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Moreau & Duras & Duras o de cómo lo fortuito lleva al hallazgo

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El pasado miércoles presentamos en la Librería Gil de Santander Olivier el secreto, de Claire de Duras. Su traductor y prologuista dio todo un recital sobre esta autora tan poco conocida en España. Por su interés, reproducimos las palabras de José Ramón y de cómo halló esta obra de manera fortuita.
 
«La música lleva a la letra; ésta conduce a la literatura y en este caso también al cine, y Marguerite Duras dirige finalmente, vía Google, a Claire de Duras. Así, por mediación del azar, puede sintetizarse mi proceso de descubrimiento de la escritora aristócrata de cuya obra vamos a hablar. Comenzó investigando acerca de esta canción, ‘India song’, cantada por la actriz Jeanne Moreau. Así pude descubrir que la música es del compositor franco-argentino Carlos D’Alessio, autor-fetiche para Marguerite Duras que creó la banda musical de prácticamente todos los filmes de la escritora y cineasta francesa. Fue ella misma quien puso letra a la bella y nostálgica música que D’Alessio compuso para su película del mismo título, con la idea de que su gran amiga Jeanne la grabase, como efectivamente hizo.

Hasta el hallazgo fortuito de Claire de Duras yo desconocía totalmente su existencia. Lo que leí acerca de ella me pareció muy interesante, teniendo en cuenta que se trataba de una aristócrata escritora de principios del S.XIX cuyos temas tenían la singularidad de interesarse en los  mundos de los otros hasta sumergirse en ellos, en la alteridad de quienes, por su raza, su clase o su condición, eran discriminados y veían radicalmente frustradas sus expectativas. Sus novelas habían sido infravaloradas e ignoradas durante un siglo y medio bajo la etiqueta banalizante de “historias de amores imposibles” hasta que, en los años 70, una relectura desde la modernidad percibe los mensajes no explícitos que contienen sus textos, su cuestionamiento de la realidad a la luz de un espíritu nuevo, el que alumbró la Ilustración.

Tal actitud no es en tan paradójica como puede parecer, pues, aunque aristócrata, Claire de Duras era liberal, partidaria de que la autoridad absoluta del Rey decayese en favor de un parlamento democrático que pusiera fin a los excesos absolutistas. Esa fue también la tendencia de su padre, el conde de Kersaint, diputado girondino en la Asamblea Nacional que, pese a su moderación o mejor, a causa de ella, fue guillotinado en 1793, durante el periodo llamado del terror, por oponerse a la ejecución del Rey. Con sólo 16 años, Claire se verá forzada a actuar como una mujer adulta y fuerte al emprender, junto a su madre, enferma y trastornada, un viaje que conducirá a ambas primero a Filadelfia, luego a Martinica o Haití (no está bien documentado ese punto), más tarde a Suiza y finalmente a Londres, donde se concentraba gran parte del exilio aristocrático francés. El fruto de esa peripecia fue convertir en una importante cantidad de dinero las posesiones coloniales de su madre.

En Londres Claire conoce y se enamora del heredero del ducado de Duras; y subrayo que se enamora, hecho infrecuente en los matrimonios aristocráticos de la época. No así el futuro duque, que vio en ella, antes que cualquier otra cosa, una fuente de financiación muy conveniente, dado que el exilio le había condenado, como a tantos aristócratas, a asumir carencias que consideraba insoportables. La idea de un amor idealizado y pasional, que Claire acariciaba, se ve así confrontada finalmente con la realidad de una relación distante y casi protocolaria, que ella asume muy a su pesar.

El tiempo pasa lentamente durante el exilio en Londres, que se prolonga hasta 1803. Claire educa a sus dos hijas y se relaciona con los aristócratas exiliados, mientras su marido conspira junto al Rey y sus fieles para lograr la restauración monárquica, lo que conlleva numerosos viajes. Finalmente, en 1799 será Napoleón Bonaparte quien frustre tales expectativas mediante un golpe de estado que le convertirá en cónsul de la República, cónsul vitalicio poco después y finalmente, en 1804, emperador. Pese a todo, los aristócratas huidos del terror revolucionario pueden ir regresando y recuperando sus posesiones, con el compromiso sobreentendido de que deben mantener una absoluta discreción política.

