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Extracto del prólogo de Ben Clark al libro ‘Un llanto sobre el mar’, de Leighton

Un llanto sobre el mar

Los llamados War poets han ocupado una parte central en el ejercicio colectivo de recordar que la Primera Guerra Mundial ocurrió. Sus versos se recitan todos los años con la devoción de quienes musitan textos sagrados y hoy, un siglo después del Armisticio del 11 de noviembre de 1918, podemos afirmar que, contra todo pronóstico, no ha sido la narrativa ni la pintura ni el cine, sino el arte más breve y frágil, la palabra hecha poesía, lo que ha logrado y logra transportarnos al horror de las trincheras de las que ya ningún ser humano guarda el recuerdo. Así, difundir la poesía de la Gran Guerra —difundir the pity, que diría Owen— es hacer justicia a la memoria, al recuerdo de lo abominables que podemos llegar a ser los hombres —¿hubiera ocurrido la Gran Guerra en un mundo liderado por mujeres?— y significa, entre otras cosas, trabajar para que esto no pueda volver a ocurrir jamás. Son malos tiempos para una paz europea y nuestra principal amenaza es el olvido. Así, traducir la poesía de las trincheras tiene una función práctica, actual, indispensable, nos permite el acceso a las voces que vivieron el infierno y que nos suplican, con sus versos, que no dejemos que ocurra de nuevo. En este sentido quiero felicitar y agradecer a Paula Campos Fernández por su extraordinaria labor. Ahora que se acaba de editar en España Testamento de Juventud, creo que la lectura de la poesía de Roland Aubrey Leighton resultará fundamental para evitar que sea sólo un personaje dentro de un libro. Fue un joven con sueños, un joven enamorado, el hijo de dos escritores que escribía, a su vez, estupendamente. Roland era puro futuro y todo le fue arrebatado a los veinte años. Disfruten, pues, de sus versos y de la excelente traducción de Paula Campos Fernández, y dediquen un momento a pensar en el joven Roland para que no sea verdad aquella vieja consigna de Bécquer: ¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!

Ben Clark, del Prólogo de Un llanto en el mar.

La mesilla de los difuntos

Para Carles B.

Leonor y Laureana acababan de enterrar a su padre. Era el último vivo que les quedaba entre los seniors de la familia. Cierto que todavía estaba la prima Eduvigis, demenciada y postrada en cama desde hacía ya la intemerata, pero aquello no era vida. Esa tarde Leonor y Laureana regresaron a casa tristonas y sin ganas de cenar. No es que fueran de cenar mucho: un caldito de pollo, tortillita a la francesa, la pieza de fruta y pare usted de contar. Pero ni eso les entraba. Sabían que ahora tendrían que enfrentarse al silencio de los ausentes, que es un silencio intenso, instantáneo y seco como si le das un trancazo a un cerdo que chilla. Allí en el pueblo se hablaba así, a base de comparaciones comprensibles. Sin embargo, ellas eran más de leer, de clasificar cosas, de planchar bien el paño, de preparar buenas mantecadas si hiciera falta. Su espíritu de sacrificio era superior a su capacidad para la ambición. En su cabeza no se dibujaban los retos, sino una difusa y empecinada abnegación hacia sus allegados, amistades y vecindario. Así fue desde siempre: las dos unidas. Las hermanas no discuten, que eso está muy feo. Leonor y Laureana. Ele y Ele, las llamaba el sobrino nieto por parte de su pobre-hermano-Ernesto-que-en-paz-descanse, que se les fue repentinamente de una cosa mala. El nieto de Ernesto-que-en-paz-descanse, Pedro Javier, las llamaba siempre Ele y Ele. Qué guasón. Qué chiquillo.

—A ver qué hacemos ahora con la cama de matrimonio del pobre papá-que-en-paz-descanse —se planteó Laureana, la más prudente.

—¿Qué quieres que hagamos, hermana? Conservarla. Que ahí nacimos nosotras, figúrate. 

Leonor no es que fuera la hermana dominante, pero era la que dictaminaba. De manera que se mudaron a la habitación grande. Grande y bien hermosa. Con una luz mañanera que daba gozo y unos techos altísimos con vigas de madera de América. Y la cama, una preciosidad, en madera de castaño tallada a mano, con repujados en relieve. Conservaban además la pareja de mesillas a juego. La izquierda para guardar los pañuelos y el orinal. La derecha, para las fotos y recordatorios de los difuntos. Allí dentro estaban las estampitas primorosamente catalogadas por orden de parentesco (los familiares de mayor cercanía en una parte y los conocidos en otro montón) y, para mayor control, estaban dispuestas también por fecha de defunción. Sobre la última, la de Ernesto-que-en-paz-descanse, iría la del pobre papá.

—Ay, Leonor… un recordatorio más para guardar en la mesilla —suspiró Laureana—. Qué poca cosa somos. Y colocó la postrera estampita en riguroso orden cronológico.

—Eso, hermana. «La mesilla de los difuntos» le vamos a tener que poner.

Y la mesilla quedó bautizada como si fuera un mueble de IKEA. 

Ángela Mallén, Entretanto, en algún lugar.

