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Librerías y puntos de venta online en donde puede comprarse ‘La enfermedad’, de Klabund

Estas son las librerías y puntos de venta online en donde podéis encontrar La enfermedad, de Klabund:

El Corte Inglés, FNAC, Casa del Libro, Amazon, Troa, Elkar, La Central, Laie, Santos Ochoa, Antígona (Zaragoza), Cálamo (Zaragoza), Escolar de Teruel (Teruel), Llibreria 22 (Girona), Agapea Factory (Palma de Mallorca, Málaga y Las Palmas de Gran Canaria), Finestres (Barcelona), La irreductible (Lérida), La fatal (Lleida), La Llar del llibre Centre (Sabadell), Taifa Llibres (Barcelona), Berbiriana (La Coruña), Eixo (Orense), Follas Novas (Santiago de Compostela), Lenda (Bertamirans, La Coruña), Antonio Machado (Salesas y BBAA, Madrid), Cafebreria Ad Hoc (Madrid), Cervantes y Compañía (Madrid), El Aleph (Madrid), La Fábrica (Madrid), La Mistral (Madrid), Pasajes (Madrid), Pérgamo (Madrid), Tipos Infames (Madrid), Visor Libros (Madrid), Cerezo (Logroño), Cervantes (Oviedo), Vorágine (Santander), Lagun (San Sebastián), Polledo (Oviedo), Sancho Panza (Cabezón de la Sal), Taiga (Torrelavega), La Montaña Mágica (Cartagena), París Valencia 1 y 3 (Valencia), Popular Libros (Albacete), Primado (Valencia), Publics (Denia), Railowsky 2 (Moncada), Babel (Granada), Entre Libros (Linares), Picasso (Granada), Rayuela (Málaga), La Orotava (Tenerife), Agapea (Las Palmas de Gran Canaria), Ciento Volando (Madrid), Isla de papel (Sevilla), Saltes (Huelva), Sinopsis (Las Palmas de Gran Canaria), El árbol de las letras (Valladolid), Galatea Librería Inglesa (León), Letras Corsarias (Salamanca), Cervantes (Miranda de Ebro), Oletum (Valladolid), Pastor (León), Margen (Valladolid), Libroteca (Vigo), Biblos (Betanzos), Gallaecia (Santiago de Compostela), Kathedra (Ourense), Couceiro (Santiago de Compostela), Mendinho (Vigo), Paz (Pontevedra).

Distribución: UDL Libros, Mira Distribuciones, Alonso Libros, Arnoia, Azeta, Lidiza.

Alfred Henschke, Klabund

Klabund, el matrimonio Neumo y Tórax y ‘La enfermedad de los hoteles’

Por las páginas de La enfermedad desfilan personajes curiosos que son la traducción narrativa de personas reales con las que convivió Klabund, el autor de la novela, durante su estancia en Davos para tratarse de la tuberculosis, también conocida como ‘La enfermedad de los poetas’ o ‘La enfermedad de los hoteles’. Os dejamos un extracto del prólogo de Olga García a la novela de Klabund, en el que retrata al autor:

Alfred Henschke, Klabund.

A Alfred Georg Hermann Henschke (Crossen del Oder, la actual ciudad polaca de Krosno Odrzańskie, 1890 — Davos, 1928), conocido sobre todo por el pseudónimo de Klabund, le diagnosticaron a los dieciséis años tuberculosis pulmonar «cerrada» (es decir, no contagiosa). La enfermedad no frenó las energías del, en un principio, discreto y aplicado hijo de boticario que a los veinte años se autodefinió como escritor, al haber ya compuesto 597 poemas, 29 relatos, 13 piezas de teatro de un acto, una novela, una colección de aforismos, además de otros fragmentos para futuros dramas y novelas. Fredi plantó cara a su despótico padre, se negó a seguir estudios de farmacia y eligió los derroteros de la literatura. Klabund estaba naciendo. Múnich, Lausana, Berlín, Locarno y Davos le acogerán. Escribirá más de 1.500 poemas, un total de 70 obras, entre escritos propios y adaptaciones; a pesar de su prematura muerte a los treinta y siete años. Setenta textos en veinte años bajo el ritmo trepidante de quien sabe que tiene los días contados, porque la tisis «galopa».

Desde su primera convalecencia en Locarno en 1907, aquel joven delgado, pálido, de apariencia tímida, con sus inseparables gafas gruesas de montura oscura irá y vendrá de los más variados lechos amorosos a las tumbonas de los sanatorios; de la climatoterapia de altura a los escenarios de los más conocidos cabarés de la época; aunque siempre obligado a intercalar periódicas curas de reposo y dieta rica en grasa en las alturas alpinas. 

