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Klabund, el matrimonio Neumo y Tórax y ‘La enfermedad de los hoteles’

Por las páginas de La enfermedad desfilan personajes curiosos que son la traducción narrativa de personas reales con las que convivió Klabund, el autor de la novela, durante su estancia en Davos para tratarse de la tuberculosis, también conocida como ‘La enfermedad de los poetas’ o ‘La enfermedad de los hoteles’. Os dejamos un extracto del prólogo de Olga García a la novela de Klabund, en el que retrata al autor:

Alfred Henschke, Klabund.

A Alfred Georg Hermann Henschke (Crossen del Oder, la actual ciudad polaca de Krosno Odrzańskie, 1890 — Davos, 1928), conocido sobre todo por el pseudónimo de Klabund, le diagnosticaron a los dieciséis años tuberculosis pulmonar «cerrada» (es decir, no contagiosa). La enfermedad no frenó las energías del, en un principio, discreto y aplicado hijo de boticario que a los veinte años se autodefinió como escritor, al haber ya compuesto 597 poemas, 29 relatos, 13 piezas de teatro de un acto, una novela, una colección de aforismos, además de otros fragmentos para futuros dramas y novelas. Fredi plantó cara a su despótico padre, se negó a seguir estudios de farmacia y eligió los derroteros de la literatura. Klabund estaba naciendo. Múnich, Lausana, Berlín, Locarno y Davos le acogerán. Escribirá más de 1.500 poemas, un total de 70 obras, entre escritos propios y adaptaciones; a pesar de su prematura muerte a los treinta y siete años. Setenta textos en veinte años bajo el ritmo trepidante de quien sabe que tiene los días contados, porque la tisis «galopa».

Desde su primera convalecencia en Locarno en 1907, aquel joven delgado, pálido, de apariencia tímida, con sus inseparables gafas gruesas de montura oscura irá y vendrá de los más variados lechos amorosos a las tumbonas de los sanatorios; de la climatoterapia de altura a los escenarios de los más conocidos cabarés de la época; aunque siempre obligado a intercalar periódicas curas de reposo y dieta rica en grasa en las alturas alpinas. 

Durante una estancia en Arosa en 1914 comienza a perfilar un relato con tintes autobiográficos (La enfermedad) que escribiría posteriormente, entre febrero y marzo de 1916, durante la que sería la primera de sus muchas y sucesivas convalecencias en Davos. 

Se albergó en el sanatorio del doctor Jessen, donde cuatro años antes también Katia Mann había sido tratada. No obstante, su estancia en el sanatorio Wald apenas duró unos días. Las normas allí eran demasiado rígidas (y la minuta posiblemente también elevada) para él. En la Pensión Stolzenfels en Davos-Dorf encontraría, sin embargo, acomodo y un refugio hasta sus últimos días. El establecimiento estaba regentado por el matrimonio Poeschel. Al jurista Erwin Poeschel (1884-1965) la tuberculosis le privó de poder ejercer su profesión. En Davos conoció a la también paciente Frieda Ernst, y una vez restablecidos ambos, decidieron encargarse del edificio de seis plantas, levantado en 1913 en el Höhenweg, la pensión Stolzenfels. 

En Erwin Poeschel encontró Klabund un amigo y un erudito interlocutor, que escribía críticas de arte y literarias; y mantenía una cordial amistad con Hermann Hesse, Jakob Wassermann, Philipp Bauknecht, Philipp Modrow y Augusto Giacometti. En 1928, el mismo año de la muerte de Klabund, la inflación le obligará a cerrar la pensión, pero Poeschel siguió su nunca interrumpida andadura en el terrero de la historia del arte, convirtiéndose en uno de los más reconocidos expertos de Suiza. 

Klabund inmortaliza en La enfermedad a los Poeschel. El matrimonio Neumo y Tórax Paustian de la pensión Schönblick no son otros que ellos, y el apodo de la pareja alude al método quirúrgico denominado punción de neumotórax. Igualmente las figuras principales de la narración: Sylvester Glonner y Sybil Lindquist permiten ser identificadas con el propio Klabund y su amiga Sybil Smolowa, que había conocido en Arosa. También el personaje de Alfons Pein se corresponde con el escritor hoy olvidado Paul Apel; y el doctor Ronken responde al doctor Jessen. También la toponimia local recorre 

las páginas de La enfermedad: el Grand-Hotel Belvédère, el restaurante Kolbinger, el Rößli, el kurhaus, el teatro, la promenade, la pista de bobsleigh de Schatzalp, etc.

