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Marta San Miguel, escritora: “Seguimos vivos, intactos y comprensibles en nuestra memoria”

Marta San Miguel, periodista y escritora.
Marta San Miguel, periodista y escritora. Foto: Miriam Mora.

Marta San Miguel (Santander, 1981) se pone tensa antes de responder a una pregunta como si se dispusiera a saltar un obstáculo. Es como uno de los personajes de su obra ‘Antes del salto’ (Libros del Asteroide, 2022), el caballo Quessant, que juega un papel importante como catalizador de acontecimientos de ese viaje lisboeta en el que la protagonista entreteje recuerdos para dar encarnadura a su auténtica identidad. La autora es escritora y periodista. Ha publicado los poemarios ‘Meridiano’ (2010) y ‘El tiempo vertical’ (2015). Su primer libro de largo recorrido llevaba por título ‘Una forma de permanencia’ (Libros del K.O., 2019), al que sigue estos días su primera novela. Dice sentirse cómoda en la ficción y para dar cuenta de ello ofrece esta historia íntima y honesta que comenzó con unos apuntes a lápiz mientras vivía, como su protagonista, en la capital lusa y fue creciendo hasta llegar a convertirse en una reivindicación de la memoria como único espacio real.

Toda una vida leyendo, media vida escribiendo y ya forma parte de un catálogo con autores consagrados de España y de fuera, actuales e históricos.

Todavía no soy consciente de estar en ese catálogo. Tengo todos sus libros [de Asteroide] en casa, los miro y aún no soy consciente de haber entrado en esa nómina. Me vienen a la mente palabras como ‘orgullo’, ‘respeto’ y, sobre todo, ‘responsabilidad’.

¿Por qué sobre todo?

Porque lo que me han cuidado como lectora es el listón que yo tengo. Eso es lo que yo espero dar a los lectores.

¿Cómo se inoculó el veneno de la escritura?

Empezó cuando todo lo que me rodeaba tenía una historia detrás y un buen día me dio por escribirla. Cualquier cosa que me pasaba, llegaba a casa y se lo contaba a mi madre, a mis hermanos; y a la inversa, también les pedía que me contaran sus cosas. Lo sé porque aún me lo recuerdan. Digamos que escribir fue mi manera de materializar mi manera de ser.

¿Puede decirse que tiene una necesidad casi fisiológica de contar cosas?

Es mi manera de ser. Entiendo la realidad contándola y disfruto también cuando me la cuentan. Por eso acabé haciendo periodismo.

¿Una cosa lleva a la otra?

Sí, me llevó. En el momento que verbalizo que quiero dedicarme a escribir, el sentido común de mi padre me dijo ‘¿qué te parece estudiar periodismo?’. Y así llegué al periodismo, como un daño colateral. Es mi profesión, es el vehículo que me compré para escribir a diario.

¿Son cosas distintas? ¿Se considera más periodista que escritora?

No me considero más periodista que escritora, pero tampoco al revés. Mi manera de estar en el mundo es escribiendo y me da igual dónde. Ahora bien, el periodismo te impone unos límites, unas circunstancias y unos temas que la imaginación no y por tanto me siento más libre cuando escribo en mi papel de escritora. Yo no veo por qué un periodista no puede ser un buen novelista. Quizá debiéramos ver esta comparación al revés: ¿Puede ser un escritor un buen periodista? Seguro que sí.

¿No se pone también límites cuando escribe ficción? Hay escritores que se imponen reglas, a veces caprichosas.

Ojalá supiera por qué hago lo que hago, pero todo lo que he escrito hasta ahora ha sido en buena parte gracias a que llevo 20 años ‘picando’ el teclado en un periódico. Desarrollar esa capacidad para utilizar el lenguaje es muy útil cuando quieres contar algo, porque te ordena el pensamiento y te obliga a encontrar un camino.