Durante una estancia en Arosa en 1914 comienza a perfilar un relato con tintes autobiográficos (La enfermedad) que escribiría posteriormente, entre febrero y marzo de 1916, durante la que sería la primera de sus muchas y sucesivas convalecencias en Davos. 

Se albergó en el sanatorio del doctor Jessen, donde cuatro años antes también Katia Mann había sido tratada. No obstante, su estancia en el sanatorio Wald apenas duró unos días. Las normas allí eran demasiado rígidas (y la minuta posiblemente también elevada) para él. En la Pensión Stolzenfels en Davos-Dorf encontraría, sin embargo, acomodo y un refugio hasta sus últimos días. El establecimiento estaba regentado por el matrimonio Poeschel. Al jurista Erwin Poeschel (1884-1965) la tuberculosis le privó de poder ejercer su profesión. En Davos conoció a la también paciente Frieda Ernst, y una vez restablecidos ambos, decidieron encargarse del edificio de seis plantas, levantado en 1913 en el Höhenweg, la pensión Stolzenfels. 

En Erwin Poeschel encontró Klabund un amigo y un erudito interlocutor, que escribía críticas de arte y literarias; y mantenía una cordial amistad con Hermann Hesse, Jakob Wassermann, Philipp Bauknecht, Philipp Modrow y Augusto Giacometti. En 1928, el mismo año de la muerte de Klabund, la inflación le obligará a cerrar la pensión, pero Poeschel siguió su nunca interrumpida andadura en el terrero de la historia del arte, convirtiéndose en uno de los más reconocidos expertos de Suiza. 

Klabund inmortaliza en La enfermedad a los Poeschel. El matrimonio Neumo y Tórax Paustian de la pensión Schönblick no son otros que ellos, y el apodo de la pareja alude al método quirúrgico denominado punción de neumotórax. Igualmente las figuras principales de la narración: Sylvester Glonner y Sybil Lindquist permiten ser identificadas con el propio Klabund y su amiga Sybil Smolowa, que había conocido en Arosa. También el personaje de Alfons Pein se corresponde con el escritor hoy olvidado Paul Apel; y el doctor Ronken responde al doctor Jessen. También la toponimia local recorre 

las páginas de La enfermedad: el Grand-Hotel Belvédère, el restaurante Kolbinger, el Rößli, el kurhaus, el teatro, la promenade, la pista de bobsleigh de Schatzalp, etc.

El relato de Klabund, que fue publicado en 1917, sorprendentemente presenta varios paralelismos con La montaña mágica (1924). El ambiente mórbido, a la vez exaltado, la desesperación pero también las ansias de vivir que inundan el sanatorio del doctor Jessen (Dr. Ronken para Klabund, Dr. Behrens para Mann), el traslado nocturno de los cadáveres montaña abajo por la pista de bobsleigh de Schatzalp, la equiparación de la ciudad de Davos a un mítico inframundo hundido en las profundidades (Vineta para Klabund, el reino de las sombras para Mann), o las macabras fiestas de carnaval y algunos amoríos del propio autor parece como si hubiesen sido transpuestos posteriormente a La montaña mágica. Si Thomas Mann algo sabía de las correrías y la obra del espíritu vagabundo es una incógnita. De lo que no hay duda es que Klabund fue el iniciador de los bailes de disfraces en la pensión Stolzenfels. Él mismo se encargaba de componer los programas y de ensamblar collages dadaístas para anunciar, siempre con un corrosivo humor negro, por ejemplo, el próximo Baile de la banana. Sus carteles demuestran el carácter polifacético del autor, además de ofrecer un abanico de visualizaciones sarcásticas de la tuberculosis.

No obstante, el tísico Klabund, a diferencia de Hans Castorp, no estaba dispuesto a prolongar innecesariamente sus estancias en Davos. Para él, la vida no consistía en esperar, y como aquel sabía que arriba en el sanatorio se consume más tiempo que en ningún otro lugar; y justamente tiempo es de lo que él no disponía. Para Klabund escribir se convierte en una adicción, una forma de sobrellevar la enfermedad. Sí, tumbado como Oblomov, pero activo; siempre escribiendo en la tumbona, bien tapado y rodeado de libros y papeles. Así lo pintó Erich Büttner. 