El relato de Klabund, que fue publicado en 1917, sorprendentemente presenta varios paralelismos con La montaña mágica (1924). El ambiente mórbido, a la vez exaltado, la desesperación pero también las ansias de vivir que inundan el sanatorio del doctor Jessen (Dr. Ronken para Klabund, Dr. Behrens para Mann), el traslado nocturno de los cadáveres montaña abajo por la pista de bobsleigh de Schatzalp, la equiparación de la ciudad de Davos a un mítico inframundo hundido en las profundidades (Vineta para Klabund, el reino de las sombras para Mann), o las macabras fiestas de carnaval y algunos amoríos del propio autor parece como si hubiesen sido transpuestos posteriormente a La montaña mágica. Si Thomas Mann algo sabía de las correrías y la obra del espíritu vagabundo es una incógnita. De lo que no hay duda es que Klabund fue el iniciador de los bailes de disfraces en la pensión Stolzenfels. Él mismo se encargaba de componer los programas y de ensamblar collages dadaístas para anunciar, siempre con un corrosivo humor negro, por ejemplo, el próximo Baile de la banana. Sus carteles demuestran el carácter polifacético del autor, además de ofrecer un abanico de visualizaciones sarcásticas de la tuberculosis.

No obstante, el tísico Klabund, a diferencia de Hans Castorp, no estaba dispuesto a prolongar innecesariamente sus estancias en Davos. Para él, la vida no consistía en esperar, y como aquel sabía que arriba en el sanatorio se consume más tiempo que en ningún otro lugar; y justamente tiempo es de lo que él no disponía. Para Klabund escribir se convierte en una adicción, una forma de sobrellevar la enfermedad. Sí, tumbado como Oblomov, pero activo; siempre escribiendo en la tumbona, bien tapado y rodeado de libros y papeles. Así lo pintó Erich Büttner. 

La frívola y a la vez mórbida existencia de los moribundos en Davos la plasmó irónicamente Klabund en no pocos versos y textos fragmentarios. La enfermedad es un motivo recurrente en su obra, llegando hacer literatura de la tuberculosis. En su Historia de la literatura universal (1922), Klabund apunta: «Debería escribirse una historia literaria de los tísicos. Esta enfermedad constitucional posee la facultad de modificar mentalmente a aquellos en quienes hace presa. Les impone el castigo de Caín, el cual proyectó su pasión hacia su interior, devorándose los pulmones y el corazón.»

En lugar de la conocida frase con la que Rilke arranca Los apuntes de Malte Laurids Brigge —«¿De modo que aquí viene la gente para vivir? Yo creería más bien que aquí se muriera.»— Klabund inicia su relato La enfermedad con la pregunta: «¿Entonces usted únicamente ha venido aquí 

Olga García. Del prólogo de ‘La enfermedad’
Baile de la banana, una de las actividades lúdicas promovida por Klabund en Davos.

«¿Entonces usted únicamente ha venido aquí para morir?»: un extracto de ‘La enfermedad’, de Klabund

 —¿Entonces usted únicamente ha venido aquí para morir? —dijo el joven alemán que, con las manos metidas en los bolsillos inferiores de su chaleco deportivo color pelo de camello, recorría enervado la habitación y a la par tosía a causa del humazo de los cigarrillos.

—¿Por qué si no? —repuso Sybil que estaba tendida en la cama fumando, delgada y rubia.

—¡Encantadol, ¡encantadol —murmuraba el pequeño japonés, asistente médico en el sanatorio Beau-Rivage ubicado montaña arriba, mientras sostenía al contraluz una escupidera azul que tenía grabada una extraña escala de medición.

—Diez centímetros cúbicos de esputos —dijo sonriendo, bajo el efecto de algún tipo de júbilo interno.

El japonés hablaba alemán y portugués con fluidez. En ocasiones se hacía pasar por portugués. Mantenía unas relaciones secretas con la doncella del cónsul de Portugal. Una suiza gruesa de Berna que tenía el aspecto de haber sido modelada con masilla. En lugar de un cencerro de vaca llevaba en torno a su rollizo cuello un medallón doble que cobijaba el retrato del pequeño japonés – vestido con su traje nacional de seda y repleto de pliegues.

