Etiqueta: El Legado del Barón

La mesilla de los difuntos

Para Carles B.

Leonor y Laureana acababan de enterrar a su padre. Era el último vivo que les quedaba entre los seniors de la familia. Cierto que todavía estaba la prima Eduvigis, demenciada y postrada en cama desde hacía ya la intemerata, pero aquello no era vida. Esa tarde Leonor y Laureana regresaron a casa tristonas y sin ganas de cenar. No es que fueran de cenar mucho: un caldito de pollo, tortillita a la francesa, la pieza de fruta y pare usted de contar. Pero ni eso les entraba. Sabían que ahora tendrían que enfrentarse al silencio de los ausentes, que es un silencio intenso, instantáneo y seco como si le das un trancazo a un cerdo que chilla. Allí en el pueblo se hablaba así, a base de comparaciones comprensibles. Sin embargo, ellas eran más de leer, de clasificar cosas, de planchar bien el paño, de preparar buenas mantecadas si hiciera falta. Su espíritu de sacrificio era superior a su capacidad para la ambición. En su cabeza no se dibujaban los retos, sino una difusa y empecinada abnegación hacia sus allegados, amistades y vecindario. Así fue desde siempre: las dos unidas. Las hermanas no discuten, que eso está muy feo. Leonor y Laureana. Ele y Ele, las llamaba el sobrino nieto por parte de su pobre-hermano-Ernesto-que-en-paz-descanse, que se les fue repentinamente de una cosa mala. El nieto de Ernesto-que-en-paz-descanse, Pedro Javier, las llamaba siempre Ele y Ele. Qué guasón. Qué chiquillo.

—A ver qué hacemos ahora con la cama de matrimonio del pobre papá-que-en-paz-descanse —se planteó Laureana, la más prudente.

—¿Qué quieres que hagamos, hermana? Conservarla. Que ahí nacimos nosotras, figúrate. 

Leonor no es que fuera la hermana dominante, pero era la que dictaminaba. De manera que se mudaron a la habitación grande. Grande y bien hermosa. Con una luz mañanera que daba gozo y unos techos altísimos con vigas de madera de América. Y la cama, una preciosidad, en madera de castaño tallada a mano, con repujados en relieve. Conservaban además la pareja de mesillas a juego. La izquierda para guardar los pañuelos y el orinal. La derecha, para las fotos y recordatorios de los difuntos. Allí dentro estaban las estampitas primorosamente catalogadas por orden de parentesco (los familiares de mayor cercanía en una parte y los conocidos en otro montón) y, para mayor control, estaban dispuestas también por fecha de defunción. Sobre la última, la de Ernesto-que-en-paz-descanse, iría la del pobre papá.

—Ay, Leonor… un recordatorio más para guardar en la mesilla —suspiró Laureana—. Qué poca cosa somos. Y colocó la postrera estampita en riguroso orden cronológico.

—Eso, hermana. «La mesilla de los difuntos» le vamos a tener que poner.

Y la mesilla quedó bautizada como si fuera un mueble de IKEA. 

Ángela Mallén, Entretanto, en algún lugar.

 

‘B’, de Alberto Santamaría: un extracto

B, de Alberto Santamaría.

Erik Weisz gustaba de darse a la fuga. Alcanzó la fama con un truco llamado Metamorfosis. Siendo un hombre inocente era capaz de escapar de lo mejor que el sistema penitenciario podía ofrecer: la máxima seguridad. Erik lograba salir de cualquier cosa, y eso le hizo poseedor de un gran número de enemigos dentro del sistema político y judicial, pero en igual medida era capaz de reclutar a un número elevado de seguidores. No era ni un criminal ni un santo, y precisamente por eso, por resistir en esa fina línea roja, logró la fama e hizo de su vida una larga fuga. La huida es el argumento básico, como el deseo, la única posibilidad de seguir siendo humanos. 

Mi enfermedad es esto: un buen truco de magia.

B. es un joven periodista, cargado de nihilismo y con una bala en la rodilla, que es testigo, en una sucesión de idas y vueltas temporales, de un mundo caótico en donde la violencia, el azar y la falta de asideros estables lo envuelven y lo conducen hacia un final abierto.