La frívola y a la vez mórbida existencia de los moribundos en Davos la plasmó irónicamente Klabund en no pocos versos y textos fragmentarios. La enfermedad es un motivo recurrente en su obra, llegando hacer literatura de la tuberculosis. En su Historia de la literatura universal (1922), Klabund apunta: «Debería escribirse una historia literaria de los tísicos. Esta enfermedad constitucional posee la facultad de modificar mentalmente a aquellos en quienes hace presa. Les impone el castigo de Caín, el cual proyectó su pasión hacia su interior, devorándose los pulmones y el corazón.»

En lugar de la conocida frase con la que Rilke arranca Los apuntes de Malte Laurids Brigge —«¿De modo que aquí viene la gente para vivir? Yo creería más bien que aquí se muriera.»— Klabund inicia su relato La enfermedad con la pregunta: «¿Entonces usted únicamente ha venido aquí 

Olga García. Del prólogo de ‘La enfermedad’
Baile de la banana, una de las actividades lúdicas promovida por Klabund en Davos.

«¿Entonces usted únicamente ha venido aquí para morir?»: un extracto de ‘La enfermedad’, de Klabund

 —¿Entonces usted únicamente ha venido aquí para morir? —dijo el joven alemán que, con las manos metidas en los bolsillos inferiores de su chaleco deportivo color pelo de camello, recorría enervado la habitación y a la par tosía a causa del humazo de los cigarrillos.

—¿Por qué si no? —repuso Sybil que estaba tendida en la cama fumando, delgada y rubia.

—¡Encantadol, ¡encantadol —murmuraba el pequeño japonés, asistente médico en el sanatorio Beau-Rivage ubicado montaña arriba, mientras sostenía al contraluz una escupidera azul que tenía grabada una extraña escala de medición.

—Diez centímetros cúbicos de esputos —dijo sonriendo, bajo el efecto de algún tipo de júbilo interno.

El japonés hablaba alemán y portugués con fluidez. En ocasiones se hacía pasar por portugués. Mantenía unas relaciones secretas con la doncella del cónsul de Portugal. Una suiza gruesa de Berna que tenía el aspecto de haber sido modelada con masilla. En lugar de un cencerro de vaca llevaba en torno a su rollizo cuello un medallón doble que cobijaba el retrato del pequeño japonés – vestido con su traje nacional de seda y repleto de pliegues.

—Antaño solamente amaba a mujeres morenas —dijo el joven alemán mientras, a través de la puerta del balcón, observaba la nieve que la ventisca había traído.

—Mujeres de pelo negro y ojos negros. Eso era cuando tenía diecinueve o veinte años e iba a tientas en la oscuridad. Mas de pronto se hizo la luz. Amé a una mujer de cabellos castaños y ojos de cierva. Después a una pelirroja de ojos casi celestes que parecían de color violeta cuando se iluminaban. Mis amigos se burlaban de mí y decían que además de cabellos rojos tenía también los ojos rojos, y que por tanto yo amaba a un conejo. – Finalmente sobrevino la claridad a mi alrededor. Salió el sol. Un rubio frenético procedente de un firmamento de mirada celeste. Contemplé el mediodía de mi vida. Cielo azul, sol favorable. ¿Por qué no quiere usted creer, Sybil, que es usted la luz de mi día? 

—¡Oh! —Sybil hizo un gesto de rechazo. Tiró la ceniza del cigarrillo sobre la alfombrilla de cama. 

El pequeño japonés colocó el frasco azul en la mesilla mientras bailoteaba en aquel rincón sombrío del cuarto. Se le oía reír: como una extraña ave acuática. 

Se entretenía hablando a un papagayo disecado en su particular lengua susurrante. 

El oficial búlgaro, que pálido y encogido estaba sentado sobre una banqueta mirando fijamente el suelo, carraspeó. Había participado en las dos Guerras Balcánicas, en la batalla de Lüleburgaz, en el sitio de Adrianópolis, en la batalla de Çatalca. Pero nadie podía evocar la guerra en su presencia, o de inmediato le brotaba espuma por la boca. 

Cuando el profesor Ronken, el de la barba blanca y la cabeza de petirrojo, le examinó por vez primera, y le auscultó con su elegante fonendoscopio flexible, se desmalló al instante. En ese momento había entrado en la habitación el doctor Froidevaux, recién salido del quirófano, con la bata blanca algo salpicada de sangre. 

—Sybil —dijo el búlgaro—, sería grave que usted muriese. Sylvester Glonner tiene razón. Usted es nuestro sol rubio. Estar sentado junto a usted, en este cuarto lleno de humo, reconforta más que estar tumbado amodorrado a pleno mediodía en la galería de reposo. El sol de Davos provoca somnolencia. Usted espabila. 

