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‘Missit Me Dominus’: Extracto de ‘Los benditos’

Missit Me Dominus (El Señor me envía)

Es justo decir que la explotación de Iturú había caído en la desatención y hasta en la ruina. Donde debía haber un ejército de hombres sacando el oro a manos llenas, no había otra cosa que el vacío de una orilla lodosa batida por las huellas de los animales. Los peones castellanos yacían perezosamente, enfermos y pulgosos, durmiendo en hamacas en compañía de perros cruzados o de indias con los pechos curvos, borrachos y del todo incapacitados para el trabajo o la honestidad. En su tierra de origen habían sido delincuentes, asaltadores de carretas, ladronzuelos de pueblos y mercados. La creencia de que pudieran redimirse con esa misión sagrada que se les encomendaba, en contacto con la imponente vastedad del Nuevo Mundo, no había surtido el efecto deseado. Más bien al contrario.

Los banqueros a los que había sido arrendada la explotación se habían desentendido en seguida. Después de los primeros atracones de oro que se dieron, y tras haberlo robado sin piedad, creían que nada más iba a poder sacarse de aquella tierra, y aún menos de esos peones a los que ni el oro ni la riqueza seducían ya. O creyeron quizá que ese metal, por el que nos hemos matado los unos a los otros durante siglos, lo poseían en tal abundancia que no conservaba ya ni su valor ni su embrujo. Puede que Los benditos_3dincluso, a base de tenerlo tan frecuente y abundantemente entre sus manos, se hubieran visto esos rapiñadores usurpados de su propia codicia. Al fin y al cabo, el afán del hombre por amasar riqueza ha de tener un límite cuando ésta se ofrece con tal prodigalidad. No acabo de entender por qué perdieron el interés, pero sin duda dieron vulgar y desprendido uso al oro que acumularon. Los ricachones debieron haberlo usado para costearse banquetes, golfas y abalorios, dejando el recinto en manos de aquellos peones desdentados y volviendo cada pocos meses para comprobar que, en efecto, la explotación estaba ya huérfana de oro y de hombres a quienes preocuparan su fortuna y su destino.

Fue así como dejó de extraerse el precioso metal, y así como se perdió esa valiosa contribución con la que cubrir las deudas del Imperio, financiar viajes a través del océano o sufragar, por qué no decirlo, los legítimos excesos que corresponden a los grandes señores. Triste despilfarro de las ofrendas divinas, sin duda, el que quedara confiado el cuidado de la explotación a aquellos braceros que vivían adormilados y preñaban a las indias que merodeaban como ratas por los campamentos de la Corona. Sin apenas supervisión de los banqueros ni sus mercenarios, el yacimiento se pudría en la vigilancia perezosa de aquellos castellanos rendidos, vestidos con harapos, que constantemente se rascaban las partes pudendas infectadas y que no utilizaban el río para otra cosa que para echar las cañas de pescar, bautizar a sus bastardillos y vaciar el vientre.

Es justo, como digo, reconocer que aquella explotación era un recinto subvertido por el vicio y la indolencia. Los desperdicios se acumulaban en torno a las chozas, la iglesia se encontraba a medio construir y había sido tomada como refugio por pordioseros, moribundos y serpientes. A donde uno dirigiese la mirada no veía otra cosa que indios atolondrados y amos desdeñosos, hombres incapaces de mostrarse a la altura de los diseños del Creador y de sus supremos representantes en la tierra. Lo único que el yacimiento producía en abundancia era la desidia, que prosperaba en el gobierno de los incapaces, en el vicio que rasga al hombre, lo aparta del trabajo y lo arroja a las tentaciones más bajas que encuentra a su alcance. Ni siquiera de su propia salud se ocupaban aquellos castellanos, que iban muriendo como moscas. De unos quinientos trabajadores que llegaron al principio, apenas quedaban la mitad al cabo de los meses. Aquellos hombres eran parsimoniosamente devorados por la inclemencia de un entorno al que no sabían hacer frente, tan privados de tesón como estaban, tan dispuestos a sacrificarlo todo en aras de urgencias y vicios súbitos, de fácil satisfacción, a los que se dedicaban en cuerpo y alma hasta que uno y otra enfermaban.

Apenas podía encontrarse entre aquellos hombres a uno que hablara como es debido, que se tuviera en pie sin tambalearse, que no apestara a vino o que sintiera siquiera un resquicio de vergüenza por la ruina en la que habían convertido aquella boca de oro en plena jungla. ¿Acaso no les animaba ni les hacía recapacitar el saber que estaban sirviendo a la Corona en la mismísima vanguardia de sus dominios? ¿No les estimulaba pensar que su trabajo contribuiría a enriquecer y engrandecer su tierra natal mediante la audaz explotación de sus más lejanos recursos? La respuesta era que no, que nada conmovía a aquellos hombres. No sentían el orgullo del patrimonio colectivo, sino que sus vidas se consumían en los mismos apetitos y en las mismas necesidades rastreras que las de cualquier aldeano de Castilla que, apestado en su villorrio, jamás hubiera tenido la oportunidad de ver el ancho mundo y de maravillarse ante él. Eran los mismos hombres de campo, estrechos de miras, avariciosos y corruptos, moralmente ínfimos, propensos al vicio y a resguardo permanente de todo mérito, espíritu de sacrificio o virtud. La misma gente, la misma mentalidad, pero a un océano de distancia, en una tierra salvaje a la que exportaban la misma brutalidad y ausencia de cometidos elevados que inundan las vidas del campo castellano. No era, definitivamente, gente llamada a labores superiores. Eran sometidos, vasallos que, al verse libres de los señores que con tan firme mano los sujetaban en su Castilla originaria, enloquecían ante la imposibilidad de hacer un uso provechoso de la nueva vida que se les concedía. Ladronzuelos de posadas, saqueadores de grano, asaltadores de caminos, roedores de pan duro, mendigos a la puerta de los monasterios, pastores a sueldo del propietario más minúsculo y avaro… Eso es lo que fueron, y en eso deberían haberse quedado. Jamás debió encomendárseles tarea tan audaz como la de exprimir las riquezas de los nuevos territorios de Su Majestad Cesárea.

La Corona tardó tiempo en percatarse de la situación en Iturú. Cuando tan vergonzosa infraexplotación de los recursos del Imperio llegó a oídos de los tesoreros de la Corte, se reunieron a algunas de las mentes más brillantes y se tomó la decisión de enviar a Don Rodrigo Maldonado, en calidad de Adelantado mayor, para dirigir la explotación. Para ello le fueron concedidos poderes ilimitados sobre todo cuanto aconteciera en ese pedazo de jungla. Siempre y cuando se entregara la cantidad de oro fijada, Don Rodrigo podría hacer con ese territorio, y con sus pobladores, lo que se le antojara.

