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Crítica de ‘La puta gastronomía’ en ‘El goloso en llamas’

Crítica en El Goloso en Llamas

La Puta Gastronomía se convierte así en un alegato a favor del sentido común antes que en una invectiva contra la nueva gastronomía española. Es una defensa de quiénes somos y de dónde venimos y, es sobre todo una invitación a hacer de la cocina un gozo, un placer sin prisas, sin sofisticaciones para la galería, a disfrutar compartiendo. Una sutil invitación a los chefs mediáticos con proyección de futbolistas a no perder de vista que se trata de algo tan básico y placentero como dar de comer a la gente y si puede ser bien, mucho mejor. Contra la intelectualización impostada de cada tránsito culinario, pero sin renunciar a entender la cocina como arte tanto en cuanto emociona y eleva el espíritu mediante el ennoblecimiento de la actividad culinaria.

‘La puta gastronomía’, de Remartini, también en ebook

La puta gastronomía

Para los fans y para los que todavía no lo han descubierto, desde ya está disponible la versión ebook de ‘La puta gastronomía’, el ensayo gastro-histórico y desmitificador de David Remartínez, aka Remartini. Puede disponerse del ebook en las principales librerías, en las plataformas de lectura y en la red de bibliotecas (ver abajo).

Breve historia de la gastronomía española contemporánea, de esa revolución que nos ha llevado en apenas 50 años del bocata de calamares en la tasca al food porn en las redes sociales, a los esnobs del vino, a los gastrónomos especialistas en estrellas Michelin y a los niños prodigio cocinando en la televisión. Remartini repasa con humor esa transición acelerada, apoyándose en decenas de libros, reivindicando a Julio Camba, Santi Santamaría y Manuel Vázquez Montalbán, y aportando un enfoque tan sorprendente como divertido. Pero este libro también es un relato personal sobre el amor por la comida y la bebida, entendidos como placer, libertad y refugio para nuestras incongruencias. Y es también una pequeña colección de cuentos breves, que entretejen todo lo anterior.

La puta gastronomía en ebook

Remartini (Zaragoza, 1971) es el alias que David Remartínez Martínez ha utilizado durante años para escribir de comida y de bebida en internet. Mientras Remartínez trabajaba de periodista en periódicos, radios o revistas durante más de dos décadas, Remartini ocupaba ese mismo tiempo en montar unos apocalipsis de cuidado en diversas cocinas domésticas intentando aprender a hacer pan, asar animales o laminar ajos sin filetearse también los dedos. Entre receta y receta, o entre tirita y tirita, Remartini ha ido contrastando lo que pensaba con lo que leía en decenas de libros.

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Crítica en El Correo de ‘La carretera de la costa’

Suplemento Territorios (El Correo)

Klabund, Entre montones de libros

‘Entre montones de libro’ nos ha dedicado su tiempo para leer y comentar ‘Historia de la literatura alemana contada en una hora’, de Klabund. Esto es un motivo de agradecimiento por partido doble: por el trabajo y por las palabras que dedica a nuestro AlfredHenschke ‘Klabund’. Aquí va un fragmento de la crítica y abajo el enlace concreto.

(…) Y también lo es dejarse llevar por filias, fobias y enardecimientos y cerrar el libro pensando que, aunque le falten los últimos años, ahora es más fácil acceder a escritores de otros países, y que en realidad, al abrir este libro, hemos abierto una puerta, o mejor una ventana, y disfrutado de un magnífico viaje que demuestra que hay que quitar el miedo a los ensayos. Porque muchos son tanto o más placenteros en su lectura, que una novela.
Por si no se nota, me ha encantado.

http://entremontonesdelibros.blogspot.com.es/2017/03/historia-de-la-literatura-alemana.html

Reivindicar la crítica, desconfiar del crítico: Shangrila y Ángel Fernández-Santos

angelfernandezsantos

l’Orangerie

Reivindicar la crítica, desconfiar del crítico

(‘La crítica cinematográfica de Ángel Fernández-Santos’, por José Antonio Planes Pedreño).

