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La historia de Ramón Sotil en el avispero vasco durante la II Guerra Mundial

Muerte en el Adur

El hallazgo del cuerpo de un joven marino vasco en los muelles del Adur, en plena II Guerra Mundial, llevará a su hermana, quince años después, a indagar las causas de su muerte. Bilbao, Donostia y Bayona serán escenarios de su búsqueda, por los que se cruzan viejos republicanos, soldados nazis, judíos y fugitivos de uno y otro lado de los Bajos Pirineos. Ramón Sotil, un joven estudiante, entusiasta y confiado, amado por Odile Garat, miembro de la Resistencia. Remiso a toda lucha que no sea por los suyos, y al amparo de una falsa neutralidad, embarca como marmitón en un pequeño mercante que hace la ruta del mineral para los alemanes desde Bilbao hasta el Muro Atlántico y conocerá a bordo a seres igual de sorprendentes. #muerteeneladur #sevecalleja #novel #novela #books #libros #escritor #casadellibro #elcorteingles #fnac #eldesvelo #publisher #instagood #words #quotes #bookstagram #top_bookstagram #bookworm #reading #libreria #bookstore #follow #like

Kepa Murua lee un fragmento de ‘La carretera de la costa’

La carretera de la costa

Ángela Mallén, autora de ‘Entretanto, en algún lugar’, presenta su obra

Ángela Mallén.
Entretanto, en algún lugar

‘Entretanto, en algún lugar’, de Ángela Mallén, novedad para el mes de junio

Entretanto, en algún lugar, de Ángela Mallén

Aunque ya puedes echarle un vistazo en nuestra web y reservarlo en tu librería, a partir del 15 de junio tendremos a la venta la colección de estos relatos de Ángela Mallén, ‘Entretanto, en algún lugar’. El diseño de la portada es de Victoria 0’May.

Escritura experimental en los registros. Personajes que nunca son ni héroes ni villanos. Una miscelánea de travesuras filosóficas y misteriosas. Este libro trata de historias posibles más que acontecidas porque el tiempo así lo haya decretado. Efímeras e intensas miniaturas, en las que lo experiencial y los estados mentales le ganan la partida a lo argumental. Porque el efecto en nuestro organismo puede ser semejante tanto si los hechos suceden como si los intuimos o tememos. Cuentos narrados en voz baja con un matiz de extrañamiento y una leve ironía, que indagan y se cuelan entre lo observado y lo imaginado mientras el tiempo corre fabricando sus propias historias, sin mirar atrás.

Una delicada obra de cámara. Pero casi mejor que la propia Ángela os lo explique…

‘Confesiones de un asesino’, por Kepa Murua

Carretera de la costa.

Proseguimos con un nuevo descarte de la novela ‘La carretera de la costa’, en el que el autor, Kepa Murua, narra en primera persona los pensamientos de Korta, el asesino de Ceferino Peña, al que ETA mató ‘por error’.

CONFESIONES DE UN ASESINO

«No delaté a nadie. Se podrán decir muchas cosas de mí, pero no fui un chivato. Yo, en todo lo que hice fui de frente. De joven pensaba que teníamos que ayudar a aquellos que luchaban por la independencia. Una vez en ETA, los días pasaron sin darme cuenta de lo que hacíamos. Dentro de la organización las cosas se veían de una única manera, separadas del resto. El daño causado queda para siempre: fue por las prisas, por la confianza, los datos que nos pasaron eran ambiguos, pero agradezco que mis compañeros se tomaran el asunto en serio y que hicieran público el error cometido. Los ojos de la niña me persiguieron desde el último disparo. Huimos a la carrera, no pensé en el tiro de gracia, sabía que estaba muerto. Si me cogían sabía lo que me esperaba, pero tardé un tiempo, segundos interminables dijeron mis compañeros, en llegar al coche que me esperaba con el motor encendido. Al principio dijeron que era un niño, pero yo sabía que era una niña. Supe que era su hija. 

