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‘Pinar, piscina, plenilunio’, un extracto

Pinar, piscina, plenilunio
Pinar, piscina, plenilunio.

En la urbanización, el verano suponía encomendarse a todo lo que existía en la naturaleza, a todo lo que procedía directamente de ella y a cosas que habían derivado de su bondad por vías más tortuosas. 

Al verlos alejándose, mezclados con otros niños, a medida que aumentaban su distancia, me costaba comprender cómo mis hijos podían parecerme tan impropios. La imagen rara de unos niños pequeños dejando un hogar cómodo y seguro, diluyéndose en la compañía de sus amigos. Mi extrañeza al comprobar que ya eran otras personas, individuos ajenos en los que bullía la vida sin que yo tuviera que alentarla, con una capacidad clara para la escisión. 

Los rosales que había imaginado bordeando el césped no han crecido demasiado. La sequedad del clima consiente pocas especies de plantas y el césped se agosta en cuanto no se riega un par de días. Mis hijos son seres humanos diferenciados y yo tengo que hacer un esfuerzo más grande del que había previsto para sostener el verdor debido en torno al chalet. 

Después de entregarles a su grupo de amigos, vuelvo a sentir los espejos de la casa. ¿En qué momento del día se riegan los rosales? Vuelvo a mirarme en ellos con atención. Dedicando a mi reflejo un tiempo que normalmente ocupan otras personas. 

Hay horas en las que apenas se oye nada afuera y empiezo a derivar placer de exactitudes absurdas. Mido con la vista una de las columnas de la valla de los vecinos, un poco más baja que las demás. Desde la ventana de la cocina, mi punto de observación, dibujo la trayectoria que seguirán las madreselvas que han empezado a extender sus tentáculos sobre la valla, son algo más benévolas que las arizónicas de la parcela contigua. Sus ramas aguzadas crecerán de modo incontrolado y quienes las han plantado lo lamentarán. Nada de lo que es nuevo me resulta apacible todavía. 

Debo recordar que el mal casi nunca proviene de donde se espera. El mal siempre es otra cosa y la naturaleza tiene sus propios mecanismos, una inercia natural hacia la vida que imanta todo lo viviente con lo viviente, que atrae su propia continuidad. Lo vivo tiende a perdurar de forma inconsciente y automática.

Junio ya ha solidificado el color del cielo. Los coches pasan a poca velocidad pero sigo sin distinguir quiénes viajan dentro. Me gustaría conocer a esas personas. Pasan el verano a poca distancia de aquí, han construido casas que son similares entre ellas pero también diferentes, casas edificadas cerca de mi casa, en un radio que puede recorrerse a pie en menos de una hora. 

Patricia Rodríguez. Pinar, piscina, plenilunio

Extracto del prólogo de Ben Clark al libro ‘Un llanto sobre el mar’, de Leighton

Un llanto sobre el mar

Los llamados War poets han ocupado una parte central en el ejercicio colectivo de recordar que la Primera Guerra Mundial ocurrió. Sus versos se recitan todos los años con la devoción de quienes musitan textos sagrados y hoy, un siglo después del Armisticio del 11 de noviembre de 1918, podemos afirmar que, contra todo pronóstico, no ha sido la narrativa ni la pintura ni el cine, sino el arte más breve y frágil, la palabra hecha poesía, lo que ha logrado y logra transportarnos al horror de las trincheras de las que ya ningún ser humano guarda el recuerdo. Así, difundir la poesía de la Gran Guerra —difundir the pity, que diría Owen— es hacer justicia a la memoria, al recuerdo de lo abominables que podemos llegar a ser los hombres —¿hubiera ocurrido la Gran Guerra en un mundo liderado por mujeres?— y significa, entre otras cosas, trabajar para que esto no pueda volver a ocurrir jamás. Son malos tiempos para una paz europea y nuestra principal amenaza es el olvido. Así, traducir la poesía de las trincheras tiene una función práctica, actual, indispensable, nos permite el acceso a las voces que vivieron el infierno y que nos suplican, con sus versos, que no dejemos que ocurra de nuevo. En este sentido quiero felicitar y agradecer a Paula Campos Fernández por su extraordinaria labor. Ahora que se acaba de editar en España Testamento de Juventud, creo que la lectura de la poesía de Roland Aubrey Leighton resultará fundamental para evitar que sea sólo un personaje dentro de un libro. Fue un joven con sueños, un joven enamorado, el hijo de dos escritores que escribía, a su vez, estupendamente. Roland era puro futuro y todo le fue arrebatado a los veinte años. Disfruten, pues, de sus versos y de la excelente traducción de Paula Campos Fernández, y dediquen un momento a pensar en el joven Roland para que no sea verdad aquella vieja consigna de Bécquer: ¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!

