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Ángela Mallén: «La bondad es una naturaleza. El bien es una opción»

Queremos dar las gracias a libreros y amigos que han confiado en el libro de aforismos ‘Microorganismos’, de Ángela Mallén, que el próximo lunes saldrá a la venta en toda España. Y nada mejor que uno de los aforismos de Ángela para agradecerlo: «La bondad es una naturaleza. El bien es una opción». Si os ha gustado, aquí os dejamos un extracto, con otra ristra de aforismos:

Libación de una herida: un fragmento de ‘Pinar, piscina, plenilunio’, de Patricia Rodríguez

En la cocina, encuentro al hombre que sostenía el vaso de güisqui con gesto demostrativo. Está haciendo algo en el fregadero. En una mano sostiene un cuchillo pero no veo qué es lo sostiene con la otra. Con la cabeza baja, concentra toda su atención en lo que está manipulando. Pero no me fijo en lo que es porque veo, sobre todo, su pelo negro rizado y un poco largo. Es una especie de mancha vacía o una interferencia, como si estuviera hecho de un material que absorbe demasiada luz. 

Esta anomalía óptica interrumpe la continuidad de todas las cosas con las que limita en el plano visual. Es una incisión en la consistencia que suele tener la realidad. No hay nada así de negro en nuestra naturaleza más inmediata, los bosques que nos rodean tiene otra densidad, el cielo nocturno está lleno de perforaciones diminutas que le dan una textura gaseosa, quizás se parezca a la brea.

Está pelando uno de los limones que hay al lado de la bolsa de hielo de la gasolinera. Sus manos se elevan sobre el fregadero a medida que la espiral de la cáscara se hace más larga. Está intentando sacarla entera, sin romperla. 

Parece a punto de lograrlo pero algo interrumpe su concentración, o la mano se le resbala sobre el limón mojado porque lo suelta y el ruido metálico del cuchillo estalla contra el fregadero de acero inoxidable. Se ha cortado. Una hebra de sangre aparece en el dedo índice de su mano izquierda. Me acerco para examinar la herida y le sujeto la mano por la muñeca. Él sigue sin cambiar su gesto de dolor pequeño con un poco de vergüenza contraída. Hago lo mismo que haría si fuera un niño quien se hubiera cortado. Le limpio la sangre chupándole el dedo. 

Está un poco borracho y tarda en darse cuenta de que estoy libando su herida. Retira la mano y me mira como si estuviera loca, luego entiende que es otra cosa. Me toca la cara. Una mano a cada lado de la mandíbula. Aprieta mis mejillas con la fuerza suficiente para hacer que se me despeguen los labios. Si su dedo sigue sangrando va a mancharme la cara. Cierra su boca contra la mía y acepta el mensaje. En eso consiste, ha sabido interpretarlo. 

«¿Por qué estabas pelando un limón?»

«No quería la fruta, quería su cáscara».

Pinar, piscina, plenilunio. Patricia Rodríguez

 

Un poema de Vera Brittain: ‘Quizás’

Quizás 

Quizá algún día el sol vuelva a brillar 

y veré que el cielo sigue siendo azul,

y sentiré una vez más que no vivo en vano 

aunque sea despojada de ti.

Quizá los prados dorados a mis pies 

harán agradables las horas de sol primaveral

y me parecerán dulces las blancas flores de mayo 

aunque te hayas ido.

Quizá los bosques de estío resplandezcan, 

las rosas rojas sean hermosas de nuevo

y una delicia los otoñales campos de cosecha, 

aunque tú no estés aquí.

Quizá algún día no me encoja de dolor 

al ver pasar el año que termina

y escuche de nuevo villancicos 

aunque tú no puedas oírlos.

Pero aunque el amable Tiempo renueve ciertos gozos 

el más grande de ellos no sentiré de nuevo

pues mi corazón se quebró 

hace largo tiempo al perderte.

Vera Brittain. Poema dedicado a Roland Leighton. Primer Hospital General de Londres, febrero de 1916. Trad.: Eva Gallud Jurado

Canciones para Pau Donés, de Kepa Murua.