 

Tres poemas de Teresa Guzmán, del libro ‘En el lugar del viento’

En el lugar del viento
ANSIÁBAMOS LA LUZ DE LAS CIUDADES,
sus destellos más íntimos
a la caída de la tarde
como minúsculos cristales esmerilados
que dejaban tan solo ver las formas.
Nos creímos gigantes
a esa escala en la que se miden
las latitudes más extrañas de los mapas.
Bastaba con atrapar la tibieza
con que un dedo acaricia
el cuenco de la mano.
Yo sigo el zigzagueo
con los ojos,
sin perder el trazo
del símbolo infinito que me dibujas.
Dormimos al raso de los sueños
bajo un cielo que muestra
lo que aún no ha acontecido.
Tú te muerdes los labios
de la misma forma en que seduces.
Yo veo las palabras
consumidas en mi cabeza,
mientras cae la luz sobre tus ojos
y es fácil rendirse al embrujo
con que precipitan el crepúsculo. 
COMO SI NADA TRATAS LA MATERIA DEL TEMBLOR.
La vistes a tu antojo moldeando sus formas
y exhibes la alquimia con que mudas
los tiempos que encierran los espejos.
Te nombro aquí, frente a un paisaje
que no puede durar más allá
de lo que somos,
dos seres que proyectan un mismo deseo
y caminan ciegos
en medio de la persistencia de la niebla.
Puedes decir que existe un lugar
reservado a quienes al igual que yo,
nunca se rinden.
Pero ese lugar está más adelante
y el paso del tiempo
unge la extrema unción
sobre la frente coronada por el frío.
Si te acercas lo suficiente
me verás latir la piel,
notarás su respiración
como una sábana bombeada
por el levante.
Llueve sobre tu playa en el invierno,
a los pies de la cama donde te vi volar
como el pájaro libre
que debiste ser siempre. 
HE VENIDO A VIVIR A UNA CIUDAD
que tiene la medida de un bosque.
He traído las nubes desde lejos
y plantado las semillas
en una tierra que fuera
heredera del primer paraíso.
La mía bien pudiera ser
la historia de cualquiera,
con sus verdades a medias,
sus luces y sus sombras,
reveladas en la iluminación
última de la tarde.
En ella no caben
los idiomas que trenzan las palabras,
y no soy más que aquella
que ha elegido para la contemplación
un espejo de agua. 

El Lazarillo, Carpanta y la España de carretas sin carreteras

Foto Remartini
David Remartínez ‘Remartini’

El hervor final a la tortilla tenía por objeto, lógicamente, reblandecer el pan duro hasta convertirlo en algo digerible para aquellas bocas llenas de agujeros. Recordemos que somos el país del Lazarillo y de Carpanta; que aquí, hasta que tuvimos clase media, solo estaban gordos los curas, los generales y los ministros. Había una masa de gente que se aparentaba burguesa pero que no lo era, como tampoco las recetas caseras eran realmente recetas. 

Una receta siempre pretende ser una memoria orgullosa, no una mera instrucción para no morir durante el invierno. El hambre agudiza el ingenio para sobrevivir, en efecto, pero nunca alcanza por sí solo el necesario para súpervivir. El progreso requiere autopistas con entradas y salidas en lugar de pedregosos caminos de cabras. Josep Pla señalaba en 1972 que «una de las cuestiones más complejas y de mayor profundidad de esta península es la mejora de la cocina popular y rural, no solamente para llegar a vivir con un punto de discreción, sino con vistas a la eficacia». Una década después, en 1981, José Ramón Sáiz Viadero coincidía: «En Cantabria ha existido de siempre la teoría de comer para vivir, por encima de la más suntuosa de vivir para comer. Esta comarca peca, ya verán, de excesiva frugalidad, de manifiesto apego al comportamiento austero, y todo ello se echa de notar a la hora de hacer un repaso de los platos característicos de la región». Como se aprecia, ambas reflexiones, la de Viadero y la de Pla, entresacadas de Lo que hemos comido y de la guía Comer en Cantabria, respectivamente, son de hace dos días. De anteayer. De mis últimas imágenes de Petra y de su España helada, empujada por carros y carretas, y sin carreteras.

Remartini, La puta gastronomía.

Kepa Murua lee un fragmento de ‘La carretera de la costa’

La carretera de la costa

‘La carretera de la costa’: Confesiones de una hija

La génesis de #lacarreteradelacosta llevó a descartar unos fragmentos finales de la obra de #kepamurua, que ahora recogemos en nuestro blog por su especial interés. En el que lleva por epígrafe ‘Confesiones de una hija’ se lee el testimonio dramatizado por el autor de la hija de Ceferino Peña, aquel a que ETA mató ‘por error’ y que es el protagonista elidido de la obra, junto con la propia violencia de los Años de Plomo y una carretera entre Zarauz y Guetaria que contiene tanta belleza como tragedia.