Y volvió a su banqueta. 

El joven alemán se apoyó lentamente contra un armario lacado en blanco. Estaba rememorando unos versos de Hölderlin: ¿Pero dónde estás? Mi alma enajenada sueña confusa con todos tus encantos. 

—¿Pero dónde estás? —decía en voz alta. 

El japonés reía. 

Sylvester sentía como si la mirada fugaz de Sybil le hubiese rozado. Igual que si se tratase de una brisa cálida. 

El búlgaro miró el reloj: 

—Tengo que marcharme a la cura de reposo. Van a ser las seis. 

Sin despedirse se fue trastabillando con su pequeña muleta en dirección a la puerta. 

El pequeño japonés se deslizó jovial detrás de él. 

—Nos hemos quedado solos —dijo Sylvester. 

—Como siempre… 

Ella exhalaba el humo del cigarrillo hacia el techo y este hacía un sinfín de volutas. 

Él le tendió la mano y se fue. 

La enfermedad. Klabund. Traduc.: Olga García.
La enfermedad, de Klabund.

 

Libación de una herida: un fragmento de ‘Pinar, piscina, plenilunio’, de Patricia Rodríguez

En la cocina, encuentro al hombre que sostenía el vaso de güisqui con gesto demostrativo. Está haciendo algo en el fregadero. En una mano sostiene un cuchillo pero no veo qué es lo sostiene con la otra. Con la cabeza baja, concentra toda su atención en lo que está manipulando. Pero no me fijo en lo que es porque veo, sobre todo, su pelo negro rizado y un poco largo. Es una especie de mancha vacía o una interferencia, como si estuviera hecho de un material que absorbe demasiada luz. 

Esta anomalía óptica interrumpe la continuidad de todas las cosas con las que limita en el plano visual. Es una incisión en la consistencia que suele tener la realidad. No hay nada así de negro en nuestra naturaleza más inmediata, los bosques que nos rodean tiene otra densidad, el cielo nocturno está lleno de perforaciones diminutas que le dan una textura gaseosa, quizás se parezca a la brea.

Está pelando uno de los limones que hay al lado de la bolsa de hielo de la gasolinera. Sus manos se elevan sobre el fregadero a medida que la espiral de la cáscara se hace más larga. Está intentando sacarla entera, sin romperla. 

Parece a punto de lograrlo pero algo interrumpe su concentración, o la mano se le resbala sobre el limón mojado porque lo suelta y el ruido metálico del cuchillo estalla contra el fregadero de acero inoxidable. Se ha cortado. Una hebra de sangre aparece en el dedo índice de su mano izquierda. Me acerco para examinar la herida y le sujeto la mano por la muñeca. Él sigue sin cambiar su gesto de dolor pequeño con un poco de vergüenza contraída. Hago lo mismo que haría si fuera un niño quien se hubiera cortado. Le limpio la sangre chupándole el dedo. 

Está un poco borracho y tarda en darse cuenta de que estoy libando su herida. Retira la mano y me mira como si estuviera loca, luego entiende que es otra cosa. Me toca la cara. Una mano a cada lado de la mandíbula. Aprieta mis mejillas con la fuerza suficiente para hacer que se me despeguen los labios. Si su dedo sigue sangrando va a mancharme la cara. Cierra su boca contra la mía y acepta el mensaje. En eso consiste, ha sabido interpretarlo. 

«¿Por qué estabas pelando un limón?»

«No quería la fruta, quería su cáscara».

Pinar, piscina, plenilunio. Patricia Rodríguez

 

Fragmento de ‘La carretera de la costa’: «Suena el viento, él se dio la vuelta…»

Libros de Kepa Murua con El Desvelo Ediciones. (Foto: Raúl Fijo).

Suena el viento, él se dio la vuelta, y entonces sonaron los disparos. Cayó fulminado ante la sorpresa y el horror de un cliente que fue apartado unos segundos antes por el comando que irrumpió en la carrocería. Sonaron secos, como tres golpes de martillo en un yunque, como tres toques de plástico que perforan la roca, pero la sangre corre por detrás de la cabeza y Ceferino Peña queda tendido en el suelo frío del garaje ante los asombrados ojos de su hija que ni siquiera parpadea y mira a los jóvenes que dispararon a su padre. Al hombre que lo acompañaba le dijeron que se apartara; a él le preguntaron si era el propietario del taller y si tenía pasta carrocera que necesitaban para un coche averiado, aparcado cerca de la puerta, donde al volante ocultaba la cara con la mano uno del comando que controlaba con su mirada fija en el espejo retrovisor todo lo que pasaba en la curva. En el maletero el dueño del coche pudo escuchar los disparos secos. 

