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‘Tangomán, superhéroe de esquina’, por Francisco Taboada

Foto: Raúl Fijo.

Hay varias clases de superhéroes: los universales tipo Superman, los locales como Spiderman, los de barrio como Superlópez y los de esquina, como Tangomán, cuyas hazañas no son del dominio público, suceden en la intimidad, las conocen cuatro monos y tres van a callar la boca por simple pudor. Es el antihéroe por excelencia, feo, solitario, despreciado por todos, se sabe muy poco de él, y nacerá y morirá en el anonimato salvo que escriba sus memorias.

En esta novela de Kepa Murua, Tangomán nos cuenta en primera persona sus recuerdos, comenzando por el momento en que descubre sus habilidades ocultas, los superpoderes. Se llama Pedro Muros, es un oficinista de mediana edad, amargado por su fealdad, depresivo, hasta que un día se apunta a un curso de bailes de salón y lo hace tan bien que sus compañeros lo bautizan como Tangomán. Necesita tanto despojarse de su ingrata identidad que se aferra a esta última esperanza que le ofrece la vida, se entrega por completo y entonces el baile lo transforma todo. El narrador comparte con nosotros la creación de Tangomán, su criatura, transportado por la música, invadido por el ritmo, desbordado por sus nuevas posibilidades. Pero la cosa se complica porque Tangomán no es Peter Parker utilizando su sentido arácnido para ayudar al prójimo, sino que es un tipo oscuro, rencoroso, misógino, y se aprovecha del baile para seducir a las mujeres y vengarse por el poco caso que le han hecho. Ahora es un trípode humano, y aunque no crea en el amor encuentra consuelo en el sexo desenfrenado y promiscuo y constante, todo el rato, sin parar, hasta la extenuación. En cierto modo, a lo largo de la primera parte, titulada “Una música diferente”, todo nos conduce a querer a Tangomán. A envidiarle aunque sea tan feo. A sentirnos identificados cuando se esfuerza por ser alguien significativo, por hacerse un nombre, y como lectores le agradecemos la acción incesante, las novedades y las aventuras entretenidas. Lo estamos pasando bien, es divertido. Pero el azar, el autor, no está de acuerdo, fuerza la situación y entonces entramos en las tinieblas del libro.

La segunda parte, “De una esquina a otra”, es dura, obsesiva, repetitiva, angustiosa, el discurso es el único campo de batalla. Es normal, algo que les sucede con frecuencia a los superhéroes, en esos capítulos en que se vuelven malos, o raritos, y reniegan de sí mismos y se pasan al lado oscuro. Ahora Tangomán ya no quiere ser más Tangomán y se hace boxeador. Si ya empezaba a estar un poco esquizofrénico, lo empeora creando un personaje dentro de su personaje: Chiquito de Mariturri, un boxeador bajito al que da pena soltarle un guantazo y que se pelea con su sombra. La sombra de Tangomán. Es el doloroso peregrinar por el desierto de nuestro superhéroe, un lacerante combate donde no acaba de sonar la campana. Por pura desesperación, surge entonces en su mente golpeada la temeridad de aspirar a algo tan glorioso, ideal e inalcanzable como es el amor, el amor verdadero. Ésa es la única redención posible, la curación poética, el sentido último y elevado que justifica la existencia de Tangomán. Sólo le falta olvidar.

Pero tarde o temprano todos los caminos conducen a la infancia, y la tercera parte, titulada democráticamente “Será lo que quieras que sea”, nos restituye a la ilusión, al argumento, a la narrativa que ajusta cuentas con el tiempo pasado para pronosticar un futuro esperanzador, desmemoriado quizás. La historia la ha contado él, luego Tangomán vive para contarlo, y con gran estilo da por concluido su lamentable tango arrabalero, y el cuento ceniciento del hombre feo al que no quería ni dios, y al fin el torrente de palabras que le ha servido como escudo para justificar sus actos llega a una acertada conclusión. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Porque Tangomán, de Kepa Murua, es un cuento. Un cuento sofisticado que encierra un profundo homenaje hacia la narrativa que ha configurado nuestra manera de contar y entender las historias. Un artefacto muy bien montado que utiliza con soltura esquemas de pensamiento clásico, reconocibles, pero sometiéndolos a un cuestionamiento tan incesante que los desmenuza, los pervierte y finalmente los agota. Por ejemplo el tango, ese pensamiento triste que se baila, se convierte aquí en un mecanismo iniciático que inaugura el tiempo del héroe y lo impulsa hacia adelante, hacia la transformación. Se puede escuchar perfectamente, en el modo de respirar del texto, ese fuelle del bandoneón que da oxigeno a la historia en todo momento. En este tango no vence la melancolía sino que es una fuerza generadora que atrae al amor en vez de llorar por él. Del mismo modo, su Ceniciento, rebelde y descreído, renuncia al éxito entendido como venganza y envía al mundo de los recuerdos desechados a esa especie de madrastra y hermanastras que le han tocado en desgracia. El olvido y salirse por la tangente como recurso. Y otro tanto su criatura Frankenstein, atormentado y solitario, pero que prefiere ser deforme a no tener forma.