Desde entonces nada fue igual. Lo mío fue una huida de todos: de ETA, de mis compañeros, de mí mismo, y sobre todo de una niña que no sé de dónde salió, pero que allí estaba. Casi todas las noches me desvelaba, la veía delante de mí; nunca antes, ni siquiera con lo que pudiera haber hecho con la pistola o las bombas que pusimos, pensé en el daño causado. Me podía la rabia, el odio a la policía que me inculcaron desde joven y la lucha de tantos que entregaron lo mejor de sus vidas para conseguir unos fines. Si dudaba, ya estaban los compañeros para que los siguieras sin que perdieras el tiempo. Si me pasaba alguna vez cuando estaba solo pensaba que debía seguir por la memoria de los militantes muertos en enfrentamientos con la policía y por los compañeros que aún quedaban presos en las cárceles. La guerra perdida de los padres quedaba lejos, nosotros éramos más auténticos: íbamos de frente y no teníamos miedo. Pero ahora comprendo que las justificaciones surgen solas y mientras tu vida corre peligro no tienes un momento para pensar en otras cosas que no sean las que te comprometen solo a ti o a tu entorno. Pero una vez que necesitas respirar al aire libre y marcas las distancias ante los que te vigilan, ya no puedes ser el mismo. Ya no puedes ser aquel que eras ni creer de lleno en lo que creías. En Francia no estuve bien, tuve fiebre y me temblaba el pulso, no me concentraba, ellos lo notaban, estaba ausente, y alguna vez me negué a cruzar de nuevo la frontera. Si lo hacía iba a matar y a morir al mismo tiempo. Menos mal que me di cuenta. En 1981 ya estaba quemado, la policía me perseguía y yo me quedaba en una casa a las afueras, sin hacer nada, mientras a todas horas pensaba en irme lejos. Cuando me vi en un escaparate, en una vitrina de las tiendas del D.F., me noté viejo. Iba sin red, vivía en la calle, sin recursos. Y sin amigos que te cubran las espaldas, tarde o temprano te pillan. Llevaba documentos falsos, esperaba con inquietud el momento. Mi vergüenza me impedía volver sobre mis pasos y pedir ayuda. Estaba solo, desde que dejé a mis compañeros siempre lo estuve, solo en ese tiempo de pobreza y de miseria, encontré algunos momentos de calma. De día deambulaba de un lugar a otro y por la tarde me refugiaba en las iglesias o descansaba en los parques. De noche era otra cosa, pocas veces pude dormir con tranquilidad. La calle en D.F. impone su dureza a todas horas, pero en mi caso era diferente: en la oscuridad sentía la presencia de aquellos ojos –no sé de dónde salió la hija– y recordaba el error cometido, una y otra vez, hasta volver a repasar toda la vida. Cuando la mía no valió nada, cuando toqué fondo, tuve que pedir limosna para comer, me acostumbré a beber más de la cuenta, lo que me cayera encima, y a comer lo que encontrara en el camino, solo para poder descansar a solas y calentar mi alma y mi cuerpo día tras día.

No fue una buena idea, de todo eso me di cuenta tras los barrotes. Hace mucho frío en la cárcel, pero es un frío distinto. Me vino bien compartir la celda, con mi compañero pude sacar lo que llevo dentro y el colchón viejo, además, es mejor que el suelo duro y sucio. Tantas horas sin hacer nada en la cárcel me sirvieron para aquietar la mente. La tregua de ETA la viví sin más, en el talego los días pasan sin que se haga nada especial. En aquellas calles caminaba de un lado a otro, buscaba un lugar apartado para envolverme en la manta y esperaba a que mis ojos abiertos vieran el cielo blanco y azul que anunciaba el nuevo día. Aunque no como antes, pero aún pasa que esos ojos vuelven; ojalá ella haya crecido sin recordar los míos. Creo que podrían ser los mismos, solo que yo ya no veo como antes y tengo que usar gafas. Cuando salga iré al oculista. No sé si en la calle tendré algo que reprocharme, quizá que todo eso que hicimos no sirvió para nada. Tampoco habrá nada que destacar entre las pertenencias de mi bolsa. La mochila en México no era grande, tenía las cosas imprescindibles para sobrevivir. Solo unas pocas personas me esperarán fuera. No espero más. Puede que cuando el coche pise Euskadi vea el verde de las montañas y el cielo azul, tan distinto al de la cárcel de Valladolid, tan diferente al de D.F, y en ese momento sienta que la vida me da una nueva oportunidad y que me ofrece, aún con todo lo que hice, algo así como una bienvenida. En un segundo se recuerdan muchas cosas, pero es difícil explicar en unas pocas frases todo lo que tiene el instante que uno ha soñado tantas veces. Me gustaría que me llevaran por la carretera de la costa, podrían volverme de golpe esos ojos que me impidieron dormir durante tanto tiempo, pero sé que miraría al mar con tranquilidad. Todos necesitamos de paz para seguir viviendo. No me escondo, para qué, entre rejas espero que pase el tiempo. Hice daño y causé un dolor que un día también se adueñó de mí, hasta llegué a pensar que nada tenía importancia. Lo siento en el alma, quizá debería haber sabido que todo por lo que luché se podía haber luchado de otra manera. Muchas veces he pensado en pedir perdón, pero no sé cómo dar con ella y tampoco sé si tendré fuerzas para enfrentarme a sus ojos. Nunca delaté a nadie y he recuperado mi nombre verdadero, aunque me cueste pronunciarlo. Me llamaron por otros, pero este no lo quiero cambiar; tampoco puedo cambiar lo que hice. Pero nunca delaté a nadie, lo único que confesé nada más bajar esposado del avión y pisar tierra española fue la verdad que nunca pude olvidar y que me condenaba solo a mí ante ese juez y los demás. He pagado por todo aquello, aún pago; he matado, sí, y si alguien aún no se ha perdonado del todo, ese soy yo. Esa es mi condena. Por eso mismo no volveré a Arrona. No soy uno de esos que vuelve a la escena del crimen. Lo mío es un error que me ha perseguido siempre, una equivocación que hizo que pasara hambre y que perdiera la cabeza. Que ETA lo asumiera como suyo no me dio ningún respiro ni me causó un alivio. Pero ya no huyo, y eso, ya es mucho.» 