Debo decir que el Adelantado sirvió con ejemplaridad y con total sujeción a esa doble consigna. Jamás se escamotéo una pepita de oro bajo su mandato, sino que la cantidad comprometida se entregó debidamente, una y otra vez, a los galeones que surcaban el oceáno para llevar el brillante metal a la Corte. Y vive Dios que, amparado en la libertad de acción concedida por sus patrocinadores reales, dio rienda suelta al privilegio de su poder ilimitado. No podía ser de otra forma. Sólo bajo esa premisa habría aceptado el cargo aquel caballero intachable, propietario de tierras y ganado en Castilla, antiguo héroe de guerra, servidor y apoderado de lealtad inquebrantable. La Corte se quedó tranquila de enviar al Nuevo Mundo a su más celoso guardián, al único de cuantos frecuentaban las administraciones reales por quienes hubieran puesto la mano en el fuego en la seguridad de que no robaría ni una onza de metal.

Desembarqué junto a él al amanecer, tras un viaje sacrificado y tedioso a través del océano y después de haber remontado durante semanas el largo tramo de un río que, en ciertos intervalos, se crecía ancho como una laguna, barroso y bravo. Echamos el ancla en un puerto fluvial desde el que, en dos barcazas más estrechas, Don Rodrigo y sus acompañantes fuimos conducidos a través de los arroyos mansos en torno a los que se amontonaba la selva. Molidos por el viaje a través de esas vías de agua angostas, ansiosos por arrojarnos sobre una hamaca y por ser agasajados, en el yacimiento nos recibieron los dos banqueros, su pequeño ejército particular, una comitiva de castellanos desmejorados y un semicírculo de carne desnuda compuesto por los indios y sus hambrientos perros.

Frente a tan calamitosa recepción, el Adelantado, que ya en la distancia había escrutado con desaprobación las míseras chozas, los lechones pintos revolcados en el barro selvático y el lamentable aspecto general de la explotación, procuró desde un primer momento exhibir pulcritud y decoro. Antes de salir de la nave se colocó el yelmo y la banda cruzada con las bolsas de pólvora; la espada de acero toledano rasgó su metálica funda; se ajustó los calzones de paño, la horquilla y las botas; esgrimió el mosquete como si fuera un bastón y, con esa indumentaria, rubricó el inicio de su mandato sobre Iturú. A nadie que le hubiera visto salir de la barcaza con esas ínfulas podría haberle quedado duda de que aquel hombre llegaba con el firme propósito de dominar, y de que aquella tierra iba, por todos los santos, a escupir tanto oro como espigas de trigo y carneros cubren el campo de Castilla.

Vestido de esa manera, y antes siquiera de saludar a los banqueros, con quienes tenía orden de fingir prudente cortesía, quiso pronunciarse con un ademán aleccionador.

– Vais a limpiar vuestros pecados. ¡En cueros, todo el mundo! Vais a bañaros en este río del que os resistís a sacar oro, y a cruzarlo a nado de una orilla a la otra. El que no sepa nadar, que se apañe, que mueva el cuerpo como un perro, o que pida el socorro de sus compañeros. ¡En cueros he dicho!

Una voz replicó que había peces carnívoros en la parte honda del río, y que ningún hombre se había internado allí jamás, puesto que era muy posible acabar con la carne roída y las cuencas de los ojos vacías. El Adelantado, sin embargo, no consintió vacilación alguna y reiteró su primera orden:

– No ha creado Dios todavía a ningún pez, de mar o de río, al que le guste la carne tiesa de los castellanos. En estas aguas encontrarán mejores banquetes. Una carne como la vuestra, enferma y amoratada, no es del gusto ni de la peor bestia. Me atiborraría de ranas y gusanos antes que probar ese forro mancillado que es vuestra piel. Nadad ahora y lo comprobaréis. Ningún pez, carnívoro o no, se os arrimará ni deseará darse festín alguno con esa podredumbre que os cubre el esqueleto. ¡Al agua todos!

Ante la mirada entre sorprendida y jocosa de los banqueros y de su séquito, todos los operararios castellanos, los mismos que habían pasado meses o incluso años holgazaneando a su antojo, accedieron de inmediato a desnudarse y se internaron en las aguas turbias. Era prodigioso ver cómo, ante la primera voz de mando, aquella caterva de andrajosos recuperaba el sentido del deber y de la disciplina, la obediencia de la que nunca deberían haberse sustraído y que les devolvía el eterno yugo de súbditos de su Castilla natal.

En realidad aquellos hombrecillos eran unos ingenuos, como todos los ignorantes de su clase y especie, que por las cuatro picardías con las que habían logrado malvivir en sus aldeas se creían ya en posesión de la sagacidad necesaria para engañar a los grandes señores y al Imperio del que inútilmente trataban de burlarse. ¿Creían acaso que vender un asno viejo e inservible a un pobre caminante ciego, o cualesquiera que fueran las ruindades con las que sobrevivían en la llanura castellana, les calificaba para embaucar a las mentes preclaras de la Corte? ¿Creían que la ley imperial, que no emana sino del firmamento divino, no iba a alcanzarlos en su pequeño reducto selvático? Bien empleados les estaban la vuelta de la disciplina y el súbito reencuentro con su condición de siervos, de miserables y de gobernados. Porque no eran libres, nunca lo fueron. Lacayos y espoliques habían nacido, arrojados por Dios a la tierra sin otro propósito que el de servir a sus amos. De esa condición no podían despojarse, ni se les debía permitir despegarse ni por un instante, porque tan pronto como el súbdito deja de sentir el aliento de su amo y se ve libre, su vileza se revela y se hacen evidentes al instante las razones por las que el Creador le hizo siervo en lugar de amo.

Gocé con la contemplación de aquellos escarmentados que, tras tanto tiempo aposentados en la más absoluta dejadez, se veían obligados a regirse de nuevo por los caprichos de un señor que con tantas creces les superaba en virtud, virilidad y señorío. Las indias se reían entre dientes al ver cómo sus fornicadores se arrojaban al río, clavando los pies en el fondo blando y arcilloso, chapoteando como buenamente podían hasta alcanzar la otra orilla entre gritos de pánico y peticiones de socorro. El río, normalmente tan tranquilo en ese remanso, fue batido por aquellos hombres que se arrastraban sobre sus aguas sin ningún decoro, chapoteando como bestias, hasta conquistar la orilla contraria y ser conminados por el Adelantado a regresar de nuevo a nado hasta el punto de partida. Al volver, los operarios se tendieron en la orilla, tosiendo, achicando el agua de sus pulmones, del todo agotados.