«Una gota de lluvia/va del árbol a mi cara»

Os dejamos un poema del libro de Kepa Murua ‘Canciones para Pau Donés’. El poemario estará a la venta el próximo lunes, pero ya se puede reservar en tu librería favorita.

NO TE VAYAS

En el suelo resbaladizo 

hay una flor que me mira.

Una gota de lluvia 

va del árbol a mi cara.

No te vayas, como el otoño,

inesperadamente.

Como la luz que se extingue

por la noche, no lo hagas.

Deja que mis ojos te vean.

Que mis manos te toquen.

Que mis palabras te celebren

entre la lluvia.

Tal como el presente

en los días calurosos,

cuando la flor crece 

mi cuerpo amará el tuyo.

Para que no se rompa

lo que estaba unido

o para que no se desuna

lo que es nuestro.

Cada gota es un beso.

Cada beso, una lágrima.

Cada espera, un encuentro

compartido y no olvidado. 

‘Caminar hasta el anochecer’, un extracto

Sin duda, el arte no valía nada. El arte era incapaz de cambiar el mundo y el mundo en nosotros. El arte era incapaz de detener su camino hacia un desastre que nos negábamos a ver. El arte era incapaz de volver buenos a los malos. El arte era incapaz de contraponerse a los poderes asesinos, de derribar un orden en el que las finanzas decidían ferozmente el valor de todo, y de levantar a los pueblos sometidos a las más infames tiranías. El arte se revelaba impotente para conjurar el odio, la venganza, el resentimiento y todas las pasiones tristes que prosperaban en nuestra época y que lentamente pervertían nuestras mentes. El arte no conseguía defendernos de esa fealdad que nos rodeaba y nos penetraba, ni a apartarnos de las diversiones mediocres que envilecían nuestros corazones. El arte no podía nada contra el hecho de que vivir dolía.

Había, sin embargo, algo seguro: a veces el arte añadía a nuestras alegrías y nuestro deseo de vivir, a veces desafiaba soberanamente a la muerte o implacablemente nos la recordaba, a veces aguzaba nuestro rechazo de un mundo que formateaba tanto nuestros cuerpos como nuestras almas, a veces exaltaba nuestro gusto de lo imposible cuando nos intimaban a no esperarlo y reanimaba nuestro gusto de lo inútil cuando por todas partes prevalecía el espíritu de lo útil, a veces hacía aflorar nuestro deseo inquebrantable de soñar y de ser libres sin el cual no podíamos vivir, y nos devolvía el gusto olvidado de los colores tan amados en la infancia, el rojo sobre todo, el gusto de las figuras y los objetos, de su materia y su luz, de la belleza de las cosas regaladas y simples que estaban en este mundo y que no sabíamos ver.

Sin duda, el arte no vale nada, pero nada es tan valioso como el arte. 

Traducción: Marta Cerezales Laforet

‘Llegada al país de los criminales’, por Maria Leitner

Un pequeño e insignificante puerto fluvial, eso es lo que se ve desde el barco. Saint-Laurent-du-Maroni no parece ni un lugar exótico, ni tropical. Los edificios anodinos, que después resultaron ser cuarteles y cárceles, ofrecen la impresión de una ciudad francesa de provincias, que desde finales de siglo no ha evolucionado.

Pero tan pronto como se pone pie en tierra y todo el entorno puede ser contemplado desde cerca, la imagen de enclave pequeñoburgués aburrido se transforma en una visión horripilante. Sobre los tablones medio podridos de los cajones, sobre los bancos destartalados del muelle, sobre los pedruscos ardiendo al sol a orillas del río, están sentadas, en cuclillas, agachadas o tumbadas figuras humanas que parecen esqueletos, moribundos o seres aparentemente muertos. Llevan ropa penitenciaria a rayas, o simplemente harapos, porque llamarlo vestimenta sería una exageración. En su mayoría están descalzos, y por lo general no solo tienen los pies sucios, sino también deformados como consecuencia de las úlceras.

