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Revista de prensa: ‘Leve’ y ‘Lavas Remi’

https://www.eldiario.es/murcia/leer-el-presente/mejor-vainas-lectura-leve-jose-manuel-gallardo_132_8952160.html

Fragmento de ‘La carretera de la costa’: «Suena el viento, él se dio la vuelta…»

Libros de Kepa Murua con El Desvelo Ediciones. (Foto: Raúl Fijo).

Suena el viento, él se dio la vuelta, y entonces sonaron los disparos. Cayó fulminado ante la sorpresa y el horror de un cliente que fue apartado unos segundos antes por el comando que irrumpió en la carrocería. Sonaron secos, como tres golpes de martillo en un yunque, como tres toques de plástico que perforan la roca, pero la sangre corre por detrás de la cabeza y Ceferino Peña queda tendido en el suelo frío del garaje ante los asombrados ojos de su hija que ni siquiera parpadea y mira a los jóvenes que dispararon a su padre. Al hombre que lo acompañaba le dijeron que se apartara; a él le preguntaron si era el propietario del taller y si tenía pasta carrocera que necesitaban para un coche averiado, aparcado cerca de la puerta, donde al volante ocultaba la cara con la mano uno del comando que controlaba con su mirada fija en el espejo retrovisor todo lo que pasaba en la curva. En el maletero el dueño del coche pudo escuchar los disparos secos. 

Extracto de La carretera de la costa, de Kepa Murua.

‘La chica de Jamaica’, en El Diario Vasco

https://www.diariovasco.com/culturas/libros/joxemari-iturralde-publica-20210529010810-ntvo.html

Los años del plomo, por Kepa Murua

Foto: Raúl Fijo.

A propósito de ‘La carretera de la costa’

Escribir era extraño cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía era ensordecedor. Se vivían como normales las batallas campales y los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a una estadística que se leía sin más. 

Vivíamos en el infierno, pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un armisticio tácito, llegaba un silencio que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de unos pocos metros. Sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos acallara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón. 

Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas, y sin una personalidad individual que se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos. 

Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir era toda una declaración de intenciones. Te preguntaban por qué lo hacías. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. Fue duro porque nos sentíamos aislados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras como “paz”, “convivencia” y algunas más que defendíamos como “amor” y “vida” ante tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura. 

En mi caso, creo que me salvaron las palabras. Yo podría haber sido uno más; sin embargo, la educación que tuve y la lectura de libros, e incluso, la soledad, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Esos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente. 

Había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree. Pero mereció la pena. Ahora cuando escucho a algunos que no estuvieron, digamos que a la altura de las circunstancias, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a la incomprensión, pese a la soledad, merece la pena hacerlo si hay algo con lo que no se esté de acuerdo y se piense, por último, que se ha de escribir algún día.

Kepa Murua.

«Los vascos no hemos hablado de lo que nos ha pasado y hemos guardado las emociones en un interior que es un volcán que podría explotar»

Kepa Murua

Rubén Alonso, de elDiario.es en su edición de Cantabria, acaba de publicar una entrevista a Kepa Murua, autor de ‘La carretera de la costa’, en la que habla de literatura, los ‘años de plomo’ del terrorismo y su visión de la sociedad vasca. Os dejamos la entrevista íntegra aunque también la podéis leer aquí:

En 1980, ETA asesinó «por error» a Ceferino Peña delante de su hija de corta edad. Eran los ‘años de plomo’ del terrorismo vasco, un periodo convulso que ha servido de materia narrativa al escritor zarauztarra Kepa Murua para escribir ‘La carretera de la costa’, publicada por la editorial cántabra El Desvelo este año. Entre los recuerdos personales y los de la violencia de una sociedad, Murua, exeditor y escritor en castellano, se muestra convencido de que el silencio sobre lo que ocurrió es un volcán larvado en la sociedad vasca.

‘La carretera de la costa’ es una reflexión sobre un hecho trágico, como fue el asesinato de Ceferino Peña, una muerte «por error», según anunció ETA. ¿Por qué la figura de Ceferino y el transfondo de ETA para su novela?

De joven, en los meses de verano, solía ir a trabajar con mi padre a Arrona y nos recorríamos la carretera de la costa que va de Zarauz a Zumaya; allí fue asesinado Ceferino Peña por un comando de ETA. A las semanas, la organización pidió perdón porque se trataba de un «error», definió lo sucedido como un caso típico de los daños colaterales de un conflicto armado. La terminología en estas conversaciones se apoyaba en un cambio de las palabras y las expresiones que conducían a la comunicación a un terreno que no me convencía. Si fallan las palabras, lo más seguro es que falle todo. La muerte de Ceferino Peña me marcó porque lo asesinaron a unos pasos del lugar donde trabajaba con mi padre. Cada asesinato era trágico, pero la figura de Ceferino Peña y el paisaje de la costa quedaron en mi memoria hasta que en la madurez escribí la novela.