Cuando en 1814, desterrado Napoleón en la isla mediterránea de Elba, se produce la Restauración, la alegría de los monárquicos es efímera. Ante la relegación de su heredero,Napoleón II, Bonaparte regresa a Francia y recupera lealtades mientras Luis XVIII huye a Bélgica; el ejército apoya al emperador de modo casi unánime durante los cien días que concluirán con la derrota de Waterloo. Luis XVIII hace entonces su segunda y vergonzante ‘entrada triunfal’ en París, pero gobernará un país dividido no sólo entre republicanos, bonapartistas y monárquicos, pues éstos, a su vez, se subdividen en ‘ultras’ absolutistas y moderados parlamentaristas.

El retorno a Francia del duque y su familia, instado durante el imperio bonapartista por el propio Rey en el exilio, tuvo un carácter semiclandestino y seguramente su objetivo era sondear y comprometer las voluntades a favor de Luis XVIII. Aunque esa época de los Duras está escasamente documentada sí existe noticia de que el inicio de su estancia en Francia lo pasaron en el sur del país, lejos de París, y que se beneficiaron de la hospitalidad del marqués de Puységur, uno de los pocos aristócratas que no conoció ni la guillotina ni el exilio en mérito a su bondadoso trato con la población de su feudo.

Tras la Restauración, el marido de Claire, primer gentilhombre de cámara de Luis XVIII y persona de su confianza, es cargado de responsabilidades  y honores –incluido un inexplicable ingreso en la Academia Francesa-, y su esposa recibe de él el encargo de sostener un salón que, primero en el palacio de las Tullerías y más tarde en su residencia del Faubourg Saint-Germain, se convertirá en el principal de París. Por él pasarán, con mayor o menor asiduidad políticos como Talleyrand o Villéle, escritores como Chateaubriand,Lamartine Constant y sabios reconocidos de la época como HumboldtArago o Cuvier.

Claire siente una apasionada admiración –y quizás algo más- por el vizconde de Chateaubriand, al que conoce desde antes de la Restauración. En sus cartas se tratan de ‘hermana’ y ’hermano’, pero por parte del autor de ‘Atalá’ tal fraternidad responde sobre todo a su ambición política. Quiere la embajada de Londres y no cesará de urgir la influencia de la duquesa hasta conseguir su propósito. Luego surgirá un alejamiento progresivo que provocará amargos reproches epistolares por parte de Claire de Duras, quien le califica de “tiránico niño mimado”, a lo que él le responde con el apóstrofe de ‘gruñona’.

El vizconde, idolatrado por las mujeres de su tiempo, es un seductor infatigable, pero prefiere a otras damas, nobles o no, a la devota duquesa. Con el tiempo deserta casi totalmente de su salón para brillar y obtener provecho personal en otros, y tal desvío hiere profundamente a Claire. He aquí el expresivo texto de una carta que le remite: “Cuando siento tanta sinceridad, tanta abnegación en mi corazón por usted, que pienso que desde hace quince años prefiero lo que es usted a lo que soy yo, que sus intereses y sus asuntos prevalecen sobre los míos, y eso muy naturalmente, sin que yo tenga el menor mérito, y pienso que usted no haría el más ligero sacrificio por mí, me indigno contra mí misma por mi locura”.

La decepción que le producen la indiferencia y el desagradecimiento de Chateaubriand se suma así a la herida, ya vieja pero permanente, que le infligen el abandono y las infidelidades de su marido. Pero aún hay una ‘traición’ más dolorosa, la que le causa el matrimonio, contra su criterio, de su hija predilecta, Félicie, con un noble ‘ultra’ de la belicosa región de La Vendée catorce años mayor que ella. Claire se niega incluso a acompañar al duque a la boda tras fracasar en el intento de que su hija renuncie a esa unión. Y de nuevo vuelca en una carta, ésta dirigida a su amiga Rosalie Constant, su desolación: “Yo no sé – escribió – para qué he nacido, pero no es para la vida que llevo. No recibo del mundo más que lo que no es él, cuando vuelvo sobre mí no concibo lo que hago aquí, hasta tal punto me siento extranjera”.