Ben Clark, del Prólogo de Un llanto en el mar.

La mesilla de los difuntos

Para Carles B.

Leonor y Laureana acababan de enterrar a su padre. Era el último vivo que les quedaba entre los seniors de la familia. Cierto que todavía estaba la prima Eduvigis, demenciada y postrada en cama desde hacía ya la intemerata, pero aquello no era vida. Esa tarde Leonor y Laureana regresaron a casa tristonas y sin ganas de cenar. No es que fueran de cenar mucho: un caldito de pollo, tortillita a la francesa, la pieza de fruta y pare usted de contar. Pero ni eso les entraba. Sabían que ahora tendrían que enfrentarse al silencio de los ausentes, que es un silencio intenso, instantáneo y seco como si le das un trancazo a un cerdo que chilla. Allí en el pueblo se hablaba así, a base de comparaciones comprensibles. Sin embargo, ellas eran más de leer, de clasificar cosas, de planchar bien el paño, de preparar buenas mantecadas si hiciera falta. Su espíritu de sacrificio era superior a su capacidad para la ambición. En su cabeza no se dibujaban los retos, sino una difusa y empecinada abnegación hacia sus allegados, amistades y vecindario. Así fue desde siempre: las dos unidas. Las hermanas no discuten, que eso está muy feo. Leonor y Laureana. Ele y Ele, las llamaba el sobrino nieto por parte de su pobre-hermano-Ernesto-que-en-paz-descanse, que se les fue repentinamente de una cosa mala. El nieto de Ernesto-que-en-paz-descanse, Pedro Javier, las llamaba siempre Ele y Ele. Qué guasón. Qué chiquillo.

—A ver qué hacemos ahora con la cama de matrimonio del pobre papá-que-en-paz-descanse —se planteó Laureana, la más prudente.

—¿Qué quieres que hagamos, hermana? Conservarla. Que ahí nacimos nosotras, figúrate. 

Leonor no es que fuera la hermana dominante, pero era la que dictaminaba. De manera que se mudaron a la habitación grande. Grande y bien hermosa. Con una luz mañanera que daba gozo y unos techos altísimos con vigas de madera de América. Y la cama, una preciosidad, en madera de castaño tallada a mano, con repujados en relieve. Conservaban además la pareja de mesillas a juego. La izquierda para guardar los pañuelos y el orinal. La derecha, para las fotos y recordatorios de los difuntos. Allí dentro estaban las estampitas primorosamente catalogadas por orden de parentesco (los familiares de mayor cercanía en una parte y los conocidos en otro montón) y, para mayor control, estaban dispuestas también por fecha de defunción. Sobre la última, la de Ernesto-que-en-paz-descanse, iría la del pobre papá.

—Ay, Leonor… un recordatorio más para guardar en la mesilla —suspiró Laureana—. Qué poca cosa somos. Y colocó la postrera estampita en riguroso orden cronológico.

—Eso, hermana. «La mesilla de los difuntos» le vamos a tener que poner.

Y la mesilla quedó bautizada como si fuera un mueble de IKEA. 

Ángela Mallén, Entretanto, en algún lugar.