El autor de la novela es Alberto Santamaría (Torrelavega, 1976), doctor en Filosofía por la Universidad de Salamanca, en donde imparte clases. Es autor de los poemarios ‘El orden del mundo’ (Renacimiento, 2003), ‘El hombre que salió de la tarta’ (DVD, 2004), ‘Notas de verano sobre ficciones de invierno’ (Visor, 2005), Pequeños círculos (DVD, 2009)y el ensayo ‘El poema envenenado. Tentativas de estética y poética’ (Pre-Textos). Ha editado la poesía ultraísta de José de Ciria y Escalante y la novela ‘Logaritmo’, de Antonio Botín Polanco. Con El Desvelo Ediciones ha publicado ‘La vida me sienta mal?, sobre el movimiento romántico en Europa y el ensayo ‘Si fuera posible montar en una bruja’, sobre la obra de Leandro Fernández de Moratín.

B

‘Más cerca que cerca’: amor, filosofía y misticismo de la mano de Jari Ehrnrooth

Más cerca que cerca

Paul e Iman son dos corredores de fondo que se conocen en una pista de atletismo. Desde el primer momento la conexión que surge entre ellos les disturba, va más allá de la colegialidad entre deportistas, son dos seres semejantes. El encuentro de dos almas gemelas que para Paul supone un regalo irrechazable y posee reminiscencias filosóficas, para la profunda religiosidad de Iman significa una traición al juramento de matrimonio que realizó en su día. Y mientras, esa segunda persona que habita en lo más profundo de cada uno suspira por elevarse. Más cerca que cerca es una novela de corte de amor, sin más, abordada por el autor de una manera reflexiva y original, entroncando con el ‘realismo místico’ que le caracteriza. Un ‘samurai’ del sentimiento. 

La ilustración de cubierta es de Pablo Gallo y la traducción de Luisa Gutiérrez Ruiz.

#jariehrnrooth #marcercaquecerca #finalndia #pablogallo #novela #ellegadodelbaron

Las obras literarias de Ehrnrooth combinan el ensayo y la expresión poética. El mismo ha definido su estilo como «realismo místico». Ehrnrooth ha recibido el premio Kalevi Jäntin (1996) de ensayo y el Premio de la Academia de Finlandia por su «importante labor de investigación interdisciplinaria» (2003). ‘Más cerca que cerca’, la historia de una relación amorosa con una gran densidad reflexiva, es su primera novela traducida al español.

jari Ehrnooth
jari Ehrnooth

Una historia de la Nakba palestina en ‘A cielo abierto’

A cielo abierto

Este libro es la historia de Hayat, una joven superviviente de la matanza de Deir Yassin, una pequeña aldea en los alrededores de Jerusalén. Veinte años después, esa niña convertida ya en un testigo, vuelve a hablar del miedo y la memoria y de todo lo que ocurrió. Hayat narra la vida de una niña que descubre el mundo y a la que la tragedia convierte en testigo, en memoria viva de su familia, de sus vecinos y de un pueblo que asistió a la violencia que precedió a la partición de Palestina y la creación del Estado de Israel en 1948, un acontecimiento que el pueblo palestino conoce como la Nakba, la ‘catástrofe’. 

Su autora es Pilar Salamanca y el libro está ilustrado por Virginia Argumosa.

#acieloabierto #pilarsalamanca #virginia argumosa #novel #novela #books #libros #escritor #casadellibro #elcorteingles #fnac #eldesvelo #publisher #instagood #words #quotes #bookstagram #top_bookstagram #bookworm #reading #libreria #bookstore #follow #like

De ‘inválidos’ a ‘superválidos’: el camino de la superación a través de una tecnología de doble filo

Disjecta membra

Revisión irónica del mundo de los superhéroes, ‘Disjecta membra’, ‘Miembros dispersos’ es un retrato de superación con un reverso tenebroso. Imprevisible. A Amelia Gallagher le mutilan las piernas tras sufrir un accidente de tráfico. Seth Randolph nació con una amputación congénita del brazo izquierdo. Jack Endore se queda ciego a causa de la progresiva degeneración de sus retinas. A ojos de la sociedad son discapacitados, seres humanos inservibles. Pero en sus vidas se cruza el multimillonario Russell Cotard. Y Cotard tiene un plan. Juntos fundarán un grupo de héroes imprevistos que acabarán convirtiéndose en auténticos ídolos de masas: héroes sin capa ni mallas, justicieros que han padecido en sus carnes la injusticia, más que válidos… superválidos. #disjectamembra #albertohontoriamacein

Licenciado en psicología, Hontoria Maceín es un joven autor de ficción científica que publicó su primera novela con El Desvelo Ediciones: ‘Disjecta membra’. Después le seguirían ‘Euforia colectiva’ y ‘Juntos suspensivos’.