Tangomán tiene ese carácter depredador de las novelas actuales, que devoran todo lo que se pone en su camino dejando un cadáver casi pelado para el buitre-lector. Si quiere sacarle algo más a la historia debe roer el hueso y leer a varios niveles. En este caso, basta con seguir las indicaciones del autor. El referente más inmediato de Tangomán, declarado con reiteración a lo largo de la novela, es El hombre sin atributos, de Robert Musil, y eso dota al texto de una dolorosa tensión moral que enjuicia a la sociedad como generadora de un excedente de seres fracasados y sin rumbo cuya única alternativa es hacer de sí mismos una ficción. Se nota el poder del discurso contemporáneo para paralizar a los individuos, ofreciéndoles como meta la imagen del espejo en vez del sujeto que la proyecta. Por eso, en sus momentos más penosos, es cuando Tangomán se parece más a todos nosotros, instaurados en la queja y el lamento, paralizados, considerando que un pensamiento es un hecho, un sueño un acontecimiento, como panchovillas haciendo la revolución delante de la tele, y además con la disculpa de ser más feos que el demonio para odiar a todo cristo. Tan débiles de carácter como hace cien años, a las puertas del nazismo, cuando Musil escribió El hombre sin atributos.

Alguien dijo que los poetas nos indicarían el camino, y Kepa Murua sabe sacar a nuestro héroe del atolladero de pensamiento estéril y universalizar el mensaje para indicar una dirección. Su Hombre sin atributos no queda inconcluso sino que concluye en nosotros. Y se puede escarbar mucho más en esta novela, una tragicomedia casi cotidiana que nos plantea si debe existir una distancia entre la cara y la máscara, entre el ojo y la mirada, entre ser y estar, entre desear y querer, entre amar y eso que es lo contrario… Pero es mejor leerla, lo demás son teorías.

Francisco Taboada, Espacio Luke. Mayo de 2015.
Foto: Raúl Fijo.

Crítica de ‘Drogas, neutralidad y presión mediática’ en ‘Raro, bruto y a la contra’

http://rarobrutocontra.blogspot.com/2019/10/caida-libre.html

La página de columnas de opinión ‘Raro, bruto y a la contra’ publica una reseña elogiosa de ‘Drogas, neutralidad y presión mediática’, de Juan Carlos Usó, que desde aquí queremos agradecer. Arriba está el enlace de la página y aquí abajo un extracto:

Pues bien, yo he venido hoy aquí a hablar de su último libro, una joya titulada “Drogas. Neutralidad y Presión Mediática” (El Desvelo Ediciones, abril 2019), con la que el autor cumple por fin su deseo confeso de remontarse hasta el momento preciso en el que España se adhirió a la “Lucha internacional contra la Droga”, entenderlo, documentarlo, ponerlo en su contexto y, finalmente, contárnoslo. Ese momento tan concreto fue el 1 de marzo de 1918, día en el que el gobierno presidido por el Liberal Demócrata Manuel García Prieto publicaba una Real Orden con la que, invocando el Convenio de La Haya sobre Restricción de las Drogas de 1912, España se sumaba a la Cruzada Prohibicionista e iniciaba, como habían hecho ya otros países, el tortuoso, inútil y cruel camino que finalmente ha conducido hasta la actual y absolutamente fracasada sinrazón que padecemos en materia de drogas.

Virtualmente incierto, por Martín Bellaco.

Nuestros libros en la plataforma de lectores Babelio

https://es.babelio.com/editeur/3316/El-Desvelo

Crítica de Ayala-Dip, en Babelia, de ‘La carretera de la Costa’

La carretera de la costa.