«Mi padre trabajaba la familia y cuando lo mataron quedamos solas mi madre y yo; yo, con muy pocos años. La ama me contó que durante un tiempo me quedé callada. Nunca he querido hablar de ello, pero tampoco he querido perder la alegría ni dejar que la rabia nos comiera por dentro. Mi padre nos enseñó que las personas deben prescindir del odio para superar cualquier dolor en la vida y ser felices algún día. Al principio, con toda la pena del mundo encima, no quisimos movernos de Arrona, de la parte de abajo, en la que él estaba presente. Unos años más tarde nos mudamos a Zarautz, donde hacemos una vida normal y la gente no sabe nada de lo que vivimos en el pasado. Pero desde que hace un año el pueblo de Arrona saldó la deuda que tenía con el aita estamos más tranquilas. Después de treinta y seis años, hoy es el día que junto a su amigo Joxe Mari Korta –son las casualidades que se dan con los nombres de este pueblo–, que fue asesinado con una bomba que le explotó al otro lado de la ría, por Bedua, se le recuerda con un monolito en el Rincón de la Memoria. Vivíamos en un pueblo donde nos conocíamos todos, pero que también tiene su historia. En ese rincón, un jardín con flores que cobija un árbol grande, se recuerda a los presos republicanos que tras la Guerra Civil estuvieron en un batallón de trabajadores que se ubicó en una casa cercana. Arrona, aunque es un barrio de Zestoa, tiene vida propia. Y eso era lo que mi padre tenía, mucha vida, hasta que murió con cuarenta años, muy joven; yo misma cumplí ya esos años. De niña no entendía lo que nos había pasado. Cuando fui haciéndome mayor, con cada asesinato que escuchaba en la televisión u oíamos en la radio, volvían las pesadillas. Cosas así no debían de ocurrirle a nadie. Nos tocó a nosotras: si me voy para atrás en el tiempo, puedo recordar el ruido, como si fueran unos petardos, una ráfaga de aire con un extraño olor que entró de golpe en la carrocería, y un hombre, que me pareció muy alto, que no dejaba de mirarme y que intentaba guardar una pistola bajo el brazo. Creo que no sentí miedo, lo que sentí fue algo inexplicable, una pena inmensa que no sabría cómo. Sé que podría mirar a otro lado, alguna vez he pensado que lo hice; y también he llegado a dudar de si nuestra conducta fue la apropiada. Pero si no viviera en el presente y no mirara para adelante, sé también que lo estaríamos traicionando. Quedarme en el odio no es lo que me hubiera enseñado mi padre: nunca lo hice, ni siquiera cuando volvía a Arrona y pasaba por la carrocería en la que trabajaba. En cuanto a la historia que nos ha tocado, pienso que la paz es un bien sagrado que pertenece a todos. Es lo que les digo a mis alumnos cuando doy clase; ellos no saben quién fue mi padre, pero me gustaría que vivieran sin resentimientos. Es una lección que me costó aprender: todos los días se ha de vivir sin odio. Superar la rabia nos permitió olvidarnos de la tristeza de una madre y de una hija que saben, aunque no lo puedan creer del todo, especialmente los primeros días, que el hombre de la casa, el marido, el padre, no volverá a tocar el timbre ni abrir la puerta con su llave. Para que no vuelva a ocurrir, todos debemos seguir por un camino parecido. Solo que cada dieciséis de mayo su recuerdo vuelve con la misma intensidad que al principio; antes celebrábamos los actos en familia, en la intimidad, pero hoy es el día en que estamos satisfechas de que su historia sea conocida por los vecinos. Arrona es un pueblo tranquilo, no tiene la playa de Zarautz, pero el verde del monte se mete en las calles, toca las casas, y la gente se conoce desde hace mucho tiempo. Al principio mi madre pensó que irnos era traicionar su memoria y volver a matarlo de otra forma, pero pasado un tiempo, cuando ella se sintió sola y sin fuerzas para pasear por los lugares donde había sido feliz con su marido, decidió que lo mejor era que nos fuéramos a otro lugar, donde no nos conociera nadie, para que yo pudiera empezar de cero. Mi madre dice que solo tenía ojos para mí y que era un buen hombre, cariñoso, muy trabajador, sano, honesto, amigo de sus amigos, amante de la montaña. Le gustaba recoger setas, tomarse un vino con alguno de sus vecinos, bailar con ella en las fiestas, y si no estaba silbando, ella me decía que podías oírle cantar a menudo. Para cada cliente que cruzaba la puerta del taller tenía una sonrisa y una palabra de ánimo en sus labios para aquel que lo necesitara. Con cada fotografía suya que me mostraba, cuando las lágrimas no le saltaban por la cara, salían los recuerdos más hermosos. Mi madre insiste que no hay una en la que se le vea enfadado. Me gusta su nombre, para nosotros es parte de la familia, Ceferino. Fue mi padre quien eligió el mío. Por si no lo dije, me llamo Kristina, Kristina Peña, y estoy orgullosa de ser su hija. Me quiso por encima de todo y aunque ha pasado tiempo desde que se nos fue, para mí fue y sigue siendo mi padre. El dolor sentido nos volvió tristes, pero también nos hizo fuertes. Durante años estuvimos calladas, hablábamos solo entre nosotras, y a menudo, durante mucho tiempo, ni siquiera eso. Hoy lo hacemos con más libertad. Como a él, me gusta la música, y cuando canto soy feliz porque siento que no lo olvido. No le pude conocer como me hubiera gustado; esa podría ser una de las razones que me han llevado a negarme a hablar de lo sucedido. Solo tenía tres años cuando me fijé en los ojos de aquel hombre que lo mató. Dijeron que fue un error, pero nunca he querido saber lo que pensaba su asesino. Lo que sí me pregunto es si él me oye cuando toco la trikitixa1 por ejemplo. O si su muerte, como la de tantos otros, tiene una razón invisible en esta historia que es nuestra vida tantas veces en silencio. Cuando el recuerdo se hace intenso, vuelvo a Arrona, y me pierdo por algún lugar que sé que le gustaba especialmente. Lo hago andando, despacio, sin prisa. En coche, por la carretera de la costa, se tarda una media hora en llegar hasta allí. El regreso suelo hacerlo por el mismo camino. Evito pasar por Meagas, nunca voy más allá de Zumaya, nunca hasta Deba, no sé por qué, pero ese trayecto me da un poco de miedo. A él le gustaba conducir, probaba la puesta a punto de los coches que debía entregar a sus clientes por esa carretera. Decía que, con el mar a su lado, era la más bonita del mundo.«