Que la crítica está en crisis es algo que, por reiterativo, no la hace inmerecedora de una reflexión. La crisis de la crítica es como la crisis del teatro: perenne, consustancial, inmanente como todo lo que fluye y está vivo; de tal modo que la crítica es hoy en día como esos enfermos que ni empeoran ni se recuperan, contentándose en tener un día mejor que el anterior en esa montaña rusa de altibajos en que se convierte su existencia. Pero no por reiterativa, merece que se pase de largo, sobre todo porque reivindicar la crítica es reivindicar la mediación, la guía necesaria para deambular en una jungla de creaciones.

La crítica es necesaria y, al igual que los soportes comunicativos que la vehiculan, vive en dos crisis paralelas: una, la del prestigio; otra, la tecnológica, que no es una crisis en sí, sino una oportunidad.

La pérdida de prestigio de los grandes referentes de la crítica en el campo cultural tiene que ver con la pérdida del lector cautivo. El carácter disruptivo de las nuevas tecnologías ha liberado al receptor de las ataduras que le vinculaban a unos pocos referentes que, en el pecado va la penitencia, han ido prostituyendo un ejercicio que no solo requiere la apariencia de la mujer del César, sino que es independiente y rigurosa o deja de ser necesaria.

El crítico venal y arrogante, el referente comunicativo que arroja más sombras que luces, más ruido que nitidez, intoxicado por intereses comerciales y/o de cofradía, entra en barrena ante la atomización de la oferta crítica, con la contrapartida del diletantismo que entraña, en la disparidad de la oferta que refleja la actual pluralidad de medios de comunicación en el piélago digital. Si hasta hace no mucho, quien no aparecía en los recetarios de uno de los grandes popes de la crítica no existía, ahora es el referente el que cae en la irrelevancia, clamando en un desierto vacío de lectores sin querer entender que la desvergüenza y la manipulación han conducido a desertar a los que consideraba rehenes. Por lo tanto, no hay deserción; hay liberación.

¿Por qué? Porque la deshonestidad puede mantenerse si no hay alternativas, pero el lector/consumidor se caracteriza por su deslealtad, en el mejor sentido de la palabra, y busca, husmea y encuentra alternativas. Los grandes suplementos de crítica cultural han caído del pedestal al abrirse el abanico de referentes y una nueva actitud, exigida por el público, de rectitud y coherencia. Ya no hay jerarquías y la horizontalidad entre crítico y receptor entabla un diálogo en donde la honestidad no admite medianías ni componendas. Se sigue reclamando la crítica, pero el crítico ha sido puesto en cuarentena.

Es por ello más que oportuno, pertinente más bien, la recuperación de una de las grandes figuras de la crítica postfranquista de este país: Ángel Fernández-Santos. Este hombre, de vocación cultural insaciable y alto rigor crítico, es un icono de la honestidad. Encaminado al guion de cine en la Escuela de Cine de Madrid, acabó en la crítica cinematográfica tras darse de bruces con la censura y ese enfriamiento del corazón tan machadiano. Pero si una puerta se cierra otra se abre, y fue en El País, otrora un referente de otras muchas cosas, donde, como máximo responsable de la crítica cinematográfica, apuntaló como ningún otro eso que se llama independencia y rigor.

Shagrila-Textos Apartes, proyecto editorial colectivo, que tiene de forma inexplicable su base en Santander (de esas cosas inexplicables que tienen su explicación, pero no por el contexto geográfico en que se desarrollan) acaba de publicar la que tal vez sea la obra más ambiciosa y exhaustiva sobre Ángel Fernández-Santos y, por ende, de la crítica en España a lo largo de varias décadas. La obra, de José Antonio Planes Pedreño, pone del revés como un guante y somete a escrutinio la figura y el sentido de Fernández-Santos analizando su quehacer y pensamiento desde una multiplicidad de puntos de vistas que arrojan el resultado más próximo a la realidad que pueda desearse.