Extracto de La carretera de la costa, de Kepa Murua.

La mesilla de los difuntos

Para Carles B.

Leonor y Laureana acababan de enterrar a su padre. Era el último vivo que les quedaba entre los seniors de la familia. Cierto que todavía estaba la prima Eduvigis, demenciada y postrada en cama desde hacía ya la intemerata, pero aquello no era vida. Esa tarde Leonor y Laureana regresaron a casa tristonas y sin ganas de cenar. No es que fueran de cenar mucho: un caldito de pollo, tortillita a la francesa, la pieza de fruta y pare usted de contar. Pero ni eso les entraba. Sabían que ahora tendrían que enfrentarse al silencio de los ausentes, que es un silencio intenso, instantáneo y seco como si le das un trancazo a un cerdo que chilla. Allí en el pueblo se hablaba así, a base de comparaciones comprensibles. Sin embargo, ellas eran más de leer, de clasificar cosas, de planchar bien el paño, de preparar buenas mantecadas si hiciera falta. Su espíritu de sacrificio era superior a su capacidad para la ambición. En su cabeza no se dibujaban los retos, sino una difusa y empecinada abnegación hacia sus allegados, amistades y vecindario. Así fue desde siempre: las dos unidas. Las hermanas no discuten, que eso está muy feo. Leonor y Laureana. Ele y Ele, las llamaba el sobrino nieto por parte de su pobre-hermano-Ernesto-que-en-paz-descanse, que se les fue repentinamente de una cosa mala. El nieto de Ernesto-que-en-paz-descanse, Pedro Javier, las llamaba siempre Ele y Ele. Qué guasón. Qué chiquillo.

—A ver qué hacemos ahora con la cama de matrimonio del pobre papá-que-en-paz-descanse —se planteó Laureana, la más prudente.

—¿Qué quieres que hagamos, hermana? Conservarla. Que ahí nacimos nosotras, figúrate. 

Leonor no es que fuera la hermana dominante, pero era la que dictaminaba. De manera que se mudaron a la habitación grande. Grande y bien hermosa. Con una luz mañanera que daba gozo y unos techos altísimos con vigas de madera de América. Y la cama, una preciosidad, en madera de castaño tallada a mano, con repujados en relieve. Conservaban además la pareja de mesillas a juego. La izquierda para guardar los pañuelos y el orinal. La derecha, para las fotos y recordatorios de los difuntos. Allí dentro estaban las estampitas primorosamente catalogadas por orden de parentesco (los familiares de mayor cercanía en una parte y los conocidos en otro montón) y, para mayor control, estaban dispuestas también por fecha de defunción. Sobre la última, la de Ernesto-que-en-paz-descanse, iría la del pobre papá.

—Ay, Leonor… un recordatorio más para guardar en la mesilla —suspiró Laureana—. Qué poca cosa somos. Y colocó la postrera estampita en riguroso orden cronológico.

—Eso, hermana. «La mesilla de los difuntos» le vamos a tener que poner.

Y la mesilla quedó bautizada como si fuera un mueble de IKEA. 

Ángela Mallén, Entretanto, en algún lugar.

 

‘B’, de Alberto Santamaría: un extracto

B, de Alberto Santamaría.

Erik Weisz gustaba de darse a la fuga. Alcanzó la fama con un truco llamado Metamorfosis. Siendo un hombre inocente era capaz de escapar de lo mejor que el sistema penitenciario podía ofrecer: la máxima seguridad. Erik lograba salir de cualquier cosa, y eso le hizo poseedor de un gran número de enemigos dentro del sistema político y judicial, pero en igual medida era capaz de reclutar a un número elevado de seguidores. No era ni un criminal ni un santo, y precisamente por eso, por resistir en esa fina línea roja, logró la fama e hizo de su vida una larga fuga. La huida es el argumento básico, como el deseo, la única posibilidad de seguir siendo humanos. 

Mi enfermedad es esto: un buen truco de magia.

B. es un joven periodista, cargado de nihilismo y con una bala en la rodilla, que es testigo, en una sucesión de idas y vueltas temporales, de un mundo caótico en donde la violencia, el azar y la falta de asideros estables lo envuelven y lo conducen hacia un final abierto.