– Ya veis que ni las serpientes se os acercan, lacayos, sucios como estáis de saciaros de carne india. No habíais probado hasta ahora vaina mejor que las de las ovejas de vuestros amos. Pero a partir de ahora no vais a conocer otro amancebamiento que el de la vara y el garrote, ni amante más apetecible que el filo de este puñal. Por Dios que vais a sacar oro de este río hasta que se os deshaga el cuerpo en las aguas, y que no os van a quedar fuerzas ni para fingir que sois hombres.

Después de observar patéticamente a esos peones rendidos y de denigrarlos con la palabra, el Adelantado se desnudó y, delante de los ojos de todos, cruzó varias veces a nado, con garbo, ese mismo tramo del río. Y no sólo eso, sino que, al regresar de su vivificador ejercicio, trajo consigo un puñado de lodo cargado de pepitas de oro que había extraído tras una de sus inmersiones. No dijo nada más. Mientras dos sirvientes se apresuraron a secar su cuerpo con una manta, Don Rodrigo dio la espalda a todos y se quedó contemplando las turbias aguas, sintiendo el zumbido de la selva y vigilando la armazón de aquella naturaleza exuberante, incomparable con las llanuras barridas, las lomas beatíficamente amansadas por siglos de civilización, las choperas y los arroyos de Castilla.

Creo que trataba de contemplar su propia imagen en las aguas barrosas, como Narciso en su engreimiento, sólo que sin llegar a enamorarse del reflejo que las aguas turbias jamás pudieron devolverle. En esa contemplación absorta, con el pecho jadeante y con los ojos resistiéndose obstinadamente a pestañear y concederse descanso, obtuve las primeras pruebas del carácter impredecible y potencialmente cruel de aquel gran hombre. Pero no fui yo el único que hizo uso de su intuición: al día siguiente de nuestra llegada al menos veinte peones habían huido de la explotación, y se encontraban ya a merced de una selva que entendían más segura que la mano de hierro de su recién llegado amo.

Rincón intacto: Un poema de José Ramón San Juan

RINCÓN INTACTO

Es inútil volver a los lugares
donde antaño el amor halló escenario.
Ha perdido su brillo la mirada
y, en la bruma de la melancolía,
ya la pasión es un recuerdo vago.

¿A qué torturarse rememorando
lo que tiempo y distancia desmentían?
Si hubiera sido amor hoy duraría.
Si no sobrevivió fue imaginario.

Al menos eso es lo que di en pensar
de paso ante un viejo rincón intacto
de esta ciudad ayuna de calor
por la que en ocasiones aún divago.

Tras un adiós amor no sobrevive.
Es torpeza volver al escenario
y aún peor regresar a la persona.
La muerte exige tierra, olvido pide.

[José Ramón San Juan. Quebrantología]

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‘El descubrimiento del señor Jourdain’, extracto de ‘La vida me sienta mal’

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Alberto Santamaría

«En El burgués gentilhombre Molière nos sitúa frontalmente ante uno de esos personajes desde cuyo ser-delirante es posible leer las acciones de una época: el señor Jourdain. El señor Jourdain es un simple y clásico hombre de la burguesía francesa del momento; buena persona, cándido y algo ingenuo, es cierto, pero con pretensiones de introducirse con buen pie en el peculiar mundo de la nobleza y de la aristocracia de la época. Posee una gran suma de dinero, dado que su padre se enriqueció con el oficio de trapero; oficio que él tratará de ocultar por todos los medios1. En cualquier caso, su objetivo principal en la vida será impresionar a las que denomina les gens de qualité, frente a las cuales trata de hacer ver su cultura como medio de aceptación. Sabe, o más bien ha oído, que para lograr su aristocrático objetivo el mejor camino es el de desarrollar una cultura propia o, dicho de otro modo, cultivarse para así lucirse y conquistar a ese notable público. Para ello no escatima en esfuerzos ni en dinero, y contrata tanto a un profesor de música como a un profesor de baile. Ambos tratan de reconducir al burgués gentilhombre, ambos buscan estrategias para educar, pero también para contener, al señor Jourdain. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de sus maestros, éste no sólo carece de dotes para tales artes sino que además carece de gusto y estilo, según narran, lo que provocará situaciones densamente tragicómicas.

