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¿Cuál es el secreto de Olivier?

Olivier o el secreto, de Claire de Duras.

«Esta obra, que fue escrita en 1823 en su versión definitiva, ha protagonizado una peripecia única en los anales literarios. Pese a haber permanecido inédita durante un siglo y medio, su asunto –el secreto de un hombre que rechaza a la mujer a la que ama y por la que es amado intensamente– motivó e influenció a los escritores de su tiempo más allá de lo que cabría imaginar. El propio Stendhal se inspiró en el argumento de Olivier (no había alusión alguna al secreto en el título original) para construir su primera novela, Armance ou quelques scènes d’un salon de Paris en 1827, considerada por André Gide como la mejor del autor. Henri Beyle pretendía titularla del mismo modo que su autora, pero Prosper Merimée le convenció de no hacerlo. Habría sido el segundo robo de título y argumento con Claire de Duras como víctima.

El primer robo –en realidad falsificación– se produjo en 1826, cuando el escritor Henri de Latouche procedió a editar anónimamente una novela titulada Olivier de tal modo que pareciese la obra de la duquesa de Duras, de la que se hablaba desde hacía tiempo en los mentideros literarios de París, tras haber sido leída a los frecuentadores de confianza de su selecto salón. La superchería de Latouche no tardó en ser denunciada y su autor hubo de sumar nuevas mentiras a la inicial, al negar su paternidad pero afirmar al mismo tiempo que conocía al autor y que de ninguna manera era la duquesa de Duras. El de Latouche sería el texto en el que se inspiró Stendhal y que propició otras secuelas, que tienen como autores, entre otros, a Astolphe de Custine y a Honoré de Balzac.

Parece evidente que madame de Duras no tenía el propósito de publicar su espinoso Olivier, pero si lo hubiera tenido los acontecimientos que siguieron a la filtración parcial y aparentemente inexacta de su contenido se lo habrían desaconsejado. Cabe preguntarse por qué existía tanta expectación y tanto interés por la obra de una aristócrata que había decidido escribir y publicar tardíamente, en mitad de la cuarentena. La respuesta puede tener dos vertientes; la primera es estrictamente literaria: el éxito alcanzado por sus dos primeras obras editadas, Ourika y Edouard –especialmente la primera– , no sólo en Francia sino en toda Europa, que fue comparado en su día con el logrado por Alessandro Manzoni con Los novios (I promessi sposi). Ello fue en cierta medida motivo de envidia y resquemor para algunos escritores, molestos por la competencia de una aristócrata supuestamente ociosa.

La segunda razón, tal vez más importante, es de carácter político. La duquesa de Duras era la esposa de Amédée-Bretagne-Malo de Durfort, 6º duque de Duras, primer gentilhombre del Rey y Par de Francia. Durfort era hombre de confianza de Luis XVIII y más tarde lo fue de Carlos X. Corrían tiempos convulsos en Francia, donde la Restauración borbónica no provocaba excesivas simpatías, dada su probada inclinación al absolutismo. No sólo existe una oposición republicana, sino también nostálgicos de Napoleón, muchos de ellos cesantes en sus puestos a causa de la Restauración y, lo que es peor, desunión y confrontación entre los propios monárquicos, divididos entre los calificados como ultras y los liberales o moderados. Claire de Duras se identificaba con estos últimos. Candidatos a la malquerencia y a la insidia –por razones literarias o políticas, o por ambas– no faltaban. 

Claire de Duras o Kersaint.

En cualquier caso, no se puede decir que Claire de Kersaint (ese era su nombre de soltera) tuviera una existencia apacible ni feliz, acorde con su privilegiada posición. Nacida en febrero de 1777 en la ciudad bretona de Brest, hija del conde de Kersaint, vicealmirante de la Armada francesa, asistió con doce años al nacimiento de la Revolución y con dieciséis sufrió la muerte de su padre –diputado girondino, liberal, guillotinado por oponerse a la ejecución del Rey–, así como la confiscación de los bienes familiares. 

En Abril de 1794, Claire, hija única, inicia junto a su madre, enferma y perturbada, un exilio que se extenderá por dos continentes. Viajan en primer lugar a Filadelfia, para trasladarse a continuación a Martinica, donde la joven Claire demuestra prematuramente su determinación y energía en la tarea de recuperar, con éxito casi total, la importante herencia materna. Suiza, donde se reunirán con Madame de Staël, será la escala siguiente. Finalmente, en 1795, se instalan en Londres, donde se concentra gran parte del exilio aristocrático francés huido de la Revolución.