«Por si algo se gana el respeto Fernández-Santos es por la libertad, imparcialidad e independencia de su criterio -escribe el autor de esta monografía-, cualidades recalcadas una y otra vez por sus compañeros de profesión».

El libro, publicado en la colección Hispanoscope y fácilmente localizable en las principales librerías del país, aborda desde la identidad y personalidad política y cultural de Ángel Fernández-Santos, hasta su particular visión de lo que ha de ser el guion, la puesta en escena, el ritmo narrativo y la interpretación; pasando por una valoración de las estrategias expresivas y las figuras retóricas que, como todo lenguaje, posibilita el cine: géneros, estilos y retórica.

Hay algo en este peregrinaje (biográfico, sentimental, semático, semiótico, político y cultural) que es recurrente: el cine, no solo como una ocasión de esparcimiento, sino como una herramienta de autoconocimiento y crítica social de primer orden, que todo poder intenta domesticar.

Leyendo lo que escribió Ángel Fernández-Santos, uno alcanza el convencimiento de que el cine no solo es la ocasión para pasar el rato, es decir, no solo es algo placentero, mero entretenimiento, sino que también es, y sobre todo es, lucha, conflicto, introspección, asfixia, el lugar donde la realidad no escapa, sino que se encierra en un recinto cuadrado y quien no escapa, y no solo no escapa sino que se somete voluntariamente a esta terapia icónica de introspección, es el espectador. Es ahí donde el cine adquiere su dureza, su tensión, y un sentido que lo aleja del espectáculo y el entretenimiento más o menos zafio, para ser bisturí en donde el espectador se practica una vivisección durante 90 minutos. No voy a hacer un canto al cine como ejercicio masoquista: también el cine es entretenimiento, pero si todo acaba ahí, se reduce algo grande a poca cosa. El cine es la palabra fílmica que nos enfrenta a nuestro monstruo interior y que reclama algo a lo que raramente dedicamos tiempo: preguntarnos qué somos. Por ello no es cómodo ir al cine y produce en muchas personas recelo y hasta miedo, disfrazado en un amplio bostezo de pereza. El cine de verdad reclama espectadores de verdad porque cambia a las personas: nunca se sale por la puerta igual que se entra. Por eso lo llamamos arte.

No quisiera acabar sin dedicar unas palabras a Shangrila, una asociación cultural sin ánimo de lucro que no deja fuera de cuadro, por utilizar un símil cinematográfico, la divulgación intelectual de lo audiovisual. Este proyecto independiente se ha planteado el titánico esfuerzo de abordar una reflexión sobre el cinematógrafo, la literatura y el audiovisual desde las diversas perspectivas analíticas y transversales que conforman el pensamiento crítico. El prestigio, este sí fuera de cuadro de los grandes referentes comunicativos, recibe, título tras título, el beneplácito del publico, hasta el punto de que ahora el referente, si no único, uno de los más necesarios, es él, prueba de que la honestidad, tarde o temprano, tiene su recompensa.

FICHA

TÍTULO: La crítica cinematográfica de Ángel Fernández-Santos.

AUTOR: José Antonio Planes Pedreño.

EDITORIAL: SHANGRILA-Colección Hispanoscope.

FORMATO: 16X23 CM.

PÁGINAS: 404.

ISBN:978-84-946210-3-1

PRECIO: 24,00 euros.

 

Reseñas en prensa: La Razón, La Vanguardia, Siglo XXI

La Razón acaba de publicar una crítica elogiosa del libro de Klabund ‘Historia de la literatura alemana contada en una hora’, mientras que La Vanguardia y Siglo XXI se hacen eco de la selección como finalista del Premio de la Crítica de Andalucía de otro de nuestros autores, Adrián González da Costa, de quien publicamos este año el poemario ‘Blanco en lo blanco’. Son buenas noticias.