‘La carretera de la costa’: Confesiones de una hija

La génesis de #lacarreteradelacosta llevó a descartar unos fragmentos finales de la obra de #kepamurua, que ahora recogemos en nuestro blog por su especial interés. En el que lleva por epígrafe ‘Confesiones de una hija’ se lee el testimonio dramatizado por el autor de la hija de Ceferino Peña, aquel a que ETA mató ‘por error’ y que es el protagonista elidido de la obra, junto con la propia violencia de los Años de Plomo y una carretera entre Zarauz y Guetaria que contiene tanta belleza como tragedia.

«Mi padre trabajaba la familia y cuando lo mataron quedamos solas mi madre y yo; yo, con muy pocos años. La ama me contó que durante un tiempo me quedé callada. Nunca he querido hablar de ello, pero tampoco he querido perder la alegría ni dejar que la rabia nos comiera por dentro. Mi padre nos enseñó que las personas deben prescindir del odio para superar cualquier dolor en la vida y ser felices algún día. Al principio, con toda la pena del mundo encima, no quisimos movernos de Arrona, de la parte de abajo, en la que él estaba presente. Unos años más tarde nos mudamos a Zarautz, donde hacemos una vida normal y la gente no sabe nada de lo que vivimos en el pasado. Pero desde que hace un año el pueblo de Arrona saldó la deuda que tenía con el aita estamos más tranquilas. Después de treinta y seis años, hoy es el día que junto a su amigo Joxe Mari Korta –son las casualidades que se dan con los nombres de este pueblo–, que fue asesinado con una bomba que le explotó al otro lado de la ría, por Bedua, se le recuerda con un monolito en el Rincón de la Memoria. Vivíamos en un pueblo donde nos conocíamos todos, pero que también tiene su historia. En ese rincón, un jardín con flores que cobija un árbol grande, se recuerda a los presos republicanos que tras la Guerra Civil estuvieron en un batallón de trabajadores que se ubicó en una casa cercana. Arrona, aunque es un barrio de Zestoa, tiene vida propia. Y eso era lo que mi padre tenía, mucha vida, hasta que murió con cuarenta años, muy joven; yo misma cumplí ya esos años. De niña no entendía lo que nos había pasado. Cuando fui haciéndome mayor, con cada asesinato que escuchaba en la televisión u oíamos en la radio, volvían las pesadillas. Cosas así no debían de ocurrirle a nadie. Nos tocó a nosotras: si me voy para atrás en el tiempo, puedo recordar el ruido, como si fueran unos petardos, una ráfaga de aire con un extraño olor que entró de golpe en la carrocería, y un hombre, que me pareció muy alto, que no dejaba de mirarme y que intentaba guardar una pistola bajo el brazo. Creo que no sentí miedo, lo que sentí fue algo inexplicable, una pena inmensa que no sabría cómo. Sé que podría mirar a otro lado, alguna vez he pensado que lo hice; y también he llegado a dudar de si nuestra conducta fue la apropiada. Pero si no viviera en el presente y no mirara para adelante, sé también que lo estaríamos traicionando. Quedarme en el odio no es lo que me hubiera enseñado mi padre: nunca lo hice, ni siquiera cuando volvía a Arrona y pasaba por la carrocería en la que trabajaba. En cuanto a la historia que nos ha tocado, pienso que la paz es un bien sagrado que pertenece a todos. Es lo que les digo a mis alumnos cuando doy clase; ellos no saben quién fue mi padre, pero me gustaría que vivieran sin resentimientos. Es una lección que me costó aprender: todos los días se ha de vivir sin odio. Superar la rabia nos permitió olvidarnos de la tristeza de una madre y de una hija que saben, aunque no lo puedan creer del todo, especialmente los primeros días, que el hombre de la casa, el marido, el padre, no volverá a tocar el timbre ni abrir la puerta con su llave. Para que no vuelva a ocurrir, todos debemos seguir por un camino parecido. Solo que cada dieciséis de mayo su recuerdo vuelve con la misma intensidad que al principio; antes celebrábamos los actos en familia, en la intimidad, pero hoy es el día en que estamos satisfechas de que su historia sea conocida por los vecinos. Arrona es un pueblo tranquilo, no tiene la playa de Zarautz, pero el verde del monte se mete en las calles, toca las casas, y la gente se conoce desde hace mucho tiempo. Al principio mi madre pensó que irnos era traicionar su memoria y volver a matarlo de otra forma, pero pasado un tiempo, cuando ella se sintió sola y sin fuerzas para pasear por los lugares donde había