moral que enjuicia a la sociedad como generadora de un excedente de seres fracasados y sin rumbo cuya única alternativa es hacer de sí mismos una ficción. Se nota el poder del discurso contemporáneo para paralizar a los individuos, ofreciéndoles como meta la imagen del espejo en vez del sujeto que la proyecta. Por eso, en sus momentos más penosos, es cuando Tangomán se parece más a todos nosotros, instaurados en la queja y el lamento, paralizados, considerando que un pensamiento es un hecho, un sueño un acontecimiento, como panchovillas haciendo la revolución delante de la tele, y además con la disculpa de ser más feos que el demonio para odiar a todo cristo. Tan débiles de carácter como hace cien años, a las puertas del nazismo, cuando Musil escribió El hombre sin atributos.

Alguien dijo que los poetas nos indicarían el camino, y Kepa Murua sabe sacar a nuestro héroe del atolladero de pensamiento estéril y universalizar el mensaje para indicar una dirección. Su Hombre sin atributos no queda inconcluso sino que concluye en nosotros. Y se puede escarbar mucho más en esta novela, una tragicomedia casi cotidiana que nos plantea si debe existir una distancia entre la cara y la máscara, entre el ojo y la mirada, entre ser y estar, entre desear y querer, entre amar y eso que es lo contrario… Pero es mejor leerla, lo demás son teorías.

Francisco Taboada, Espacio Luke. Mayo de 2015.
Foto: Raúl Fijo.

Crítica de ‘Drogas, neutralidad y presión mediática’ en ‘Raro, bruto y a la contra’

http://rarobrutocontra.blogspot.com/2019/10/caida-libre.html

La página de columnas de opinión ‘Raro, bruto y a la contra’ publica una reseña elogiosa de ‘Drogas, neutralidad y presión mediática’, de Juan Carlos Usó, que desde aquí queremos agradecer. Arriba está el enlace de la página y aquí abajo un extracto:

Pues bien, yo he venido hoy aquí a hablar de su último libro, una joya titulada “Drogas. Neutralidad y Presión Mediática” (El Desvelo Ediciones, abril 2019), con la que el autor cumple por fin su deseo confeso de remontarse hasta el momento preciso en el que España se adhirió a la “Lucha internacional contra la Droga”, entenderlo, documentarlo, ponerlo en su contexto y, finalmente, contárnoslo. Ese momento tan concreto fue el 1 de marzo de 1918, día en el que el gobierno presidido por el Liberal Demócrata Manuel García Prieto publicaba una Real Orden con la que, invocando el Convenio de La Haya sobre Restricción de las Drogas de 1912, España se sumaba a la Cruzada Prohibicionista e iniciaba, como habían hecho ya otros países, el tortuoso, inútil y cruel camino que finalmente ha conducido hasta la actual y absolutamente fracasada sinrazón que padecemos en materia de drogas.

Virtualmente incierto, por Martín Bellaco.

Nuestros libros en la plataforma de lectores Babelio

https://es.babelio.com/editeur/3316/El-Desvelo

Crítica de Ayala-Dip, en Babelia, de ‘La carretera de la Costa’

La carretera de la costa.

Me parece que La carretera de la costa no fue escrita con la pretensión de quedar en el imaginario estético de sus lectores, sí en su imaginario histórico más reciente. Por eso duele tanto a veces su lectura.

Ernesto Ayala-Dip, Babelia, El País.

https://elpais.com/cultura/2020/08/18/babelia/1597748195_136933.html

Crítica de ‘Siete Mujeres’, por Antia’s Readings

https://www.antiasreadings.com/2020/07/siete-mujeres-lydie-salvayre.html

Siete mujeres es el ensayo sobre, efectivamente, siete mujeres. Mujeres que lucharon por ocupar un lugar en el mundo y que pusieron todo lo que estaba en sus manos para lograrlo, pasando por todo tipo de dificultades. La verdad es que fue una lectura muy conmovedora y que me ha tocado la patata.
Como todo, siempre hay historias que te calan más que otras, y las de Woolf, Brönte y Path fueron mis favoritas. Lydie Salvayre consiguió mediante la publicación de algunas cartas de las autoras mostrarnos la cruda realidad que pasaron o sufrieron. Una realidad que no se la deseo a nadie y que terminó en lo peor. Con este libro he aprendido, no solo acerca de la vida de las autoras, sino como la constancia y la ilusión de verse un día publicadas es lo que las motivaba a seguir adelante. Incluso ocurre lo mismo con la autora de este libro, quién lo publicó tras un parón escritoril. Ella misma demostró que si estas siete magníficas escritoras pudieron, ella también podía. Y así fue. 
Es una lectura rápida, amena y rompedora. Salvayre consigue que te metas en la piel de cada una de ellas y formes una más del equipo.
Si sois fans de las biografías y la novela epistolar, Siete mujeres es vuestro libro. Descubriréis la vida de siete escritoras maravillosas que consiguieron hacerse hueco en una sociedad donde eran desprestigiadas.

Fotografía de la autora Lydie Salvayre
Lydie Salvayre

Crítica de ‘La puta gastronomía’ en ‘El goloso en llamas’

Crítica en El Goloso en Llamas

La Puta Gastronomía se convierte así en un alegato a favor del sentido común antes que en una invectiva contra la nueva gastronomía española. Es una defensa de quiénes somos y de dónde venimos y, es sobre todo una invitación a hacer de la cocina un gozo, un placer sin prisas, sin sofisticaciones para la galería, a disfrutar compartiendo. Una sutil invitación a los chefs mediáticos con proyección de futbolistas a no perder de vista que se trata de algo tan básico y placentero como dar de comer a la gente y si puede ser bien, mucho mejor. Contra la intelectualización impostada de cada tránsito culinario, pero sin renunciar a entender la cocina como arte tanto en cuanto emociona y eleva el espíritu mediante el ennoblecimiento de la actividad culinaria.

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