«Su contrato por enamorarla caduca hoy», un fragmento de ‘Rojo perla’, de Jesús Pardo

–El señor Lacombe –enunció una voz neutra, como quien recita un versículo de la biblia– me comunica que su contrato por enamorarla a Usted caduca hoy, y quienes le tenían contratado con ese objeto acaban de comunicarle que no piensan renovar el contrato, de modo que al señor Lacombe ya no le será posible seguir visitándola a diario, a menos que lo renueve Usted de su bolsillo: son dos mil dólares semanales por una visita fogosa y tierna de cuatro horas diarias, con frecuentes llamadas nocturnas, y las atenciones y los pequeños regalos pagados aparte contra recibo. Estoy leyéndole a Usted literalmente lo que estipula el contrato. Usted dirá.
Oyendo esto, Lyduvina no lo entendía, y sólo cuando la voz, impasible, se lo repitió casi silábicamente, se dio vaga cuenta de que estaba sucediéndole algo tremendo y extraño que sus oídos captaban, pero no su mente. Así y todo, por si acaso, colgó y marcó con sus propios dedos el número de Lacombe, y fue la voz de la secretaria de éste quien la informó amablemente de que el señor Lacombe acababa de salir de viaje y estaría fuera por un tiempo que no le había precisado. Y entonces Lyduvina sí que comprendió, nítida, confusamente, el volumen de la atroz tragedia en que de pronto estaba sumida, viéndose cuando menos lo esperaba blanco de la bofetada más fea y odiosa de su vida entera. Y colgó, esta vez para siempre: desganada de todo, ajena a todo, sin saber qué decir o pensar. Y cayó cuan larga era, ni con sentido ni sin él, simplemente como inexistente. Ávida, empero, de alguna noticia, vigilaba al cartero, preguntaba constantemente al puertorriqueño de la portería si habría llegado un telegrama, o carta, o algo, del señor Lacombe, y poco a poco fue madurando en su mente la idea justa: se trataba de una trama de la que ella, sin saber por qué, era víctima, y fue cayendo en una apatía tan honda que a todo el mundo le extrañaba. Ella seguía haciendo puntualmente su trabajo, pero con simple eficiencia, es decir: sin entusiasmo. Su permanente optimismo y jovialidad, por los que era famosa entre sus amistades, fue languideciendo.

Extracto de ‘Adana’, de Rax Rinnekangas

Adana

«Cuando el féretro estaba ya en la tumba y la gente empezó a depositar las coronas y las flores sobre las ramas de abeto que la cubrían, fijé la atención en cierta persona que estaba sentada tan apartada de los demás como yo. Se encontraba detrás del resto de la gente, en el lado contrario al que yo estaba, por lo que al principio me pareció haber visto tan solo su silueta. Fijé la atención en esa persona porque miraba el final del entierro desde un lado, como si fuera un objeto invisible en algún lugar fuera del cementerio.

Cuando el párroco empezó a dar la mano a los parientes cercanos y a las primeras personas que abandonaban el lugar, me trasladé a un segundo plano, muy a la derecha, para ver mejor a esa persona. Ahora distinguí que se trataba de una mujer, quizá algo mayor que yo y completamente extranjera. En toda su esencia y forma de estar presente sin estar presente, no encajaba, de ninguna manera, en la imagen general del funeral.

La mujer estaba de pie a un lado del grupo de gente, varios metros por detrás de los últimos visitantes, como si hubiera acabado allí por casualidad y ya no fuera capaz de irse. Sin embargo, parecía que había ido expresamente a la ceremonia. Llevaba el cabello negro de longitud media atado en una trenza lateral. Con una mano sujetaba la correa de su bolso de mano; la otra mano la tenía dentro del bolsillo del abrigo. Por debajo del dobladillo del abrigo se distinguía un vestido rojizo de terciopelo con pliegues. Cuando la mujer sacó la mano del bolsillo y se rozó el pómulo, su muñeca dejó ver un aro cuyo material no pude distinguir en la distancia.

Sentí que se me formaba un nudo en el estómago y empezaba a cubrirme de sudor; en ese momento, la mujer empezó a moverse al lado de la gente hacia la tumba. Avanzaba con paso firme, como una persona que toma todas las decisiones en su vida. Finalmente, se quedó de pie al lado de la tumba, inmóvil, sin depositar nada sobre las ramas; se limitó a mirar hacia abajo, como si el dolor la presionase en esa posición y la dejase paralizada en el sitio. Finalmente, esta mujer que parecía mulata se enderezó y, sin dejar de mirar al frente, regresó con calma a su sitio; entonces, se quedó mirando fijamente al horizonte del cementerio.