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Las brujas de Zagarramurdi, Moratín y Alberto Santamaría, en elpulso.es

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Rocío Cuevas, en elpulso.es, dedica una crítica al libro de Alberto Santamaría ‘Si fuese posible montar en una bruja’, en la que da cuenta del fascinante personaje de Leandro Fernández de Moratín, a la que el autor cántabro deconstruye y arroja una luz insólita. Aquí reproducimos un extracto.

«Santamaría prosigue su travesía por los inicios de la modernidad en España con el romántico ilustrado Moratín de guía excepcional, y divide la ruta en dos partes. En la primera nos descubre a un erudito autodidacta al que su visionario padre le encomendó continuar con el o cio familiar de joyero antes que asistir a una Universidad infestada de venerables eclesiásticos. Nos embarcamos con él en un viaje a Europa de cinco años de duración y caemos en todas las tretas de narrador resabiado que escribe sus experiencias y desventuras para un lector que todavía no existe. Nosotros. Moratín cayó preso de una modernidad consciente que le alejó de su época. Ignorante sin embargo de la fama postrera de la que iba a disfrutar entre los jóvenes de su patria, se dedica a deconstruir el personaje que otros hicieron de él desvelándose como un amoral sumamente afcionado a los amores efímeros de pago. Internacionales, eso sí, como buenexperto comparatista.»

http://www.elpulso.es/las-lecciones-de-zugarramurdi/

‘Bar Adentro, ‘Cine Ideal’ y ‘El Gran Vacío Amarillo’, en El Diario Montañés, de Santander

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El Diario Montañés, de Santander, nos dedica dos páginas a nuestros tres últimos libros: los ensayos ‘Bar Adentro’ y ‘Cine Ideal’ y la novela de aventuras ‘El Gran Vacío Amarillo’. Del primero dice:
«Son escritos concebidos para «conversar, engrasar la inteligencia y desarrollar la racionalidad». Nacen desde lugares que se alejan de la mística y la emocionalidad pero cercanos a la «reflexión y la diversión. Sádicos: instruir deleitando», asegura el lema oficial de esta nueva plataforma para las palabras.»
De la novela ‘sahariana’ de Silvia Andrés y Rafael Manrique comenta:
«Los autores abordaron la escritura en tres jornadas de encierro a las que siguieron meses de trabajo con datos y diálogo. Localizaciones como Mali, Níger y Argelia son la geografía que enmarca la narración profusa en datos muy rigurosos. Ambos se enfrentaron a una experiencia laboriosa, a veces difícil pero rica y muy diferente a mundo del ensayo en discurre su creación habitual.»

Klabund y su Historia de la Literatura Alemana, a partir del 28 de noviembre

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Dentro de 10 días, tendremos a la venta en toda España la más subjetiva y crítica Historia de la literatura alemana contada en una hora, que además se puede leer en una hora como su título promete. Esta obra, que nos ha fascinado desde el principio, supone la primera vez que en España se publica a Klabund, Alfred Henschke, un hombre que se sabía condenado a morir joven por la tuberculosis, y que frenéticamente escribió 70 obras antes de que se cumpliera su destino con 38 años. El influenció en Brecht y Tohmas Mann y, de su erudición y su espíritu libre, extrajo monumentos para el teatro, la poesía y, como es este caso, en ensayo de corte literario.

Olga García García se ha encargado de seleccionar, traducir, prologar y anotar este librito, pequeño en tamaño pero grande en cuanto a ambición e interés.

Os dejamos parte del prólogo de la obra para que sepáis quién fue Klabund y de qué va esta meteórica historia de 2.000 años de literatura alemana.