Una columna de presidiarios está trabajando. Cargan un barco con madera. Cuando han terminado de transportar un tronco, caen al suelo y no son capaces de seguir. Los guardianes no pueden hacer nada, están impotentes.

Los guardianes tienen el mismo aspecto que nuestros pasajeros de la primera clase. Exactamente los mismos bigotes, cascos tropicales, condecoraciones y revolver.

Monsieur Blanc, el experto en la Guayana Francesa, que hasta ahora siempre había echado horribles pestes contra este país, opina que la primera impresión que el forastero tiene es demasiado negativa, e intenta atenuarla.

—Los tipos están haciendo teatro —se refiere a estas figuras tan míseras—Cuando atraca un barco, escenifican estas escenas calamitosas. Emplean todos los medios para que acabemos sintiendo compasión por ellos.

—Esta gente que actúa de un modo tan realista, debería estar en los teatros de París —comenta un americano que viaja por negocios.

Los «actores» no prestan la menor atención a los recién llegados, son tan insensibles que ni siquiera un suceso poco habitual, como la llegada de un barco, les saca de su letargia absoluta.

Posiblemente tampoco reaccionarían, si oyeran las observaciones maliciosas de Monsieur Blanc.

El americano Mr. Burr es curioso en exceso, quiere saber las historias vitales de todo el que ha venido a parar aquí.

En su francés improvisado se dirige al hombre con síntomas febriles y vestimenta desgarrada, que en ese momento pasaba a su lado. Quiere saber aquí y ahora cómo es la vida en la cárcel.

Sin más el hombre le vuelve la espalda, sin decir nada. Monsieur Blanc se apresura a informarnos:

—Ese ya no es un prisionero. ¿Es usted un libéré?

—Sí, un libéré de por vida, pero la vida no durará mucho más, espero. —Y esboza una sonrisa horrenda que hace retroceder un paso a Mr. Burr.

Por suerte se acerca a nosotros alguien que, si se compara con las desaliñadas figuras, resulta verdaderamente grato.

Un caballero mayor vestido por completo de un blanco impecable. Con el distinguido porte de un príncipe derrocado y la sonrisa solícita de un jefe de distrito, se aproxima a nosotros. Verdaderamente se le podría tomar por un gobernador, si no nos hubiera ofrecido bastones tallados por él mismo.

—También un libéré —afirma Monsieur Blanc—. Aquí pueden ver en lo que llega a convertirse un hombre con su propia buena voluntad, incluso en un lugar como éste.

Antes de que el curioso Mr. Burr compre un bastón, quiere conocer la historia del distinguido caballero.

—Un pequeño malentendido me trajo aquí —dice el lacónico anciano y continúa elogiando las ventajas de sus bastones.

—Se trata de un fulero habitual —aclara Monsieur Blanc.—. ¿Cuántos años le quedan todavía? —le pregunta al distinguido caballero.

—Todavía dos. Ahora estoy haciendo mi doblete. Durante cuatro largos años fui forçat. Ya tengo cumplidos dos como libéré, y dentro de dos años más seré libre. —Lo repetía despacio: «En dos años, libre.»

Traducción: Olga García
Maria Leitner, a su paso por Surinam.

‘Lavas Remi’, un extracto seleccionado por su autor

Aquí os dejamos un extracto de ‘Lavas Remi’, seleccionado por su autor, Kepa Murua, así como unas imágenes de la presentación de la novela en la librería Mara Mara, de Vitoria.

Fotos: ardiluzu

El cambio

Este señor escribe sobre el peso de los días: son apuntes de una persona temerosa, acobardada, un hombre normal, un padre de familia, trabajador, serio, que paga sus impuestos y que el mundo le queda grande.