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Moliere

Al inicio de la obra, Molière, en un perfecto modo de condensar temporalmente la acción, sitúa a ambos profesores esperando la llegada del señor Jourdain. La teatralización de los gestos delata, a su vez, una teatralización de las conciencias. Mientras eso sucede, el profesor de música y el de baile, divagan libremente en torno a su trabajo y, sobre todo, acerca de su relación comercial con el burgués gentilhombre. «Los dos hemos encontrado un hombre tal que nos conviene. Rica renta es la que nos proporciona el señor Jourdain —dice el profesor de música— con sus quimeras de galantería y nobleza». Y más adelante describe con una sutil superficialidad la propia superficialidad del señor Jourdain: «Verdaderamente nuestro alumno es persona de pocas luces, que habla de todo a derechas y torcidas, y que nunca aplaude sino a deshora; pero su mucho dinero corrige su poco ingenio. Tiene su juicio en su bolsa, sus loores son en moneda contante, y ya veis que este ignorante burgués nos es más útil que el culto gran señor que a él nos ha presentado». De pronto un personaje aparece en escena. Es el propio señor Jourdain que llega con un ligero retraso. Este retraso se debe, y así lo hace notar, al hecho de haberse mandado hacer una «bata rameada» ya que su sastre le ha dicho «que las personas de calidad visten así por la mañana». Tras este breve diálogo, en el que Molière nos ha situado hábilmente frente al buen burgués, se dispone éste a cantar con la intención de no perder más el tiempo. Tanto un profesor como el otro se miran horrorizados tras comenzar el canto, sin embargo se apresuran a contener el gesto de desprecio, con la finalidad de no molestar a su notable alumno. Después de rechazar por lúgubre una canción ofrecida por el músico, canta él una horrible canción de cosecha propia, que cínicamente ambos profesores tildan de lindísima. El profesor de música insiste al instante en que debería aprender música más en profundidad y dedicar a ello más horas de estudio, a lo que el señor Jourdain responde: «¿Acaso la gente de calidad aprende música también?». Como era de prever, en ese mismo momento, el músico, de inmediato, responde afirmativamente. Es ahí cuando el señor Jourdain anuncia que debería entonces hacer un hueco en su apretada agenda escolar porque además de tener un profesor de esgrima, ha contratado recientemente, y por una necesidad urgente, a un «profesor de filosofía, que comenzará esta misma mañana». Los profesores allí presentes se muestran visiblemente nerviosos, el temor parece afectar su tranquila posición de antaño. Asustados por la competencia, tanto el profesor de música como el de baile, defienden con vehemencia sus territorios. «Algo vale la filosofía —dice el músico—, pero la música, señor, ¡la música…!». Por su parte el profesor de baile va más lejos: «Todas las desgracias humanas, todos los funestos reveses que llenan las historias, todos los errores de los políticos y las torpezas de los grandes capitanes dimanan de no saber bailar». Es en ese preciso instante cuando aparece en escena, como salido de la nada, el profesor de esgrima quien hace su aparición violentamente, como azotado por alguna urgencia. Éste, asombrado ante sus oponentes territoriales, defiende la legitimidad, necesidad y la elegancia de su arte. Poco dura su encomio de la esgrima, dado que a su espalda asoma otro personaje fantasmal: el filósofo, que en ese momento salta a escena, provocando una disputa violenta entre los asistentes al sostener la superioridad de la filosofía sobre «el oficio de espadachín, de tocador y de bailarín». Tras una tensa y no menos cómica disputa, el filósofo, que ha prometido «componer contra ellos una sátira al estilo de Juvenal, que los dejará destruidos», logra quedarse a solas con su particular alumno. Comienzan entonces a hablar. El filósofo, tras calibrar en apenas una frase la ignorancia del señor Jourdain, quien trata de ocultarla sin éxito, decide que si no es posible enseñarle lógica —«Esta lógica no me aviene»—, ni física —«mucho embrollo y barullo hay en eso»—, ni moral —«Soy bilioso como un diablo, no me atengo a ninguna moral y quiero montar en cólera a mi satisfacción siempre que tenga deseos de ello»—, debe replantearse el trabajo. «¿Pues qué queréis que os enseñe?». A lo que responde el señor Jourdain: «enseñadme ortografía». Y más adelante, tras narrar alguna aventura de corte amoroso, descubrimos el porqué: «Estoy enamorado de una persona de alta condición y os agradecería que me ayudaseis a escribir algunas cosillas en una notita que quiero dejar caer a sus pies». A esto el filósofo responde: «¿Qué queréis escribirle? ¿Versos?». «Versos, no», responde con desdén. «¿Os contentáis con prosa?». Y aquí el ignorante señor Jourdain abre una interesante vía que, sacada de contexto, supone un verdadero descubrimiento intuitivo para el futuro, algo que los románticos mucho tiempo después describirán con superior acierto. «No quiero ni prosa ni verso». «Ha de ser una de las dos cosas», responde sorprendido el profesor de filosofía quien no puede entender tanta ignorancia, «por la razón, señor, de que para expresarse no hay más que prosa y verso». A lo que atónito responde el señor Jourdain: «¿Nada más?»La pregunta del ingenuo burgués gentilhombre podía entonces llegar a sacar los colores a cualquiera. ¿Es posible que no hubiese «nada más» para expresarse? Acto seguido, con su habitual candor, vuelve a insistir el señor Jourdain: «Y cuando se habla, ¿cómo se habla?». «En prosa», responde el profesor. «Entonces, cuando digo: Nicole, tráeme las zapatillas y el gorro de dormir, ¿hablo en prosa?». Hasta este callejón divagatorio, en una especie de desquiciante diálogo contra-socrático, ha llegado el burgués de la mano del filósofo. El descubrimiento paródico de la realidad y de la prosa. Y de alguna forma, desde la modernidad, la escritura ha sido en sí misma un proceso de descubrimiento de la prosa, de ese asombro ignorante, similar al del señor Jourdain, quien concluye asombrado: «Pues a fe mía que hace más de cuarenta años que me expreso en prosa sin saberlo, y os estoy agradecidísimo por habérmelo enseñado». Puede que Jourdain nos valga como modelo.»

Retrato de una obsesión: Bibliomanía… de Flaubert

En una calle de Barcelona, estrecha y sin sol, vivía, hace poco tiempo, uno de esos hombres de aspecto pálido, sin brillo en los ojos, vacío, uno de esos seres satánicos y extraños, como los que Hoffmann desenterraba en sus sueños.

Era Giacomo el librero; tenía treinta años, y ya aparentaba viejo y gastado. Era alto, pero encorvado como un anciano; su cabello era largo, pero blanco; sus manos eran fuertes y nerviosas, pero resecas y cubiertas de arrugas; su traje era miserable y desigual; tenía un aire patoso y avergonzado, su rostro era pálido, triste, feo, e incluso insignificante. Rara vez se le veía en las calles, excepto los días en que se subastaban libros raros y curiosos. Entonces, ya no era el mismo hombre indolente y ridículo. Sus imagesojos se animaban, corría, caminaba, pataleaba; apenas podía contener su alegría, sus inquietudes, sus angustias y sus dolores. Regresaba a su casa jadeante, sin aliento. Tomaba el preciado libro, lo acariciaba con su mirada, lo contemplaba y lo amaba, como un avaro a su tesoro, un padre a su hija, un rey a su corona.

Este hombre nunca había hablado con nadie, a excepción de los libreros y anticuarios. Era taciturno y soñador, oscuro y triste; sólo tenía una idea, un amor, una pasión: los libros. Y ese amor, esa pasión le ardía dentro, consumía sus días, devoraba su existencia.

A menudo, por la noche, los vecinos veían, a través de las ventanas del librero, una luz vacilante, luego avanzaba, se alejaba, subía, y algunas veces se extinguía. Entonces oían llamar a su puerta, y era Giacomo que venía a encender de nuevo la vela que una hoja había apagado […]

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Disjecta membra: Primer capítulo

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1

Me gustaría decir que pasó todo tan deprisa que no me enteré de nada. Que perdí el conocimiento. Que las hormonas secretadas por las glándulas de mi cuerpo me suministraron una anestesia infalible e inmediata. Pero no fue así. Fui bien consciente de la colisión. Percibí el impacto con los cinco sentidos. Sufrí un dolor apenas descriptible. Noté la fractura de los huesos, la carne desgarrándose. Hubo una lluvia de cristales y una sinfonía de ruidos de desguace. Los fatídicos instantes no se caracterizaron por su fugacidad. El tiempo, más bien, pareció dilatarse. Hubiera jurado que transcurrieron meses o años en vez de segundos.

No era yo quien conducía. Estaba sentada en el asiento del copiloto. Mi compañera de clase Julia Wallace iba al volante. Julia murió en el acto. No sé si la suerte la tuvo ella o si la tuve yo.

Quedé atrapada en un amasijo de hierro, sin saber si la sangre que me cubría la cara era mía, o de Julia o una macabra mezcla de la sangre de las dos. Quise gritar. No pude. Quise llorar. Tampoco pude. Y entonces, me desmayé.

Las heridas fueron tan graves que no pudieron salvarme ninguna de las dos piernas. Con las extremidades inferiores parcialmente seccionadas, el equipo médico se encontró el trabajo medio hecho. Al tipo de amputación que a mí me practicaron la llaman «amputación traumática». Es curioso que el término «trauma» signifique tanto golpe físico como impresión terrible. En mi caso, la primera acepción de la palabra abrió paso a la segunda.