El autor de la novela es Alberto Santamaría (Torrelavega, 1976), doctor en Filosofía por la Universidad de Salamanca, en donde imparte clases. Es autor de los poemarios ‘El orden del mundo’ (Renacimiento, 2003), ‘El hombre que salió de la tarta’ (DVD, 2004), ‘Notas de verano sobre ficciones de invierno’ (Visor, 2005), Pequeños círculos (DVD, 2009)y el ensayo ‘El poema envenenado. Tentativas de estética y poética’ (Pre-Textos). Ha editado la poesía ultraísta de José de Ciria y Escalante y la novela ‘Logaritmo’, de Antonio Botín Polanco. Con El Desvelo Ediciones ha publicado ‘La vida me sienta mal?, sobre el movimiento romántico en Europa y el ensayo ‘Si fuera posible montar en una bruja’, sobre la obra de Leandro Fernández de Moratín.

B

‘Más cerca que cerca’: amor, filosofía y misticismo de la mano de Jari Ehrnrooth

Más cerca que cerca

Paul e Iman son dos corredores de fondo que se conocen en una pista de atletismo. Desde el primer momento la conexión que surge entre ellos les disturba, va más allá de la colegialidad entre deportistas, son dos seres semejantes. El encuentro de dos almas gemelas que para Paul supone un regalo irrechazable y posee reminiscencias filosóficas, para la profunda religiosidad de Iman significa una traición al juramento de matrimonio que realizó en su día. Y mientras, esa segunda persona que habita en lo más profundo de cada uno suspira por elevarse. Más cerca que cerca es una novela de corte de amor, sin más, abordada por el autor de una manera reflexiva y original, entroncando con el ‘realismo místico’ que le caracteriza. Un ‘samurai’ del sentimiento. 

La ilustración de cubierta es de Pablo Gallo y la traducción de Luisa Gutiérrez Ruiz.

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Las obras literarias de Ehrnrooth combinan el ensayo y la expresión poética. El mismo ha definido su estilo como «realismo místico». Ehrnrooth ha recibido el premio Kalevi Jäntin (1996) de ensayo y el Premio de la Academia de Finlandia por su «importante labor de investigación interdisciplinaria» (2003). ‘Más cerca que cerca’, la historia de una relación amorosa con una gran densidad reflexiva, es su primera novela traducida al español.

jari Ehrnooth
jari Ehrnooth

Una historia de la Nakba palestina en ‘A cielo abierto’

A cielo abierto

Este libro es la historia de Hayat, una joven superviviente de la matanza de Deir Yassin, una pequeña aldea en los alrededores de Jerusalén. Veinte años después, esa niña convertida ya en un testigo, vuelve a hablar del miedo y la memoria y de todo lo que ocurrió. Hayat narra la vida de una niña que descubre el mundo y a la que la tragedia convierte en testigo, en memoria viva de su familia, de sus vecinos y de un pueblo que asistió a la violencia que precedió a la partición de Palestina y la creación del Estado de Israel en 1948, un acontecimiento que el pueblo palestino conoce como la Nakba, la ‘catástrofe’. 

Su autora es Pilar Salamanca y el libro está ilustrado por Virginia Argumosa.

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De ‘inválidos’ a ‘superválidos’: el camino de la superación a través de una tecnología de doble filo

Disjecta membra

Revisión irónica del mundo de los superhéroes, ‘Disjecta membra’, ‘Miembros dispersos’ es un retrato de superación con un reverso tenebroso. Imprevisible. A Amelia Gallagher le mutilan las piernas tras sufrir un accidente de tráfico. Seth Randolph nació con una amputación congénita del brazo izquierdo. Jack Endore se queda ciego a causa de la progresiva degeneración de sus retinas. A ojos de la sociedad son discapacitados, seres humanos inservibles. Pero en sus vidas se cruza el multimillonario Russell Cotard. Y Cotard tiene un plan. Juntos fundarán un grupo de héroes imprevistos que acabarán convirtiéndose en auténticos ídolos de masas: héroes sin capa ni mallas, justicieros que han padecido en sus carnes la injusticia, más que válidos… superválidos. #disjectamembra #albertohontoriamacein

Licenciado en psicología, Hontoria Maceín es un joven autor de ficción científica que publicó su primera novela con El Desvelo Ediciones: ‘Disjecta membra’. Después le seguirían ‘Euforia colectiva’ y ‘Juntos suspensivos’.

Alberto Hontoria
Alberto Hontoria
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