 

Tres poemas de Teresa Guzmán, del libro ‘En el lugar del viento’

En el lugar del viento
ANSIÁBAMOS LA LUZ DE LAS CIUDADES,
sus destellos más íntimos
a la caída de la tarde
como minúsculos cristales esmerilados
que dejaban tan solo ver las formas.
Nos creímos gigantes
a esa escala en la que se miden
las latitudes más extrañas de los mapas.
Bastaba con atrapar la tibieza
con que un dedo acaricia
el cuenco de la mano.
Yo sigo el zigzagueo
con los ojos,
sin perder el trazo
del símbolo infinito que me dibujas.
Dormimos al raso de los sueños
bajo un cielo que muestra
lo que aún no ha acontecido.
Tú te muerdes los labios
de la misma forma en que seduces.
Yo veo las palabras
consumidas en mi cabeza,
mientras cae la luz sobre tus ojos
y es fácil rendirse al embrujo
con que precipitan el crepúsculo. 
COMO SI NADA TRATAS LA MATERIA DEL TEMBLOR.
La vistes a tu antojo moldeando sus formas
y exhibes la alquimia con que mudas
los tiempos que encierran los espejos.
Te nombro aquí, frente a un paisaje
que no puede durar más allá
de lo que somos,
dos seres que proyectan un mismo deseo
y caminan ciegos
en medio de la persistencia de la niebla.
Puedes decir que existe un lugar
reservado a quienes al igual que yo,
nunca se rinden.
Pero ese lugar está más adelante
y el paso del tiempo
unge la extrema unción
sobre la frente coronada por el frío.
Si te acercas lo suficiente
me verás latir la piel,
notarás su respiración
como una sábana bombeada
por el levante.
Llueve sobre tu playa en el invierno,
a los pies de la cama donde te vi volar
como el pájaro libre
que debiste ser siempre. 
HE VENIDO A VIVIR A UNA CIUDAD
que tiene la medida de un bosque.
He traído las nubes desde lejos
y plantado las semillas
en una tierra que fuera
heredera del primer paraíso.
La mía bien pudiera ser
la historia de cualquiera,
con sus verdades a medias,
sus luces y sus sombras,
reveladas en la iluminación
última de la tarde.
En ella no caben
los idiomas que trenzan las palabras,
y no soy más que aquella
que ha elegido para la contemplación
un espejo de agua. 

El Lazarillo, Carpanta y la España de carretas sin carreteras

Foto Remartini
David Remartínez ‘Remartini’

El hervor final a la tortilla tenía por objeto, lógicamente, reblandecer el pan duro hasta convertirlo en algo digerible para aquellas bocas llenas de agujeros. Recordemos que somos el país del Lazarillo y de Carpanta; que aquí, hasta que tuvimos clase media, solo estaban gordos los curas, los generales y los ministros. Había una masa de gente que se aparentaba burguesa pero que no lo era, como tampoco las recetas caseras eran realmente recetas. 

Una receta siempre pretende ser una memoria orgullosa, no una mera instrucción para no morir durante el invierno. El hambre agudiza el ingenio para sobrevivir, en efecto, pero nunca alcanza por sí solo el necesario para súpervivir. El progreso requiere autopistas con entradas y salidas en lugar de pedregosos caminos de cabras. Josep Pla señalaba en 1972 que «una de las cuestiones más complejas y de mayor profundidad de esta península es la mejora de la cocina popular y rural, no solamente para llegar a vivir con un punto de discreción, sino con vistas a la eficacia». Una década después, en 1981, José Ramón Sáiz Viadero coincidía: «En Cantabria ha existido de siempre la teoría de comer para vivir, por encima de la más suntuosa de vivir para comer. Esta comarca peca, ya verán, de excesiva frugalidad, de manifiesto apego al comportamiento austero, y todo ello se echa de notar a la hora de hacer un repaso de los platos característicos de la región». Como se aprecia, ambas reflexiones, la de Viadero y la de Pla, entresacadas de Lo que hemos comido y de la guía Comer en Cantabria, respectivamente, son de hace dos días. De anteayer. De mis últimas imágenes de Petra y de su España helada, empujada por carros y carretas, y sin carreteras.