Para más señas, una amputación traumática es una amputación de emergencia; es decir, no es una amputación programada que sepas con antelación cuándo va a ocurrir. Cuando me desperté entre vías y batas blancas, ya medía unos cuantos centímetros menos. Aunque encontrarte de sopetón con esa nueva realidad trae consigo una conmoción durísima y deprimente, no quiero pararme a valorar lo que ha de ser conocer de antemano que van a amputarte. Me figuro que el tratamiento preoperatorio será un verdadero infierno. En ocasiones, anticipar el dolor es tan desgarrador como el dolor en sí. Si me preguntaran qué opción escogería yo, no sabría qué contestar. Es igual que esas estúpidas preguntas que te obligan a elegir entre morir por ahogamiento en el agua y morir en un incendio.

Los tejidos blandos de mis piernas quedaron lo suficientemente cercenados como para no poder ser reconstruidos. La regeneración de los nervios hubiese sido inviable. Supongo que contener la hemorragia fue el cometido prioritario de los profesionales que me atendieron en el lugar del accidente. Creo que el proceso consiste en empalmar la vena y la arteria de la zona.

Hay determinadas claves para afrontar estos casos. Lo primero que les enseñan a los estudiantes de medicina es que salvar la vida de la víctima está siempre por encima de intentar preservar una parte de su cuerpo.

Obviamente, sé lo que pasó por lo que después me contaron y por la información que recabé gracias a mis torpes pesquisas sobre los protocolos de actuación en estas situaciones. Además del control del sangrado, el examen de mi función respiratoria debió de ocupar los esfuerzos iniciales de quienes me auxiliaron. Desconozco de qué instrumento específico se valieron para efectuar el corte. No es fácil encontrar los datos más escabrosos en las fuentes de consulta frecuente. Por lo que tengo entendido, la herramienta quirúrgica que suele utilizarse se denomina «sierra oscilante». Es algo parecido a una taladradora con un disco dentado girando a toda pastilla. Tampoco alcanzo a imaginar qué hicieron con los restos orgánicos que no pudieron reimplantarme. ¿Los envolvieron en un retal de tela y después los introdujeron en una bolsa hermética con agua helada? A lo mejor he visto demasiados telefilmes. Estoy convencida de que eso hubiera sido más probable si hubiese perdido una falange, un dedo o algo de esas dimensiones. Hay mucho hueso, músculo y piel entre los dedos de los pies y las pantorrillas. Aun estando en buen estado, unir porciones y fragmentos anatómicos ya es una labor de precisión digna de un especialista en desactivación de artefactos explosivos. De modo que haceos una idea de la dificultad que entraña reparar un desmembramiento cuando la masa perdida reaparece como un revoltijo de ligamentos, haces de fibras y esquirlas óseas.

La piel y algunos pedazos de músculo son generalmente utilizados para recubrir el muñón. En los quirófanos de los hospitales del mundo operan auténticos artistas con indumentaria de carnicero y un brillo sádico en los ojos. Pegar. Soldar. Recomponer. Siempre he pensado que a estos tipos no se les tiene que dar nada mal hacer puzles.

Una vez me presentaron a un chico en la universidad al que le habían extirpado parte de la cara porque un tumor cancerígeno le iba comiendo los carrillos y las mandíbulas. Le habían injertado trozos de sus propias nalgas para rellenar los huecos que le habían dejado en el rostro. Cuando los alumnos se enteraron de dónde provenían los injertos, a sus espaldas comenzaron a llamarlo «caraculo». No es fácil la vida de alguien con un defecto físico. La gente de tu alrededor cuchichea, te radiografía, se gira para observarte detenidamente. Si no es algo con lo que hayas nacido, la adaptación es costosa. Relacionarte con los demás resulta extraño sobre todo al principio. Después, se acaban acostumbrando ellos y te acabas acostumbrando tú. Eso sí, de los ligues y los flirteos puedes despedirte. Dalos por finalizados. ¿Quién va a querer coquetear con alguien que tiene el cuerpo paralizado del cuello para abajo, con alguien sin brazos o con alguien desfigurado por quemaduras y cicatrices? No os escandalicéis si digo que muchos desaprensivos opinan que los lisiados están abocados a emparejarse con otros lisiados, los deformes con otros deformes… Más o menos, esperan que los monstruos se reúnan con los monstruos, dejando libre de aberraciones el panorama amoroso de pretendientes y conquistas. ¿Cómo es esa frase? Sí, ya me acuerdo: «Dios los cría y ellos se juntan».

Lo cierto es que yo tenía éxito con los chicos. Nunca he sido una chica despampanante con medidas de infarto. Pero no voy a pecar de falsa modestia. Tenía mi público. Mis rasgos faciales son bonitos: ojos medianamente rasgados color ámbar, cabello castaño claro y ondulado, labios sensuales. Mi cuerpo no destacaba por ningún atributo en concreto. Tengo los pechos pequeños, el culo no todo lo compacto y firme que debiera, y el torso demasiado delgado. Mis piernas eran un poco zancudas. Sin embargo, ahora mi cuerpo sí que cuenta con un reclamo provocador que llama la atención. Mis facciones dulces y resultonas ya no importan. No importa lo que tengo, sino lo que he dejado de tener. Lo único relevante es lo que me falta. Sorprende hasta qué punto algo ausente puede concentrar tanto interés y ser un imán de todas las miradas. Gusten o disgusten, las anomalías atraen.

Bailar me volvía loca. Literalmente, me soltaba la melena. Era capaz de contonearme con casi cualquier género de música. En las discotecas me sentía la reina de la pista. El alcohol me empujaba a perder mis escasas inhibiciones. No tenía un gran repertorio de pasos. Me bastaba con ponerle un poco de picante a los movimientos de cintura. Bailar era una distracción y un desahogo. Después del percance, se convirtió en una de las cosas que más echaba de menos. Añoraba la libertad, el barullo, la falta de pudor.

La silla de ruedas no generaba excesiva expectación. No había sufrido una lesión medular que me impidiese mover las piernas. Mis piernas, sencillamente, no estaban donde debían estar. Los que están postrados en una silla de ruedas sin haber padecido una amputación no despiertan repulsa o rechazo; producen lástima o, como mucho, compasión. Aunque funcionalmente las limitaciones motoras sean las mismas o muy similares, una cosa es lucir una fisonomía íntegra y otra bien distinta carecer de extremidades. El efecto visual no tiene nada que ver. Por otro lado, ¿de qué manera esconder algo que no puede esconderse, algo que no existe? De las faldas, si eres chica, ya puedes olvidarte. Las perneras de los pantalones evidencian que están vacías. Y colocarte varias mantas puede valer durante los meses más fríos. En verano, el ardid resultaría demasiado sospechoso.