El asesinato de Peña se hizo delante de los ojos de su hija. ¿La conoce usted? ¿Ha entablado contacto con la familia antes o después de publicarla?

Cuando escribí la novela, aun siendo una figura importante en sus páginas, no la conocía. Pero cuando la acabé, antes de mostrársela a un editor, pensé en conocerla para que la leyera y me dijera si le parecía bien no solo lo que había escrito sino su posible publicación. Un amigo de la juventud nos puso en contacto, fue un encuentro emotivo, ella leyó el manuscrito y me dijo que le gustó mucho. Hemos mantenido cierto contacto, pero ese primer encuentro fue liberador para mí. Su aceptación me llevó a apostar por el primer borrador. Finalmente eliminé algunas páginas donde precisamente hablaba ella, Cristina Peña.

¿Qué comentarios le transmiten los lectores?

Ellos afirman que es un texto con matices que no se ven en otras novelas sobre los ‘años de plomo’ del País Vasco. Algunos lectores definen a la voz narrativa como una voz tierna o cercana. Me gusta mucho lo que me escribe José Félix Martínez, desde Getxo: “La carretera de la costa me ha parecido una novela intensa y minuciosa, como la manecilla de un reloj que señala un tiempo largo. Una exploración psicológica y sociológica de momentos que, en mi caso, son muy reconocibles. Por lo cual la he leído de dos tiradas con avidez, como una pieza que sirve para mirar a un punto con más precisión”. Los lectores de mi generación son los que se atreven a contar y repasar los hechos que se narran en la novela.

Escribir sobre ETA y ser vasco no parece tarea fácil. La organización no hace tantos años que se disolvió y muchos de sus integrantes viven, así como su base social. ¿Ha tenido miedo al escribirla?

Me siento libre cuando escribo. Ya en la década de los noventa publiqué poemas y piezas sobre este mundo sectario y trágico donde se normalizaba lo que nunca debió ser normal.

¿Cree que la situación en el País Vasco se está normalizando y da pie a hablar y escribir sobre ETA?

Parece que lo que pasó fue hace mucho tiempo, imagino que no es un recuerdo agradable; por eso mismo siento que todo es como una página de la historia reciente que todos quieren pasar rápido.

¿Puede existir perdón sin pena?

El problema del perdón es su nivel de compromiso o de aceptación. Existen el perdón individual y el colectivo. En el primer caso, salvo excepciones, no creo que los pistoleros de ETA sientan que han de pedir perdón, pues muchos de ellos justifican sus hechos con palabras hechas a su medida. En cuanto al perdón colectivo, tardará su tiempo, pero llegará. Quiero pensar que un análisis histórico nos llevará a este planteamiento. En cuanto a las penas, considero que es una cuestión que compete a los jueces. En ‘La carretera de la costa’, el narrador reflexiona sobre la conciencia que rodea al perdón, pero no juzga.

El problema del perdón es su nivel de compromiso. Existen el perdón individual y el colectivo. En el primer caso, no creo que los pistoleros de ETA sientan que han de pedir perdón. En cuanto al perdón colectivo, tardará su tiempo, pero llegará

Los protagonistas de su novela, incluido el autor del crimen, acaban torturados por el pasado. ¿De qué sirvieron tantas décadas de sufrimiento?

Para reconocer que con la violencia no se consigue nada provechoso. Recuerdo una de aquellas frases que se decía: “cuanto peor, mejor”. Vivíamos en una sociedad enferma, incapaz de reflexionar en calma, con tesis e ideas absurdas como esa, con mucho dolor y sufrimiento.

Usted traza un paralelismo entre la violencia en el País Vasco y la de Colombia. ¿Puede explicar este nexo?

Viví un tiempo en Colombia y cuando conocí su historia me sorprendió saber que era un país violento desde mediados del siglo XX: el balance de muertos, desaparecidos y desplazados es demoledor, mucho mayor que el que pudiera imaginar uno. Más allá del drama que supone la guerra o el terrorismo, si comparaba la violencia de Colombia con la de Euskadi, se podía pensar que en el País Vasco estábamos ante una violencia doméstica. El narrador se sirve de esta comparación para reparar en la violencia y su influencia en paisajes diferentes.

Si el terrorismo fuera una enfermedad social, ¿en qué estado se encontraría el paciente vasco?

Fue un exceso de enojo, hostilidad y violencia que se nos fue de las manos. Hoy, además, tras la pandemia, el paciente vasco está aturdido, con una incapacidad para superar el estrés de la vida diaria y con problemas para comprender las situaciones, tanto en el pasado reciente como en el presente. Los ciudadanos vascos no hemos hablado de lo que nos ha pasado y hemos guardado las emociones en un interior que puede ser un refugio, pero que en el fondo es un volcán que podría explotar.

Usted fue primero editor y luego escritor en castellano. ¿Se ha sentido como un bicho raro en una cultura tan institucionalmente euskerizada?

Es una rareza que me persigue: fui un poeta metido a editor, soy un escritor vasco que escribe en castellano. No soy reconocido en el País Vasco donde no se me invita a ninguna actividad; tampoco lo hacen en España. Vivo en medio de estas dos orillas en una nada desplazada.