Me parece que La carretera de la costa no fue escrita con la pretensión de quedar en el imaginario estético de sus lectores, sí en su imaginario histórico más reciente. Por eso duele tanto a veces su lectura.

Ernesto Ayala-Dip, Babelia, El País.

https://elpais.com/cultura/2020/08/18/babelia/1597748195_136933.html

Crítica de ‘Siete Mujeres’, por Antia’s Readings

https://www.antiasreadings.com/2020/07/siete-mujeres-lydie-salvayre.html

Siete mujeres es el ensayo sobre, efectivamente, siete mujeres. Mujeres que lucharon por ocupar un lugar en el mundo y que pusieron todo lo que estaba en sus manos para lograrlo, pasando por todo tipo de dificultades. La verdad es que fue una lectura muy conmovedora y que me ha tocado la patata.
Como todo, siempre hay historias que te calan más que otras, y las de Woolf, Brönte y Path fueron mis favoritas. Lydie Salvayre consiguió mediante la publicación de algunas cartas de las autoras mostrarnos la cruda realidad que pasaron o sufrieron. Una realidad que no se la deseo a nadie y que terminó en lo peor. Con este libro he aprendido, no solo acerca de la vida de las autoras, sino como la constancia y la ilusión de verse un día publicadas es lo que las motivaba a seguir adelante. Incluso ocurre lo mismo con la autora de este libro, quién lo publicó tras un parón escritoril. Ella misma demostró que si estas siete magníficas escritoras pudieron, ella también podía. Y así fue. 
Es una lectura rápida, amena y rompedora. Salvayre consigue que te metas en la piel de cada una de ellas y formes una más del equipo.
Si sois fans de las biografías y la novela epistolar, Siete mujeres es vuestro libro. Descubriréis la vida de siete escritoras maravillosas que consiguieron hacerse hueco en una sociedad donde eran desprestigiadas.

Fotografía de la autora Lydie Salvayre
Lydie Salvayre

Crítica de ‘La puta gastronomía’ en ‘El goloso en llamas’

Crítica en El Goloso en Llamas

La Puta Gastronomía se convierte así en un alegato a favor del sentido común antes que en una invectiva contra la nueva gastronomía española. Es una defensa de quiénes somos y de dónde venimos y, es sobre todo una invitación a hacer de la cocina un gozo, un placer sin prisas, sin sofisticaciones para la galería, a disfrutar compartiendo. Una sutil invitación a los chefs mediáticos con proyección de futbolistas a no perder de vista que se trata de algo tan básico y placentero como dar de comer a la gente y si puede ser bien, mucho mejor. Contra la intelectualización impostada de cada tránsito culinario, pero sin renunciar a entender la cocina como arte tanto en cuanto emociona y eleva el espíritu mediante el ennoblecimiento de la actividad culinaria.

‘La puta gastronomía’, de Remartini, también en ebook

La puta gastronomía

Para los fans y para los que todavía no lo han descubierto, desde ya está disponible la versión ebook de ‘La puta gastronomía’, el ensayo gastro-histórico y desmitificador de David Remartínez, aka Remartini. Puede disponerse del ebook en las principales librerías, en las plataformas de lectura y en la red de bibliotecas (ver abajo).

Breve historia de la gastronomía española contemporánea, de esa revolución que nos ha llevado en apenas 50 años del bocata de calamares en la tasca al food porn en las redes sociales, a los esnobs del vino, a los gastrónomos especialistas en estrellas Michelin y a los niños prodigio cocinando en la televisión. Remartini repasa con humor esa transición acelerada, apoyándose en decenas de libros, reivindicando a Julio Camba, Santi Santamaría y Manuel Vázquez Montalbán, y aportando un enfoque tan sorprendente como divertido. Pero este libro también es un relato personal sobre el amor por la comida y la bebida, entendidos como placer, libertad y refugio para nuestras incongruencias. Y es también una pequeña colección de cuentos breves, que entretejen todo lo anterior.

La puta gastronomía en ebook

Remartini (Zaragoza, 1971) es el alias que David Remartínez Martínez ha utilizado durante años para escribir de comida y de bebida en internet. Mientras Remartínez trabajaba de periodista en periódicos, radios o revistas durante más de dos décadas, Remartini ocupaba ese mismo tiempo en montar unos apocalipsis de cuidado en diversas cocinas domésticas intentando aprender a hacer pan, asar animales o laminar ajos sin filetearse también los dedos. Entre receta y receta, o entre tirita y tirita, Remartini ha ido contrastando lo que pensaba con lo que leía en decenas de libros.