Félicie de Duras tenía el carácter fuerte y firme de su madre, pero sus convicciones políticas ‘ultras’ estaban más próximas a las de su padre, al que además superaba en exaltación. Claire de Duras había intentado rectificar sus inclinaciones, pero su fracaso fue tan total como doloroso. Lo que sigue es un retrato de Félicie a cargo de la condesa de Boigne, que da cuenta de la magnitud del problema que constituía la hija mayor de la duquesa: “ella ha soñado constantemente en la guerra civil como el complemento de la felicidad, y en su preparación para ello, desde que fue dueña de sus actos, ha practicado la caza con fusil, construido armas, disparado con pistola, amaestrado caballos y montado a pelo; en fin, se ha ejercitado en todas las habilidades de un subteniente de dragones, para gran desolación de su madre y para destrucción de su belleza, que antes de cumplir veinte años había sucumbido a causa de ese régimen de vida.”

A raíz del matrimonio de su hija el mundo de Claire de Duras se derrumba por acumulación de frustraciones y disgustos y, deprimida y enferma, se aleja de las rutinas cotidianas para escribir. Así nacen en poco tiempo tres novelas cortas: ‘Ourika’‘Edouard’ ‘Olivier o el secreto’, que en 2007 fueron reeditadas, en un solo volumen, por Ediciones Gallimard, lo que prueba la vigencia y el interés que esta escritora de principios del XIX suscita en nuestros días. Las tres obras fueron escritas bajo el denominador común de lo que podríamos llamar, tomándolo prestado de la propia autora, como el ‘síndrome de la pared de cristal’. Así lo describe la duquesa en las primeras páginas de ‘Olivier o el secreto’: “Hay seres de los cuales uno se siente separado como por esas paredes de cristal descritas en los cuentos de hadas, nos vemos, nos hablamos, nos acercamos, pero no podemos tocarnos”.

En ‘Ourika’ el muro transparente es la raza. Su protagonista, senegalesa, fue regalada cuando era un bebé a una dama de la alta sociedad, que la educó como a un miembro más de la familia y depositó en ella su afecto. Llegada a la pubertad y enamorada del nieto de la dama, empieza a sorprender conversaciones de los adultos que se inquietan por su futuro y dudan de que haya una solución no traumática para ella. Su mundo se rompe en mil pedazos al comprender lo que le espera. Acabará dejándose morir en un convento mientras relata su singular experiencia al médico que la atiende.

En el caso de ‘Edouard’ la pared de cristal está en la diferencia de clase social, pero la clave no reside en las diferencias económicas, sino de sangre. El protagonista, un gran burgués al que no le falta de nada, se enamora de una joven aristócrata. Al ver rechazadas sus pretensiones matrimoniales por la familia de ésta se alista para ir a combatir en América, donde encuentra finalmente lo que buscaba: la muerte.

Los estudiosos de la obra de Claire de Duras han establecido que se inspira normalmente en hechos y personajes reales. Así ‘Ourika’ realmente habría sido ofrecida a Madame de Beauveau por su sobrino, el caballero de Boufflers, gobernador de Senegal. El argumento de ‘Edouard’ nace de un hecho aún más próximo a la autora. Fue su propia hija menor, Clara, la pretendida por el hijo del ‘plebeyo’ Pierre-Vincent Benoist, banquero y diplomático que en 1828 fue nombrado por el Rey ministro de Estado, miembro de su consejo y además conde. La muerte impidió a la duquesa conocer este sarcasmo último de la historia convulsa que le había tocado vivir.

Llegados a este punto, y entrando finalmente de lleno en el tema de la novela que hoy presentamos, cabe preguntarse qué personaje real se oculta tras la identidad de Olivier, pero antes es preciso decir que el escabroso argumento de la novela, cuya versión original permaneció inédita hasta 1971, fue robado por otros escritores de la época. Claire había comunicado a algunos frecuentadores de su salón que trabajaba en una obra cuyo protagonista padecía impotencia sexual. Posteriormente les había ido leyendo fragmentos, pero nunca se atrevió a publicar la que se cree que fue su primera novela.

