
Se construyeron en la costa cercana a Dover, aunque también en otros puntos de la isla durante la Primera Guerra Mundial. Los trabajos que se hicieron entonces para centralizar los datos sirvieron mucho después de que quedaran en desuso (por el incremento de la velocidad de los aviones) cuando apareció el radar, la contramedida de defensa pasiva de aquel entonces.
Fueron conocidos como espejos sónicos o acústicos y sus restos se mantienen dado que en la Segunda Guerra Mundial no se consideró prioritario demolerlos, como así se pretendía. Los hay de varios tipos, lo que prueba que estaban en estudio: con forma de pantalla arqueada, de cuchara, de distintos tamaños… el sonido era concentrado en un punto y recogido mediante un micrófono.
Hay espejos sónicos en Kilnsea, en el nordesete de Inglaterra, y en Denge, en el sureste, en donde hay tres de diversas formas y tamaños. Estos tres forman parte de uno de los relatos de Patricia Rodríguez, en La huida inversa, libro que tendremos a la venta el 14 de septiembre.