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‘Más cerca que cerca’: Preámbulo

Preámbulo del narrador

HA TRANSCURRIDO una década desde que conocí a Paul, cuando pasaba por el Parque Central de Helsinki. Era un cálido mediodía de julio, un sábado, estaba comenzando mi entrenamiento de correr. Acababa de pasar junto a la cabaña de actividades de Maunula y avanzaba a ritmo moderado hacia Pirkkola. De pronto alguien preguntó: “Qué, ¿vas a correr mucho?” Con sus pasos ligeros como una pluma, Paul se había aproximado a mi lado y su rostro esbozaba sonrisa amable. Le dije la verdad: 32 km progresivos 4.30-3.50/km. Me sorprendí enormemente cuando me comentó que se había puesto en marcha con similar intención, si bien “un trayecto un poquito más largo”.

Para las carreras continuas progresivas es difícil encontrar compañía, así que intenté mantenerme al lado el Paul el mayor tiempo posible. La primera vez aguanté con esfuerzo 35 km, pero con el transcurso de los años alcancé su nivel y finalmente acabamos corriendo con frecuencia 45 km progresivos. En sus viajes de estudio por Japón, él había aprendido que ésa era la mejor manera de desarrollar la resistencia para el maratón.

Nuestra relación se convirtió rápidamente en una amistad profunda. Cuando uno al lado del otro disfrutábamos del intenso esfuerzo, al mismo tiempo entre nosotros surgió también una conexión espiritual. Al principio hablábamos de correr, luego del trabajo, de los parientes y la familia, más tarde de aventuras y mujeres. Finalmente comenzamos a charlar de filosofía, de religión y de todos nuestros sentimientos. Era realmente liberador.

Excepto en el sofá del analista, en ningún lugar he dejado que mi mente fluyera ante oídos ajenos sin inhibiciones de la misma manera que en compañía de Paul, durante nuestras carreras progresivas de tres horas. Nunca juzgamos al otro; nuestra amistad y estima se conservaban intactas. Tal vez fuera por la herencia italiana de Paul por lo que no surgió la necesidad de hacerse el duro ni de encubrir los sentimientos sensibles entre hombres.

Aún así, pasaron dos años antes de escuchar la historia de Paul e Iman. Al referirla, la voz de mi amigo se tornaba más baja y en ella aparecía un timbre apasionado. Instintivamente supe que había de mostrarme excepcionalmente considerado, cariñoso en realidad, cuando él hablaba de ese tema. Yo escuchaba y dejaba escapar un comprensivo sonido de asentimiento, al estilo de un confesor.

La historia me impresionó. Su narrador era un auténtico fundamentalista del amor. Comencé a pensar si yo mismo había experimentado algo semejante, o si deseaba experimentarlo. No estaba seguro. Tal vez sea alguien demasiado cohibido como para arrojarme a las purificadoras llamas de los sentimientos ardientes, aunque bien es cierto que también a mí me atraen todas las vivencias intensas en las que parece esconderse alguna clase de verdad espiritual.

Hace tres años Paul enfermó de leucemia. En medio año, su organismo se vino abajo y ya no se pudo hacer nada. Se consideró realizarle un trasplante de médula ósea, pero no se encontró un donante adecuado.

Antes de sumirse en el coma, con frecuencia volvía a recordar a Iman. Entonces en sus ojos se asomaba una súplica que me afectaba de tal modo, que al regresar del hospital me encontraba fuera de mí. Iba a visitarlo diariamente. La última vez sus fuerzas eran escasas y ponderó sus palabras con detenimiento. Me confesó que estaba preparado para la paz eterna, porque su amor por otro ser humano había encontrado alguien que lo entendía, y que no se ofendería si yo le refería la historia a los demás.

Despedimos su cadáver de la misma forma que había vivido. A la mañana siguiente de su incineración, sus compañeros de asfalto nos reunimos para una carrera en su memoria. Nos pusimos en marcha al amanecer. La urna de cedro del Líbano caminaba con nosotros por los familiares senderos del bosque del Parque Central. Tuve el honor de entreabrir la tapa el primero. Únicamente el crujido de los pasos rompió el silencio cuando la urna pasó de mano en mano y el corredor se evaporó en el viento.

Al regresar de la carrera en su memoria, me sentí en un aprieto. Mi conciencia me exhortaba a que ejecutara el testamento espiritual de Paul, pero no era capaz, y ahora, con el transcurso de los años, la historia por fin ha consentido en tomar forma en papel.