Todo esto lo observé por detrás, sin distinguir la cara de la mujer en ningún momento. Solo veía su estrecha figura, su cabello negro y su perfil. Tampoco tuve tiempo de más, ya que varias miradas alrededor de la tumba se dirigieron hacia mí: algunos parientes del difunto me habían reconocido. Era mi turno de acercarme al féretro. «

Adana, Rax Rinnekangas.

‘Historia de una criada de granja’, de Maupassant

$photoName«Como hacía muy buen tiempo, los trabajadores de la granja habían comido más rápidamente que de costumbre y ya habían vuelto a los campos. Rosa, la criada, permaneció sola en medio de la gran cocina en la que el fuego se apagaba en el hogar bajo la marmita llena de agua caliente. Sacaba de allí agua y fregaba lentamente la vajilla, interrumpiéndose para mirar dos cuadrados luminosos que el sol, a través de la ventana, reflejaba en la larga mesa y en los cuales aparecían los defectos de los cristales.
Tres gallinas atrevidas buscaban migas bajo las sillas. Olores de corral, calores fermentados de establo entraban por la puerta entreabierta, y en el silencio del ardiente mediodía se oía cantar a los gallos.
Cuando la muchacha hubo terminado su trabajo, limpiado la mesa, fregado la chimenea y colocado los platos en el alto trinchero del fondo, al lado del reloj de madera de sonoro tic-tac, respiró, algo sofocada, agobiada sin saber por qué. Miró las paredes de arcilla ennegrecidas, las vigas tiznadas del techo de las que colgaban telas de araña, arenques ahumados y ristras de cebollas; luego se sentó, molesta por las emanaciones antiguas que el calor de ese día extraía de la tierra batida del suelo en donde tantas cosas se habían secado a lo largo del tiempo. También se mezclaba el sabor agrio de la leche que se cuajaba al fresco en el cuarto de al lado. Quiso, sin embargo, ponerse a coser como de costumbre, pero se sintió sin fuerzas y se acercó al umbral para respirar.
Entonces, acariciada por la ardiente luz, sintió una dulzura que le penetraba hasta el corazón, un bienestar que se deslizaba por sus miembros.
Delante de la puerta, el estiércol desprendía un pequeño vapor brillante. Las gallinas se revolcaban en él, tumbadas de costado y arañaban con una sola pata para encontrar gusanos. En medio de ellas se erguía orgulloso el gallo. A cada momento elegía una y daba vueltas a su alrededor con un pequeño cloqueo de llamada. La gallina se levantaba indolentemente, doblaba las patas y lo recibía con aire tranquilo, soportándolo sobre sus alas; luego se sacudía las plumas, de donde se escapaba polvo y de nuevo se tumbaba sobre el estiércol, mientras que él cantaba, contando sus triunfos; y en todos los corrales, todos los gallos le respondían, como si, de una granja a otra, se enviasen desafíos amorosos.
La criada los miraba sin verlos; levantó luego los ojos y los manzanos en flor, blancos como cabezas empolvadas, la deslumbraron.
De repente un potro joven, loco de alegría, pasó por delante de ella galopando. Dio dos vueltas alrededor de las zanjas plantadas de árboles, luego se detuvo bruscamente y giró la cabeza como asombrado al encontrarse solo.
Ella también sentía ganas de correr, necesidad de moverse y, al mismo tiempo, deseo de tumbarse, de estirar los miembros, de descansar en el aire inmóvil y caliente. Dio algunos pasos, indecisa, cerrando los ojos, llena de un bienestar animal; luego, despacio, fue a buscar los huevos al gallinero. Había trece, que recogió y se llevó. Cuando los hubo acomodado en el aparador, volvió a sentirse molesta con los olores de la cocina y salió para sentarse un poco sobre la hierba.
El patio de la granja, rodea…»

Historia de una criada de granja, de Guy de Maupassant. Traducción: Marta Cerezales Laforet.