Durante cuatro años la futura duquesa estudiará inglés, italiano y latín, lenguas cuyos frutos literarios influirán poderosamente en el ejercicio de su tardía vocación de escritora. Inglaterra no sólo seduce a Claire por sus paisajes, sino también por el carácter de sus gentes y su monarquía parlamentaria. Algunos pasajes de Olivier o el secreto dan buena prueba de ello. Se relaciona asiduamente con la aristocracia exiliada, participando en sus salones, y conoce al futuro duque de Duras, con el que se casa en 1797. Como siempre entre la vieja aristocracia, se trata de un matrimonio de conveniencia, especialmente por parte de él, arruinado por la Revolución. No así por parte de ella, que espera y desea amor, y se verá defraudada por la frialdad e indiferencia de su cónyuge, que no silencia el fastidio que le causan las exigencias y la hipersensibilidad de su esposa. No obstante, Claire dará a luz sendas hijas, Félicie y Clara, en los dos años siguientes al casamiento.

Mientras tanto, en Francia la situación política evoluciona, de modo lento y accidentado, en un sentido favorable al retorno de los aristócratas exiliados, que no de la Monarquía. A la época del Terror, que le costó la vida al Rey y a un considerable número de aristócratas, le sucede la fundación de la Primera República (1795-1799), en la que la Asamblea pierde el poder ejecutivo que se había otorgado a sí misma y lo delega en un Directorio integrado por cinco personas. Los sucesivos directorios intentan favorecer el apaciguamiento político-social, pero la situación de crisis económica imperante sólo tiene el contrapunto positivo de las victorias militares y estas favorecen las ambiciones de su principal protagonista, Napoleón Bonaparte, quien el 18 brumario (9 de noviembre) de 1799 perpetra un golpe de estado que da nacimiento al Consulado. Apenas cinco años más tarde, el brillante militar corso pone fin a la Primera República y se declara emperador, para pasmo de muchos y contento de no pocos.

Chateaubriand.

En 1807 los duques de Duras (Amédée heredó el título al morir su padre en 1800) adquieren el fantástico castillo de Ussé (Indre-Loire) y en 1808 abandonan Inglaterra y se deciden a habitarlo discretamente, en una virtual situación de retiro, pues el emperador desconfiaba de los viejos monárquicos y los había borrado del mapa político, al igual que a los republicanos. El castillo se convierte pronto en centro de peregrinación de los monárquicos y uno de sus primeros visitantes es el vizconde de Chateaubriand, ya entonces prestigioso escritor y fuertemente inclinado a la actividad política. La talla intelectual y moral que Claire ve en el autor de Atala convertirá a este en el objeto de un amor apasionado y absorbente, aunque no carnal, y la influencia política de la duquesa potenciará la carrera del vizconde.

Romanticismo

Al igual que sus personajes, Claire de Duras tiene rasgos de heroína romántica. Como ellas, es vehemente y sensible, pero además consciente de las dramáticas circunstancias de un tiempo tempestuoso y contradictorio, en el que, pese a la influencia racionalista y libertaria de la Ilustración, la sociedad seguía fuertemente dividida por motivos de clase, sexo y raza, y la democracia era en realidad una ausencia. Aunque está comúnmente aceptado que el romanticismo francés se inicia en torno a 1830,* la influencia de este movimiento a través de Alemania e Inglaterra se ha dejado sentir ya desde principios del siglo XIX, especialmente entre los exiliados en esos países. El propio Chateaubriand (1768-1848) es considerado un prerromántico y Rousseau (1712-1768), un precursor, cuya obra, apasionada y lírica, influye poderosamente en el romanticismo francés.

Ciertamente, el estilo e incluso la temática –no así el fondo– de las obras de Claire de Kersaint se parecen más a los característicos del Ancien Régime que a los que que eclosionarán en 1830, en coincidencia significativa con la Revolución que conduce a la Monarquía de Julio. Desde el punto de vista literario, tanto el periodo de Revolución-República (1789-1799) como el de Consulado-Imperio napoleónico (1799-1814) son casi estériles. La excepción está personificada por Chateaubriand, desde Francia pero bajo la influencia del romanticismo británico, y Mme. de Staël, desde su exilio en Alemania –forzado por Napoleón–, entusiasta de lo que allí se escribe. Ambos son amigos íntimos de Mme. de Duras y los tres participan del espíritu liberal, que quiere para Francia una Monarquía parlamentaria, alejada de los excesos absolutistas, y la consolidación de unos derechos fundados en la libertad.