Soy de la firme opinión de que la literatura crea su realidad propia, pero al escribir este texto, he sentido que es la realidad quien crea su literatura propia y yo sólo actúo como intermediario al servicio de Paul, tal vez de Iman, y quién sabe, de esa fuerza superior a la que apelamos en nuestros tormentos amorosos. He llevado el relato a un tiempo y a un lugar que conozco bien, y en el proceso puede que se hayan mezclado algunas de mis experiencias propias también, pero en lo esencial, la historia es tal y como en labios de mi amigo llegó hasta mis oídos durante las decenas de cuarenta y tantos kilómetros progresivos. Aún sigo escuchando su voz de narrador, una voz que he intentado respetar al escribir la obra.

La última fase del manuscrito ha sido leída por Olli Alho, Anna Ehrnrooth, Pertti Ehrnrooth, Jukka Kangas y alguna otra persona. A ellos les agradezco sus amables comentarios. A todos aquellos con quienes he corrido, les agradezco los pasos comunes por los caminos de la libertad.

Mayo de 2007

Traducción: Luisa Gutiérrez Ruiz

Preámbulo del narrador

6 de diciembre, por Francisco García Marquina

6 de diciembre

Si al doblar una esquina

pudiera tropezar con quien yo era,

él pasaría de largo sin reconocerme

y yo me guardaría la pregunta

de cómo ha consentido llegar a lo que soy.

Fui audaz en el ensueño y noble por escrito,

pero, al roce cruel de un mundo inexplicable,

fui bajando las manos y perdiendo el valor

y hasta la cobardía.

Aunque la madrugada no se anuncia

mejor que fue la víspera,

camino alegremente. Y me sonrío

de no saber por qué

 

Esto no es una pipa, de Francisco García Marquina

¿Quién es David? Extracto de ‘Un poco de paz’, de Kepa Murua

«Caminaba de noche sin paraguas. Le gustaba que la lluvia le diera en la cara mientras pensaba en sus cosas a una hora en que los demás dormían. Él tampoco lo hacía todos los días en la misma cama y cuando descansaba en la otra casa, en medio de la ciudad, todo le quedaba más cerca. Todo le quedaba más cerca. La lluvia mojaba su cara cuando ella apareció en el fondo del parque. Se habían mirado tantas veces, se habían cruzado tantas veces, que él pudo reconocer el cambio de su cara e inevitablemente imaginar el de su cuerpo. La recordaba con las facciones delgadas, flaca como un palo, con una melena oscura por detrás de su espalda, pero ahora era otra mujer la que se cruzaba a esas horas donde los demás dormían. Su cara era afilada, el pelo corto, los ojos los llevaba pintados de rímel negro. Con un toque ligero de maquillaje cubría el rostro. Había cambiado y él reconocía en la oscuridad su belleza que ahora no ocultaba los ojos oscuros. Y ella aguantaba la mirada como nunca antes lo hizo.

Se cruzaron, se miraron con el disimulo necesario que esconde cierta familiaridad en el encuentro cotidiano. Para él eran las señales del destino, las del azar. Para ella, era verle para saber que comenzaba el día. Sin embargo, y aunque pudieran imaginarse algunas cosas, ni uno ni otro sabían nada de sus respectivas vidas. Ni él sabía nada de ella ni ella le conocía a él.

Pero él tenía pensamientos distintos de los acostumbrados esa mañana. Otras veces repasaba en su cabeza las cuestiones del trabajo que debería realizar durante el día, una por una. Parecía que alguien, una voz oculta, le hablaba en su cabeza, moviendo ligeramente los labios, controlando sus palabras, esas que sonaban en su cabeza, para que no huyeran de los labios. Mas esta vez retumbaban en su interior las frases sentidas, enigmáticas, que su amante le había dicho cuando cenaban en la sala de estar de su casa.

–Hay algo que debes hacer para ser feliz y ser libre. Algo que está en ti y todavía no lo has encontrado o no lo sabes hacer. Eres un inmaduro. Uno es más de lo que ha vivido.

–Uno es más de lo que ha vivido.

Intuía que le estaba diciendo la verdad cuando lo volvió a repetir de nuevo. Y no le molestó que se lo dijera, porque sabía que le estaba diciendo su verdad. Tampoco le molestó lo que escuchó, que se trataba de un inmaduro, mucho menos la expresión utilizada, «no lo sabes hacer». Había sobrepasado los cuarenta, había vivido plenamente, eso creía, pero le sorprendió que su amante reconociera ante él su propia infelicidad y que le dominaba el interior de su cuerpo, podría decir el alma, desde hacía tiempo.