Alberto Hontoria
Alberto Hontoria

Microbios, tecnología y una pesadilla en toda regla: ‘Euforia colectiva’

Euforia colectiva

Ahora que las pandemias ocupan el centro de nuestras vidas, no está de más traer a colación la literatura de ficción científica que siempre han tenido una fijación distópica por la mala convivencia entre microorganismos y humanos. Hace años publicamos ‘Euforia colectiva’, de Alberto Hontoria Maceín, una novela en que la intriga acerca de los efectos de un descubrimiento de la microbiología se suma los del uso de la tecnología. Una doble distopía por el precio de una.

Durante un análisis de rutina en el laboratorio, la microbióloga Charlotte Cornell descubre un microorganismo que transforma las hortalizas de un modo extraordinario. Los vegetales serán examinados en un invernadero para sondear sus renovadas propiedades y acabarán siendo utilizados en una granja como alimento experimental de ganado vacuno. La cadena de propagación del microbio no se detendrá ahí: un grupo de autoridades barajará la posibilidad de destinar a consumo humano la carne de las vacas. Los resultados del hallazgo podrían cambiar el mundo. Sin embargo, el ingeniero informático australiano Kane Sonnen diseñará una aplicación para dispositivos móviles que podría alterar para siempre el curso de la humanidad en un sentido aterradoramente distinto. #euforiacolectiva #albertohontoriamacein

Todo el que desea es un devorador íntimo

El devorador íntimo

Gaby Delsart, un artista de performance, crea «realidades a partir de verdades falsas”. Gaby sabe que lo excepcional está en los extremos y quien va en su busca siempre acaba solo. Al llevar, en esa búsqueda, sus experimentos al límite pretende alterar e incluso manejar el destino. Entonces bien se podría decir que “El devorador íntimo” es una obra acerca del destino. Pero la historia es una constante pregunta sobre los límites del amor y los misterios de la seducción y el rechazo. ¿Estaría de acuerdo Jorge, el tercero de los amigos, con esas opiniones? Un descreído como él se reiría de cualquier explicación trascendente de esta historia, orgulloso de su opinión, hablaría de su paso por ella, sencillamente como una oportunidad para saldar cuentas pendientes. Raquel, al aparecer en sus vidas, nos podría, sin ella saberlo, iluminar la respuesta al vivir la historia a través de la amistad, el amor o el deseo. “El devorador íntimo” es, en gran medida y desde su mismo título, una reflexión acerca de los deseos de toda clase, de lo sencillo que es tenerlos y lo difícil de satisfacer que resultan.

Eduardo Gruber

Eduardo Gruber es uno de los artistas plásticos más importantes de España. Nace en Santander el 6 de abril de 1949. Su novela ‘El devorador íntimo’ es su primera incursión en el campo narrativo, una faceta desconocida por el gran público y en especial por los seguidores de su obra.

Toda novela es un salto al vacío y esta lo es mucho más: ‘No soy el primero ni el último que salta desde un séptimo piso’

No soy el primero ni el último que salta desde un séptimo piso

Este es un libro desopilante, tan maravillosamente excesivo como largo es su título, un ejercicio en el que el autor no tiene contemplaciones consigo mismo ni complacencias. 

#nosoyoelprimeronielultimoquesaltadesdeunseptimopiso, de #manueldelbarriodonaire fue todo un descubrimiento. Manuel teme a la muerte, pero a la vida también. Obsesivo, hipocondríaco y con tendencia a la depresión, escribe todos sus recuerdos por recomendación de su psiquiatra. Habla de sus padres, de sus novias, de sus dermatitis, de aquellos puntitos rojos que le salieron en el surco balanoprepucial. Si quiere recuperar la cordura y no acabar tirándose al vacío, deberá adentrarse en su mente para sanarla.