Día 9

«Vuelven los sueños. En alguno estoy rodeado de viejos amigos a los que no veo desde hace años. En otros, estoy con mujeres. Alguna de ellas es amiga mía; en uno de ellos, que recuerdo nítido por ser el que antecede al brusco despertar, hablo con una mujer. Le confieso mis miedos y ella se ríe. Hace unos días estuve con un amigo que estaba en trámites de divorcio; yo ya pasé por ese lance hace muchos años. Me dijo: «tal vez no sea el mejor hombre, pero lo intenté, y aún lo intento, pero ella no quiere buscar una ayuda, tal como lo hago yo». Lo escuché durante un par de horas seguidas, sentados en la mesa de un bar, apenas intervine; cuando nos levantábamos y nos pusimos el abrigo, en la despedida hablé. Eres un buen hombre, le dije. Su caso es extraño: denuncias de uno a otro, especialmente de una de las hijas a la madre por malos tratos, el enfado de esta por la tensa situación que se les ha ido a todos de la mano. El hombre rascaba con la cucharilla la taza de café mientras intentaba aguantar las lágrimas. Pocas veces alzó la mirada, solo en un instante determinado, cuando posó sus ojos en los míos, confesó que le gustaba su trabajo y que se agarraba como una tabla de salvación a él porque todos dependían de su esfuerzo; él se encargaba de pagar […]

‘Lavas Remi’, de Kepa Murua: un extracto previo a la presentación

Lavas Remi, de Kepa Murua

Este jueves, presentaremos en Vitoria (Mara-Mara, 19.30 horas) la novela de Kepa Murua, ‘Lavas Remi’, de la que aquí os ofrecemos un extracto. Esta peculiarísima historia entre un asesino a sueldo y un hombre timorato será introducida para el público en el acto por el también escritor Francisco Taboada.

Un buen hombre, uno de esos ciudadanos a los que yo y otros como yo defendemos en la oscuridad de la historia. Esa mayoría que debería dormir tranquila. Por lo que leo en estos papeles que recogí del suelo, veo que es un poco tonto, una persona sensible que se excede en sus pensamientos. El hombre de acción reafirma los lazos cada vez que ataja los hechos. Las mujeres asesinadas por razones de seguridad interna no son conocidas por el público. El poder tiene unos tentáculos de largo alcance, indeterminados y en última instancia, el dinero podría importarme porque finalmente se compra todo: un sicario trabaja por dinero, un profesional es un ejecutor que responde a un código secreto. Pocas veces archivo los planos y las notas de cada acción; mi mente sí que lo hace. Mucho menos las carpetas y datos que se nos entregan de las personas a ejecutar. Lo único que guardo son unos códigos que podrían defenderme y las cifras que podrían ayudarme en caso de necesidad. ¿Cuatro asesinatos? Ningún detenido. Todas eran extranjeras, dos venezolanas y una argentina, la cuarta era mexicana. […]

Kepa Murua

‘La primera Sherezade’, por Abdelfattah Kilito (fragmento)

El que buscamos vive al lado
El que buscamos vive al lado, por Abdelfattah Kilito.

La primera Sherezade

Traicionados por sus esposas, el rey Shariyar y su hermano Shazamán abandonan el palacio y emprenden un viaje con la intención de «comprobar si otros han sufrido una desgracia semejante». Al llegar a la orilla del mar, ven surgir un demonio que lleva en la cabeza un cofre de cristal del que saca una arqueta y de esa arqueta sale una joven «de una belleza sin igual».

Abrir un cofre reserva en efecto muchas sorpresas, se puede encontrar un tesoro, incluso una mujer. También pueden escaparse de él todos los males de la humanidad. Las mil y una noches, una caja de Pandora.

Asustados, Shariyar y Shazamán trepan hasta la copa de un árbol y se esconden entre las ramas, mientras que el demonio, cansado, posa la cabeza sobre las rodillas de su cautiva y se duerme. Al alzar la vista, la joven divisa entre el follaje a los dos hermanos y les obliga a bajar y a acostarse con ella. Luego saca del escote de su blusa un saquito que contiene un collar compuesto de noventa y ocho anillos. «Todos los dueños de estos anillos, les explica, se acostaron conmigo delante de las narices de este demonio cornudo. Dadme, pues, vosotros también los anillos.» Y como para justificar su conducta, les cuenta que el demonio la secuestró la noche de su boda. «No sabía que lo que la mujer quiere, Dios lo quiere», tal es la conclusión de su relato.