Curiosamente, mientras Claire de Kersaint perfila sus tres únicas novelas, el romanticismo francés apunta ya en la poesía, con los acentos sinceros y apasionados de amor y de melancolía que caracterizan la obra de la duquesa, como en las Meditaciones, de Lamartine (1820), y aires novedosos, aunque aún bastante clásicos, en la Odas de Victor Hugo (1822), quien a sus veinte años aborda ya algunos de los temas que serán el leitmotiv de la obra futura del gigante romántico. El romanticismo en Francia está desde el principio cargado de política, de demandas de libertad, no sólo para el arte, sino también para la vida. Es la expresión artística y vital de una clase media pujante. La duquesa de Duras, en tanto que aristócrata, al igual que Chateaubriand, está excluida, pero seguramente suscribiría muchos de sus principios, si no todos, si fuera invitada a hacerlo, ya que su obra –como su vida–, comparte lo esencial de ellos. Su supuesto mentor, sin embargo, puede escribir, sin complejos ni pudor, en sus memorias: “En mí comenzaba, con la escuela llamada romántica, una revolución en la literatura francesa”. Privilegio de su longevidad.

La Restauración

Cuando finalmente, en 1814, se restaura la monarquía en la persona de Luis XVIII no sólo se constata la imposibilidad de poner fin al absolutismo a causa de la inflexibilidad del Rey, sino que esa situación da alas a Napoleón para que regrese, cosa que hace sin llegar a cumplir un año de exilio en la isla de Elba. La conmoción es extraordinaria. En apenas veinte días desde su desembarco en Golfe Juan el emperador retoma el poder y afronta a sus enemigos, mientras el rey huye a Gante (Bélgica). El sobresalto durará apenas cien días, hasta la derrota de Waterloo, pero basta para dar una idea de la sensación de inestabilidad que viven los franceses, que soportarán cuatro años bajo ocupación extranjera y sufrirán la pérdida de nuevos territorios, mientras se desata una cruel persecución de los bonapartistas por parte de los ultras, periodo que fue conocido como el terror blanco. En contrapartida, Luis XVIII se ve forzado a ceder en su absolutismo y los liberales y moderados se imponen a los ultras, al menos durante unos años, pues el celo absolutista no cejará en su empeño de volver al Ancien Régime con todas sus consecuencias.

Por convicción, carácter y posición, Claire no podía permanecer ajena a la casi permanente tensión y conflictividad en su país, de las que poseía una información privilegiada y puntual a través de su propio salón. Aunque este es calificado generalmente como literario, su carácter predominante era político. La nómina de sus asiduos incluye, como muestra, a los siguientes personajes: François Arago (astrónomo, físico y varias veces ministro), Adrian de Montmorency (militar y diplomático), Talleyrand (político de larga trayectoria, que jugó un importante papel durante todos los regímenes), Armand du Plessis, duque de Richelieu (militar y político que ejerció como jefe del Gobierno y ministro de Exteriores), Joseph de Villèle (primer ministro entre 1821 y 1828), Benjamin Constant (político eminentemente posibilista, también considerado oportunista por sus detractores), y Charles de Rémusat (político y filósofo).

Incluso entre los cuatro escritores más destacados que suelen ser citados como asistentes al salón de Madame de Duras, dos, Chateaubriand y Lamartine, tienen vocación política y, en su momento, un protagonismo nada desdeñable. Balzac, demasiado atareado con su ciclópea creación y por la urgencia de pagar sus abultadas deudas, es ajeno, aunque no indiferente a esa actividad. Madame de Stäel, por otra parte, es, por su condición de mujer y su enorme talento e influencia, poco homologable con los varones mencionados, al igual que la propia Claire de Duras. Por lo demás, cabe resaltar dos presencias muy relevantes en el campo de las ciencias: el alemán Humboldt, geógrafo, explorador y naturalista, y el anatomista y paleontólogo Georges Cuvier, famoso por su polémica con el protoevolucionista Lamarck y por sostener con vehemencia la inferioridad de la raza negra.

Olivier y el secreto
Ilustración de cubierta: Javier Jubera.