Klabund, un moribundo que vive a todo gas

por Olga García García

klabund  «En esta época de compendios, extractos, síntesis y sinopsis, donde los saberes aparecen estuchados como complejos multivitamínicos que, en una sola cápsula, deben aportar todo lo que supuestamente debe ingerir el intelecto para participar en la atropellada comunicación internacional; y además demostrar que se es poseedor de una, cada vez más inexistente, cultura general; en esta época, puede que sea el momento para rescatar del doble fondo de la biblioteca una obrita que promete un recorrido por las letras alemanas en sólo una hora. Ésta no es una historia de la literatura al uso, y en efecto se podría leer en el tiempo que su título anuncia, sobre todo si se es un velocista engullidor de píldoras culturales. Sin embargo su lectura no permitiría adquirir al lego una breve resumen de la historia de la literatura alemana, aunque en sus algo más de 100 páginas el autor pase revista a casi 2000 años de producción literaria. Semejante obra sólo la podía escribir alguien que manifestó “estar siempre muy seguro de sí mismo”, Alfred Henschke (Crossen del Oder, la actual ciudad polaca de Krosno Odrzańskie, 1890 – Davos 1928), conocido con el pseudónimo de Klabund, acrónimo a partir de Klabautermann (duende en las embarcaciones del mar Báltico) y del término vagabundo (Vagabund, en alemán).

El, en un principio, discreto y aplicado hijo de boticario se definió a los 20 años como escritor al haber ya compuesto 597 poemas, 29 relatos, 13 piezas de teatro de un acto, una novela, una colección de aforismos, además de otros fragmentos para futuros dramas y novelas. Fredi plantó cara a su despótico padre, se negó a seguir estudios de Farmacia y eligió los derroteros de la germanística y la dramaturgia. Klabund estaba naciendo. Munich, Lausanne, Berlín, Locarno y Davos le acogerán. Escribirá más de 1500 poemas, un total de 70 obras, entre escritos propios y adaptaciones; a pesar de su prematura muerte a los 38 años. 70 escritos en 20 años bajo el ritmo trepidante de quien sabe que tiene los días contados.

A los 16 años le diagnosticaron tuberculosis pulmonar “cerrada” (es decir, no contagiosa). Esta patología milenaria que hasta la mitad del siglo XX solía ir acompañada de una sentencia de muerte. Sin embargo, la enfermedad no le impidió frecuentar los antros de la bohemia berlinesa y muniquesa, aunque estos ambientes fueran auténtico veneno para sus pulmones. ¿Cómo iba a resistirse a compartir mesa con Franz Werfel, Frank Wedekind o el carismático actor Alexander Granach? ¿A participar de la conversación y la bebida con Leonhard Frank y Erwin Piscator en el Simpl?

A los 23 años le asaltó, como a otros, la embriaguez patriótica y en el verano de 1914 se presentó voluntario a filas. Al igual que en Hugo Ball, George Grosz, Hermann Hesse o Ernst Toller, el entusiasmo bélico de Klabund no duró mucho y además, no podía ser de otra manera, fue declarado no acto. Durante la campaña fue asiduo frecuentador del cabaré Voltaire en Zurich, lugar de encuentro de los dadaístas en torno a Tristan Tzara; y allí se volvió pacifista. Desde Suiza pidió al emperador alemán, en una carta abierta, que abdicara y así se pusiera fin a la contienda. La carta seguro tuvo algo que ver, cuando años más tarde fue arrestado acusado de tener conexiones con los espartaquistas, y tuvo que pasar 10 días de calabozo en Munich (incidente no muy recomendable para sus pulmones).

Aquel joven delgado, pálido, de apariencia tímida, con sus inseparables gruesas gafas de montura oscura iba y venía de los más variados lechos amorosos a la tumbona del sanatorio; de la climoterapia de altuna a los escenarios de los más conocidos cabarés de la época. La enfermedad le obligaba a intercalar periódicas curas de reposo y dieta rica en grasa en las alturas alpinas.