Remartini, La puta gastronomía.

Kepa Murua lee un fragmento de ‘La carretera de la costa’

La carretera de la costa

‘La carretera de la costa’: Confesiones de una hija

La génesis de #lacarreteradelacosta llevó a descartar unos fragmentos finales de la obra de #kepamurua, que ahora recogemos en nuestro blog por su especial interés. En el que lleva por epígrafe ‘Confesiones de una hija’ se lee el testimonio dramatizado por el autor de la hija de Ceferino Peña, aquel a que ETA mató ‘por error’ y que es el protagonista elidido de la obra, junto con la propia violencia de los Años de Plomo y una carretera entre Zarauz y Guetaria que contiene tanta belleza como tragedia.

«Mi padre trabajaba la familia y cuando lo mataron quedamos solas mi madre y yo; yo, con muy pocos años. La ama me contó que durante un tiempo me quedé callada. Nunca he querido hablar de ello, pero tampoco he querido perder la alegría ni dejar que la rabia nos comiera por dentro. Mi padre nos enseñó que las personas deben prescindir del odio para superar cualquier dolor en la vida y ser felices algún día. Al principio, con toda la pena del mundo encima, no quisimos movernos de Arrona, de la parte de abajo, en la que él estaba presente. Unos años más tarde nos mudamos a Zarautz, donde hacemos una vida normal y la gente no sabe nada de lo que vivimos en el pasado. Pero desde que hace un año el pueblo de Arrona saldó la deuda que tenía con el aita estamos más tranquilas. Después de treinta y seis años, hoy es el día que junto a su amigo Joxe Mari Korta –son las casualidades que se dan con los nombres de este pueblo–, que fue asesinado con una bomba que le explotó al otro lado de la ría, por Bedua, se le recuerda con un monolito en el Rincón de la Memoria. Vivíamos en un pueblo donde nos conocíamos todos, pero que también tiene su historia. En ese rincón, un jardín con flores que cobija un árbol grande, se recuerda a los presos republicanos que tras la Guerra Civil estuvieron en un batallón de trabajadores que se ubicó en una casa cercana. Arrona, aunque es un barrio de Zestoa, tiene vida propia. Y eso era lo que mi padre tenía, mucha vida, hasta que murió con cuarenta años, muy joven; yo misma cumplí ya esos años. De niña no entendía lo que nos había pasado. Cuando fui haciéndome mayor, con cada asesinato que escuchaba en la televisión u oíamos en la radio, volvían las pesadillas. Cosas así no debían de ocurrirle a nadie. Nos tocó a nosotras: si me voy para atrás en el tiempo, puedo recordar el ruido, como si fueran unos petardos, una ráfaga de aire con un extraño olor que entró de golpe en la carrocería, y un hombre, que me pareció muy alto, que no dejaba de mirarme y que intentaba guardar una pistola bajo el brazo. Creo que no sentí miedo, lo que sentí fue algo inexplicable, una pena inmensa que no sabría cómo. Sé que podría mirar a otro lado, alguna vez he pensado que lo hice; y también he llegado a dudar de si nuestra conducta fue la apropiada. Pero si no viviera en el presente y no mirara para adelante, sé también que lo estaríamos traicionando. Quedarme en el odio no es lo que me hubiera enseñado mi padre: nunca lo hice, ni siquiera cuando volvía a Arrona y pasaba por la carrocería en la que trabajaba. En cuanto a la historia que nos ha tocado, pienso que la paz es un bien sagrado que pertenece a todos. Es lo que les digo a mis alumnos cuando doy clase; ellos no saben quién fue mi padre, pero me gustaría que vivieran sin resentimientos. Es una lección que me costó aprender: todos los días se ha de vivir sin odio. Superar