Manuel del Barrio Donaire

Manuel del Barrio Donaire (Úbeda, 1977) es alto, moreno, lee libros de autoayuda y va al psiquiatra. Le gusta escribir y dibujar. Como escritor ha publicado los poemarios Autopoético, Alguien que sea yo, Un ojo izquierdo llamado Danilo T. Brown, Cirugía para quiste del epidídimo y ¿Por qué hay un plato que gira dentro del microondas? Como dibujante ha ilustrado el libro de poemas Ko’ox Tuluum. Puedes verle y leerle en su cuenta de Instagram @manuel_del_barrio.

‘La carretera de la costa’: Confesiones de una hija

La génesis de #lacarreteradelacosta llevó a descartar unos fragmentos finales de la obra de #kepamurua, que ahora recogemos en nuestro blog por su especial interés. En el que lleva por epígrafe ‘Confesiones de una hija’ se lee el testimonio dramatizado por el autor de la hija de Ceferino Peña, aquel a que ETA mató ‘por error’ y que es el protagonista elidido de la obra, junto con la propia violencia de los Años de Plomo y una carretera entre Zarauz y Guetaria que contiene tanta belleza como tragedia.

«Mi padre trabajaba la familia y cuando lo mataron quedamos solas mi madre y yo; yo, con muy pocos años. La ama me contó que durante un tiempo me quedé callada. Nunca he querido hablar de ello, pero tampoco he querido perder la alegría ni dejar que la rabia nos comiera por dentro. Mi padre nos enseñó que las personas deben prescindir del odio para superar cualquier dolor en la vida y ser felices algún día. Al principio, con toda la pena del mundo encima, no quisimos movernos de Arrona, de la parte de abajo, en la que él estaba presente. Unos años más tarde nos mudamos a Zarautz, donde hacemos una vida normal y la gente no sabe nada de lo que vivimos en el pasado. Pero desde que hace un año el pueblo de Arrona saldó la deuda que tenía con el aita estamos más tranquilas. Después de treinta y seis años, hoy es el día que junto a su amigo Joxe Mari Korta –son las casualidades que se dan con los nombres de este pueblo–, que fue asesinado con una bomba que le explotó al otro lado de la ría, por Bedua, se le recuerda con un monolito en el Rincón de la Memoria. Vivíamos en un pueblo donde nos conocíamos todos, pero que también tiene su historia. En ese rincón, un jardín con flores que cobija un árbol grande, se recuerda a los presos republicanos que tras la Guerra Civil estuvieron en un batallón de trabajadores que se ubicó en una casa cercana. Arrona, aunque es un barrio de Zestoa, tiene vida propia. Y eso era lo que mi padre tenía, mucha vida, hasta que murió con cuarenta años, muy joven; yo misma cumplí ya esos años. De niña no entendía lo que nos había pasado. Cuando fui haciéndome mayor, con cada asesinato que escuchaba en la televisión u oíamos en la radio, volvían las pesadillas. Cosas así no debían de ocurrirle a nadie. Nos tocó a nosotras: si me voy para atrás en el tiempo, puedo recordar el ruido, como si fueran unos petardos, una ráfaga de aire con un extraño olor que entró de golpe en la carrocería, y un hombre, que me pareció muy alto, que no dejaba de mirarme y que intentaba guardar una pistola bajo el brazo. Creo que no sentí miedo, lo que sentí fue algo inexplicable, una pena inmensa que no sabría cómo. Sé que podría mirar a otro lado, alguna vez he pensado que lo hice; y también he llegado a dudar de si nuestra conducta fue la apropiada. Pero si no viviera en el presente y no mirara para adelante, sé también que lo estaríamos traicionando. Quedarme en el odio no es lo que me hubiera enseñado mi padre: nunca lo hice, ni siquiera cuando volvía a Arrona y pasaba por la carrocería en la que trabajaba. En cuanto a la historia que nos ha tocado, pienso que la paz es un bien sagrado que pertenece a todos. Es lo que les digo a mis alumnos cuando doy clase; ellos no saben quién fue mi padre, pero me gustaría que vivieran sin resentimientos. Es una lección que me costó aprender: todos los días se ha de vivir sin odio. Superar la rabia nos permitió olvidarnos de la tristeza de una madre y de una hija que saben, aunque