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Crítica en El Correo de ‘La carretera de la costa’

Suplemento Territorios (El Correo)

Klabund, Entre montones de libros

‘Entre montones de libro’ nos ha dedicado su tiempo para leer y comentar ‘Historia de la literatura alemana contada en una hora’, de Klabund. Esto es un motivo de agradecimiento por partido doble: por el trabajo y por las palabras que dedica a nuestro AlfredHenschke ‘Klabund’. Aquí va un fragmento de la crítica y abajo el enlace concreto.

(…) Y también lo es dejarse llevar por filias, fobias y enardecimientos y cerrar el libro pensando que, aunque le falten los últimos años, ahora es más fácil acceder a escritores de otros países, y que en realidad, al abrir este libro, hemos abierto una puerta, o mejor una ventana, y disfrutado de un magnífico viaje que demuestra que hay que quitar el miedo a los ensayos. Porque muchos son tanto o más placenteros en su lectura, que una novela.
Por si no se nota, me ha encantado.

http://entremontonesdelibros.blogspot.com.es/2017/03/historia-de-la-literatura-alemana.html

Reivindicar la crítica, desconfiar del crítico: Shangrila y Ángel Fernández-Santos

angelfernandezsantos

l’Orangerie

Reivindicar la crítica, desconfiar del crítico

(‘La crítica cinematográfica de Ángel Fernández-Santos’, por José Antonio Planes Pedreño).

Que la crítica está en crisis es algo que, por reiterativo, no la hace inmerecedora de una reflexión. La crisis de la crítica es como la crisis del teatro: perenne, consustancial, inmanente como todo lo que fluye y está vivo; de tal modo que la crítica es hoy en día como esos enfermos que ni empeoran ni se recuperan, contentándose en tener un día mejor que el anterior en esa montaña rusa de altibajos en que se convierte su existencia. Pero no por reiterativa, merece que se pase de largo, sobre todo porque reivindicar la crítica es reivindicar la mediación, la guía necesaria para deambular en una jungla de creaciones.

La crítica es necesaria y, al igual que los soportes comunicativos que la vehiculan, vive en dos crisis paralelas: una, la del prestigio; otra, la tecnológica, que no es una crisis en sí, sino una oportunidad.

La pérdida de prestigio de los grandes referentes de la crítica en el campo cultural tiene que ver con la pérdida del lector cautivo. El carácter disruptivo de las nuevas tecnologías ha liberado al receptor de las ataduras que le vinculaban a unos pocos referentes que, en el pecado va la penitencia, han ido prostituyendo un ejercicio que no solo requiere la apariencia de la mujer del César, sino que es independiente y rigurosa o deja de ser necesaria.

El crítico venal y arrogante, el referente comunicativo que arroja más sombras que luces, más ruido que nitidez, intoxicado por intereses comerciales y/o de cofradía, entra en barrena ante la atomización de la oferta crítica, con la contrapartida del diletantismo que entraña, en la disparidad de la oferta que refleja la actual pluralidad de medios de comunicación en el piélago digital. Si hasta hace no mucho, quien no aparecía en los recetarios de uno de los grandes popes de la crítica no existía, ahora es el referente el que cae en la irrelevancia, clamando en un desierto vacío de lectores sin querer entender que la desvergüenza y la manipulación han conducido a desertar a los que consideraba rehenes. Por lo tanto, no hay deserción; hay liberación.

¿Por qué? Porque la deshonestidad puede mantenerse si no hay alternativas, pero el lector/consumidor se caracteriza por su deslealtad, en el mejor sentido de la palabra, y busca, husmea y encuentra alternativas. Los grandes suplementos de crítica cultural han caído del pedestal al abrirse el abanico de referentes y una nueva actitud, exigida por el público, de rectitud y coherencia. Ya no hay jerarquías y la horizontalidad entre crítico y receptor entabla un diálogo en donde la honestidad no admite medianías ni componendas. Se sigue reclamando la crítica, pero el crítico ha sido puesto en cuarentena.

