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Tres poemas de Teresa Guzmán, del libro ‘En el lugar del viento’

En el lugar del viento
ANSIÁBAMOS LA LUZ DE LAS CIUDADES,
sus destellos más íntimos
a la caída de la tarde
como minúsculos cristales esmerilados
que dejaban tan solo ver las formas.
Nos creímos gigantes
a esa escala en la que se miden
las latitudes más extrañas de los mapas.
Bastaba con atrapar la tibieza
con que un dedo acaricia
el cuenco de la mano.
Yo sigo el zigzagueo
con los ojos,
sin perder el trazo
del símbolo infinito que me dibujas.
Dormimos al raso de los sueños
bajo un cielo que muestra
lo que aún no ha acontecido.
Tú te muerdes los labios
de la misma forma en que seduces.
Yo veo las palabras
consumidas en mi cabeza,
mientras cae la luz sobre tus ojos
y es fácil rendirse al embrujo
con que precipitan el crepúsculo. 
COMO SI NADA TRATAS LA MATERIA DEL TEMBLOR.
La vistes a tu antojo moldeando sus formas
y exhibes la alquimia con que mudas
los tiempos que encierran los espejos.
Te nombro aquí, frente a un paisaje
que no puede durar más allá
de lo que somos,
dos seres que proyectan un mismo deseo
y caminan ciegos
en medio de la persistencia de la niebla.
Puedes decir que existe un lugar
reservado a quienes al igual que yo,
nunca se rinden.
Pero ese lugar está más adelante
y el paso del tiempo
unge la extrema unción
sobre la frente coronada por el frío.
Si te acercas lo suficiente
me verás latir la piel,
notarás su respiración
como una sábana bombeada
por el levante.
Llueve sobre tu playa en el invierno,
a los pies de la cama donde te vi volar
como el pájaro libre
que debiste ser siempre. 
HE VENIDO A VIVIR A UNA CIUDAD
que tiene la medida de un bosque.
He traído las nubes desde lejos
y plantado las semillas
en una tierra que fuera
heredera del primer paraíso.
La mía bien pudiera ser
la historia de cualquiera,
con sus verdades a medias,
sus luces y sus sombras,
reveladas en la iluminación
última de la tarde.
En ella no caben
los idiomas que trenzan las palabras,
y no soy más que aquella
que ha elegido para la contemplación
un espejo de agua. 

El ‘yo poético’, el arquetipo femenino y la poesía de Vicente Gutiérrez Escudero

La mujer abolida

‘La mujer abolida’ levanta acta del doloroso fracaso del anarco-feminismo en Occidente. Tal derrota tuvo consecuencias catastróficas, entre ellas el espantoso estado de sitio al que se ha visto sometida la sexualidad y la movilización de la mujer como mercancía, corpórea y simbólica, por parte de la apisonadora capitalista. El libro reúne numerosos textos automáticos, narraciones de sueños, poemas programáticos y poemas-collages, escritos en los últimos 15 años, que tratan de romper con esta dominación biopolítica, en concreto con las formas sociales en las que se desarrolla nuestro modo de amar y de experimentar las pasiones, proponiendo prácticas liberadoras y lugares de utopía desde donde erigir un imaginario emancipado. ‘La mujer abolida’ es una declaración apasionada de guerra social.

Vicente Gutiérrez Escudero.

El libro contiene un prólogo de la poeta Esther Ramón:

«Por eso es tan importante, y tan radicalmente político, este libro de Vicente Gutiérrez Escudero, porque está escrito asumiendo ese mismo riesgo. En un principio, su lectura puede causar incluso rechazo, aunque la dedicatoria inicial no deja lugar para la duda. No se trata de un libro de denuncia escrito por una mujer víctima, ni siquiera por una mujer empoderada y luchadora, ni por un hombre afín a la lucha feminista que enarbola blandamente la bandera y entona los cánticos adecuados sin mirarse la sombra en absoluto.   

Vicente Gutiérrez Escudero crea en La mujer abolida un yo poético que, al mismo tiempo que denuncia (“despatriarcalizarla implica / desprenderla de su identidad escénica / dejar de percibirla ficcionalmente, / no convertirla en el grotesco soporte de un deseo mercantil”) ejerce en sus versos la misma violencia que dice denunciar, y desplaza un poco más acá el símbolo, hacia su corporalidad: “Con cada trozo de carne de mi amada / construyo rostros, jaulas, / nervaduras. // Con cada trozo vacío de su carne / construyo cisnes que se despedazan, / lobos que se ahuyentan (…)”. Con cada trozo de carne de mi amada (…) / coso miembros dispersos para formar esqueletos /  amados torpemente, /  mecanos articulados /  simulando ser piernas que abrazan, / o temibles autómatas de rostros irreconocibles”.

Ese mismo yo poético, que asume en una primera persona masculina el mito de la creación: “la concebí”, que repasa la lista de las mujeres que han pasado por su vida, y por su cama, con burdas pinceladas que deshumanizan y evidencian la deshumanización, la concreción del mito, que reniega del constructo de la amada ideal, de la mujer etérea, de la Vírgen irreductible y ausente, para caer en el mito de la mujer salvaje y violenta, otro constructo, tan cercano por ejemplo al surrealismo. Pero que asimismo se yergue en un canto a lo precivilizatorio, a lo que antecede a estratos y estratos de dominación: “de entre todos los mitos desmoronados, /  de entre todos los sucesivos estratos de lavado /  a los que fue sometida /  intuí, al menos, / las huellas /  que ella dejó hace milenios en los bosques, /  los ecos-gemidos que dejó en las cavernas, /  la cicatrices /  que, al masticarme, dejó sobre mi piel”. Que habla, en definitiva, con imágenes hipnóticas y un pulso poético lacerante y preciso,  que suspende la respiración del lector en no pocas ocasiones, de la “cualidad política de amar”, para que “sea un acto de fuerza que nos destruya poco a poco, / pues es necesario ir destruyéndose / -no éticamente- / ir deshaciendo ya, las baratijas simbólicas que somos”.

Esther Ramón. Del Prólogo.

Vicente Gutiérrez Escudero nació en Santander en 1977. Algunos de sus poemarios publicados son Mimo muerto (2001), Un puro errar (2004), el libro de poemas-collages Bajo aguas tranquilas (2006) o En la última mano (2013). Con El Desvelo publicó poesía en la obra colectiva ‘Voces del viento sur’ y fue el editor literario y uno de los traductores de la poesía completa de Gherasim Luca, La zozobra de la lengua. Fundó la colección de poesía Humus y es coeditor de Drosera, comunicación onírica. Como ensayista ha publicado ‘La tiza envenedada’ (La Vorágine, 2016). Pertenece al Grupo Surrealista de Madrid.

Sassoon, recitativo de dos poemas: Sick Leave y The Attack

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