‘Si fuese posible montar en una bruja’: Extracto

Si fuese posible montar en una bruja_buena_requetefinal_1 febrer

Emile Kraepelin es despertado una mañana de febrero de 1917 por uno de sus ayudantes. Kraepelin, algo aturdido y desorientado, se viste rápidamente, se atusa la barba con cierta pereza y acude a su consulta, donde le esperan dos tipos acompañados de una mujer. Al instante adivina, por su ropa, que se trata de una criada. En su rostro son evidentes los signos de extenuación. Ella permanece callada, con el pelo revuelto, la mirada clavada en el techo y los puños apretados. Efectivamente es la criada de Friedrich Schwäbisch, un adinerado banquero originario de Hamburgo. Schwäbisch es un hombre poderoso y bastante conocido debido a su interés por las investigaciones psiquiátricas así como por todo lo relativo a la parapsicología. Desde hace un par de años, a pesar de los estragos económicos de la Gran Guerra, financia las investigaciones psiquiátricas y farmacológicas de Kraepelin. Ese día Schwäbisch ha aparecido muy de mañana junto a su criada, de la que le ha hablado en varias ocasiones previamente a Kraepelin. El banquero considera que ella debe estar aquejada por alguna enigmática enfermedad. Schwäbisch parece tomarse todo esto como un juego, aunque en realidad, como supo adivinar Kraepelin tiempo después, lo que en el fondo hay es una torturante forma de sublimar su terror cristiano al infierno. Para Kraepelin, al contrario, el interés es marcadamente científico, pero ha de seguir el juego a Schwäbisch, ya que él financia todos sus proyectos. Por ello accede de buena gana a examinar a la criada de Schwäbisch, llamada Anne. El documento que él mismo escribe es lo que nos interesa ahora mismo. Veamos qué hallamos en él. Nos presenta Kraepelin a una criada en la que es posible observar a primera vista un profundo gesto de agotamiento. Sin embargo, a pesar de estas visibles señales de fatiga en su rostro, la criada sometida a examen se encuentra —describe Kraepelin— siempre en continuo movimiento, arriba y abajo, agitando sus brazos, ocupada en alguna frenética e inevitable tarea, etc. Escribe Kraepelin: «al intentar detener sus movimientos, nos encontramos inesperadamente con una enorme resistencia». Desde ese momento nos describe sus acciones con el objetivo de lograr, por parte de la paciente, algún tipo de reacción. Se coloca delante de ella con los brazos extendidos para cortar su paso, la sostiene firmemente en sus brazos, trata de arrebatarle el pan que lleva en la mano, le clava agujas en la frente para comprobar su resistencia, etc. Todas estas pruebas, a las que asiste Schwäbisch como si estuviera viendo un ritual mágico, le llevan a Kraepelin, en su informe, a diagnosticar inevitablemente la locura de esta criada. No le parece posible una explicación diferente a su conducta. La nula reacción por parte de la criada no ofrece duda al respecto.

Hasta aquí el relato de Kraepelin. Un relato real que podemos hacer pasar por alegoría. Una historia que nos sirve para hablar de otra cosa. Dicho esto: descendamos. Tratemos de extraer lo que nos interesa de esa historia. ¿Tiene una sola lectura: un médico examina a una paciente loca? Parece que simplificar así la narración sería frustrante. Hagamos otra pregunta aún más divagatoria: ¿y si fuéramos marcianos que aterrizan en ese momento, justo en el momento en el que Kraepelin aborda a la criada? ¿Se podría hacer otro relato desde este mismo relato? O, más sencillo, ¿y si la escena no estuviera codificada ni enmarcada? ¿Qué es lo que se vería? Sencillo: a un hombre agarrando a una mujer, sacudiéndola ferozmente, tratando de quitarle lo que lleva en la mano, clavándole alfileres en la frente, etc. Y una mujer que ante tales acciones carece por completo de capacidad de reacción. ¿Quién sería el loco en este otro lado del relato? La interacción desaparece por completo. La narración de Kraepelin escenifica tan sólo un lado del juego —sólo un extremo de la experiencia—, y por lo tanto, trata de extraer las reglas de ese juego a partir de los movimientos de un único jugador. Kraepelin representa la institución, la cual determina el lugar de quien habla. La criada es sólo un fantasma, la ocasión de la institución para hacer visible su poder. En la narración de Kraepelin no existe un intercambio de experiencias sino la consolidación de la semántica académica que implica la aceptación de un discurso cerrado y claramente unidireccional; que parte, precisamente, de la institucionalización de un consenso o metáfora: la locura. A la paciente se le despoja de toda capacidad narrativa. ¿Entonces?

Veamos la misma historia desde otro ángulo.

Hagamos de esta historia algo nuestro.

A partir de esta fábula real narrada, ¿qué consecuencias teóricas extraemos?