Robert Louis Stevenson, Christian Morgenstern o Arthur Conan Doyle fueron otros pacientes que le precedieron en Davos. Los sanatorios de la localidad suiza, inmortalizada en La montaña mágica, pronto se convertirían en lugar de peregrinación de la bohème literaria (Paul Éluard y Gala Dalí, René Crevel y Mopsa Sternheim…). Ya en 1916, Klabund realiza la primera de sus muchas y sucesivas curas en Davos, en el sanatorio del Dr. Jessen, donde 4 años antes también Katja Mann había sido tratada. La frívola existencia de los “moribundos” la plasmó irónicamente Alfred Henschke, alias Klabund, en no pocos versos, textos fragmentarios y en la narración autobiográfica jadeante La enfermedad (1916) que, sorprendentemente, presenta varios paralelismos con La montaña mágica (1924). El ambiente mórbido, a la vez exaltado, la desesperación pero también las ansias de vivir que inundan el sanatorio del Dr. Jessen (Dr. Behrens para Thomas Mann), o las macabras fiestas de carnaval y algunos amoríos de Klabund parece como si hubiesen sido transpuestos posteriormente a La montaña mágica. Si Mann algo sabía de las correrías y la obra del “espíritu vagabundo”, es una incógnita. De lo que no hay duda es que Klabund fue el iniciador de los bailes de disfraces en Davos. Él mismo ensamblaba collages dadaístas para anunciar, siempre con un corrosivo humor negro, el próximo Baile de la Banana, donde se danzaría al ritmo del vals del bacilo, el tango febril o la polca de las temperaturas; o las carreras de sacos, cuyo primer premio era un termómetro.

(…)

A comienzos de su etapa más productiva, la década de los 20, redacta esta Historia de la literatura alemana en una hora, posiblemente la más sincera y subjetiva hasta la médula, historia literaria que se haya escrito. Un libro sin ninguna pretensión de universalidad o reconocimiento científico. No es una obra expositiva. Hay que estar versado en las letras alemanas para poder seguir los enjuiciamientos y, a veces, las licencias poéticas de Klabund. Ni que decir tiene que, en no pocas valoraciones, el autor se equivoca; y cuanto más se acerca a su época, más aventuradas son sus opiniones. A Lessing le dedica dos páginas, a Goethe siete de alabanzas, a Thomas Mann se lo despacha en dos líneas, y elogia a autores cuyos nombres hoy son prácticamente desconocidos. Y un “tal” Günther no deja de aparecer aquí y allá. Posiblemente porque Fredi sentía afinidades con la vida nómada y breve de este desasosegado y también tuberculoso de principios del siglo XVIII. Sus dictámenes literarios tienen en ocasiones el formato de la microprosa, de la miniatura que a placer él adereza con divagaciones fragmentarias.

Cuando el editor de la Historia de la literatura alemana en una hora le anuncia su intención de poner en el mercado 10 ediciones, Klabund escribe a su suegra y confidente: “El hombre tiene valor”. Pero la Dürr & Weber de Leipzig no se equivocaba. Ya en 1921 se habían vendido 30.000 ejemplares de esta peculiar obrita (…).»

Lo ‘infiernos’ de Asselineau, por Mauro Armiño

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La revista El Siglo de Europa nos acaba de dedicar, con la firma de Mauro Armiño, una recensión de nuestro libro ‘El infierno del bibliófilo/El infierno del musico’, de Charles Asselineau. Ambas nouvelle son dos retratos fantásticos de las obsesiones con el toque, entre realista y fantasmagórico de una figura más conocida por ser amigo íntimo y biógrafo de Baudelaire, pero que merece un reconocimiento propio que le saque del olvido.

«Contemporáneo de Flaubert, e íntimo amigo y primer biógrafo de Baudelaire, Charles Asselineau (1820-1874) fue un escritor desde luego menor, pero no carente de interés: El Desvelo publica dos infiernos: El infierno del bibliófilo y El infierno del músico (traducción de Guillermo López Gallego); en el primero, hay cierto sentido diabólico en acompañar al lector por las angustias del protagonista, un bibliófilo cuya persecución del libro raro termina en catástrofe, aunque el diablo sólo en sueños le obligue a vender toda su biblioteca. El Infierno del músico también tiene un antiguo superhombre que termina convirtiéndose en cartón piedra, y que ya insinúa la violencia de una obra mayor de Flaubert, como es La tentación de san Antonio.»

Mauro Armiño

 

 

http://www.elsiglodeuropa.es/

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