Estoy de acuerdo al cien por cien con ese tópico que dice: «No te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes». Yo apreciaba mis tobillos, mis talones o mis uñas pequeñitas y redondeadas de la misma forma en que uno aprecia sus manos o sus riñones. Consideras que van a estar contigo hasta que te mueras. Y eso no está garantizado.

La silla que me compraron mis padres tenía en la parte trasera la inscripción «Amelia Gallagher», como si pudiera extraviarla en un descuido o como si las sillas de ruedas fueran el oscuro objeto de deseo de los amigos de lo ajeno. ¿Acaso podía dejar por ahí tirado el artilugio que me concedía la oportunidad de ir de un sitio a otro? Aquello me hacía sentir ridícula. Me imaginaba a la gente diciendo: «Ahí va esa idiota con la silla etiquetada con su nombre para que puedan devolvérsela en caso de perderla». No me cabe la menor duda de que mis padres lo hicieron con la mejor voluntad. Sin embargo, me desalentó más que ayudarme. Las ayudas. La mayoría de los que te rodean se desviven por ayudarte. Te ofrecen su colaboración para realizar cada tarea. Seguramente consideren que eres frágil como el cristal y que vas a romperte a la primera de cambio. Me acercaban cosas que podía alcanzar. Me abrían la puerta. Me hacían favores que yo no pedía. Y todo con una sonrisa radiante. No era cortesía; era indulgencia, era piedad. No hace falta que ahonde en el asunto. Conocéis de qué forma se trata a los que no disponen de una plena capacidad. Yo me sentía desplazada por no poder desplazarme del modo habitual. Quería sentirme útil. Pese a que pensaba que nunca llegaría a disfrutar de una absoluta autonomía, anhelaba con todas mis fuerzas valerme por mí misma en el mayor número de actividades. Al menos, pretendía que no me viesen como un lastre o un bebé necesitado de atención y de cuidados. Ese sentimiento desolador de dependencia extrema se esfumaría más adelante. Ni en mis sueños más esperanzados había imaginado lo que iba a llegar. No obstante, antes de avanzar acontecimientos, intuyo que lo más conveniente sería volver a alguno de los episodios que me he dejado por el camino.

Disjecta_Primer capítulo

‘Disjecta membra’. Dramatis personae: Amelia es Olympia

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Olympia © mü

Antes creía en la justicia. Por eso quise adentrarme en los entresijos de la abogacía. Era una ingenua. En la facultad de derecho no te educan para rebelarte y luchar contra los abusos, sino para aprender a aceptarlos. En eso me fijé muy pronto. No albergaba la ilusión de cambiar el mundo. Tan cándida no era. Pero sí esperaba descubrir los vacíos legales que me permitiesen ayudar a los más desamparados y poner mi granito de arena. Quien hace la ley, hace la trampa.

Sencillamente, perdí la confianza del mismo modo en que un feligrés abandona sus creencias cuando muere de improviso un ser querido. Antes del accidente, después del accidente. Poco más cabe añadir. ¿En qué justicia iba a depositar yo mis esperanzas? La justicia está bien como concepto abstracto, como ficción, como vocablo. La justicia no reside en los tribunales, ni en los centros penitenciarios ni en los compendios de artículos.

Tener un accidente no fue justo. Que me despojasen de mi juventud no fue justo. Y que Julia Wallace falleciese y a mí me segaran las piernas no fue justo en absoluto. ¿Qué hicimos para merecer ese escarmiento? ¿Cuáles fueron nuestros imperdonables pecados? No estaba al tanto de los pormenores de la vida de Julia, pero hubiera puesto la mano en el fuego porque era tan inocente como yo. Con la cantidad de gente ruin que se pasea por ahí con total impunidad… ¿por qué a ellos no les sucede nada? La metáfora de la justicia es escandalosamente errónea: no debería ser una balanza, sino un dado o una ruleta.

Menos alguna que otra salida esporádica, no podría decir cuánto tiempo estuve bajo reclusión voluntaria. El contacto con la calle me desconcertaba: los peatones, el tráfico, el ruido, el caos.

El transcurso del tiempo había arreglado bastantes adversidades. Lo que no había mejorado, lamentablemente, era la condescendencia insultante de mis padres. Si me disponía a efectuar cualquier quehacer cotidiano, me trataban como a una temeraria. A sus ojos, no servía para nada.

Mi aspiración siempre había sido defender a los demás. Sin comerlo ni beberlo, quedé atrapada en una coyuntura en la que era yo quien tenía que ser protegida. Amelia, la vulnerable. Amelia, la desasistida. Mi vocación de dispensar socorro se transformó en la necesidad imperiosa de pedirlo. Socorro. Socorro.

Un buen día me vi inmersa en un acontecimiento que, a la larga, iba a poner el mundo patas arriba. Mi vida estaba a punto de dar un giro de ciento ochenta grados.

‘Disjecta membra’. Dramatis personae: Jack Endore es Argos

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© mü

Nombre: Jack Endore. Edad: cuarenta y ocho años. Estado civil: casado. Nombre de la esposa: Renée Endore. Edad: cuarenta y cuatro años. Hijos: dos. Nombres de los hijos: Graham Endore y Alice Endore. Un asterisco sobre el nombre de Graham Endore remitió a Cotard al final de la primera hoja. El asterisco indicaba que el hijo primogénito de Jack Endore había fallecido. Cotard leyó la ficha de cabo a rabo. El informe contenía secciones diversas: una nota biográfica, el historial clínico, los resultados que había obtenido en los diferentes exámenes de la prótesis.

Cotard quiso compartir el expediente con Amelia y Seth. Les hizo partícipes de su intención de sondear a aquel hombre para procurar que se uniera al proyecto. Seth y Amelia se mostraron encantados y le desearon suerte en su intento de convencerlo.

Aunque sabía que presentándose sin avisar en el domicilio de Jack Endore se arriesgaba a no ser bien recibido, Cotard lo prefirió a llamarlo por teléfono. La opción era más grosera, pero quizá también más persuasiva. Fue Lance –el segundo chófer de Cotard– quien lo llevó hasta allí. Jack Endore vivía en una zona residencial llamada Fairbanks. Era una urbanización que estaba al este de la ciudad, a poco más de veinticinco minutos en coche desde el centro metropolitano. Puesto que las limusinas de su colección estaban más preparadas para realizar trayectos cortos sin salir de la urbe, Cotard se decantó por utilizar un cupé de cuatro plazas: un Bentley Continental GT de color escarlata. Cuando Lance estacionó el coche frente al número 17 de la calle Lawrenceville, Cotard le advirtió que no sabía, si es que lo dejaban pasar, cuánto tiempo iba a estar dentro. Cotard vestía una camisa color calabaza de Hermès, un traje color obsidiana de Jay Kos y unos zapatos de piel de lagarto de A. Testoni. Miró a ambos lados de la calle y sintió un escalofrío al comprobar que todas las casas eran clones unas de otras: cuerpo de piedra blanca, tejado de pizarra, jardín en la parte de atrás y puerta de garaje de aluminio de color perla. Cotard se dejó atrapar por un intenso olor a jazmín. A lo lejos se oía el zumbido molesto de una máquina cortacésped. Con algo de impaciencia pero sin asomo de nerviosismo, Cotard pulsó el botón plateado del telefonillo. Esperó durante quince o veinte segundos sin obtener respuesta. Volvió a llamar. Nadie contestó. Con la cabeza gacha, disgustado por el viaje en balde, Cotard apretó de nuevo el interruptor, esta vez más por rabia que por albergar la esperanza de que hubiera alguien en la casa. Y cuando estaba a punto de dar media vuelta y danzar hacia el coche, un sonido chirriante precedió a la primera palabra –premonitoria, quizás, pese a que en este caso fuese en forma de pregunta– que Jack Endore le dirigió a Russell Cotard:

–¿Sí?

La sonrisa triunfal de Cotard fue tan amplia que la cara se le quedó pequeña. Y aunque pareciese imposible tratándose de una situación que teóricamente tenía que haber planeado con suficiente antelación, Cotard improvisó su respuesta:

–Busco al señor Jack Endore. Vengo de parte de Saiph.

‘Mujeres que caminan sobre hielo’, de Gloria Ruiz, a partir del 30 de junio

portada_Mujeres_buena_altaEl 30 de junio estará a la venta en las librerías del país ‘Mujeres que caminan sobre hielo’, de Gloria Ruiz. Aquí os dejamos un extracto:

Cuando Tito regresó, Julia ya tenía los pasaportes y estaba en el quehacer de seleccionar lo que quería llevarse, Casimira la ayudaba y Camila “perdía” el tiempo con Martín que no la dejaba dar un paso sin él con gran regocijo de la abuela. Les contó Tito de sus entrevistas con la madre de Eve y sus hermanos a los que, como ella le había dicho, pudo conocer y disfrutar; aunque fuese en medio de los recuerdos que los tres le traían de su novia. Se parecían a ella, cada uno tenía algo de aquella indescifrable criatura que le enamoró. Hablaron de todo, le contaron las aventuras de niña de la hermana y acabaron riendo de la testarudez de Eve que, ya desde pequeña, imponía con sentenciosas frases inusuales para su edad. A través de la madre y los hermanos  conoció episodios inéditos de ella y su amor creció desde la certidumbre de saber que iba perteneciendo al pasado, nadie ni nada podría desdecirla y se quedaría en su corazón con las pocas felicidades que le pertenecieron de niño. Ella terminó con el exilio de la tierra, le hizo volver y comenzó a liberarse de aquella amenaza de distancia sin solución, pudo, por ella, enfrentarse con los paisajes y los recuerdos, el espíritu se le aligeraba, la losa del tartamudeo y los tantos temores dejaron de habitarle y así se lo refirió a ellos, los hermanos, y a la madre. Vagabundeó por las calles de la ciudad en tanto les esperaba y quiso mirar las paredes de la que fue su casa, recorrer los descampados por los que se aventuró tantas veces de niño. Todavía quedaban restos de la guerra, hasta allí nadie quería mirar ni nadie se acercaba; unos críos hurgaban en los vertederos, comprendía su curiosidad y le costó no sumarse a la búsqueda de posibles tesoros; al reencontrarse con la familia de Eve los ojos le resplandecían, había recuperado algo que era suyo, puede que un poquito de la inocencia del niño que empezaba a pintar y en cuyos dibujos el descampado, anónimo y solo, aparecía con inquietante asiduidad.

El país es esto, un descampado que era nuestro, ni los mayores se acercaban como no fuese para dejar inmundicias. Mi madre desconocía mis andanzas por aquellos andurriales, de saberlo no me lo hubiera permitido pero le mentía al decirle por dónde había estado, aquel lugar me parecía mío, allí no sentía más que la tierra libre.

Admiraba los escajos con sus flores altaneras, le hubiera gustado llevárselos a casa, ponerlos en su habitación en aquel garrafón que guardaba lleno de piedrecitas; no podía, hubiera tenido que decir de dónde los había arrancado, no era lo mismo que las margaritas que crecían hasta en los escasos prados que continuaban en barbecho y que parecía que no eran de nadie; siempre que regresaba con margaritas su madre se alegraba y se apresuraba a ponerlas en una vasija de barro para luego colocarlas sobre la vieja cómoda.

En medio del descampado recordó la vez que se encontró con un hombre y al verle sintió miedo, según recuerda el hombre se le acercó y él pensó en correr pero sintió que sus piernas no le obedecían, parecía que estuviesen clavadas en la tierra.

-No temas -le dijo ya a su lado-, me parece que te conozco, ¿eres el hijo de Roberto, el rojo?

Tito abrió mucho los ojos, necesitaba negar aquello, además, su padre se llamaba Roberto pero no Roberto el rojo.

-Mi padre se llama solo Roberto, no debe ser el mismo que usted dice.

 