La historia que vamos a narrar a continuación podría comenzar de esto modo…

EL LUGAR DE LO SENSIBLE

Las formas en las que el siglo XVIII se nos ofrece varían notablemente en función del lugar que escojamos para leerlo. Sin embargo, la paradoja mayor reside en el hecho de que todas esas formas de lectura fueron inventos del propio siglo XVIII. El siglo XVIII es el siglo de las contradicciones. Si bien se trata de un siglo que habitualmente describimos, sin rodeos, como siglo de las luces, de la razón, etc., no debemos olvidar que es, al mismo tiempo, el siglo disciplinar por excelencia. La liberación del Antiguo Régimen, la mayoría de edad anunciada por Kant, etc., son casos que se entrelazan perfectamente con el surgimiento del carácter disciplinar del conocimiento. Estas contradicciones se nutren mutuamente. La burguesía europea desarrolla una progresiva transformación cultural que podemos leer como una jugada maestra. El mismo siglo y el mismo espíritu ilustrado que halla su fundamento en la democracia, en la razón y en la ciencia frente a la superstición; es decir, el mismo siglo y el mismo espíritu que defiende el concepto de opinión pública y que, por tanto, desde todo ello, logra acabar progresivamente con todas las instituciones del Antiguo Régimen, es el mismo siglo y el mismo espíritu que crea las estructuras férreas de lo disciplinario: cárceles, manicomios, sistema bancario, ejército profesionalizado, etc. Es evidente que ese sistema disciplinario afecta a las artes: nace la estética como disciplina (Baumgarten), pero también la crítica de arte (Diderot), la historia del arte (Winckelmann)… El problema radical al que se enfrenta el burgués ilustrado capitalista es el siguiente: hemos eliminado todo aquello que organizaba la vida en el marco del sistema político del Antiguo Régimen, pero, ¿qué hacemos con lo que nos queda? ¿Qué hacemos con ese resto, con ese magma de sentimientos liberados? La defensa del yo, de la subjetividad, de la individualidad típica del mundo burgués ilustrado (y que, por supuesto, tiene que ver con el avance del espíritu capitalista) conlleva un problema radical: si una vez hemos derrocado al Antiguo Régimen, piensa el buen burgués, que implicaba un sistema de organización social totalmente cerrado y represor, es factible que todos y cada uno de los sujetos redimidos socialmente comiencen a sentirse absolutamente libres como sujetos sintientes, como seres sensibles individuales, lo que puede producir (piensa el buen burgués) que tengamos un problema mayor. El Antiguo Régimen era un régimen necesariamente opresor, pero al eliminarlo hemos de crear algún tipo de estructura institucional nueva y diferente que nos permita mantener un orden dentro del cual los sujetos se sientan libres. Éste es el gran momento de la burguesía ilustrada: generar un sentimiento de sometimiento libre al orden. Ya no hay absolutismo, ahora hay disciplinas y leyes que han de ser subjetivadas racional y sentimentalmente. Por lo tanto se trata de generar a través de los sentimientos un modo de control de esos sentimientos. Y ahí está la estética como arma perfecta. Ahí está La norma del gusto de David Hume o, posteriormente, la Crítica del Juicio de Kant. Pero también, no olvidemos, el autor que influye en ambos: Adam Smith, y La riqueza de las naciones o la Teoría de los sentimientos morales. El sentimiento es el nuevo elemento regulador de la existencia. Las leyes no han de ser impuestas como lo eran en el absolutismo, ahora, en el siglo ilustrado, las leyes han de emanar desde los sentimientos y han de ser obedecidas porque se sienten leyes justas y racionales, y la ley es una finalidad en sí misma. Ésta es la jugada maestra de la burguesía de la época, porque desde aquí puede asentar esa burguesía los principios y disciplinas que desea. ¿Qué significa esto? Pues que está en manos de esta burguesía crear un principio de normalidad, una línea que marque las distancias. Es decir, todos somos libres de sentir lo que deseemos, todos somos seres autónomos regidos por principios racionales y sensibles, ahora bien, es necesario construir unos límites. En este sentido, pocos lugares como La norma del gusto, de David Hume (1757). Hume recoge una doble argumentación altamente interesante. Por un lado defiende el principio de la radical diferencia de gustos y apreciaciones sobre la sensibilidad. Cada cual es libre para sentir como quiera, viene a decirnos. Sin embargo, acto seguido, señala que a pesar de esa libertad sensible, es evidente que existen sujetos cuya capacidad de juicio es mayor. Lo que sintetiza el pensamiento de Hume es lo siguiente: a) no se puede dar reglas objetivas del gusto y de lo sensible, ya que eso supondría romper con la idea de la absoluta libertad y de la diversidad de gustos y opiniones. Ahora bien, b) es necesario reconocer que hay personas capaces de construir juicios de gusto eficientes que si bien no sirven como leyes, sí sirven como ejemplos sensibles, los cuales funcionan como normas de gusto. Hume sintetiza a la perfección la nueva visión ilustrada que podríamos entender como double-bind, siguiendo a Gregory Bateson. Es decir: todos somos libres, pero lo mejor es seguir la norma del gusto, que no dimana de ningún principio objetivo ni objetivable sino de la aceptación de que existen personas cuyo ejemplo es capaz de servirnos como norma sensible.

Valga esta apuesta de Hume para entender esas políticas de lo sensible que la ilustración burguesa pretende acentuar, y que, pronto, serán cuestionadas por los románticos. Serán éstos (entendidos no como movimiento, sino como nueva sensibilidad pujante), quienes desde mediado el siglo XVIII, busquen un modo de cuestionar esta disciplinarización económica de lo social y de lo cultural. Basta contraponer, para observar las tensiones implícitas en ese siglo, las palabras de Hume a las de Goethe. En Los sufrimientos del joven Werther asistimos a uno de los momentos de mayor lucidez al respecto. Escribe Goethe:

Me reafirmo en mi propósito de atenerme en lo sucesivo solamente al natural. Sólo la naturaleza tiene una riqueza sin fin, y sólo ella forma al gran artista. Se puede decir mucho a favor de las reglas, aproximadamente lo que se puede decir en alabanza de la sociedad burguesa. Una persona que se forme con arreglo a ellas, nunca producirá nada malo ni de mal gusto, del mismo modo que uno que se deja modelar por las leyes y el decoro, jamás llegará a ser un vecino insoportable ni un malvado notable: pero dígase lo que se quiera, todas las reglas destruyen el verdadero sentimiento de la naturaleza y la auténtica expresión. Dirás que esto es demasiado duro: que sólo se trata de limitar, de cortar los sarmientos secos, etc. Amigo mío ¿he de ponerte una comparación? Ocurre como con el amor. Un corazón joven se esclaviza a una muchacha: pasa todas las horas del día con ella y disipa todas sus fuerzas y todos sus saberes para expresarle a cada momento que se le entrega por completo. Y si llegara entonces un burgués, un hombre que esté en un cargo público, y le dijera: ¡Estimado joven! ¡Amar es humano, pero hay que amar humanamente! Distribuya sus horas; las unas para el trabajo, y las horas de descanso dedíquelas a su amada. Eche cuentas de su hacienda, y lo que le sobre de lo indispensable, no le prohíbo que lo emplee en algún regalo, pero no con demasiada frecuencia: por ejemplo, el día de su cumpleaños, de su santo, etc. Si obedece a este hombre, habrá un joven útil, y yo mismo aconsejaría a cualquier príncipe que lo sentara en algún Consejo; pero se acabó su amor, y, si es artista, se acabó su arte.