El elemento común del salón de Mme. De Duras, si alguno existió, además del estricto interés personal, fue la coincidencia en el apoyo a la idea de una monarquía parlamentaria frente al absolutismo y el republicanismo. Eso no impidió que algunos de los políticos mencionados mostrasen, para decepción de su anfitriona, una sorprendente ductilidad, que les permitió navegar con provecho bajo los vientos más diversos. Para Claire de Duras, el ideal liberal que había defendido su padre era irrenunciable y lo mantuvo siempre. Sin embargo, aunque la política –o mejor, la ideología– subyace en sus principales obras, su único escrito de carácter político se debe a una modesta tarea de amanuense: apenas 50 páginas dedicadas al pensamiento del rey sol,* paradójico empeño, dado que Luis XIV fue el absolutismo en persona.

‘Superior’ y desgraciada

Claire de Kersaint no fue, desde ningún punto de vista, una mujer –ni una aristócrata– convencional de su tiempo. La conjunción de discernimiento y de pasión en difícil equilibrio, su toma precoz de responsabilidades, y la ineludible y vitalicia asunción de incertidumbres produjeron un ser excepcional, cuya vida y obra, sin pretenderlo, reflejan el espíritu y también los demonios de un tiempo crucial para Francia, Europa y la cultura occidental. Intentar interpretarla y comprenderla sólo a través de las escasas obras que escribió no produciría más que un retrato incompleto –o mejor, mutilado– de una mujer que, en lo esencial y más cierto de sí misma, se gobernó por el sentimiento. Una frase deslizada en su nutrida correspondencia con su gran amiga Rosalie, prima de su contertulio Benjamin de Constant, define su carácter más de lo que lo haría cualquier otro apunte, propio o ajeno: “se conoce mejor a alguno por los sentimientos que inspira, casi, que por sí mismo”.

El imperio del sentimiento se limita, sin embargo, generalmente a su fuero interno y al territorio sagrado de los afectos personales. Mientras, su vida social está caracterizada por la afabilidad, la generosidad y la tolerancia, ingredientes muy útiles y oportunos cuando se rige el que fue en su día el principal salón de París. La corazonada, no obstante, fue para ella, durante casi toda su vida, una especie de instrumento de conocimiento. Cuando alguien conquistaba su afecto no sólo se entregaba de una manera incondicional, sino también con un punto emocional imprudente e ingenuo: desnudaba su corazón sin prevenciones ni reservas. En una carta no exenta de cierta crueldad, su amiga la marquesa de La Tour du Pin intenta corregirla: “He ahí cómo su corazón se confía a quienes no son dignos de usted, que usted muestra completamente su corazón a quienes esconden cuidadosamente el suyo o no le muestran más que lo que a usted le gusta encontrar, y hacen como esos comerciantes que conocen el gusto de sus clientes y no despliegan más que los tejidos que les agradan”.

El desequilibrio entre lo dado y lo recibido marcará toda la vida de la duquesa, más allá de la desafección ya comentada del duque, quien se casará un año después de la muerte de esta y no se privará de comentar, con una sonrisa, que finalmente era un alivio desposar a una mujer dotada con menos talento que él. La relación afectiva-amistosa con Chateaubriand constituyó una considerable fuente de decepción y lo mismo le ocurrió con su hija Felicie, su predilecta, que contrajo matrimonio con un ultra. Claire había puesto un especial empeño y cuidado en educar a sus hijas, desde muy pequeñas, en sus propios conocimientos y valores y aquella defección colmó su sensación de fracaso. “Yo no sé –escribió– para qué he nacido, pero no es para la vida que llevo. No recibo del mundo más que lo que no es él, cuando vuelvo sobre mí no concibo lo que hago aquí, hasta tal punto me siento extranjera”. Sin duda fue esa experiencia del propio extrañamiento respecto a su entorno lo que la condujo a escribir sus tres únicas novelas con el nexo común de lo que en nuestros días se denomina la alteridad, asunto en el que fue precursora y que es la causa fundamental de su posterior rescate del catálogo generalmente banalizador de las obras sobre amores imposibles.

El amor sin sexo, pero apasionado, exigente y absorbente que la duquesa sentía por el seductor y trepador Chateaubriand pasó con frecuencia de la devoción inicial a la crítica sin ambages. Ambos se trataban en sus cartas como “querido hermano” y “querida hermana”, pero ello no evitó que Claire llegase a calificarle como “tiránico niño mimado” ni que él, en respuesta a sus exigencias y objeciones, declarase estar harto de sus “gruñidos” e incluso sugiriese que “chocheaba”. Veamos lo que escribe la duquesa a su crecientemente elusivo “hermano”: “Cuando siento tanta sinceridad, tanta abnegación en mi corazón por usted, que pienso que desde hace quince años prefiero lo que es usted a lo que soy yo, que sus intereses y sus asuntos prevalecen sobre los míos, y eso muy naturalmente, sin que yo tenga el menor mérito, y pienso que usted no haría el más ligero sacrificio por mí, me indigno contra mí misma por mi locura”. 