la rabia nos permitió olvidarnos de la tristeza de una madre y de una hija que saben, aunque no lo puedan creer del todo, especialmente los primeros días, que el hombre de la casa, el marido, el padre, no volverá a tocar el timbre ni abrir la puerta con su llave. Para que no vuelva a ocurrir, todos debemos seguir por un camino parecido. Solo que cada dieciséis de mayo su recuerdo vuelve con la misma intensidad que al principio; antes celebrábamos los actos en familia, en la intimidad, pero hoy es el día en que estamos satisfechas de que su historia sea conocida por los vecinos. Arrona es un pueblo tranquilo, no tiene la playa de Zarautz, pero el verde del monte se mete en las calles, toca las casas, y la gente se conoce desde hace mucho tiempo. Al principio mi madre pensó que irnos era traicionar su memoria y volver a matarlo de otra forma, pero pasado un tiempo, cuando ella se sintió sola y sin fuerzas para pasear por los lugares donde había sido feliz con su marido, decidió que lo mejor era que nos fuéramos a otro lugar, donde no nos conociera nadie, para que yo pudiera empezar de cero. Mi madre dice que solo tenía ojos para mí y que era un buen hombre, cariñoso, muy trabajador, sano, honesto, amigo de sus amigos, amante de la montaña. Le gustaba recoger setas, tomarse un vino con alguno de sus vecinos, bailar con ella en las fiestas, y si no estaba silbando, ella me decía que podías oírle cantar a menudo. Para cada cliente que cruzaba la puerta del taller tenía una sonrisa y una palabra de ánimo en sus labios para aquel que lo necesitara. Con cada fotografía suya que me mostraba, cuando las lágrimas no le saltaban por la cara, salían los recuerdos más hermosos. Mi madre insiste que no hay una en la que se le vea enfadado. Me gusta su nombre, para nosotros es parte de la familia, Ceferino. Fue mi padre quien eligió el mío. Por si no lo dije, me llamo Kristina, Kristina Peña, y estoy orgullosa de ser su hija. Me quiso por encima de todo y aunque ha pasado tiempo desde que se nos fue, para mí fue y sigue siendo mi padre. El dolor sentido nos volvió tristes, pero también nos hizo fuertes. Durante años estuvimos calladas, hablábamos solo entre nosotras, y a menudo, durante mucho tiempo, ni siquiera eso. Hoy lo hacemos con más libertad. Como a él, me gusta la música, y cuando canto soy feliz porque siento que no lo olvido. No le pude conocer como me hubiera gustado; esa podría ser una de las razones que me han llevado a negarme a hablar de lo sucedido. Solo tenía tres años cuando me fijé en los ojos de aquel hombre que lo mató. Dijeron que fue un error, pero nunca he querido saber lo que pensaba su asesino. Lo que sí me pregunto es si él me oye cuando toco la trikitixa1 por ejemplo. O si su muerte, como la de tantos otros, tiene una razón invisible en esta historia que es nuestra vida tantas veces en silencio. Cuando el recuerdo se hace intenso, vuelvo a Arrona, y me pierdo por algún lugar que sé que le gustaba especialmente. Lo hago andando, despacio, sin prisa. En coche, por la carretera de la costa, se tarda una media hora en llegar hasta allí. El regreso suelo hacerlo por el mismo camino. Evito pasar por Meagas, nunca voy más allá de Zumaya, nunca hasta Deba, no sé por qué, pero ese trayecto me da un poco de miedo. A él le gustaba conducir, probaba la puesta a punto de los coches que debía entregar a sus clientes por esa carretera. Decía que, con el mar a su lado, era la más bonita del mundo.«

«Su contrato por enamorarla caduca hoy», un fragmento de ‘Rojo perla’, de Jesús Pardo