En 1823, sin embargo, sí publica, anónimamente, ‘Ourika’, que se convierte en un gran éxito y sobrepasa las fronteras de Francia, siendo equiparada por su acogida con ‘I promessi sposi’ (Los novios) de Alessandro Manzoni, que por la misma época bate récords en Europa. Ese éxito es envidiado y mal digerido por algunos escritores galos que tratan de vivir de su profesión, como Stendhal, que critica en una publicación literaria británica el ‘intrusismo’ aristocrático. Henri de Latouche, un novelista y periodista bastante zascandil, aprovecha la situación para publicar una novela calificada de licenciosa y titulada precisamente ‘Olivier’. En su propósito de confundir incluso copia las características peculiares de la portada de ‘Ourika’, en la que se incluye que los beneficios de la edición serán destinados a fines benéficos.

Dado que en los mentideros parisinos era sabida la existencia de la novela inédita de Claire de Duras del mismo título, el escándalo estalla y Latouche tendrá que hacer pública una declaración en la que miente reiteradamente al negar que sea él el autor, afirmar que conoce al autor, y asegurar que éste no es la duquesa de Duras.

Pero no termina ahí la singular peripecia de un ‘Olivier’ al que su autora había apartado pudorosamente de la luz pública. En 1827, un año después de la lamentable intentona de Latouche, es el propio Stendhal quien toma prestado al personaje para su primera novela. Incluso pensó titularla también ‘Olivier’, pero renunció a ello por consejo de su amigo Prosper de Merimée, si bien el protagonista conservó la ‘O” inicial (Octavio, en lugar de Olivier). Esa novela, titulada ‘Armance’, nombre de la figura femenina damnificada, fue considerada como la más bella del autor de ‘Rojo y negro’ por parte de André Gide, Nobel de Literatura en 1947.

Cuando finalmente el ‘Olivier’ genuino, el escrito por Claire de Duras, ve la luz pública en 1971, editado por José Corti, muchos comentaristas, ignorantes de la ya remota polémica, interpretan que quien se esconde tras la patética figura del protagonista no es otro que Astolphe de Custine, un escritor aristócrata y homosexual cuya madre estaba empeñada en casarle y finalmente lo consiguió, no sin que antes su hijo rechazase, entre otros, el compromiso ya semipactado con Clara, la hija menor de Claire de Duras. He ahí el nexo de proximidad con la autora que se registra en sus otras dos novelas y que da una cierta verosimilitud a la hipótesis más reciente.

Sin embargo no es Olivier el protagonista principal de esta singular novela epistolar. De las 64 cartas que la integran sólo nueve corresponden al desventurado, mientras son 39 las firmadas por la condesa de Nangis y la mayoría de las restantes proceden de la hermana de la condesa, ausente en Napoles, a la que ésta consulta y comunica sus ilusiones y desalientos. Ciertamente, casi todas las misivas giran en torno a su malhadado primo Olivier, quien, al igual que un enloquecido violín romántico, alterna las notas más quejumbrosas con las más jubilosas en movimientos imprevisibles, y condiciona los estados de ánimo, también extremos, de la protagonista real, la condesa de Nangis..

¿Pero quién, qué personaje real se oculta tras la novelesca condesa? La respuesta, a la vista del carácter y de la biografía, así como de las circunstancias en las que nace esta, su primera novela, ofrece pocas dudas: Louise, condesa de Nangis, no es otra que Claire, duquesa de Duras. Como en una transferencia psicoanalítica la autora novel vuelca sobre el papel su soledad afectiva, su fracaso vital, su atormentada búsqueda del amor. Lo hace pasados los cuarenta años, edad que, en la época en que vivió, era una frontera mucho más dramática para una mujer de lo que es ahora, pero su personaje tiene veinte años menos, está lleno de pasión y expectativa amorosa, y desnuda su alma en unas cartas casi siempre vehementes, tanto si expresa esperanza como si es el abatimiento lo que le domina.

Por otra parte no es difícil ver claramente en el conde de Nangis al propio duque de Duras, convenientemente retocado. La primera carta del libro nos muestra a un marido que se declara al límite de su paciencia por las exigencias de su mujer. “Es en las novelas y en las tragedias –escribe- donde usted encontrará los caracteres que le gustan; a mí no me gustan las ficciones, no soy novelesco”. El personaje real, que contrajo matrimonio apenas un año después de la muerte de Claire, se permitió en su día declarar que era un alivio, finalmente, desposar a una mujer dotada con menos talento que él.