Usted es un escritor de culto. ¿Le gustaría tener más ventas que prestigio? ¿No hay un término medio en el mundo de la literatura?

El prestigio no me permite pagar las facturas, pero me genera problemas que me fastidian mucho. Las llamadas que recibo son para que realice trabajos que no son remunerados. Una verdad del mundo de la literatura desde los tiempos de Sábato o Borges es que los buenos libros son minoritarios y que los autores celebrados, salvo raras excepciones, no son buenos. La locura es otra: creerse lo que no se es, hablar de lo que no se sabe, perseverar en un oficio que no da muchos dividendos, insistir en una vocación que queremos convertir en un oficio.

La pandemia de la COVID-19 está cambiando muchos hábitos de consumo y culturales. ¿Cómo asiste a este escenario?

He observado una exhibición excesiva en las redes del mundo de la cultura y en el escenario se nota un trabajo acelerado, sin poso.

Que desaparezcan en apenas unas semanas en torno a 40.000 personas parece haberse asumido con normalidad en nuestros días. ¿Es así?

Es un dato que me confunde y entristece. Hace tiempo que dejé de escuchar la radio porque notaba que con tanta mala noticia crecía en mí una rabia que tampoco era normal. Mi decepción por los líderes es grande.

¿Qué tiene entre manos ahora?

Terminé un ciclo de novelas con el título de ‘El escuchador’. He cerrado un poemario con una visión mística, se titula ‘Dónde’. Por lo demás, busco un editor que quiera publicar mis memorias. Puede que no sea el mejor momento para pensar en un profesional que confíe en mí; sin embargo, persevero. La niebla puede desaparecer en cualquier momento.

Periodismo, misterio y cultura en ‘El hacedor de titulares’, de Elena Sierra y Álex Oviedo

El hacedor de titulares

Un notorio escritor aparece muerto en misteriosas circunstancias y las pesquisas periodísticas para desvelar lo ocurrido sacan a la luz la mecánica interna del día a día de un periodista, así como los intereses creados en torno a la cultura. La novela arroja una luz irónica sobre lo que en apariencia está a la vista de todos pero que en el fondo dista mucho del glamour oficial. Precariedad, competencia feroz, miserias privadas y egos exacerbados en público y el dinero como principio y fin de lo que se llama cultura con mayúsculas. 

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La historia de Ramón Sotil en el avispero vasco durante la II Guerra Mundial

Muerte en el Adur

El hallazgo del cuerpo de un joven marino vasco en los muelles del Adur, en plena II Guerra Mundial, llevará a su hermana, quince años después, a indagar las causas de su muerte. Bilbao, Donostia y Bayona serán escenarios de su búsqueda, por los que se cruzan viejos republicanos, soldados nazis, judíos y fugitivos de uno y otro lado de los Bajos Pirineos. Ramón Sotil, un joven estudiante, entusiasta y confiado, amado por Odile Garat, miembro de la Resistencia. Remiso a toda lucha que no sea por los suyos, y al amparo de una falsa neutralidad, embarca como marmitón en un pequeño mercante que hace la ruta del mineral para los alemanes desde Bilbao hasta el Muro Atlántico y conocerá a bordo a seres igual de sorprendentes. #muerteeneladur #sevecalleja #novel #novela #books #libros #escritor #casadellibro #elcorteingles #fnac #eldesvelo #publisher #instagood #words #quotes #bookstagram #top_bookstagram #bookworm #reading #libreria #bookstore #follow #like

Kepa Murua lee un fragmento de ‘La carretera de la costa’

La carretera de la costa

Ángela Mallén, autora de ‘Entretanto, en algún lugar’, presenta su obra

Ángela Mallén.
Entretanto, en algún lugar

‘Entretanto, en algún lugar’, de Ángela Mallén, novedad para el mes de junio

Entretanto, en algún lugar, de Ángela Mallén

Aunque ya puedes echarle un vistazo en nuestra web y reservarlo en tu librería, a partir del 15 de junio tendremos a la venta la colección de estos relatos de Ángela Mallén, ‘Entretanto, en algún lugar’. El diseño de la portada es de Victoria 0’May.

Escritura experimental en los registros. Personajes que nunca son ni héroes ni villanos. Una miscelánea de travesuras filosóficas y misteriosas. Este libro trata de historias posibles más que acontecidas porque el tiempo así lo haya decretado. Efímeras e intensas miniaturas, en las que lo experiencial y los estados mentales le ganan la partida a lo argumental. Porque el efecto en nuestro organismo puede ser semejante tanto si los hechos suceden como si los intuimos o tememos. Cuentos narrados en voz baja con un matiz de extrañamiento y una leve ironía, que indagan y se cuelan entre lo observado y lo imaginado mientras el tiempo corre fabricando sus propias historias, sin mirar atrás.

Una delicada obra de cámara. Pero casi mejor que la propia Ángela os lo explique…

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