Es por ello más que oportuno, pertinente más bien, la recuperación de una de las grandes figuras de la crítica postfranquista de este país: Ángel Fernández-Santos. Este hombre, de vocación cultural insaciable y alto rigor crítico, es un icono de la honestidad. Encaminado al guion de cine en la Escuela de Cine de Madrid, acabó en la crítica cinematográfica tras darse de bruces con la censura y ese enfriamiento del corazón tan machadiano. Pero si una puerta se cierra otra se abre, y fue en El País, otrora un referente de otras muchas cosas, donde, como máximo responsable de la crítica cinematográfica, apuntaló como ningún otro eso que se llama independencia y rigor.

Shagrila-Textos Apartes, proyecto editorial colectivo, que tiene de forma inexplicable su base en Santander (de esas cosas inexplicables que tienen su explicación, pero no por el contexto geográfico en que se desarrollan) acaba de publicar la que tal vez sea la obra más ambiciosa y exhaustiva sobre Ángel Fernández-Santos y, por ende, de la crítica en España a lo largo de varias décadas. La obra, de José Antonio Planes Pedreño, pone del revés como un guante y somete a escrutinio la figura y el sentido de Fernández-Santos analizando su quehacer y pensamiento desde una multiplicidad de puntos de vistas que arrojan el resultado más próximo a la realidad que pueda desearse.

«Por si algo se gana el respeto Fernández-Santos es por la libertad, imparcialidad e independencia de su criterio -escribe el autor de esta monografía-, cualidades recalcadas una y otra vez por sus compañeros de profesión».

El libro, publicado en la colección Hispanoscope y fácilmente localizable en las principales librerías del país, aborda desde la identidad y personalidad política y cultural de Ángel Fernández-Santos, hasta su particular visión de lo que ha de ser el guion, la puesta en escena, el ritmo narrativo y la interpretación; pasando por una valoración de las estrategias expresivas y las figuras retóricas que, como todo lenguaje, posibilita el cine: géneros, estilos y retórica.

Hay algo en este peregrinaje (biográfico, sentimental, semático, semiótico, político y cultural) que es recurrente: el cine, no solo como una ocasión de esparcimiento, sino como una herramienta de autoconocimiento y crítica social de primer orden, que todo poder intenta domesticar.

Leyendo lo que escribió Ángel Fernández-Santos, uno alcanza el convencimiento de que el cine no solo es la ocasión para pasar el rato, es decir, no solo es algo placentero, mero entretenimiento, sino que también es, y sobre todo es, lucha, conflicto, introspección, asfixia, el lugar donde la realidad no escapa, sino que se encierra en un recinto cuadrado y quien no escapa, y no solo no escapa sino que se somete voluntariamente a esta terapia icónica de introspección, es el espectador. Es ahí donde el cine adquiere su dureza, su tensión, y un sentido que lo aleja del espectáculo y el entretenimiento más o menos zafio, para ser bisturí en donde el espectador se practica una vivisección durante 90 minutos. No voy a hacer un canto al cine como ejercicio masoquista: también el cine es entretenimiento, pero si todo acaba ahí, se reduce algo grande a poca cosa. El cine es la palabra fílmica que nos enfrenta a nuestro monstruo interior y que reclama algo a lo que raramente dedicamos tiempo: preguntarnos qué somos. Por ello no es cómodo ir al cine y produce en muchas personas recelo y hasta miedo, disfrazado en un amplio bostezo de pereza. El cine de verdad reclama espectadores de verdad porque cambia a las personas: nunca se sale por la puerta igual que se entra. Por eso lo llamamos arte.

No quisiera acabar sin dedicar unas palabras a Shangrila, una asociación cultural sin ánimo de lucro que no deja fuera de cuadro, por utilizar un símil cinematográfico, la divulgación intelectual de lo audiovisual. Este proyecto independiente se ha planteado el titánico esfuerzo de abordar una reflexión sobre el cinematógrafo, la literatura y el audiovisual desde las diversas perspectivas analíticas y transversales que conforman el pensamiento crítico. El prestigio, este sí fuera de cuadro de los grandes referentes comunicativos, recibe, título tras título, el beneplácito del publico, hasta el punto de que ahora el referente, si no único, uno de los más necesarios, es él, prueba de que la honestidad, tarde o temprano, tiene su recompensa.

FICHA

TÍTULO: La crítica cinematográfica de Ángel Fernández-Santos.

AUTOR: José Antonio Planes Pedreño.

EDITORIAL: SHANGRILA-Colección Hispanoscope.

FORMATO: 16X23 CM.

PÁGINAS: 404.

ISBN:978-84-946210-3-1

PRECIO: 24,00 euros.

 

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