En cuanto a Olivier, más que un personaje real o verosímil es un contradictorio paradigma, idealizado en positivo en interés de la historia a relatar y teñido de misterio por la misma razón, que se revela muy eficaz narrativamente por el ‘suspense’ que logra crear. Es el amante imposible, el hombre elusivo que, por razón de su propio interés o por cualquier otro impedimento o dificultad, frustra las expectativas que previamente ha alimentado. El modelo real podría ser el propio duque de Duras o, tal vez con mayor motivo, el seductor y calculador vizconde de Chateaubriand. A fin de cuentas también la condesa de Nangis y Olivier, como la duquesa de Duras y el escritor, se llamaban mutuamente ‘hermano’ y ‘hermana’.

Claire de Duras fue, sin duda, una persona muy inteligente y de carácter vigoroso, pero al mismo tiempo era una mujer apasionada y sensible, que se gobernaba en sus afectos por la intuición y la incondicionalidad. Suya es la siguiente frase: “se conoce mejor a alguien por los sentimientos que inspira, casi, que por sí mismo”. Difícilmente se puede mejorar esta declaración de fe personal en lo instintivo. Enérgica, pero bondadosa y generosa, nunca se movió por el cálculo interesado, pero tal vez por eso mismo fue incapaz de imaginarlo en los demás y sufrió las dolorosas consecuencias de su ingenuidad.

Su amiga la marquesa De La Tour du Pin intenta en cierto momento, a través de una carta, hacerla despertar: “he ahí cómo su corazón –le escribe- se confía a quienes no son dignos de usted, que usted muestra completamente su corazón a quienes esconden cuidadosamente el suyo o no le muestran más que lo que a usted le gusta encontrar, y hacen como esos comerciantes que conocen el gusto de sus clientes y no despliegan más que los tejidos que les agradan”.

Chateaubriand, en su “Memorias de ultratumba”, hizo un encendido elogio de su defraudada ‘hermana’ al escribir: “El calor del alma, la nobleza del carácter, la elevación del espíritu, la generosidad del sentimiento hacían de ella una mujer superior”. Y también entonó un‘mea culpa’  aparentemente sincero por su propio desvío. Así escribe: “Desde que he perdido a esta persona tan generosa, con un alma tan noble, con un espíritu que reunía algo de la fuerza del pensamiento de Mme. de Staël con la gracia del talento de Mme. de Lafayette, no he cesado, llorándola, de reprocharme las irregularidades con las que he podido afligir algunas veces a los corazones que me eran devotos”.

Presumía el vizconde seductor que las personas a las que citaba en sus memorias participarían para siempre de la gloria que imaginaba para sí. El tiempo ha querido, sin embargo, que Claire de Duras, que no alcanzó a leer los elogios del ingrato, se muestre en el presente con mayor vigencia y despierte más interés que su presunto maestro. Y lo consiguió ella sola, tan sola como le dejaron aquellos a los que amaba.»

José Ramón San Juan. Blog: Desolaciones. http://networkedblogs.com/RJ2yq

http://youtu.be/w9fLfi9nZmI

Las vueltas que da la vida: antecedentes verídicos de dos novelas de Claire de Duras

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La vida de Claire de Duras, reflejada en su obra, es un ejemplo claro de cómo la vida tiene sus propios vericuetos y, en ocasiones, un sentido del humor bastante siniestro. Las tres novelas de Duras, de las que nosotros publicamos Olivier, están basados en experiencias personales de la autora. El traductor y prologuista de Olivier, José Ramón San Juan, ha buceado en ellas y da las claves interpretativas. De las dos primeras reproducimos un fragmento del estudio de San Juan. Para conocer las claves de Olivier no queda más remedio que hacerse con el libro que, por cierto, esta tarde se presenta en la librería Gil (19.30 horas), de Santander.