–El señor Lacombe –enunció una voz neutra, como quien recita un versículo de la biblia– me comunica que su contrato por enamorarla a Usted caduca hoy, y quienes le tenían contratado con ese objeto acaban de comunicarle que no piensan renovar el contrato, de modo que al señor Lacombe ya no le será posible seguir visitándola a diario, a menos que lo renueve Usted de su bolsillo: son dos mil dólares semanales por una visita fogosa y tierna de cuatro horas diarias, con frecuentes llamadas nocturnas, y las atenciones y los pequeños regalos pagados aparte contra recibo. Estoy leyéndole a Usted literalmente lo que estipula el contrato. Usted dirá.
Oyendo esto, Lyduvina no lo entendía, y sólo cuando la voz, impasible, se lo repitió casi silábicamente, se dio vaga cuenta de que estaba sucediéndole algo tremendo y extraño que sus oídos captaban, pero no su mente. Así y todo, por si acaso, colgó y marcó con sus propios dedos el número de Lacombe, y fue la voz de la secretaria de éste quien la informó amablemente de que el señor Lacombe acababa de salir de viaje y estaría fuera por un tiempo que no le había precisado. Y entonces Lyduvina sí que comprendió, nítida, confusamente, el volumen de la atroz tragedia en que de pronto estaba sumida, viéndose cuando menos lo esperaba blanco de la bofetada más fea y odiosa de su vida entera. Y colgó, esta vez para siempre: desganada de todo, ajena a todo, sin saber qué decir o pensar. Y cayó cuan larga era, ni con sentido ni sin él, simplemente como inexistente. Ávida, empero, de alguna noticia, vigilaba al cartero, preguntaba constantemente al puertorriqueño de la portería si habría llegado un telegrama, o carta, o algo, del señor Lacombe, y poco a poco fue madurando en su mente la idea justa: se trataba de una trama de la que ella, sin saber por qué, era víctima, y fue cayendo en una apatía tan honda que a todo el mundo le extrañaba. Ella seguía haciendo puntualmente su trabajo, pero con simple eficiencia, es decir: sin entusiasmo. Su permanente optimismo y jovialidad, por los que era famosa entre sus amistades, fue languideciendo.

Extracto de ‘Adana’, de Rax Rinnekangas

Adana

«Cuando el féretro estaba ya en la tumba y la gente empezó a depositar las coronas y las flores sobre las ramas de abeto que la cubrían, fijé la atención en cierta persona que estaba sentada tan apartada de los demás como yo. Se encontraba detrás del resto de la gente, en el lado contrario al que yo estaba, por lo que al principio me pareció haber visto tan solo su silueta. Fijé la atención en esa persona porque miraba el final del entierro desde un lado, como si fuera un objeto invisible en algún lugar fuera del cementerio.

Cuando el párroco empezó a dar la mano a los parientes cercanos y a las primeras personas que abandonaban el lugar, me trasladé a un segundo plano, muy a la derecha, para ver mejor a esa persona. Ahora distinguí que se trataba de una mujer, quizá algo mayor que yo y completamente extranjera. En toda su esencia y forma de estar presente sin estar presente, no encajaba, de ninguna manera, en la imagen general del funeral.

La mujer estaba de pie a un lado del grupo de gente, varios metros por detrás de los últimos visitantes, como si hubiera acabado allí por casualidad y ya no fuera capaz de irse. Sin embargo, parecía que había ido expresamente a la ceremonia. Llevaba el cabello negro de longitud media atado en una trenza lateral. Con una mano sujetaba la correa de su bolso de mano; la otra mano la tenía dentro del bolsillo del abrigo. Por debajo del dobladillo del abrigo se distinguía un vestido rojizo de terciopelo con pliegues. Cuando la mujer sacó la mano del bolsillo y se rozó el pómulo, su muñeca dejó ver un aro cuyo material no pude distinguir en la distancia.

Sentí que se me formaba un nudo en el estómago y empezaba a cubrirme de sudor; en ese momento, la mujer empezó a moverse al lado de la gente hacia la tumba. Avanzaba con paso firme, como una persona que toma todas las decisiones en su vida. Finalmente, se quedó de pie al lado de la tumba, inmóvil, sin depositar nada sobre las ramas; se limitó a mirar hacia abajo, como si el dolor la presionase en esa posición y la dejase paralizada en el sitio. Finalmente, esta mujer que parecía mulata se enderezó y, sin dejar de mirar al frente, regresó con calma a su sitio; entonces, se quedó mirando fijamente al horizonte del cementerio.