sido feliz con su marido, decidió que lo mejor era que nos fuéramos a otro lugar, donde no nos conociera nadie, para que yo pudiera empezar de cero. Mi madre dice que solo tenía ojos para mí y que era un buen hombre, cariñoso, muy trabajador, sano, honesto, amigo de sus amigos, amante de la montaña. Le gustaba recoger setas, tomarse un vino con alguno de sus vecinos, bailar con ella en las fiestas, y si no estaba silbando, ella me decía que podías oírle cantar a menudo. Para cada cliente que cruzaba la puerta del taller tenía una sonrisa y una palabra de ánimo en sus labios para aquel que lo necesitara. Con cada fotografía suya que me mostraba, cuando las lágrimas no le saltaban por la cara, salían los recuerdos más hermosos. Mi madre insiste que no hay una en la que se le vea enfadado. Me gusta su nombre, para nosotros es parte de la familia, Ceferino. Fue mi padre quien eligió el mío. Por si no lo dije, me llamo Kristina, Kristina Peña, y estoy orgullosa de ser su hija. Me quiso por encima de todo y aunque ha pasado tiempo desde que se nos fue, para mí fue y sigue siendo mi padre. El dolor sentido nos volvió tristes, pero también nos hizo fuertes. Durante años estuvimos calladas, hablábamos solo entre nosotras, y a menudo, durante mucho tiempo, ni siquiera eso. Hoy lo hacemos con más libertad. Como a él, me gusta la música, y cuando canto soy feliz porque siento que no lo olvido. No le pude conocer como me hubiera gustado; esa podría ser una de las razones que me han llevado a negarme a hablar de lo sucedido. Solo tenía tres años cuando me fijé en los ojos de aquel hombre que lo mató. Dijeron que fue un error, pero nunca he querido saber lo que pensaba su asesino. Lo que sí me pregunto es si él me oye cuando toco la trikitixa1 por ejemplo. O si su muerte, como la de tantos otros, tiene una razón invisible en esta historia que es nuestra vida tantas veces en silencio. Cuando el recuerdo se hace intenso, vuelvo a Arrona, y me pierdo por algún lugar que sé que le gustaba especialmente. Lo hago andando, despacio, sin prisa. En coche, por la carretera de la costa, se tarda una media hora en llegar hasta allí. El regreso suelo hacerlo por el mismo camino. Evito pasar por Meagas, nunca voy más allá de Zumaya, nunca hasta Deba, no sé por qué, pero ese trayecto me da un poco de miedo. A él le gustaba conducir, probaba la puesta a punto de los coches que debía entregar a sus clientes por esa carretera. Decía que, con el mar a su lado, era la más bonita del mundo.«

Los Años de Plomo en el País Vasco, por Kepa Murua

Kepa Murua, por @ardiluzu

Escribir era extraño cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía era ensordecedor. Se vivían como normales las batallas campales y los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a una estadística que se leía sin más.
Vivíamos en el infierno, pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un armisticio tácito, llegaba un silencio que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de unos pocos metros.
Sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos acallara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón.
Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas, y sin una personalidad individual que se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos.
Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir era toda una declaración de intenciones. Te preguntaban por qué lo hacías. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. Fue duro porque nos sentíamos aislados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras como “paz”, “convivencia” y algunas más que defendíamos como “amor” y “vida” ante tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura.
En mi caso, creo que me salvaron las palabras. Yo podría haber sido uno más; sin embargo, la educación que tuve y la lectura de libros, e incluso, la soledad, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Esos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente.
Había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree. Pero mereció la pena. Ahora cuando escucho a algunos que no estuvieron, digamos que a la altura de las circunstancias, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a la incomprensión, pese a la soledad, merece la pena hacerlo si hay algo con lo que no se esté de acuerdo y se piense, por último, que se ha de escribir algún día.