Es comúnmente aceptado que Claire de Kersaint tomó los argumentos de sus obras de la realidad circundante. Así se ha llegado a establecer que ‘Ourika’ parte de la historia de una niña senegalesa rescatada por el marqués de Boufflers a punto de ser embarcada en un barco negrero y entregada como regalo, de vuelta en Francia, a madame de Beauveau, quien la educó como a una hija más, sin imaginar el destino trágico al que la condenaba. El protagonista de ‘Edouard’ estuvo aún más cercano a la autora. El joven M. Benoist, hijo de un banquero burgués, se enamoró de su hija Clara, pero el duque de Duras rechazó de raíz el romance por tratarse de un ‘plebeyo’, El sarcasmo que con frecuencia rige la historia quiso que el padre del aspirante rechazado, Pierre-Vincent Benoist, protagonizase una carrera política fulgurante, alcanzando el puesto de ministro de Estado y miembro del consejo privado del Rey, quien en agosto de 1828 le concedió el título de conde. Afortunadamente para Mme. de Duras, fallecida en enero de ese mismo año, la muerte le ahorró una última reflexión amarga sobre la condición humana y el signo de los tiempos.

 

 

 

‘Olivier o el secreto’, presentación en Gil

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‘El joven hechicero’ y ‘La Fanfarlo’, el 26 de octubre, en Gil

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‘El joven hechicero’ y ‘La Fanfarlo’, a la venta el 21 de octubre

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Ya tenemos fechas para la primera presentación de nuestra edición de ‘La Fanfarlo’ y ‘El joven hechicero’, las dos nouvelle de  Charles Baudelaire con que damos continuidad a la colección Postcards. Será el 26 de octubre en la librería Gil de Santander, a las siete y media de la tarde, y cinco días después de que el libro se encuentre ya a la venta. En la presentación estaremos los editores, Luis alberto Salcines y Javier Fernández Rubio, y el prologuista de estas dos obras del autor de ‘Las flores del mal’, el escritor Miguel Báñez.

No será el único acto que hagamos. Unos días antes, el 24 de octubre, estaremos en Madrid, concretamente en la maravillosa librería de La Central en el Museo Reina Sofía con la presentación, que hubimos de aplazar en septiembre, de ‘El devorador íntimo’, la primera novela del pintor Eduardo Gruber. Le acompañarán para la ocasión el escritor y prologuista de la novela Benjamín Prado y el decano de la Facultad de letras de Madrid Dámaso López.

Retrotrayéndonos unos días más, o adelantándonos según se mire, tenemos otra cita en Espacio Kattigara, en Santander, el 17 de octubre, cuando, a propósito de ‘El devorador íntimo’, el editor Luis Alberto Salcines y el autor entablarán un diálogo que promete ser de lo más interesante si de pintura y literatura hablamos.

Jueves, 17 de octubre, en Espacio Kattigara: Eduardo Gruber y Luis A. Salcines.

Jueves, 24 de octubre, en La Central del Reina Sofía: Benjamín Prado, Eduardo Gruber y Dámaso López.

Sábado, 26 de octubre, en la Librería Gil: Miguel Ibáñez, Luis A. Salcines y Javier F. Rubio

 

 

Presentando ‘Memorias del cementerio’

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Cosas que a veces hacemos (y que rara vez difundimos)

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… como por ejemplo entrevistas en periódicos. Como por ejemplo esta, hecha al escritor, editor, fotógrafo, José Naveiras, cuya última novela ‘Memorias del cementerio’, presentaremos el sábado en la Librería Gil de Santander (19.30 horas). Aquí va la entrevista íntegra para conocer mejor a nuestro colega y, sin embargo, amigo:

-¿El hecho de haber estado viviendo en un cementerio lo diferencia del común de los mortales (nunca mejor dicho)?

-No sé, no creo. Yo nací en el cementerio de la Almudena de Madrid y me crié en él hasta que cumplí los 22. Es un sitio, desde luego, muy curioso para vivir, para crecer y educarte, pero eso no creo que me haga diferente al resto. Sólo atípico.
-¿Qué significa la muerte para usted?

-Lo mismo que para los demás, supongo. La muerte para mí no es más que el final de una película de la que no seremos conscientes. El fin de unas vivencias y de todas las experiencias. Después si hay olvido o no, al afectado o afectada, desde luego, le va a dar igual porque no nos vamos a dar cuenta de ello.
-Su personaje es un sociópata dedicado a crear muerte por encargo, ¿Por qué Carlos pudiendo escribir de otros caracteres?