no lo puedan creer del todo, especialmente los primeros días, que el hombre de la casa, el marido, el padre, no volverá a tocar el timbre ni abrir la puerta con su llave. Para que no vuelva a ocurrir, todos debemos seguir por un camino parecido. Solo que cada dieciséis de mayo su recuerdo vuelve con la misma intensidad que al principio; antes celebrábamos los actos en familia, en la intimidad, pero hoy es el día en que estamos satisfechas de que su historia sea conocida por los vecinos. Arrona es un pueblo tranquilo, no tiene la playa de Zarautz, pero el verde del monte se mete en las calles, toca las casas, y la gente se conoce desde hace mucho tiempo. Al principio mi madre pensó que irnos era traicionar su memoria y volver a matarlo de otra forma, pero pasado un tiempo, cuando ella se sintió sola y sin fuerzas para pasear por los lugares donde había sido feliz con su marido, decidió que lo mejor era que nos fuéramos a otro lugar, donde no nos conociera nadie, para que yo pudiera empezar de cero. Mi madre dice que solo tenía ojos para mí y que era un buen hombre, cariñoso, muy trabajador, sano, honesto, amigo de sus amigos, amante de la montaña. Le gustaba recoger setas, tomarse un vino con alguno de sus vecinos, bailar con ella en las fiestas, y si no estaba silbando, ella me decía que podías oírle cantar a menudo. Para cada cliente que cruzaba la puerta del taller tenía una sonrisa y una palabra de ánimo en sus labios para aquel que lo necesitara. Con cada fotografía suya que me mostraba, cuando las lágrimas no le saltaban por la cara, salían los recuerdos más hermosos. Mi madre insiste que no hay una en la que se le vea enfadado. Me gusta su nombre, para nosotros es parte de la familia, Ceferino. Fue mi padre quien eligió el mío. Por si no lo dije, me llamo Kristina, Kristina Peña, y estoy orgullosa de ser su hija. Me quiso por encima de todo y aunque ha pasado tiempo desde que se nos fue, para mí fue y sigue siendo mi padre. El dolor sentido nos volvió tristes, pero también nos hizo fuertes. Durante años estuvimos calladas, hablábamos solo entre nosotras, y a menudo, durante mucho tiempo, ni siquiera eso. Hoy lo hacemos con más libertad. Como a él, me gusta la música, y cuando canto soy feliz porque siento que no lo olvido. No le pude conocer como me hubiera gustado; esa podría ser una de las razones que me han llevado a negarme a hablar de lo sucedido. Solo tenía tres años cuando me fijé en los ojos de aquel hombre que lo mató. Dijeron que fue un error, pero nunca he querido saber lo que pensaba su asesino. Lo que sí me pregunto es si él me oye cuando toco la trikitixa1 por ejemplo. O si su muerte, como la de tantos otros, tiene una razón invisible en esta historia que es nuestra vida tantas veces en silencio. Cuando el recuerdo se hace intenso, vuelvo a Arrona, y me pierdo por algún lugar que sé que le gustaba especialmente. Lo hago andando, despacio, sin prisa. En coche, por la carretera de la costa, se tarda una media hora en llegar hasta allí. El regreso suelo hacerlo por el mismo camino. Evito pasar por Meagas, nunca voy más allá de Zumaya, nunca hasta Deba, no sé por qué, pero ese trayecto me da un poco de miedo. A él le gustaba conducir, probaba la puesta a punto de los coches que debía entregar a sus clientes por esa carretera. Decía que, con el mar a su lado, era la más bonita del mundo.«

Paco Taboada lee un fragmento de ‘Gerónimo de los paracaidistas’

Gerónimo de los paracaidistas

El autor de ‘Gerónimo de los paracaidistas’, Francisco Taboada, presenta este libro de relatos y lee un fragmento.
Un niño maltratado huye de su padre utilizando métodos detectivescos. Dos hermanos albañiles pierden su empresa en un ambiente de corrupción urbanística rural. Un grupo de mujeres de la élite de una pequeña ciudad se enfrenta a un depredador sexual. Un guitarrista de rock sufre una epifanía en mitad de un concierto desastroso. Un poeta politoxicómano encuentra por casualidad la droga total y definitiva…

A %d blogueros les gusta esto: