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Canciones para Pau Donés, de Kepa Murua.

«Una gota de lluvia/va del árbol a mi cara»

Os dejamos un poema del libro de Kepa Murua ‘Canciones para Pau Donés’. El poemario estará a la venta el próximo lunes, pero ya se puede reservar en tu librería favorita.

NO TE VAYAS

En el suelo resbaladizo 

hay una flor que me mira.

Una gota de lluvia 

va del árbol a mi cara.

No te vayas, como el otoño,

inesperadamente.

Como la luz que se extingue

por la noche, no lo hagas.

Deja que mis ojos te vean.

Que mis manos te toquen.

Que mis palabras te celebren

entre la lluvia.

Tal como el presente

en los días calurosos,

cuando la flor crece 

mi cuerpo amará el tuyo.

Para que no se rompa

lo que estaba unido

o para que no se desuna

lo que es nuestro.

Cada gota es un beso.

Cada beso, una lágrima.

Cada espera, un encuentro

compartido y no olvidado. 

‘Caminar hasta el anochecer’, un extracto

Sin duda, el arte no valía nada. El arte era incapaz de cambiar el mundo y el mundo en nosotros. El arte era incapaz de detener su camino hacia un desastre que nos negábamos a ver. El arte era incapaz de volver buenos a los malos. El arte era incapaz de contraponerse a los poderes asesinos, de derribar un orden en el que las finanzas decidían ferozmente el valor de todo, y de levantar a los pueblos sometidos a las más infames tiranías. El arte se revelaba impotente para conjurar el odio, la venganza, el resentimiento y todas las pasiones tristes que prosperaban en nuestra época y que lentamente pervertían nuestras mentes. El arte no conseguía defendernos de esa fealdad que nos rodeaba y nos penetraba, ni a apartarnos de las diversiones mediocres que envilecían nuestros corazones. El arte no podía nada contra el hecho de que vivir dolía.

Había, sin embargo, algo seguro: a veces el arte añadía a nuestras alegrías y nuestro deseo de vivir, a veces desafiaba soberanamente a la muerte o implacablemente nos la recordaba, a veces aguzaba nuestro rechazo de un mundo que formateaba tanto nuestros cuerpos como nuestras almas, a veces exaltaba nuestro gusto de lo imposible cuando nos intimaban a no esperarlo y reanimaba nuestro gusto de lo inútil cuando por todas partes prevalecía el espíritu de lo útil, a veces hacía aflorar nuestro deseo inquebrantable de soñar y de ser libres sin el cual no podíamos vivir, y nos devolvía el gusto olvidado de los colores tan amados en la infancia, el rojo sobre todo, el gusto de las figuras y los objetos, de su materia y su luz, de la belleza de las cosas regaladas y simples que estaban en este mundo y que no sabíamos ver.

Sin duda, el arte no vale nada, pero nada es tan valioso como el arte. 

Traducción: Marta Cerezales Laforet

‘Llegada al país de los criminales’, por Maria Leitner

Un pequeño e insignificante puerto fluvial, eso es lo que se ve desde el barco. Saint-Laurent-du-Maroni no parece ni un lugar exótico, ni tropical. Los edificios anodinos, que después resultaron ser cuarteles y cárceles, ofrecen la impresión de una ciudad francesa de provincias, que desde finales de siglo no ha evolucionado.

Pero tan pronto como se pone pie en tierra y todo el entorno puede ser contemplado desde cerca, la imagen de enclave pequeñoburgués aburrido se transforma en una visión horripilante. Sobre los tablones medio podridos de los cajones, sobre los bancos destartalados del muelle, sobre los pedruscos ardiendo al sol a orillas del río, están sentadas, en cuclillas, agachadas o tumbadas figuras humanas que parecen esqueletos, moribundos o seres aparentemente muertos. Llevan ropa penitenciaria a rayas, o simplemente harapos, porque llamarlo vestimenta sería una exageración. En su mayoría están descalzos, y por lo general no solo tienen los pies sucios, sino también deformados como consecuencia de las úlceras.

Una columna de presidiarios está trabajando. Cargan un barco con madera. Cuando han terminado de transportar un tronco, caen al suelo y no son capaces de seguir. Los guardianes no pueden hacer nada, están impotentes.

Los guardianes tienen el mismo aspecto que nuestros pasajeros de la primera clase. Exactamente los mismos bigotes, cascos tropicales, condecoraciones y revolver.

Monsieur Blanc, el experto en la Guayana Francesa, que hasta ahora siempre había echado horribles pestes contra este país, opina que la primera impresión que el forastero tiene es demasiado negativa, e intenta atenuarla.

—Los tipos están haciendo teatro —se refiere a estas figuras tan míseras—Cuando atraca un barco, escenifican estas escenas calamitosas. Emplean todos los medios para que acabemos sintiendo compasión por ellos.

—Esta gente que actúa de un modo tan realista, debería estar en los teatros de París —comenta un americano que viaja por negocios.

Los «actores» no prestan la menor atención a los recién llegados, son tan insensibles que ni siquiera un suceso poco habitual, como la llegada de un barco, les saca de su letargia absoluta.

Posiblemente tampoco reaccionarían, si oyeran las observaciones maliciosas de Monsieur Blanc.

El americano Mr. Burr es curioso en exceso, quiere saber las historias vitales de todo el que ha venido a parar aquí.

En su francés improvisado se dirige al hombre con síntomas febriles y vestimenta desgarrada, que en ese momento pasaba a su lado. Quiere saber aquí y ahora cómo es la vida en la cárcel.

Sin más el hombre le vuelve la espalda, sin decir nada. Monsieur Blanc se apresura a informarnos:

—Ese ya no es un prisionero. ¿Es usted un libéré?

—Sí, un libéré de por vida, pero la vida no durará mucho más, espero. —Y esboza una sonrisa horrenda que hace retroceder un paso a Mr. Burr.

Por suerte se acerca a nosotros alguien que, si se compara con las desaliñadas figuras, resulta verdaderamente grato.

Un caballero mayor vestido por completo de un blanco impecable. Con el distinguido porte de un príncipe derrocado y la sonrisa solícita de un jefe de distrito, se aproxima a nosotros. Verdaderamente se le podría tomar por un gobernador, si no nos hubiera ofrecido bastones tallados por él mismo.

—También un libéré —afirma Monsieur Blanc—. Aquí pueden ver en lo que llega a convertirse un hombre con su propia buena voluntad, incluso en un lugar como éste.

Antes de que el curioso Mr. Burr compre un bastón, quiere conocer la historia del distinguido caballero.

—Un pequeño malentendido me trajo aquí —dice el lacónico anciano y continúa elogiando las ventajas de sus bastones.

—Se trata de un fulero habitual —aclara Monsieur Blanc.—. ¿Cuántos años le quedan todavía? —le pregunta al distinguido caballero.

—Todavía dos. Ahora estoy haciendo mi doblete. Durante cuatro largos años fui forçat. Ya tengo cumplidos dos como libéré, y dentro de dos años más seré libre. —Lo repetía despacio: «En dos años, libre.»

Traducción: Olga García
Maria Leitner, a su paso por Surinam.

‘Lavas Remi’, un extracto seleccionado por su autor

Aquí os dejamos un extracto de ‘Lavas Remi’, seleccionado por su autor, Kepa Murua, así como unas imágenes de la presentación de la novela en la librería Mara Mara, de Vitoria.

Fotos: ardiluzu

El cambio

Este señor escribe sobre el peso de los días: son apuntes de una persona temerosa, acobardada, un hombre normal, un padre de familia, trabajador, serio, que paga sus impuestos y que el mundo le queda grande.

Día 9

«Vuelven los sueños. En alguno estoy rodeado de viejos amigos a los que no veo desde hace años. En otros, estoy con mujeres. Alguna de ellas es amiga mía; en uno de ellos, que recuerdo nítido por ser el que antecede al brusco despertar, hablo con una mujer. Le confieso mis miedos y ella se ríe. Hace unos días estuve con un amigo que estaba en trámites de divorcio; yo ya pasé por ese lance hace muchos años. Me dijo: «tal vez no sea el mejor hombre, pero lo intenté, y aún lo intento, pero ella no quiere buscar una ayuda, tal como lo hago yo». Lo escuché durante un par de horas seguidas, sentados en la mesa de un bar, apenas intervine; cuando nos levantábamos y nos pusimos el abrigo, en la despedida hablé. Eres un buen hombre, le dije. Su caso es extraño: denuncias de uno a otro, especialmente de una de las hijas a la madre por malos tratos, el enfado de esta por la tensa situación que se les ha ido a todos de la mano. El hombre rascaba con la cucharilla la taza de café mientras intentaba aguantar las lágrimas. Pocas veces alzó la mirada, solo en un instante determinado, cuando posó sus ojos en los míos, confesó que le gustaba su trabajo y que se agarraba como una tabla de salvación a él porque todos dependían de su esfuerzo; él se encargaba de pagar […]

‘Lavas Remi’, de Kepa Murua: un extracto previo a la presentación

Lavas Remi, de Kepa Murua

Este jueves, presentaremos en Vitoria (Mara-Mara, 19.30 horas) la novela de Kepa Murua, ‘Lavas Remi’, de la que aquí os ofrecemos un extracto. Esta peculiarísima historia entre un asesino a sueldo y un hombre timorato será introducida para el público en el acto por el también escritor Francisco Taboada.

Un buen hombre, uno de esos ciudadanos a los que yo y otros como yo defendemos en la oscuridad de la historia. Esa mayoría que debería dormir tranquila. Por lo que leo en estos papeles que recogí del suelo, veo que es un poco tonto, una persona sensible que se excede en sus pensamientos. El hombre de acción reafirma los lazos cada vez que ataja los hechos. Las mujeres asesinadas por razones de seguridad interna no son conocidas por el público. El poder tiene unos tentáculos de largo alcance, indeterminados y en última instancia, el dinero podría importarme porque finalmente se compra todo: un sicario trabaja por dinero, un profesional es un ejecutor que responde a un código secreto. Pocas veces archivo los planos y las notas de cada acción; mi mente sí que lo hace. Mucho menos las carpetas y datos que se nos entregan de las personas a ejecutar. Lo único que guardo son unos códigos que podrían defenderme y las cifras que podrían ayudarme en caso de necesidad. ¿Cuatro asesinatos? Ningún detenido. Todas eran extranjeras, dos venezolanas y una argentina, la cuarta era mexicana. […]

Kepa Murua

‘La primera Sherezade’, por Abdelfattah Kilito (fragmento)

El que buscamos vive al lado
El que buscamos vive al lado, por Abdelfattah Kilito.

La primera Sherezade

Traicionados por sus esposas, el rey Shariyar y su hermano Shazamán abandonan el palacio y emprenden un viaje con la intención de «comprobar si otros han sufrido una desgracia semejante». Al llegar a la orilla del mar, ven surgir un demonio que lleva en la cabeza un cofre de cristal del que saca una arqueta y de esa arqueta sale una joven «de una belleza sin igual».

Abrir un cofre reserva en efecto muchas sorpresas, se puede encontrar un tesoro, incluso una mujer. También pueden escaparse de él todos los males de la humanidad. Las mil y una noches, una caja de Pandora.

Asustados, Shariyar y Shazamán trepan hasta la copa de un árbol y se esconden entre las ramas, mientras que el demonio, cansado, posa la cabeza sobre las rodillas de su cautiva y se duerme. Al alzar la vista, la joven divisa entre el follaje a los dos hermanos y les obliga a bajar y a acostarse con ella. Luego saca del escote de su blusa un saquito que contiene un collar compuesto de noventa y ocho anillos. «Todos los dueños de estos anillos, les explica, se acostaron conmigo delante de las narices de este demonio cornudo. Dadme, pues, vosotros también los anillos.» Y como para justificar su conducta, les cuenta que el demonio la secuestró la noche de su boda. «No sabía que lo que la mujer quiere, Dios lo quiere», tal es la conclusión de su relato.

La analogía entre el demonio y Shariyar, así como entre el cofre de cristal y el palacio es evidente. El espectáculo que se ofrece ante los ojos de los dos viajeros es un espejo en el que contemplan su propio destino. No olvidemos de que se trata de la primera historia de las Noches, justo después del relato de la desgracia acaecida a los dos hermanos. Es una historia al margen de Las mil y una noches, y no podemos dejar de constatar que la joven es la primera narradora en este libro. Adelantándose a Sherezade, de la que se tratará más adelante, inaugura el ciclo de los cuentos. Aquí aparece, dicho sea de paso, la habilidad del autor anónimo de las Noches, o más exactamente de los autores, que han tejido esta historia singular pensando en la arquitectura del libro, en su composición hecha de meandros, vueltas y revueltas. La joven prepara la aparición de Sherezade y anuncia con delicadeza la forma y el contenido que tendrá el libro: anillos en una bolsa.

El que buscamos vive al lado. Abdelfattah Kilito.

‘Pinar, piscina, plenilunio’, un extracto

Pinar, piscina, plenilunio
Pinar, piscina, plenilunio.

En la urbanización, el verano suponía encomendarse a todo lo que existía en la naturaleza, a todo lo que procedía directamente de ella y a cosas que habían derivado de su bondad por vías más tortuosas. 

Al verlos alejándose, mezclados con otros niños, a medida que aumentaban su distancia, me costaba comprender cómo mis hijos podían parecerme tan impropios. La imagen rara de unos niños pequeños dejando un hogar cómodo y seguro, diluyéndose en la compañía de sus amigos. Mi extrañeza al comprobar que ya eran otras personas, individuos ajenos en los que bullía la vida sin que yo tuviera que alentarla, con una capacidad clara para la escisión. 

Los rosales que había imaginado bordeando el césped no han crecido demasiado. La sequedad del clima consiente pocas especies de plantas y el césped se agosta en cuanto no se riega un par de días. Mis hijos son seres humanos diferenciados y yo tengo que hacer un esfuerzo más grande del que había previsto para sostener el verdor debido en torno al chalet. 

Después de entregarles a su grupo de amigos, vuelvo a sentir los espejos de la casa. ¿En qué momento del día se riegan los rosales? Vuelvo a mirarme en ellos con atención. Dedicando a mi reflejo un tiempo que normalmente ocupan otras personas. 

Hay horas en las que apenas se oye nada afuera y empiezo a derivar placer de exactitudes absurdas. Mido con la vista una de las columnas de la valla de los vecinos, un poco más baja que las demás. Desde la ventana de la cocina, mi punto de observación, dibujo la trayectoria que seguirán las madreselvas que han empezado a extender sus tentáculos sobre la valla, son algo más benévolas que las arizónicas de la parcela contigua. Sus ramas aguzadas crecerán de modo incontrolado y quienes las han plantado lo lamentarán. Nada de lo que es nuevo me resulta apacible todavía. 

Debo recordar que el mal casi nunca proviene de donde se espera. El mal siempre es otra cosa y la naturaleza tiene sus propios mecanismos, una inercia natural hacia la vida que imanta todo lo viviente con lo viviente, que atrae su propia continuidad. Lo vivo tiende a perdurar de forma inconsciente y automática.

Junio ya ha solidificado el color del cielo. Los coches pasan a poca velocidad pero sigo sin distinguir quiénes viajan dentro. Me gustaría conocer a esas personas. Pasan el verano a poca distancia de aquí, han construido casas que son similares entre ellas pero también diferentes, casas edificadas cerca de mi casa, en un radio que puede recorrerse a pie en menos de una hora. 

Patricia Rodríguez. Pinar, piscina, plenilunio

Extracto del prólogo de Ben Clark al libro ‘Un llanto sobre el mar’, de Leighton

Un llanto sobre el mar

Los llamados War poets han ocupado una parte central en el ejercicio colectivo de recordar que la Primera Guerra Mundial ocurrió. Sus versos se recitan todos los años con la devoción de quienes musitan textos sagrados y hoy, un siglo después del Armisticio del 11 de noviembre de 1918, podemos afirmar que, contra todo pronóstico, no ha sido la narrativa ni la pintura ni el cine, sino el arte más breve y frágil, la palabra hecha poesía, lo que ha logrado y logra transportarnos al horror de las trincheras de las que ya ningún ser humano guarda el recuerdo. Así, difundir la poesía de la Gran Guerra —difundir the pity, que diría Owen— es hacer justicia a la memoria, al recuerdo de lo abominables que podemos llegar a ser los hombres —¿hubiera ocurrido la Gran Guerra en un mundo liderado por mujeres?— y significa, entre otras cosas, trabajar para que esto no pueda volver a ocurrir jamás. Son malos tiempos para una paz europea y nuestra principal amenaza es el olvido. Así, traducir la poesía de las trincheras tiene una función práctica, actual, indispensable, nos permite el acceso a las voces que vivieron el infierno y que nos suplican, con sus versos, que no dejemos que ocurra de nuevo. En este sentido quiero felicitar y agradecer a Paula Campos Fernández por su extraordinaria labor. Ahora que se acaba de editar en España Testamento de Juventud, creo que la lectura de la poesía de Roland Aubrey Leighton resultará fundamental para evitar que sea sólo un personaje dentro de un libro. Fue un joven con sueños, un joven enamorado, el hijo de dos escritores que escribía, a su vez, estupendamente. Roland era puro futuro y todo le fue arrebatado a los veinte años. Disfruten, pues, de sus versos y de la excelente traducción de Paula Campos Fernández, y dediquen un momento a pensar en el joven Roland para que no sea verdad aquella vieja consigna de Bécquer: ¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!

Ben Clark, del Prólogo de Un llanto en el mar.

La mesilla de los difuntos

Para Carles B.

Leonor y Laureana acababan de enterrar a su padre. Era el último vivo que les quedaba entre los seniors de la familia. Cierto que todavía estaba la prima Eduvigis, demenciada y postrada en cama desde hacía ya la intemerata, pero aquello no era vida. Esa tarde Leonor y Laureana regresaron a casa tristonas y sin ganas de cenar. No es que fueran de cenar mucho: un caldito de pollo, tortillita a la francesa, la pieza de fruta y pare usted de contar. Pero ni eso les entraba. Sabían que ahora tendrían que enfrentarse al silencio de los ausentes, que es un silencio intenso, instantáneo y seco como si le das un trancazo a un cerdo que chilla. Allí en el pueblo se hablaba así, a base de comparaciones comprensibles. Sin embargo, ellas eran más de leer, de clasificar cosas, de planchar bien el paño, de preparar buenas mantecadas si hiciera falta. Su espíritu de sacrificio era superior a su capacidad para la ambición. En su cabeza no se dibujaban los retos, sino una difusa y empecinada abnegación hacia sus allegados, amistades y vecindario. Así fue desde siempre: las dos unidas. Las hermanas no discuten, que eso está muy feo. Leonor y Laureana. Ele y Ele, las llamaba el sobrino nieto por parte de su pobre-hermano-Ernesto-que-en-paz-descanse, que se les fue repentinamente de una cosa mala. El nieto de Ernesto-que-en-paz-descanse, Pedro Javier, las llamaba siempre Ele y Ele. Qué guasón. Qué chiquillo.