-La idea original era crear una novela que me ayudara a encauzar mis experiencias en el cementerio. Francamente, ser escritor y no aprovechar el haberte criado en un cementerio sería casi un crimen. Comencé a desarrollar la idea, pero no quería que la novela fuera sólo escribir sobre mis experiencias en el cementerio, sino jugar con ellas de otra forma. Por otro lado, quería una novela divertida, rápida de leer y con cierta dosis de acción. Así que creé a Carlos. Alguien que se diferenciara mucho de mí, pero que me permitiera hablar de la experiencia de vivir en un cementerio. No quería que me dijeran aquello de “se nota que Carlos eres tú”, quería que el personaje fuera un ser despreciable para que no se le identificara conmigo. Así que pensé que no hay nada peor que alguien que su desapego por la vida le llevara a matar por dinero sin importarle nada más. Aunque por otro lado quería también que el lector o lectora llegara a sentir cierta simpatía en algunos momentos. Pero esta segunda idea llegó después.
-Hay múltiples referencias al mundo del cómic, la música, el cine. Incluso el lector del libro puede acercarse a él desde otros soportes y fuentes (spotify, blog…) ¿Esta es una marca generacional?

-Por un lado sí, tiene muchas influencias de otros ámbitos artísticos y me gusta que hagas referencia a lo del cómic porque muy poca gente la ha visto y empezaba a pensar que no estaba clara. Las influencias son muy visuales. Yo era lector compulsivo de comics, de todo tipo, pero sobre todo aquellos que contaban historias de tipos solitarios. Quería una novela muy visual, quería que las imágenes golpearan en la cabeza de la gente que la leyera. Así que recurrí a la forma de presentar las distintas historias del comic. Tomé además la forma de narrar del cine negro americano y del de gángsters, un par de géneros que siempre me han gustado, desde esas maravillosas películas en blanco y negro como “El halcón maltés” o “Ángeles con caras sucias” hasta aquellas magníficas de los 70 donde los tipos duros eran detectives tipo Steve McQueen en “Bullitt”, por ejemplo. Lo de ponerle música a la novela viene precisamente de esas películas de los 70 que tenían maravillosas bandas sonoras (busquen ustedes la bso de Bullit y disfruten). Fue entonces cuando quise que el protagonista estuviera siempre rodeado de música y que la gente no solo pudiera leer un montón de nombres y títulos de álbumes y canciones, sino que pudieran escuchar las canciones a las que se hacen referencia. La tecnología de la que disponemos hoy en día nos permite eso sin que el proyecto sea inviable por culpoa de los derechos de autor. Hubiera sido imposible sacar un disco con toda esa música, así que busque en Spotify, Deezer y Groveshark y cree las listas de reproducción con las canciones que escucha el protagonista.

Respecto a si es una marca generacional, no lo sé. Yo tengo 47 años, nací a mediados de los sesenta y mi generación ha vivido unos cambios tecnológicos impresionantes, del cine de barrio y la tele en blanco y negro a las descargas online. Da vértigo si lo piensas bien. Además soy también de esas personas que aprendieron a leer con cómics y luego nos hemos convertido en lectores de narrativa, poesía, teatro…
-Ha publicado poesía y narrativa, se ha internado en otros campos como el de la fotografía, es un activista cultural en Madrid y según tengo entendido codirige la editorial La Vida Rima. ¿Por qué esta hiperactividad? ¿Qué le reporta la cultura, máxime cuando reconoce vivir de otros trabajos?

-La hiperactividad es por simple inquietud creativa. Veo y leo cosas que hace la gente y que me parecen maravillosas. Entonces pienso en si podría hacer algo así yo y me pongo a ello. Llevo haciendo fotos desde los 16, luego me puse a escuchar música, a escribir narrativa, luego vendría la poesía, el diseño gráfico… en fin, que me gusta crear y la tecnología actual nos permite acercarnos a herramientas de creación que antes nos era más difícil o costoso utilizar. Yo trabajo de informático, pero de la parte más aburrida de la informática, la de gestión. Aplicaciones para bancos, aseguradoras y cosas así. Es un trabajo que hace que tengas que estar concentrado solo y exclusivamente en lo que estás haciendo. Cuando salgo del trabajo desconecto y me dedico a toda actividad cultural que me de mi tiempo libre. Antes lo hacía como espectador y ahora también como parte de ello. El detonante fue en 2007 cuando un grupo de amigos y amigas creamos la asociación cultural La Vida Rima. De ahí se crearon muchas sinergias y fue toda una explosión de creatividad. Hace dos años decidimos crear una microeditorial y yo me encargo de coordinarla junto a Eva Gallud y es toda una grata experiencia, esto nos permite hacer visibles los trabajos poéticos de mucha gente. Todo es muy emocionante y por nada querría perdérmelo.
-¿A quién tiene en mente cuando escribe? ¿Hay algún tipo de lector en el que piense?