—Antaño solamente amaba a mujeres morenas —dijo el joven alemán mientras, a través de la puerta del balcón, observaba la nieve que la ventisca había traído.

—Mujeres de pelo negro y ojos negros. Eso era cuando tenía diecinueve o veinte años e iba a tientas en la oscuridad. Mas de pronto se hizo la luz. Amé a una mujer de cabellos castaños y ojos de cierva. Después a una pelirroja de ojos casi celestes que parecían de color violeta cuando se iluminaban. Mis amigos se burlaban de mí y decían que además de cabellos rojos tenía también los ojos rojos, y que por tanto yo amaba a un conejo. – Finalmente sobrevino la claridad a mi alrededor. Salió el sol. Un rubio frenético procedente de un firmamento de mirada celeste. Contemplé el mediodía de mi vida. Cielo azul, sol favorable. ¿Por qué no quiere usted creer, Sybil, que es usted la luz de mi día? 

—¡Oh! —Sybil hizo un gesto de rechazo. Tiró la ceniza del cigarrillo sobre la alfombrilla de cama. 

El pequeño japonés colocó el frasco azul en la mesilla mientras bailoteaba en aquel rincón sombrío del cuarto. Se le oía reír: como una extraña ave acuática. 

Se entretenía hablando a un papagayo disecado en su particular lengua susurrante. 

El oficial búlgaro, que pálido y encogido estaba sentado sobre una banqueta mirando fijamente el suelo, carraspeó. Había participado en las dos Guerras Balcánicas, en la batalla de Lüleburgaz, en el sitio de Adrianópolis, en la batalla de Çatalca. Pero nadie podía evocar la guerra en su presencia, o de inmediato le brotaba espuma por la boca. 

Cuando el profesor Ronken, el de la barba blanca y la cabeza de petirrojo, le examinó por vez primera, y le auscultó con su elegante fonendoscopio flexible, se desmalló al instante. En ese momento había entrado en la habitación el doctor Froidevaux, recién salido del quirófano, con la bata blanca algo salpicada de sangre. 

—Sybil —dijo el búlgaro—, sería grave que usted muriese. Sylvester Glonner tiene razón. Usted es nuestro sol rubio. Estar sentado junto a usted, en este cuarto lleno de humo, reconforta más que estar tumbado amodorrado a pleno mediodía en la galería de reposo. El sol de Davos provoca somnolencia. Usted espabila. 

Y volvió a su banqueta. 

El joven alemán se apoyó lentamente contra un armario lacado en blanco. Estaba rememorando unos versos de Hölderlin: ¿Pero dónde estás? Mi alma enajenada sueña confusa con todos tus encantos. 

—¿Pero dónde estás? —decía en voz alta. 

El japonés reía. 

Sylvester sentía como si la mirada fugaz de Sybil le hubiese rozado. Igual que si se tratase de una brisa cálida. 

El búlgaro miró el reloj: 

—Tengo que marcharme a la cura de reposo. Van a ser las seis. 

Sin despedirse se fue trastabillando con su pequeña muleta en dirección a la puerta. 

El pequeño japonés se deslizó jovial detrás de él. 

—Nos hemos quedado solos —dijo Sylvester. 

—Como siempre… 

Ella exhalaba el humo del cigarrillo hacia el techo y este hacía un sinfín de volutas. 

Él le tendió la mano y se fue. 

La enfermedad. Klabund. Traduc.: Olga García.
La enfermedad, de Klabund.

 

Tres ‘microorganismos’ del próximo libro de Ángela Mallén

Os dejamos tres aforismos, a modo de microorganismos benefactores, extraídos del libro de Ángela Mallén, que tendremos a la venta a partir del 19 de septiembre. El libro, callado está dicho, se titula ‘Microorganismo’.

 Con el tiempo, la memoria pasa de ser una sala de máquinas a una caja de sorpresas.

* * *

La bondad es una naturaleza. El bien es una opción.

* * *

La verdad está más cerca de la incertidumbre que de la certeza. 

Microorganismos, de Ángela Mallén

La colección de poetas británicos alcanzará su novena entrega en octubre con la publicación de la antología poética de Norman Cameron

Norman Cameron. Antología poética.

En octubre tendremos en la calle la novena entrega de nuestra colección de poesía británica. Se trata de la poesía del escocés Norman Cameron, totalmente desconocida en España y que sorprenderá a todos aquellos que se acerquen a esta antología, que volvemos a editar en edición bilingüe castellano-inglés.

También volvemos a recurrir para la ocasión a Imanol Gómez Martín, quien ya tradujera para nosotros la obra de dos monstruos de la poesía británica de mitad del siglo XX: Martin Seymour-Smith y Robert Nye. Al igual que con estos, la antología de Norman Cameron viene precedida de un estudio introductorio. La selección de poemas y notas explicativas son también obra de Gómez Martín.

No queremos olvidarnos en estos momentos del poeta estadounidense Warren Hope, desparecido el pasado mes de mayo, sin el cual esta obra no hubiera sido posible. Hope nos cedió los derechos para la traducción al castellano de los versos de Cameron, ya que es su albacea, al tiempo que nos facilitó las imágenes que ilustran el libro.

Norman Cameron y esposa. Cortesía de Warren Hope.

La poesía de Cameron es de una singularidad tal que no cabe agruparlo con cualquier otro de los creadores contemporáneos. Es esta independencia creativa la que marcó su poesía, alejado del abrazo de oso del círculo de Robert Graves y Laura Riding, con los que convivió durante un tiempo en Mallorca.

Norman Cameron, de ascendencia escocesa, nació en Bombay en 1905 y se educó en el Fettes College y el Orion College en Oxford, donde conoció a Robert Graves y Laura Riding en 1927, tejiendo entre ellos una relación de camaradería y respeto que duraría hasta su muerte en 1953. Fue Superintendente de Educación en Nigeria, redactor publicitario en Londres y trabajó para las fuerzas armadas británicas en Italia y Austria. Políglota y gran conocedor del latín y griego clásicos, fue traductor de Rimbaud, Villon, Baudelaire, Heinrich Heine o Nerval, entre otros poetas, aunque también tradujo narrativa como “Escenas de la vida bohemia” de Henri Murger o “Cándido” de Voltaire. Entre sus grandes amigos cabe destacar su relación con Dylan Thomas, de quien era prácticamente su mentor, el poeta Alan Hodge, el pintor John Aldridge, James Reeves y G. Orwell. Como poeta publicó “The Winter House and other poems”, J.M.Dent and Sons, 1935; “Work in Hand”, The Hogarth Press, 1942, con Alan Hodge y Robert Graves; “Forgive me, Sire”, Fore Publications, 1950. Su poesía completa “The Collected Poems of Norman Cameron  1905-1953” , The Hoghart Press, se publicó en 1957 con una introducción de Robert Graves. 

Si se ha de definir la poética de Norman Cameron habría que utilizar, sin duda alguna, el término singularidad. Como recalca Warren Hope, biógrafo y máximo especialista en la obra de Norman Cameron: “el poema no lo busca el poeta, sino que aparece a pesar de la renuencia del poeta. La forma del poema no está impuesta por el poeta: el patrón crece ante sus ojos”. 

El poema no lo busca el poeta, sino que aparece a pesar de la renuencia del poeta. La forma del poema no está impuesta por el poeta: el patrón crece ante sus ojos

Warren Hope

La colección

Para desarrollar este proyecto se ha requerido el concurso de buen número de traductores (y poetas, todo sea dicho, ya que reúnen ambas condiciones todos). Eva Gallud Jurado tradujo ‘Contraataque’, de Siegfried Sassoon, uno de los poemarios más importantes por su impacto en la I Guerra Mundial. Del mismo período, Gallud también tradujo la obra completa de Rupert Brooke y una antología de seis poetas británicas (‘Nada tan amargo’), encabezada por Vera Brittain. Paula Fernández tradujo todos los poemas que sobrevivieron a Roland Leighton, novio de Brittain fallecido en Francia.

Portada de la revista The Review. Cortesía de Warren Hope.

Imanol Gómez Martín, de quien ahora publicaremos su traducción de la poesía de Norman Cameron, fue también quien tradujo la de Martin Seymour-Smith y la de Robert Nye. Gabriel Insausti tradujo la de William Henry Davies y cuatro traductores, sí cuatro, se encargaron de traducir los poemas de uno de los padres de las vanguardias europeas, Gherasim Luca. Los traductores trabajaron sobre los textos en francés y rumano y fueron Vicente Gutiérrez Escudero, Catalina Illiescu y Eugenio Castro. En total, ocho traductores a los que desde aquí agradecemos el trabajo realizado.

Todos ellos hicieron mucho más que traducir, dando sentido a la figura del editor literario, aquel que se encarga en preparar la edición en todos sus extremos, desde la selección de poemas hasta su traducción, pasando por su estudio introductorio y notas explicativas.

Si algo da sentido a la labor editorial es la de desvelar, descubrir, hacer aflorar aquello que está oculto. No somos tan pretenciosos como para pensar que estos nueve libros recogen poesía totalmente inédita en español, pero sí en la mayoría de los casos es desconocida para los amantes de la poesía con seguridad.

‘Caminar hasta el anochecer’, un extracto

Sin duda, el arte no valía nada. El arte era incapaz de cambiar el mundo y el mundo en nosotros. El arte era incapaz de detener su camino hacia un desastre que nos negábamos a ver. El arte era incapaz de volver buenos a los malos. El arte era incapaz de contraponerse a los poderes asesinos, de derribar un orden en el que las finanzas decidían ferozmente el valor de todo, y de levantar a los pueblos sometidos a las más infames tiranías. El arte se revelaba impotente para conjurar el odio, la venganza, el resentimiento y todas las pasiones tristes que prosperaban en nuestra época y que lentamente pervertían nuestras mentes. El arte no conseguía defendernos de esa fealdad que nos rodeaba y nos penetraba, ni a apartarnos de las diversiones mediocres que envilecían nuestros corazones. El arte no podía nada contra el hecho de que vivir dolía.

Había, sin embargo, algo seguro: a veces el arte añadía a nuestras alegrías y nuestro deseo de vivir, a veces desafiaba soberanamente a la muerte o implacablemente nos la recordaba, a veces aguzaba nuestro rechazo de un mundo que formateaba tanto nuestros cuerpos como nuestras almas, a veces exaltaba nuestro gusto de lo imposible cuando nos intimaban a no esperarlo y reanimaba nuestro gusto de lo inútil cuando por todas partes prevalecía el espíritu de lo útil, a veces hacía aflorar nuestro deseo inquebrantable de soñar y de ser libres sin el cual no podíamos vivir, y nos devolvía el gusto olvidado de los colores tan amados en la infancia, el rojo sobre todo, el gusto de las figuras y los objetos, de su materia y su luz, de la belleza de las cosas regaladas y simples que estaban en este mundo y que no sabíamos ver.

Sin duda, el arte no vale nada, pero nada es tan valioso como el arte. 

Traducción: Marta Cerezales Laforet

‘Caminar hasta el anochecer’, una lectura poderosa y llena de sangre de la premio Goncourt Lydie Salvayre

Caminar hasta el anochecer, de Lydie Salvayre

Con la estatua de Giacometti ‘El hombre que camina’ como punto de partida, la ganadora de Goncourt 2014, Lydie Salvayre, emprende en ‘Caminar hasta el anochecer’ una emotiva reexploración de su indignación y la historia de su familia como hija de un exiliado español.
Lydie Salvayre pasó una noche entera sola en el Museo Picasso durante su exposición Picasso-Giacometti. Habiendo tenido una pasión duradera por ‘El hombre que camina’ (una obra que ella ve como la esencia misma del arte pero que solo había visto fotografiada anteriormente en revistas), estaba segura de que se sentiría profundamente conmovida cuando se enfrentara a tanta belleza. Y sin embargo, ver este “cuerpo inmóvil, helado pero también en movimiento, como olas en el mar que el frío ha congelado el oleaje” sólo le produce una leve irritación.
¿Es analfabeta en belleza? ¿Esta sensibilidad se transmite sólo entre los acomodados para reforzar su exclusividad? ¿Es el espacio el que obstaculiza la pieza y la priva de su mensaje profundo? Ella está confusa y llena de preguntas.
Entre líneas –a medida que la autora desvela su relación con su padre, su familia de comunistas españoles exiliados, su obsesión por la humildad y la denuncia anclada en cada injusticia–, el lector descubre poco a poco sus exigentes expectativas ante el arte y su miedo a la muerte. Una lectura poderosa y llena de sangre.
Lydie Salvayre ha escrito una veintena de libros, traducidos a muchos idiomas, incluido ‘Pas pleurer’, ‘No llorar’, que ganó el Premio Goncourt 2014.

El libro estará a la venta en toda España el 28 de marzo, pero ya puedes reservar un ejemplar en tu librería favorita o en tu canal de venta online habitual.

Caminar hasta el anochecer, de Lydie Salvayre, 300.000 ejemplares vendidos en Francia.
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