—A ver qué hacemos ahora con la cama de matrimonio del pobre papá-que-en-paz-descanse —se planteó Laureana, la más prudente.

—¿Qué quieres que hagamos, hermana? Conservarla. Que ahí nacimos nosotras, figúrate. 

Leonor no es que fuera la hermana dominante, pero era la que dictaminaba. De manera que se mudaron a la habitación grande. Grande y bien hermosa. Con una luz mañanera que daba gozo y unos techos altísimos con vigas de madera de América. Y la cama, una preciosidad, en madera de castaño tallada a mano, con repujados en relieve. Conservaban además la pareja de mesillas a juego. La izquierda para guardar los pañuelos y el orinal. La derecha, para las fotos y recordatorios de los difuntos. Allí dentro estaban las estampitas primorosamente catalogadas por orden de parentesco (los familiares de mayor cercanía en una parte y los conocidos en otro montón) y, para mayor control, estaban dispuestas también por fecha de defunción. Sobre la última, la de Ernesto-que-en-paz-descanse, iría la del pobre papá.

—Ay, Leonor… un recordatorio más para guardar en la mesilla —suspiró Laureana—. Qué poca cosa somos. Y colocó la postrera estampita en riguroso orden cronológico.

—Eso, hermana. «La mesilla de los difuntos» le vamos a tener que poner.

Y la mesilla quedó bautizada como si fuera un mueble de IKEA. 

Ángela Mallén, Entretanto, en algún lugar.

 

Tres poemas de Teresa Guzmán, del libro ‘En el lugar del viento’

En el lugar del viento
ANSIÁBAMOS LA LUZ DE LAS CIUDADES,
sus destellos más íntimos
a la caída de la tarde
como minúsculos cristales esmerilados
que dejaban tan solo ver las formas.
Nos creímos gigantes
a esa escala en la que se miden
las latitudes más extrañas de los mapas.
Bastaba con atrapar la tibieza
con que un dedo acaricia
el cuenco de la mano.
Yo sigo el zigzagueo
con los ojos,
sin perder el trazo
del símbolo infinito que me dibujas.
Dormimos al raso de los sueños
bajo un cielo que muestra
lo que aún no ha acontecido.
Tú te muerdes los labios
de la misma forma en que seduces.
Yo veo las palabras
consumidas en mi cabeza,
mientras cae la luz sobre tus ojos
y es fácil rendirse al embrujo
con que precipitan el crepúsculo. 
COMO SI NADA TRATAS LA MATERIA DEL TEMBLOR.
La vistes a tu antojo moldeando sus formas
y exhibes la alquimia con que mudas
los tiempos que encierran los espejos.
Te nombro aquí, frente a un paisaje
que no puede durar más allá
de lo que somos,
dos seres que proyectan un mismo deseo
y caminan ciegos
en medio de la persistencia de la niebla.
Puedes decir que existe un lugar
reservado a quienes al igual que yo,
nunca se rinden.
Pero ese lugar está más adelante
y el paso del tiempo
unge la extrema unción
sobre la frente coronada por el frío.
Si te acercas lo suficiente
me verás latir la piel,
notarás su respiración
como una sábana bombeada
por el levante.
Llueve sobre tu playa en el invierno,
a los pies de la cama donde te vi volar
como el pájaro libre
que debiste ser siempre. 
HE VENIDO A VIVIR A UNA CIUDAD
que tiene la medida de un bosque.
He traído las nubes desde lejos
y plantado las semillas
en una tierra que fuera
heredera del primer paraíso.
La mía bien pudiera ser
la historia de cualquiera,
con sus verdades a medias,
sus luces y sus sombras,
reveladas en la iluminación
última de la tarde.
En ella no caben
los idiomas que trenzan las palabras,
y no soy más que aquella
que ha elegido para la contemplación
un espejo de agua. 
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