Lo cierto es que el “niño mimado”, idolatrado por las mujeres de la época, no sólo está muy ocupado con su actividad política, sino que entretiene –y engaña– simultáneamente a dos mujeres nada insignificantes: Madame de Recamier, cuyo influyente salón prefiere al de la duquesa desde hace años, y Cordélia de Castellane. Y todo ello mientras seguía casado con su esposa, Céleste Buisson de la Vigne. Para desesperación de Claire, en esa época, en torno a 1818-1819, al fiasco de su “querido hermano” se suma el de su hija predilecta y la más parecida a ella por su carácter fuerte y apasionado. Felicie, casada a los 14 años con el príncipe de Talmont y viuda sin hijos tres años después, se desposa a los 21 años con el conde de la Rochejaquelain, catorce años mayor que ella y perteneciente a una familia ferozmente ultra de la Vendée, con cuyas ideas comulga.* Claire, cuyas presiones fueron inútiles, no asiste a la boda, enferma y decide alejarse de París. Así, supuestamente bajo el consejo de Chateaubriand, comienza a escribir. 

En poco tiempo nacerán tres nouvelles:** Ourika, Edouard y Olivier, con historias basadas en hechos reales que tienen en común la pared de cristal (“nos vemos, nos hablamos, nos acercamos, pero no podemos tocarnos”) a la que se alude en la segunda carta de este libro. Son historias de amor desgraciado a causa de los prejuicios raciales o clasistas –en los dos primeros casos– y de un misterioso condicionamiento sexual en el tercero. Tuvieron que pasar muchos años hasta que una relectura desde la modernidad las excluyera de la adjetivación de sentimental que las había infavalorado e hiciera justicia al atormentado espíritu precursor que las generó y a su capacidad para interpretar las vivencias ajenas. 

Imaginaba el ampuloso Chateaubriand que sus amigos y amigas compartirían en cierta medida su gloria post mortem por el hecho de haberlo sido. Sin duda esa fue la razón de que los mencionase en sus Memorias de ultratumba, donde afirma, acerca de Claire de Duras: “El calor del alma, la nobleza del carácter, la elevación del espíritu, la generosidad del sentimiento hacían de ella una mujer superior”. Y también, con cierta autocrítica, procedente del remordimiento: “Desde que he perdido a esta persona tan generosa, con un alma tan noble, con un espíritu que reunía algo de la fuerza del pensamiento de Mme. de Staël con la gracia del talento de Mme. de Lafayette, no he cesado, llorándola, de reprocharme las irregularidades con las que he podido afligir algunas veces a los corazones que me eran devotos”. Sus memorias llegaron demasiado tarde para que la duquesa, fallecida en 1828, pudiera considerarlas como una mínima satisfacción para sus desvelos y frente a su decepción. De todos modos, la historia ha querido que ella viva en el presente con mayor vigencia y más gloria que la que su “querido hermano” falaz quiso que compartiera.

Buena prueba de la vigencia y el interés renovado por la obra de Claire de Duras son las ediciones realizadas en los últimos años en Francia, bajo la dirección de Marie-Benedicte Diethelm, especialista rigurosa y esforzada en la figura y la obra de la duquesa. En 2007, Editions Gallimard publicó en un solo tomo sus tres novelas sobre la alteridad (Ourika, Edouard y Olivier ou le Secret) y en 2011 Editions Manucius hizo lo propio con Memoires de Sophie y Amélie et Pauline. El tomo fue subtitulado Romans d’émigration (1789-1800). Las traducciones a otras lenguas, así como los estudios realizados sobre el personaje y su obra, especialmente en el mundo angloparlante, configuran un panorama en el que la recuperación de Mme. de Duras se muestra como un hecho lógico, justo y necesario.

Esta edición se basa en el texto en francés establecido por Mme. Diethelm, que se considera la versión definitiva hecha por su autora, condición que no tenía la primera, publicada por la editorial parisina Jose Corti en 1971. Se ha respetado la peculiar utilización de los signos ortográficos de muchas de las cartas –especialmente las de la condesa de Nangis– en el convencimiento de que su autora hizo un uso deliberado de ellos con fines expresivos.»

José Ramón San Juan, traductor y autor del prólogo de ‘Olivier o el secreto’

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