La carretera de la costa.

‘Ausentes del cielo’, por Álex Oviedo

Álex Oviedo, autor de la novela ambientada en el terrorismo vasco, lee un fragmento de su obra. Andrés, un joven a punto de quedarse sin subsidio por desempleo, mata de tres tiros a un miembro de la izquierda abertzale en una manifestación. Estamos a comienzos del siglo XXI y el asesinato remueve los cimientos sociopolíticos del país. El caso pasa a manos de Vidal, inspector de la Unidad Antiterrorista de la Ertzaintza, cuya vida ha dado un vuelco tras la marcha de su pareja. Ausentes del cielo es la historia de dos amores insatisfechos: el de Andrés, incapaz de mostrar sus sentimientos hacia Puri, y el de Vidal, enamorado aún de Nuria, a quien dejó escapar por culpa de su trabajo. Dos hombres unidos por la investigación de un crimen y por su insatisfacción vital.

Obra narrativa de Kepa Murua

El Desvelo Ediciones ha publicado los cuatro libros que componen la obra narrativa de Kepa Murua. Desde el primero, ‘Un poco de paz’ hasta el último, ‘La carretera de la costa’. Ello permite comprobar su evolución como escritor en donde lo narrativo no elude el carácter poético del resto de su producción. Considerado ante todo poeta, El Desvelo Ediciones ha publicado también dos de sus poemarios: ‘Autorretratos’ y la antología ‘El cuaderno blanco’.

Kepa Murua

Kepa Murua (1962) es un poeta y narrador vasco. Con el Desvelo Ediciones ha publicado las novelas ‘Tangomán’, ‘Un poco de paz’ y ‘De temblores’, así como el poemario ‘Autorretratos’. Quien fuera el editor de Bassarai y creador de una de las primeras revistas culturales en formato digital, Espacio Luke, Murua es un escritor conocido en España y en el extranjero en donde desarrolla una intensa actividad como creador y conferenciante.

‘La Carretera de la costa’ podría llamarse Ceferino Peña, el hombre que con su muerte marca la voz del narrador, por ser una víctima de ETA que la organización reconoce como un error. La muerte de Ceferino Peña, los ojos de su pequeña hija quien lo ve morir a manos de “Korta”, se convierten en importantes pilares para las continuas reflexiones del narrador quien nos cuenta también lo que pasaba por la cabeza de los implicados en el drama: detalles de lo que vivió en carne propia el asesino, de lo que pensaban los policías, algunos otros etarras, y tantos otros más. ‘La carretera de la costa’, el paisaje donde se desenvuelve la novela, es un homenaje a los olvidados, a los innombrados, a los testigos silenciosos. Es una novela de perdón y de esperanza

Un hombre atravesado por sus mujeres, una singladura existencial plagada de soledades y de estremecimientos, el desesperado intento por salir de la corriente de la incomunicación. Con estos mimbres teje Kepa Murua su última obra, De temblores. La novela del escritor vasco aborda un tema por él muy querido: el ansia y el esfuerzo de comunicación entre hombres y mujeres, una tarea de la que no siempre se sale airoso. Los encuentros sentimentales del protagonista, cargados de sentimiento, sexo e incomprensión, se plasman en una prosa serena y austera, un espejo nítido y sincero que Murua coloca fr­ente al lector para que en él observe su propia intimidad.

Tangomán’ cuenta en primera persona la historia de Pedro Muros, un hombre que desde su madurez repasa los hitos esenciales de su vida en busca de la propia identidad. Hijo que crece sin el cariño necesario para afrontar la vida. Convencido por sus hermanas de su propia fealdad, huirá de la familia y llevará una vida solitaria y poco instruida, donde las lecturas caóticas de revistas de serie B se combinan con un trabajo gris. De esa monotonía solo consiguen sacarlo sus clases de baile, disciplina en la que despuntará tanto, que se convertirá en la atracción de una decadente academia donde la mayoría de las alumnas son mujeres de la tercera edad que sienten una irresistible atracción por Pedro, que pasará a ser ‘Tangomán’.

https://eldesvelo.es/producto/un-poco-de-paz/

Mientras escribía Un poco de paz, el autor tenía en mente a un lector al que le gustase la literatura que ofrece una serie de reflexiones sencillas para pensar sobre la vida mientras se lee una novela entretenida. Es una novela de búsqueda personal donde los sentimientos más profundos reviven en el contexto de los días. Es también una obra con voces y registros diferentes y es una de esas novelas que atrapa al lector desde la primera a la última página.

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