‘Mujeres que caminan sobre hielo’, un extracto

Cuando Tito regresó, Julia ya tenía los pasaportes y estaba en el quehacer de seleccionar lo que quería llevarse, Casimira la ayudaba y Camila “perdía” el tiempo con Martín que no la dejaba dar un paso sin él con gran regocijo de la abuela. Les contó Tito de sus entrevistas con la madre de Eve y sus hermanos a los que, como ella le había dicho, pudo conocer y disfrutar; aunque fuese en medio de los recuerdos que los tres le traían de su novia. Se parecían a ella, cada uno tenía algo de aquella indescifrable criatura que le enamoró. Hablaron de todo, le contaron las aventuras de niña de la hermana y acabaron riendo de la testarudez de Eve que, ya desde pequeña, imponía con sentenciosas frases inusuales para su edad. A través de la madre y los hermanos conoció episodios inéditos de ella y su amor creció desde la certidumbre de saber que iba perteneciendo al pasado, nadie ni nada podría desdecirla y se quedaría en su corazón con las pocas felicidades que le pertenecieron de niño. Ella terminó con el exilio de la tierra, le hizo volver y comenzó a liberarse de aquella amenaza de distancia sin solución, pudo, por ella, enfrentarse con los paisajes y los recuerdos, el espíritu se le aligeraba, la losa del tartamudeo y los tantos temores dejaron de habitarle y así se lo refirió a ellos, los hermanos, y a la madre. Vagabundeó por las calles de la ciudad en tanto les esperaba y quiso mirar las paredes de la que fue su casa, recorrer los descampados por los que se aventuró tantas veces de niño. Todavía quedaban restos de la guerra, hasta allí nadie quería mirar ni nadie se acercaba; unos críos hurgaban en los vertederos, comprendía su curiosidad y le costó no sumarse a la búsqueda de posibles tesoros; al reencontrarse con la familia de Eve los ojos le resplandecían, había recuperado algo que era suyo, puede que un poquito de la inocencia del niño que empezaba a pintar y en cuyos dibujos el descampado, anónimo y solo, aparecía con inquietante asiduidad.
El país es esto, un descampado que era nuestro, ni los mayores se acercaban como no fuese para dejar inmundicias. Mi madre desconocía mis andanzas por aquellos andurriales, de saberlo no me lo hubiera permitido pero le mentía al decirle por dónde había estado, aquel lugar me parecía mío, allí no sentía más que la tierra libre.
Admiraba los escajos con sus flores altaneras, le hubiera gustado llevárselos a casa, ponerlos en su habitación en aquel garrafón que guardaba lleno de piedrecitas; no podía, hubiera tenido que decir de dónde los había arrancado, no era lo mismo que las margaritas que crecían hasta en los escasos prados que continuaban en barbecho y que parecía que no eran de nadie; siempre que regresaba con margaritas su madre se alegraba y se apresuraba a ponerlas en una vasija de barro para luego colocarlas sobre la vieja cómoda.
En medio del descampado recordó la vez que se encontró con un hombre y al verle sintió miedo, según recuerda el hombre se le acercó y él pensó en correr pero sintió que sus piernas no le obedecían, parecía que estuviesen clavadas en la tierra.
-No temas -le dijo ya a su lado-, me parece que te conozco, ¿eres el hijo de Roberto, el rojo?
Tito abrió mucho los ojos, necesitaba negar aquello, además, su padre se llamaba Roberto pero no Roberto el rojo.
-Mi padre se llama solo Roberto, no debe ser el mismo que usted dice.

‘Olivier’ y sus plagios, en el prólogo de José Ramón San Juan

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José Ramón San Juan, periodista y autor de ‘Un fracaso ineludible y otros relatos’ (El Desvelo Ediciones, 2010), es el traductor y prologuista de ‘Olivier’. Ambas cuestiones las resolvió de una manera magnífica. Su trabajo ha sido, de este modo, por partida doble y hemos de destacar aquí la investigación que llevó a cabo para recuperar la figura de esta mujer inteligente y emocionalmente notable, de vida azarosa, prácticamente desconocida en España. Os dejamos un pequeño extracto de su prólogo (que es otra novela en sí), en la que se apuntan los plagios que vivió en vida Claire de Duras…

Esta obra, escrita en 1823, ha protagonizado una peripecia única en los anales literarios. Pese a haber permanecido inédita durante un siglo y medio, su asunto – el secreto de un hombre que rechaza a la mujer a la que ama y por la que es amado intensamente – motivó e influenció a los escritores de su tiempo más allá de lo que cabría imaginar. El propio Stendhal se inspiró en el argumento de ‘Olivier’ (no había alusión al secreto en el título original) para construir su primera novela, ‘Armance ou quelques scènes d’un salon de Paris en 1827’, considerada por André Gide como la mejor del autor. Pretendía titularla del mismo modo que su autora, pero Prosper Merimée le convenció de no hacerlo. Habría sido el segundo ‘robo’ de título y argumento con Claire de Duras como víctima.

El primer ‘robo’ se produjo en 1826, cuando el escritor Henri de Latouche procedió a editar anónimamente una novela titulada ‘Olivier’ de tal modo que pareciese la obra de la duquesa de Duras, de la que se hablaba desde hacía tiempo en los mentideros literarios de París, sin duda por haber sido leída a los frecuentadores de confianza de su selecto salón. La superchería no tardó en ser descubierta y su autor hubo de sumar a la inicial nuevas mentiras, al negar su paternidad pero afirmar al mismo tiempo que conocía al autor y que de ninguna manera era la duquesa de Duras. El de Latouche sería el texto en el que se inspiró Stendhal y que propició otras secuelas, que tienen como autores, entre otros, a Astolphe de Custine y a Honoré de Balzac.

Parece evidente que madame de Duras no tenía el propósito de publicar su espinoso ‘Olivier’, pero si no hubiera sido así los acontecimientos que siguieron a la filtración parcial y aparentemente inexacta de su contenido se lo habrían desaconsejado. Cabe preguntarse por qué existía tanta expectación y tanto interés por la obra de una aristócrata que había decidido escribir y publicar tardíamente, en mitad de la cuarentena. La respuesta puede tener dos vertientes; la primera es estrictamente literaria: el éxito alcanzado por sus dos primeras obras editadas, ‘Ourika’ y ‘Edouard’, no sólo en Francia sino en toda Europa, que fue comparado en su día con el logrado por Alessandro Manzoni con ‘Los novios’ (‘I promessi sposi’). Ello fue motivo de envidia y resquemor para algunos escritores, molestos por la competencia de una arístócrata supuestamente ociosa.

La segunda razón, tal vez más importante, es de carácter político. La duquesa de Duras era la esposa de Amédée-Bretagne-Malo de Durfort, 6º duque de Duras,  primer gentilhombre del Rey y Par de Francia. Durfort era hombre de confianza de Luis XVIII y más tarde lo fue de Carlos X. Corrían tiempos convulsos en Francia, donde la Restauración borbónica no provocaba excesivas simpatías, dada su probada inclinación al absolutismo. No sólo existe una oposición republicana, sino también nostálgicos de Napoleón, muchos de ellos cesantes en sus puestos a causa de la Restauración, y, lo que es peor, desunión entre los monárquicos, especialmente entre los calificados como ‘ultras’ y los liberales. Claire de Duras se identificaba con estos. Candidatos a la malquerencia y a la insidia – por una u otra razón, o por ambas – no faltaban.

En cualquier caso, no se puede decir que Claire de Kersaint (ese era su nombre de soltera) tuviera una existencia apacible ni feliz. Nacida en febrero de 1777 en la ciudad bretona de Brest, hija del conde de Kersaint, vicealmirante de la Armada francesa, asistió con doce años al nacimiento de la Revolución y con dieciséis sufrió la muerte de su padre – diputado girondino guillotinado por oponerse a la ejecución del Rey –, así como la confiscación de los bienes familiares.

En Abril de 1794, Claire, hija única, inicia junto a su madre, enferma y perturbada, un exilio que se extenderá por dos continentes. Viajan en primer lugar a Filadelfia, para trasladarse a continuación a Martinica, donde la joven Claire demuestra prematuramente su determinación y energía en la tarea de recuperar, con éxito casi total, la importante herencia materna. Suiza, donde se reunirán con Madame de Staël, será la escala siguiente. Finalmente, en 1795, se instalan en Londres, donde se concentra gran parte del exilio aristocrático francés huido de la Revolución.

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