Todo esto lo observé por detrás, sin distinguir la cara de la mujer en ningún momento. Solo veía su estrecha figura, su cabello negro y su perfil. Tampoco tuve tiempo de más, ya que varias miradas alrededor de la tumba se dirigieron hacia mí: algunos parientes del difunto me habían reconocido. Era mi turno de acercarme al féretro. «

Adana, Rax Rinnekangas.

‘Historia de una criada de granja’, de Maupassant

$photoName«Como hacía muy buen tiempo, los trabajadores de la granja habían comido más rápidamente que de costumbre y ya habían vuelto a los campos. Rosa, la criada, permaneció sola en medio de la gran cocina en la que el fuego se apagaba en el hogar bajo la marmita llena de agua caliente. Sacaba de allí agua y fregaba lentamente la vajilla, interrumpiéndose para mirar dos cuadrados luminosos que el sol, a través de la ventana, reflejaba en la larga mesa y en los cuales aparecían los defectos de los cristales.
Tres gallinas atrevidas buscaban migas bajo las sillas. Olores de corral, calores fermentados de establo entraban por la puerta entreabierta, y en el silencio del ardiente mediodía se oía cantar a los gallos.
Cuando la muchacha hubo terminado su trabajo, limpiado la mesa, fregado la chimenea y colocado los platos en el alto trinchero del fondo, al lado del reloj de madera de sonoro tic-tac, respiró, algo sofocada, agobiada sin saber por qué. Miró las paredes de arcilla ennegrecidas, las vigas tiznadas del techo de las que colgaban telas de araña, arenques ahumados y ristras de cebollas; luego se sentó, molesta por las emanaciones antiguas que el calor de ese día extraía de la tierra batida del suelo en donde tantas cosas se habían secado a lo largo del tiempo. También se mezclaba el sabor agrio de la leche que se cuajaba al fresco en el cuarto de al lado. Quiso, sin embargo, ponerse a coser como de costumbre, pero se sintió sin fuerzas y se acercó al umbral para respirar.
Entonces, acariciada por la ardiente luz, sintió una dulzura que le penetraba hasta el corazón, un bienestar que se deslizaba por sus miembros.
Delante de la puerta, el estiércol desprendía un pequeño vapor brillante. Las gallinas se revolcaban en él, tumbadas de costado y arañaban con una sola pata para encontrar gusanos. En medio de ellas se erguía orgulloso el gallo. A cada momento elegía una y daba vueltas a su alrededor con un pequeño cloqueo de llamada. La gallina se levantaba indolentemente, doblaba las patas y lo recibía con aire tranquilo, soportándolo sobre sus alas; luego se sacudía las plumas, de donde se escapaba polvo y de nuevo se tumbaba sobre el estiércol, mientras que él cantaba, contando sus triunfos; y en todos los corrales, todos los gallos le respondían, como si, de una granja a otra, se enviasen desafíos amorosos.
La criada los miraba sin verlos; levantó luego los ojos y los manzanos en flor, blancos como cabezas empolvadas, la deslumbraron.
De repente un potro joven, loco de alegría, pasó por delante de ella galopando. Dio dos vueltas alrededor de las zanjas plantadas de árboles, luego se detuvo bruscamente y giró la cabeza como asombrado al encontrarse solo.
Ella también sentía ganas de correr, necesidad de moverse y, al mismo tiempo, deseo de tumbarse, de estirar los miembros, de descansar en el aire inmóvil y caliente. Dio algunos pasos, indecisa, cerrando los ojos, llena de un bienestar animal; luego, despacio, fue a buscar los huevos al gallinero. Había trece, que recogió y se llevó. Cuando los hubo acomodado en el aparador, volvió a sentirse molesta con los olores de la cocina y salió para sentarse un poco sobre la hierba.
El patio de la granja, rodea…»

Historia de una criada de granja, de Guy de Maupassant. Traducción: Marta Cerezales Laforet.

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