Recordó lo que había pensado mientras se lo dijo delante de una botella de vino que vaciaban en las dos copas, sentados el uno frente al otro.

–¿Por qué me lo dices así?

Y recordó lo que dijo, como un autómata que busca una respuesta y que por suerte la encuentra, lo que dijo para salir del paso:

–Nadie tiene la suerte de ser lo que quiere, sino la necesidad de sentirse vivo creyéndose único.

¿Qué le dolía? ¿La confesión de su amante? ¿La realidad que recordaba su situación? ¿O saberse desconcertado al no entender del todo lo que ella le confesaba con sinceridad, sin malicia?

Era extraño, él que estaba acostumbrado a trabajar con las palabras, con los sentimientos y las emociones de los demás, no era capaz de adentrarse en los propios, de esclarecerlos y encontrar una respuesta que calmara el eco que adquirían esas palabras premonitorias. Además, había un dato que no se le escapaba, porque de la misma manera que podía ser el hombre más inteligente en un momento dado, podría reconocer por igual su incapacidad para muchas cosas. Él mismo lo decía a menudo:

–Puedo ser el más tonto de todos los hombres.

Le sorprendía reconocer que ella sí había logrado el equilibrio necesario para encontrar la felicidad, pese a todo, pese a la amargura que encierra la vida, pese a los golpes que da; en cambio, él no había llegado a ese punto donde la gente alcanza la calma y el equilibrio. A ese lugar donde algunos alcanzan la felicidad y la mayoría se instala cómodamente para seguir el paso de los días. De los años. De toda una vida.

–Un poco de paz, un poco de paz –se decía. Necesito un poco de paz cuando se reconocía intranquilo.»

Extracto de Un poco de paz, Kepa Murua. El Desvelo Ediciones, 2013

 

¿Puede el arte hacernos mejores? Una respuesta de Jeff Wall

Víctor del Río.- Pero, ¿en qué nivel de la formación operaría este conocimiento del arte? ¿por qué las artes deberían hacernos mejores?

Jeff Wall.- No hay ninguna garantía de que la formación de nadie pueda llevar en una dirección predecible. Todo tiene lugar en un contexto de libertad. Pero hay un largo y alentador registro histórico de los beneficios obtenidos de la apreciación y el disfrute estéticos, incluso si contamos con cierto número de contraejemplos.

V. R.- Y deberíamos intentar no confundir el enfoque político con la mala conciencia, algo que probablemente es un riesgo en nuestros días.

J. W.- Desde luego. Los contraejemplos a menudo tendrán que ver con gente que estuvo intensamente implicada en el arte y la alta cultura y que, sin embargo, fueron capaces de participar en acciones y movimientos atroces; o como mínimo eludieron resistirse a ellos. En España, con su historia política, estoy seguro de que hay muchos ejemplos de esto.

V. R.- Bueno, quizá, es cierto que estas cuestiones siempre se producen paradójicamente. En España hubo una generación de pintores, los informalistas, que fueron promovidos por el régimen franquista a pesar de que su obra parecía denunciarlo y gritar contra las injusticias que lo sustentaban. No sé si encaja en lo que tratas de decir.

J. W.- Pero, a pesar de todas las circunstancias complicadas y frustrantes, el proceso de Bildung es una de las pocas posibilidades que tenemos. Si lo elimináramos ¿qué ganaríamos? Si es posible ir más allá de ello, hacia otra dimensión o nivel de creatividad, ¿implicaría ello necesariamente el rechazo de la parte que el arte autónomo representa en el proceso? La noción de vanguardismo en el siglo XX ha estado bastante tenazmente interesada en este rechazo, viéndolo como una parte del acto de ir más allá.

Extracto de ‘La querella oculta. jeff Wall y la crítica de la neovanguardia’.

Traducción: Eva Gallud Jurado.

Gran entrevista

doble extracto entrevista mundo 4 enero 2010

Reproducimos una gran entrevista que la periodista Irene Sainz le hizo a Alberto Santamaría la pasada semana y que publicó El Mundo Cantabria, junto a un extracto de su libro ‘B’. No tiene desperdicio, aunque nuestra opinión no es objetiva, claro.

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