Goethe dibuja perfectamente la pulsión de esa nueva política sensible que se abre desde dentro del pensamiento disciplinario ilustrado-capitalista. Lo mismo nos serviría la contraposición entre Charles Batteaux y Denis Diderot. Este último escribía: «Las reglas han hecho del arte una rutina; y no sé si han sido más perjudiciales que útiles. Entendámonos: han servido al hombre vulgar; han perjudicado al hombre de genio». Dicho esto, es posible entender las tensiones relativas al desarrollo del siglo XVIII 1. En efecto, mientras se asienta, progresivamente, un sistema de ruptura y de cuestionamiento del Antiguo Régimen gracias a la burguesía ilustrada, la cual gestiona una forma nueva de subjetividad (a partir de una nueva conciencia económica), es esta misma forma de subjetividad la que posibilitará en el futuro, a su vez, la puesta en duda de la conciencia capitalista de esa misma burguesía ilustrada. Una contradicción harto compleja, pero iluminadora. Es más, es a partir de esta circularidad contradictoria que se erige la nueva política sensible que hallamos en el romanticismo. En un relato bastante posterior escrito por Heinrich Heine, titulado De las memorias del señor Schnabelepowski, hallamos implícita esta misma hipótesis paradójica, esta misma tensión entre la posibilidad de un nuevo yo en un contexto económico en plena transformación, y cómo ese yo, desde la ironía, desde la crítica, pretende cuestionar ese contexto económico. Lo mismo sucede si nos acercamos a relatos como Lo superfluo, de Ludwig Tieck, o El enano Zacarías, de E.T.A. Hoffmann. Sobre esto advertían ya, con claridad, Michael Löwy y Robert Sayre en Rebelión y melancolía. El romanticismo como contracorriente de la modernidad. Allí señalan: «El capitalismo suscita individuos independientes para cumplir funciones socioeconómicas; pero cuando esos individuos, se convierten en individualidades subjetivas, que exploran y desarrollan su mundo interior, sus sentimientos particulares, entran en contradicción con un universo fundado en la estandarización y la cosificación. Y cuando estos individuos reclaman el libre juego de su facultad de imaginación, chocan con la chatura extrema del mundo engendrado por los vínculos capitalistas. El romántico representa, al respecto, la rebelión  de la subjetividad y de la afectividad reprimidas, canalizadas y deformadas».

Ahora bien, expuesto todo lo anterior, la pregunta necesaria es: ¿y en España? Es evidente que todo este discurso señalado ya desde hace décadas por varios teóricos y filósofos no sirve para explicar el contexto español. De ello nos ocuparemos, fundamentalmente, al final de este libro. Sencillamente no sirve este esquema en el marco español porque no existía una burguesía, y menos una burguesía ilustrada como en el resto de Europa, o al menos con la concepción de tránsito de esa mentalidad. O mejor, sí existía pero carecía de la fuerza necesaria para generar ese espacio de hegemonía que era el objetivo final de la burguesía europea. Junto a elementos de esta índole, tenemos la gruesa sombra inquisitorial. Es por ello notablemente interesante el caso de Moratín, ya que él parte de una España atrasada y retrógrada, aún asentada en principios inquisitoriales, y se encuentra, como veremos, con una Europa en pleno cambio, con una marcha diferente en algunos casos, y en plena defensa de ese carácter positivo de lo sentimental tanto en la vida cotidiana como en el desarrollo económico. Moratín descubre todos estos debates mencionados mientras transita por Europa. Es en ese doble terreno, en ese no hallarse en casa en ningún sitio, donde Moratín explota con una prosa que trata de diseccionar (sin nostalgias ni patriotismos) todos esos problemas de profundidad política e intelectual del momento. Moratín ni acepta del todo esa ilustración disciplinaria de la burguesía europea ni la situación intelectual de España. Ahora bien, comprueba en ambos casos grietas, lugares para una realidad diferente. Estos lugares extraños, disidentes, se construyen en el discurso de Moratín desde lógicas narrativas extrañas, tales como la prosa humorística (ingenio enfermizo lo llamará Schlegel) o desde el diario personal (donde cada palabra está encriptada y complejizada, como veremos). Moratín ni es ilustrado plenamente, ni se identifica con el españolismo de la época, ni todavía es romántico, ni… Es este lugar vacío de aceptación y rechazo de lo disciplinar, de aceptación y rechazo de lo español, donde su prosa adquiere poder y alto voltaje. Moratín  hace de la prosa un instrumento de reflexión político y sensible, como se podrá comprobar al final de estas páginas.

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