Hay quien piensa que un periodista no puede ser un buen novelista, porque el periodista ha sido preparado para anticipar lo sustancial, lo que no tiene mucho que ver con el desarrollo de un artefacto narrativo de largo recorrido como es una novela. Vamos, como si el periodismo de interés general consistiera en dejar claro en el primer párrafo quién es el asesino…

A mí una escritora me dijo una vez: ‘Tú, siendo poeta, ¿has escrito una novela?’. Y añadió: ‘Pocos poetas conozco que acaban siendo buenos novelistas’. Cada registro requiere de un tono, de una afinación, de una voz. Todos son palabras e imágenes, pero son distintos.

¿Y se siente cómoda en todos?

Para nada. La poesía me impone mucho. Yo no soy poeta, sino que escribo poesía. Soy consciente de lo difícil que es escribir buena poesía. Creo que la poesía es uno de los géneros más difíciles. La novela también es compleja porque es un artefacto que tiene un poco de todo: tiene que tener la tensión narrativa de un buen artículo de periódico, la belleza de un poema y tiene que tener la inmediatez de ese suspiro antes de zambullirse que tiene el relato corto.

¿Hasta qué punto su novela ‘Antes del salto’ está anclada en la realidad?

He tomado partes de mi propia experiencia, sobre todo de mis recuerdos para poner a la protagonista de la novela en una situación en la que me permita abordar el tema del que hablo en el libro.

¿Y cuál es ese tema?

La memoria identitaria. A medida que vamos avanzando, de ir -haciendo un juego con el título del libro- dando saltos, saltos personales, saltos profesionales, saltos voluntarios o involuntarios… En cada salto, vamos dejando una parte de nosotros detrás. Llega un momento en que la rutina, esas obligaciones adquiridas tras cada salto, acaban por desdibujarte, por hacer olvidar la razón de ser de todo. La rutina sobre todo es la que hace que nuestra memoria sea como un espejo cada vez más opaco. Hay que diferenciar la memoria de la nostalgia y es necesario parar y fijarse en los instantes para recuperar aquello que nos hacía ser quienes somos. Si dejamos de mirar atrás, las personas que nos faltan, las personas que fuimos acaban siendo clichés, fotos fijas. Seguimos vivos, intactos y comprensibles en nuestra memoria.

¿Planifica al detalle cada novela?

En esta en concreto no hubo planificación. Lo que hubo fue un lápiz y un cuaderno y por primera vez volví a escribir a mano, y volví a escribir despacio, que me parece fundamental.

¿Escribe distinto cuando utiliza un teclado?

Creo que la velocidad del pensamiento se ve trastocada. Al principio [escribir a mano] me generaba cierta ansiedad, con esdrújulas que me hacían pensar que cuando fuera a terminar de escribirlas se me iba a olvidar la idea. El sosiego al escribir es como decirle al caballo: ‘Frena, ve al paso, disfruta’. Esas anotaciones hacen surgir ideas que iban creciendo como una enredadera. Luego fueron pasadas al ordenador. Se transformó en material literario con el personaje que proyecté y de repente me di cuenta de que tenía 20, 60 páginas, de que estaba escribiendo el borrador de algo con ideas muy claras.

¿Tacha mucho, reescribe mucho?

Soy horrible reescribiendo, lo llevo muy mal.

¿Cree que escribir es más quitar que poner?

El proceso de escritura fue quitar y dejar las partes que te sirven para contar una historia, y añadir las que hacen que funcione un giro narrativo. Y ahí la imaginación es mi gran aliada.

¿Se definiría como una persona imaginativa?

Sí.

¿Y literaria? ¿Hasta qué punto la forma importa?

Totalmente. En una librería, abro un libro al azar y leo y, si la voz me interpela, compro el libro. Estoy al tanto de las novedades, pero me fío más de lo que leo cuando lo hojeo un poco.

Y su propia voz, ¿le costó encontrarla?

Me he ido tanteando con el tiempo y creo que mi voz se ha modulado gracias a lo que escrito. A día de hoy me reconozco en lo que escribo, ya sea en un periódico, en un relato o en una novela como esta [coge su libro].

Reconocerse en lo que se escribe no tiene que significar estar satisfecho necesariamente…

Hace unos años hice un pacto con mis limitaciones y ahí fue cuando empecé a escribir.

¿En qué consiste ese pacto?

En asumir que siempre va a haber autores y libros que te pasen por encima, que sean abrumadores. Y eso no te puede parar del mismo modo que no dejo de hacer entrevistas por no llegar a la altura de aquellos que son extraordinarios entrevistando. El día que asumí que yo soy Marta San Miguel y escribo así empecé a dejar salir mi voz. Necesito esa voz para ser reconocida y sentirme yo misma reconocible.

En su actividad, hay gente tan brillante que parece inevitable pensar que hay algo innato, un don divino en el hecho de escribir, que por mucho que se trabaje nunca se llegará a ese nivel.

Estoy totalmente de acuerdo.

¿Tiene usted ese don?

No, mi talento es perseverar. No soy brillante, pero persevero y creo que eso es lo que me ha llevado a alcanzar lo que me había propuesto.

Es otra manera de brillar, en cierto modo. Hay muchos que lo intentan y no lo consiguen.

Sí, pero es un brillo hacia dentro. Publicar este libro, y todos los anteriores, para mí era una manera de re-conocimiento, en el sentido clásico y etimológico de la palabra. Decir ‘Esta soy yo. Esta soy yo escribiendo’.

¿Y no le produce cierto apuro escribir, en el sentido de pensar con cierto atrevimiento que lo que usted escriba ha de interesarle a miles de personas?

Si me hiciera esa pregunta llevaría 20 años sin cobrar [en el periódico en que trabaja].

Pero en un periódico es más una intermediaria entre lo que otros dicen o hacen y el lector, mientras que en una novela no hay nadie, salvo el editor, entre lo que usted dice y el lector.

Me estoy exponiendo al lector. Da igual si es una novela, un verso o una crónica, desde donde yo lo cuento es mi persona. Soy yo la que lo cuenta, la que está trasmitiendo algo. Lo que se expone es mi mirada. Si me preguntara continuamente si lo que escribo es tan importante como para merecer el tiempo de alguien, no escribiría nunca. Me engulliría el pudor, cuando paradójicamente soy una persona súper pudorosa. Todos somos un saco de contradicciones.

¿Hasta qué punto es para usted importante el mundillo del libro? ¿Le preocupa su imagen exterior como escritora, el prestigio, la fama incluso?

Dentro de un año contesto a esa pregunta. Yo ahora voy con las luces cortas porque creo que mi realidad me mantiene con los pies en la tierra. No puedo dejar de lado que la escritura me ha dado amigos que me han formado y son gente indispensable en mi vida. Pero no sé lo que me voy a encontrar. Ese mundo literario que dice yo no lo conozco. Hay cierta ventaja en vivir en una ciudad como esta [Santander], pero no puedo negar que desde estudié la carrera todas las personas que me he encontrado en el mundo literario… Es una suerte ser periodista y haberlo vivido desde el otro lado de la barrera, porque he visto muchas cosas desde ese lado.

Pero ¿le gustaría? La figura del escritor tiene cierto reconocimiento social que va más allá de la mera escritura. ¿Lo busca, lo pretende?

Creo que no. Yo solo busco tiempo para escribir, no para convertirme en escritora.

‘Bar Adentro’ y la cultura del bar, en El Diario Montañés

 

Reproducimos el artículo publicado ayer en El Diario Montañés sobre el bar y su mundo, y en donde se cita ‘Bar Adentro’, el libro colectivo en donde se reflexiona desde múltiples puntos de vista sobre este fenómeno cultural. Gracias a Marta San Miguel por habermos prestado atención.

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Qué es un bar sino un hogar sin sábanas

A propósito del 30 aniversario del Rvbicón, cabe preguntarse qué tienen los bares para haberse convertido en un refugio social y cultural

Para empezar, brindemos, que detrás del primer trago está siempre la promesa de que algo puede suceder. Y eso que tiene trampa: justo en el momento de rozar las copas, uno ya ha asumido que lo importante no es lo que suceda sino el proceso en el que pasa; la transformación mientras se habla, mientras se bebe, sin sed, con ganas. Esa especie de mutación se da en un lugar, ese espacio que llamamos bares y que es en realidad un artilugio cultural que lleva siglos imantando vidas. Irradian y atraen, y tras su leyenda se impone una simbología que recurre a términos como refugio, como antro, como pretexto para definirlo porque ¿qué es un bar sino un hogar sin sábanas?

Parte de la historia de nuestra ciudad no se entendería sin el efecto del Drink Club allá por los años 60, como tampoco se podría completar sin atribuir el mérito ético y estético al efecto del Rvbicón en la calle del Sol. Sus puertas verdes, que este fin de semana celebran 30 años abiertas, han visto salir y entrar a generaciones transformadas por el tiempo, la palabra, la bebida, la música. ¿Qué sería hoy ese barrio sin la insistente presencia de sus bares, sin el puente tendido entre el Rvbicón y lo pasajero? Tras su barra, la voz diaria de sus hacedores, Moncho y Marcos, que más que vinos o cervezas parecían servir deseos con pimienta y sal, se ha generado una trama de vidas ajenas que ahora son la vida propia del local, esa vida que comulga con la imagen del fotógrafo Jorge Fernández coronando en ‘relevé’ la mirada fija de una bailarina que abre los brazos en blanco y negro para decirte ‘ven, entra, pon tus manos sobre mí y baila’.

A propósito del aniversario del Rvbicón cabe preguntarse hasta qué punto un bar es capaz de modificar una ciudad, la calle, el barrio donde se ubica; cabe preguntarse y dudar de si un bar es sólo un lugar al que se va o es más bien un artefacto que nos maneja. «Hasta qué punto modifica no lo sé, pero que produce efectos, no cabe duda. Después de todo es un punto de encuentro, que atrae gente, que se comunica entre sí, y eso siempre genera consecuencias, aunque sólo sean cambios en el estado de ánimo», dice el escritor Juan Tallón.

Es imposible comprender qué tipo de lugar es un bar encarando la duda de frente. Entender –que no definir– estos lugares requiere acercarse por los lados, driblando, como el que evita rozarse con la gente cuando trata de llegar al baño que siempre está al fondo, al final, lejos del sitio. En su libro ‘Mientras haya bares’ (editorial Círculo de Tiza), Tallón aporta pistas. El periodista lo hace trazando un recorrido por los términos cotidianos en los que transcurre la vida, un anecdotario de experiencias, huellas literarias y reflexiones que contienen lo mejor y lo peor de cualquiera que se atreva a leerse. De entre esas huellas destaca la que da nombre al libro y que condensa el porqué de un homenaje como el que este fin de semana merece el Rvbicón: «Cuando todo te parece una mierda, y a lo mejor lo es, o no hallas refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza».

Narrativa canalla

La portada del libro la acompaña el cerco de vino que deja una copa al posarse, símbolo de una huella cuya mancha no se quita. ¿Por qué limpiarla?, ¿qué hay en un bar que en las noches deja surcos? La cercanía de la barra, lo poético de una resaca, la relación del alcohol con escritores y periodistas, el arraigo de lo canalla en la narrativa que aún perdura en cierta tinta impresa. Todo esto fluye por las páginas de un libro que encuentra acomodo en la celebración. Así, en el texto titulado ‘Sesión vermú’ se cuestiona Tallón: «¿Qué cabe esperar de una sociedad silenciosa, tranquila, que sólo piensa en lo que hay que pensar y hace lo que hay que hacer? Nada, salvo la garantía del aburrimiento». Es precisamente el estado de ánimo que irradia un bar hacia sus afueras lo que le confiere su poder: «Los bares pueden modificar zonas e incluso ciudades al convertirse en ‘atractores’ que condicionan la vida que les rodea y en ese sentido tienen capacidad de transformación social».

Lo apunta el psiquiatra Rafael Manrique. Ha coordinado la publicación de ‘Bar Adentro’ (editorial El Desvelo) en el que sus cuatro autores (Carmen Barbero, Carlos Crespo, Amaya Sampedro e Inmaculada Sanz) abordan en un relato coral su visión de los bares. El libro no trata de definirlos sino más bien de contenerlos, de homenajear su «profunda dimensión cultural y antropológica que ayuda a entender las claves para interpretar la sociedad en la que vivimos».

En las ciudades, en los pueblos y hasta en las carreteras nacionales sin iluminar, el bar es el mapa y a la vez el territorio pero, ¿y por dentro, qué sucede en sus entrañas?

¿Qué hay más especial que el arraigo a un lugar llamado barra? En la cuerda floja de la rutina los espacios de alterne son el mejor lugar donde caer. Pero ahí se cae de lado, no de frente. De frente sólo hay un camarero que mira y observa, que escucha, que disimula sus juicios en el mejor de los casos, porque en sus párpados está la intimidad que otorgan las persianas. «El bar tiene algo atmosférico, abrumador y feliz, sin contar la bebida. Todos sabemos que, por momentos, la vulgaridad es una hamaca y que la vida, después de todo, está compuesta de unos momentos por aquí y unos momentos por allá. A continuación, te mueres». La fuerza del instante gana en vértigo cuando se consigue llegar a la cima del taburete; alcanzarlo es como salir de una carretera secundaria, aparcar y ver cómo los otros coches se alejan con sus luces encendidas.

La barra, un escritorio

«Estoy en el Café Gijón, en el capullo del meollo del bollo, aquí es donde pasa todo. Pero no pasaba nada». Francisco Umbral hizo del bar una urbanización con vistas a otra vida posible. Tras él, más firmas, como el propio Tallón, David Gistau, Manuel Jabois o Antonio Lucas, han configurado espacios en la prensa diaria con afán canalla y descreído al conceder protagonismo a esos lugares donde todo está a punto de pasar aunque lo único que pasa es el tiempo. Beber como argumento. Perder la conciencia y contarlo. Lo grotesco del otro hogar donde sucede lo improbable como actitud, ¿cómo no ser escenario para los creadores?

‘Rayuela’ nació por las cafeterías de Buenos Aires donde Cortázar posaba los perfiles de su ‘Maga’ hasta que acabó por aparecérsele. Lo mismo con Alfonsina Storni en el Tortoni o las greguerías de Gómez de la Serna en el mítico Café Pombo de Madrid. No es de extrañar que a pesar de su irreverente acústica, los bares sean el mejor lugar donde encontrar la soledad. El templo para muchos escritores donde posar desnudas a sus musas. Acodadas en la barra, contorneándose por las esquinas entre botellas de cristal que brillan bajo halogénos amarillentos. «Cuando eres escritor y te dejas caer por un bar todo puede suceder. Incluso vomitar sobre un poema recién escrito, como Dylan Thomas en la White Horse Tavern» de Nueva York, donde autores como Hunter S. Thompson o Norman Mailer saciaban su sed y otros instintos.

No eran los únicos, ni mucho menos. Julio Camba decía que el alcohol desarrolla «un sinfín de virtudes: la castidad, la docilidad, la imbecilidad». Tallón sugiere que «nunca sabes si de una gota va a salir una columna, incluso una novela entera». Sin embargo, otra forma de creación es posible cuando llega la madrugada y los cerrojos encierran la noche por fuera. Entonces, puede pasar que se encuentren una noche cualquiera de Santander el poeta Luis García Montero y el músico Quique González en un mismo bar; en tal caso, lo que sucede es que el piano que parece sólo un mueble en el fondo del Rvbicón se convierte de pronto en lo que es, en un instrumento que recupera su naturaleza desafinada y suena bajo la voz del poeta como si nunca hubiera sido la tapa de madera que en ocasiones alguien usa como reposabrazos. En esas circunstancias nadie escribe, pero suena de repente como algo inevitable ‘Aunque tú no lo sepas’, y los que están dentro del bar asisten a un viaje del que, con los años, no sabrán volver.

Eso ha sucedido en el local de la calle del Sol, y sucede de otra forma cada día, semana tras semana, entre copas y abrigos colgados; sucede en los dibujos a mano alzada de los diseñadores que lo frecuentan, sucede en el jazz que suena cada miércoles, también hay poetas que escriben mientras hablan, y pintores que eligen colores aunque sólo haya sombras. No hay rincones intocables ni templos donde un día se sentó un autor reverenciado, el Rvbicón sobrevive a su leyenda quemando velas de colores, con palomitas y pimienta para amortiguar los hielos y las charlas, la misma grasa en los dedos que ensucia el programa de actos de Sol Cultural, que cada solsticio invita a conmemorar la calle como lugar de encuentro.

El ruido como lugar

Decía el compositor John Cage que la música no se debía escuchar en el «silencio sagrado» de una sala de conciertos sino «con las ventanas abiertas, en la calle en los bares». Resulta paradójico que fuera él precisamente quien lo dijera, habida cuenta de que una de sus composiciones más importantes fue una oda al silencio: ‘4.33’, en la que durante ese tiempo no se escucha ni una sola del piano. La pieza es la metáfora de esa ‘calma’ que encuentran muchos autores en el ruido de la multidud. La soledad se rodea de ruido y gente, y nada más solitario que la mente de un autor cuando está buscando la palabra que merodea entre su frente y las manos. La música, la voz, el ruido, el murmullo, el jaleo… todo va de la mano de los bares. Y aún así, siempre hay versos que lo sobreviven.

Sostiene Juan Tallón que José Hierro fue el último «poeta de bar», como si fuera posible desligar la creación de estos lugares. La escritura surge donde está la vida. En Santander, Pepe Hierro dejó en la mesa de formica de bares como El Juco, en la calle Cádiz, su huella, lo invisible del milagro de un verso. En Madrid lo hacía en La Moderna. «Pepe escribía y sorbía chinchón como si la poesía fuese esa hora y media de partida de tute diario, durante la que te olvidas que eres mortal, y que antes o después tendrás que abandonar tu hogar para regresar a tu casa», cuenta Tallón en su libro. Esta redención del extranjero doméstico, Manrique lo atribuye a un equilibrio precario «pero eficaz» entre estar solo y acompañado: «Los bares generan sentimientos de protección, ausencia de crítica, aceptación, todo el mundo puede estar sin tener que cambiar y eso da un bienestar que no lo da a veces ni el hogar», dice. «En el bar se despliega radiante eso que se entiende como la insoportable levedad de la existencia», sostiene en ‘Bar adentro’: «Allí se observa y se es observado. Se confía y se desconfía. También se asoma uno a nuevos peligros y surgen nuevos miedos o se cristalizan los que ya se tenían. El conjunto de todo ello va perfilando eso que llamamos subjetividad y que en el bar se crea y se pone a prueba».

Todo sucede cuando el bar abre las puertas. «Entiendo que la gente alega que sin horarios la realidad se nos escaparía entre los dedos como si fuese zumo. ¿Pero y qué me dicen del placer azaroso de lo extemporáneo?», se pregunta Tallón. De ahí el último refugio del bar, el lugar donde el tiempo puede ser más largo, donde se puede brindar con la promesa de que algo pueda suceder. Aunque al final no suceda nada, salvo la vida.

Disjecta membra, en El Diario Montañés

 

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Celia Corral, Premio José Hierro de relato

Celia Corral Cañas ha resultado ganadora del primer premio José Hierro en la modalidad de relato breve, mientras que el de poesía ha quedado desierto por primera vez en su historia.

De izquierda a derecha, Juan Gómez Bárcena, Lourdes Royano, César Torrellas, Javier F. Rubio y Enrique Álvarez
De izquierda a derecha, Juan Gómez Bárcena, Lourdes Royano, César Torrellas, Javier F. Rubio y Enrique Álvarez.

Así lo anunció este viernes el concejal de Cultura, César Torrellas, durante la lectura del acta del Jurado de la XXXIII edición del certamen literario para jóvenes escritores de la región, que preside Lourdes Royano, al que se fueron admitidos un total de 47 originales: 29 en la modalidad de relatos y 19 en la de poesía.

Celia Corral se alzó con el primer premio con ‘Otros mundos’, mientras que Borja Díaz Arce obtuvo el accésit previsto en las bases por ‘En busca de la vida perdida’. El accésit de poesía recayó en el original titulado ‘La noche en que murió Charlie’, de Raúl Fernández Cobos. Se da el caso de que Fernández Cobos fue el ganador del José Hierro de relato en su edición de 2011 con el cuento ‘El Faro’.

En su XXXIII edición formaron parte del Jurado de los Premios  José Hierro de poesía y relato breve, además de su presidente, Lourdes Royano, Marta San Miguel, Javier Fernández Rubio, Juan Gómez Bárcena y Mario Crespo, que actuaron como vocales, y Enrique Álvarez, en calidad de secretario sin voto.

Los XXXIII premios José Hierro de poesía y relato estarán en las librerías finales del mes de junio, editados por El Desvelo Ediciones.

Entrevista a Jesús Pardo en El Diario Montañés: «Lo mejor que se puede decir de España es que es un país normal».

Jesús Pardo_DM_ Entrevista

‘El veterano que vuelve a debutar’. Kepa Murua en El Diario Montañés

Kepa_DM_ Unpocodepaz

La periodista cántabra Marta San Miguel dedica una espléndida página hoy en El Diario Montañés para reflejar la aparición de la primera novela de Kepa Murua, ‘Un poco de paz’.

Kepa_DM_ Unpocodepaz

El DM recoge nuestra participación en Flic! con los Premios Hierro

Hoy El Diario Montañés se hace eco de la Feria del Libro Independiente en Cantabria que por primera vez se celebrará en Santander a partir del próximo jueves. Nosotros participaremos en ella (¡serán 134 editoriales en total!) y aprovecharemos la ocasión para presentar nuestro último libro: los Premios Hierro de Poesía y Relato Breve 2012. Gracias al DM y a Marta San Miguel.

www.eldesvelo.com

Trabajando en Hierro del 12

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Estamos a punto de comenzar con la preimpresión de la última edición de los Premios José Hierro de Poesía y Relato Breve de 2012. Aunque la publicación no esté adscrita a ninguna de nuestras colecciones, es uno de los proyectos que más nos satisface porque incide en la aparición de nuevos valores, algo a lo que no podemos dedicar la atención que quisiéramos. Este es el caso de Oscar Rodríguez y Laura de la Rosa (premio y accésit en prosa) y de Miguel Collantes y Diego Cobo (premio y accésit en poesía). Los premiados ya han sido entrevistados en El Diario Montañés por Marta San Miguel, periodista… y premio Hierro de Poesía en 2010.

Alba y Raúl, by Marta San Miguel

@Foto: David S. Bustamante

El pasado sábado presentamos nuestro último libro sobre los Premios José Hierro de Poesía y Relato Breve, en la librería Gil de Santander. Los protagonistas del acto fueron los premiados: Raúl, en narrativa; y Alba, en poesía. Acudió medio centenar de personas y la presentación propiamente dicha corrió a cargo de Marta San Miguel, escritora y periodista. Estas son algunas de sus palabras:

«De ese camino que empieza con la literatura y la escritura habla precisamente Raúl Fernández en la biografía que acompaña su relato ‘El Faro’. En una analogía con el libro de Julio Verne, ‘Viaje al centro de la tierra’, Raúl explica que de la mano del profesor Lidenbrock inició un viaje que le ha llevado más allá de Estrómboli. La literatura le ha llevado, cito textualmente, “al centro de muchos mundos, mundos de piedra, mundos de fuego, mundos cubiertos de esquirlas de hielo”. Es precisamente a esos  donde nos ha llevado con su relato.

Con los ingredientes básicos para una historia, como son la intriga, y el suspense el autor inicia una búsqueda hacia el pasado en el que nada es lo que parece. Mientras los personajes esperan una suerte de redención, el misterio y el componente fantástico están presentes en todo el relato, mientras que la tensión sostenida con la que describe los paisajes, las acciones dan muestra de una sorprendente madurez narrativa…

‘El Faro’ resulta un relato sutil y delicado, paciente, con algunos tintes de novela negra para desvelar un secreto que se antoja cada vez más inquietante. Porque detrás de esa apacible calma narrativa Raúl le imprime a su texto una inquietud sibilina, casi imperceptible, oscura, lúgubre, fría.  Y esa mezcla resulta muy efectiva. Como un Edgar Allan Poe comedido, cuando uno termina de leer ‘El Faro’ tiene la respiración algo agitada, y el corazón un poco más pesado que al principio. Como en el fragmento que he leido anteriormente en el que el hermano Gregorio se sacude las dos gotas de agua de su ropa, hay que sacudirse la zozobra cuando uno termina de leer ‘El Faro’. Es brillante cómo la humedad de las piedras entre las que transcurre la acción entra en quien lee el relato, movido a seguir leyendo no sólo por descubrir el enigma sino por saber de dónde proviene ese temor. Al final uno queda de ambas dudas satisfecho, al menos en mi caso, aunque lo mejor es que lo lean y disfruten del relato de Raúl.

El José Hierro de poesía ha sido para Alba Pascual por su obra ‘Las coordenadas del frío’. Su poemario es una sucesión de versos, ideas, un ir y venir de imágenes con el mar, la luz, y la noche como constantes protagonistas. Hay tantas coordenadas para encontrarse en el mundo como formas de sentir el frío y el poemario de Alba las va trazando con poemas que ubican una y otra vez el desasosiego paciente sobre el mapa de lo cotidiano. Para ello se sirve de imágenes construidas con versos que por su disposición y forma más parecen aforismos.

En el libro Alba Pascual dice que para ella “la poesía es una forma de vida, un estado vital del que ya no puede desligarse”. Esa idea transmiten sus versos, como si el lector asistiera a una conversación privada. Sus poemas parecen trazar un diálogo con un tú, o un yo, con la otra parte de uno mismo, es casi un estado mental a quien la autora invita, ruega, implora, exhorta e incluso perdona. Hay una cotidianeidad velada en cada uno de los versos en los que la espera o la huida, el deseo, la esperanza o la ausencia de ella son compañeros de viaje por el mapa que dibujan las coordenadas del poemario de Alba Pascual.

Por ejemplo: “Te ofrezco el refugio de los abrazos compartidos/ de los bailes descalzos sobre las olas”

O bien

“Se impone el dominio del silencio, de la luz ahogada de las olas—- La danza de las estrellas / remueve las entrañas de los peces”.

Leería más ejemplos pero eso se lo dejo a su autora. Además, como decía el gran José Hierro, ‘Lo peor que se puede hacer en las aulas es explicar la poesía sin haberla leído”. Esto no es un aula pero suscribo cada palabra del poeta. Qué mejor que ellos mismos para hablar de su obra. Desde aquí a los dos mi enhorabuena.»

Marta San Miguel Flores

Marta San Miguel, Premio José Hierro

FALLADOS LOS PREMIOS LITERARIOS JOSÉ HIERRO DEL AYUNTAMIENTO DE SANTANDER

El primer premio en la modalidad de poesía ha sido para Marta San Miguel mientras que el de relato breve ha quedado desierto

Marta San Miguel ha resultado ganadora de la 29ª edición del Premio José Hierro, en la modalidad de poesía, en la que Eneko Vilches ha obtenido el accésit, mientras que la categoría de relato breve ha quedado desierta en su primer premio y se ha otorgado únicamente un accésit a la obra presentada por Blanca Sazatornil.

El jurado de los certámenes literarios José Hierro, que convoca el Ayuntamiento de Santander, ha otorgado el primer premio, en el apartado de poesía a la obra titulada «Meridiano», de la periodista Marta San Miguel.

El accésit, dotado con 800 euros, ha correspondido a la obra titulada «Primavera fugit», del que es autor Eneko Vilches, premiado también con accésit en ediciones anteriores. Han concurrido a esta modalidad un total de 12 trabajos.

En el apartado de relato breve, se presentaron 19 trabajos, de los que sólo 6 se han ajustado a las bases.

También por unanimidad, el jurado ha acordado declarar desierto el primer premio, y adjudicar el accésit, con 800 euros de dotación, a la obra titulada «Los visitantes», de Blanca Sazatornil.

Además del premio económico, el Ayuntamiento realizará la habitual publicación con las obras galardonadas, que será presentada finales del mes de junio.

El jurado ha estado integrado por Carlos Galán Lorés, Lourdes Royano, Raquel Gutiérrez Sebastián, Javier Fernández Rubio y Fernando Abascal Cobo.

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