La analogía entre el demonio y Shariyar, así como entre el cofre de cristal y el palacio es evidente. El espectáculo que se ofrece ante los ojos de los dos viajeros es un espejo en el que contemplan su propio destino. No olvidemos de que se trata de la primera historia de las Noches, justo después del relato de la desgracia acaecida a los dos hermanos. Es una historia al margen de Las mil y una noches, y no podemos dejar de constatar que la joven es la primera narradora en este libro. Adelantándose a Sherezade, de la que se tratará más adelante, inaugura el ciclo de los cuentos. Aquí aparece, dicho sea de paso, la habilidad del autor anónimo de las Noches, o más exactamente de los autores, que han tejido esta historia singular pensando en la arquitectura del libro, en su composición hecha de meandros, vueltas y revueltas. La joven prepara la aparición de Sherezade y anuncia con delicadeza la forma y el contenido que tendrá el libro: anillos en una bolsa.

El que buscamos vive al lado. Abdelfattah Kilito.

‘Pinar, piscina, plenilunio’, un extracto

Pinar, piscina, plenilunio
Pinar, piscina, plenilunio.

En la urbanización, el verano suponía encomendarse a todo lo que existía en la naturaleza, a todo lo que procedía directamente de ella y a cosas que habían derivado de su bondad por vías más tortuosas. 

Al verlos alejándose, mezclados con otros niños, a medida que aumentaban su distancia, me costaba comprender cómo mis hijos podían parecerme tan impropios. La imagen rara de unos niños pequeños dejando un hogar cómodo y seguro, diluyéndose en la compañía de sus amigos. Mi extrañeza al comprobar que ya eran otras personas, individuos ajenos en los que bullía la vida sin que yo tuviera que alentarla, con una capacidad clara para la escisión. 

Los rosales que había imaginado bordeando el césped no han crecido demasiado. La sequedad del clima consiente pocas especies de plantas y el césped se agosta en cuanto no se riega un par de días. Mis hijos son seres humanos diferenciados y yo tengo que hacer un esfuerzo más grande del que había previsto para sostener el verdor debido en torno al chalet. 

Después de entregarles a su grupo de amigos, vuelvo a sentir los espejos de la casa. ¿En qué momento del día se riegan los rosales? Vuelvo a mirarme en ellos con atención. Dedicando a mi reflejo un tiempo que normalmente ocupan otras personas. 

Hay horas en las que apenas se oye nada afuera y empiezo a derivar placer de exactitudes absurdas. Mido con la vista una de las columnas de la valla de los vecinos, un poco más baja que las demás. Desde la ventana de la cocina, mi punto de observación, dibujo la trayectoria que seguirán las madreselvas que han empezado a extender sus tentáculos sobre la valla, son algo más benévolas que las arizónicas de la parcela contigua. Sus ramas aguzadas crecerán de modo incontrolado y quienes las han plantado lo lamentarán. Nada de lo que es nuevo me resulta apacible todavía. 

Debo recordar que el mal casi nunca proviene de donde se espera. El mal siempre es otra cosa y la naturaleza tiene sus propios mecanismos, una inercia natural hacia la vida que imanta todo lo viviente con lo viviente, que atrae su propia continuidad. Lo vivo tiende a perdurar de forma inconsciente y automática.

Junio ya ha solidificado el color del cielo. Los coches pasan a poca velocidad pero sigo sin distinguir quiénes viajan dentro. Me gustaría conocer a esas personas. Pasan el verano a poca distancia de aquí, han construido casas que son similares entre ellas pero también diferentes, casas edificadas cerca de mi casa, en un radio que puede recorrerse a pie en menos de una hora. 

Patricia Rodríguez. Pinar, piscina, plenilunio

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