-Pienso en todas aquellas novelas que no me han gustado e intento escribir al contrario. No pienso en un lector tipo, sólo escribo.
-Dado que puede ver el espectáculo a ambos lados de la barrera, como editor y como escritor, ¿cómo ve el panorama actual? ¿Hay lugar al optimismo?

-Pues la cosa está muy extraña. Por una lado hay muchísima creación y tenemos la posibilidad de editar con una bajada de costes muy importante. Por otro lado toda esta explosión creativa que vivimos no nos lleva a un aumento de la calidad literaria, aunque tampoco creo que esto sea una novedad. Yo sí soy optimista, aunque habrá que ver qué es lo que queda de todo esto. La situación está en que la industria tradicional está muriendo por su propia avaricia y se han creado nuevas fórmulas y mercados para mostrar cosas que no sean las de siempre. Como siempre, ni todo es bueno ni todo es malo, sólo que la cosa está cambiando y eso asusta a los de siempre.
-¿Qué le diría su personaje al ministro Wert?

Pues no creo que a Carlos le importase mucho lo de Wert. En realidad, él (Carlos, no Wert) es el resultado del individualismo, ése al que el neoliberalismo nos está llevando, ése mismo que nos lleva cada vez más a pensar que los problemas de los demás son una molestia y que lo mejor es ignorarlos porque uno mismo es lo único que merece la pena. Aunque, ojo, no quiero decir que el neoliberalismo nos lleve a ser asesinos. No. Lo que quiero decir es que el neoliberalismo nos lleva al individualismo absoluto y eso, creo, es lo peligroso. Es sólo que la incultura programada, el cortar el acceso a la cultura a aquellos que no tienen dinero y demás, lo único que hace es intentar que de nuevo la cultura sea una cosa de élites y de forma esporádica de alguna persona que por su genio destaque del resto. Pero, claro, eso es lo que yo digo, porque a Carlos sencillamente le daría igual, a él sólo le importa él y sólo se preocuparía de Wert si fuese un problema directo para sus objetivos.
-¿Qué está preparando ahora?

-Tengo en cartera dos libros de poemas. Uno sobre mi experiencia como padre, de la paternidad y la relación que se crea padre/hijo que se titulará “Sonrisa y también vaca”, otro donde trato de mezclar conceptos de física cuántica con la poesía (“Berberechos cuánticos”) y una novela que de momento se titula “Él es tan bella” que va de la tórrida historia de amor de un travesti al que le gusta el country y que es la Dolly Parton de España, un folletín al estilo Sawa, pero en el siglo XXI.

‘Memorias del Cementerio’, el sábado, en Librería Gil

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El sábado nos toca el placer de presentar la novela de José Naveiras ‘Memorias del cementerio’. Será en la Librería Gil, a las 19.30 horas. Contaremos con el autor que leerá un fragmento y disertará sobre la génesis de uno de los textos más divertidos y frescos que hemos leído en los últimos tiempos. Naveiras, quien se crió en un cementerio, es de los pocos, más bien el único, que conocemos que puede presumir de haber hecho el camino inverso al del resto de los mortales, a saber: que habiéndose hospedado en el camposanto consiguiera abandonarlo, dando además muestras desde entonces de buena salud y un envidiable talento para crear en todo tipo de formatos y soportes. Además, es editor, lo que hace que nos solidaricemos con él y le expresemos nuestras más sentido pésame.

 

Presentación de ‘El devorador íntimo’, de Eduardo Gruber, en Santander

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Jari Ehrnrooth, en Santander y Madrid

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