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‘Una fracaso ineludible’ o cinco historias de otros tantos hombres en otros tantos purgatorios

Un fracaso ineludible

Cinco relatos que le harán reír, sorprenderse y pensar en lo que somos. Todo hombre y mujer pueden que no tengan su infierno en esta vida, pero sí su purgatorio. Un fracaso ineludible es el retrato de cinco hombres en su purgatorio. 

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José Ramón San Juan (Santander, 1946) ejerció el periodismo durante más de cuatro décadas. La poesía, la música, la narrativa han sido compañeros permanentes, colaterales y cómplices, de ese viaje con un billete común: contar historias. Tras la publicación de «Un fracaso ineludible y otros relatos» El Desvelo Ediciones publicó la antología de su poesía en ‘Quebrantología’.

José Ramón San Juan.

Revista de prensa.-DArtes

La Revista DArtes  nos dedica una página al libro de José Ramón ‘Un fracaso ineludible’ y una reseña para ‘La educación de las hijas’, de Mary Wollstonecraft. Gracias, Raquel.

«La vida cotidiana está llena de irrelevancias dramáticas»

LITERATURA.-José Ramón San Juan Escritor

«La vida cotidiana está llena de irrelevancias dramáticas»

Diario Montañés 19.03.11
GUILLERMO BALBONA
Foto: Javier Cotera
«Habitamos una aldea gigantesca ansiosa de fagocitar la privacidad ajena y capaz de generar ‘cuentahistorias’ más o menos impresentables»
«Un relato es u na pirámide o un cubo, mientras que una novela es un octaedro, siempre una construcción más compleja
José Ramón San Juan (Santander, 1946) ha ejercido el periodismo durante más de cuatro décadas. La poesía, la música, la narrativa han sido compañeros permanentes, colaterales y cómplices, de ese viaje con un billete común: contar historias. Mientras prepara la aparición de su segundo trabajo como cantautor, la editorial cántabra El Desvelo publica su primer libro, ‘Un fracaso ineludible y otros relatos’. La obra será presentada hoy en la Biblioteca Central a las sie te de la tarde.
-El libro rezum a o desprende la idea de que vivir ya es un fracaso. ¿La literatura sirve para tener conciencia de ello?

-Espero que no sea cierto que la idea que se desprende sea esa. Sin ser precisamente un optimista, no creo que vivir sea un fracaso. Sí creo, sin embargo, que no hay una sola vida humana sin experiencia del fracaso, aunque quien lo experimenta no lo reconozca como tal. Renunciar es un fracaso y todos renunciamos en algún momento a algo, incluso a intentarlo. Si evocamos los sueños, ambiciones y esperanzas de la primera juventud y los contrastamos con las evidencias de la edad madura es patente. Eso que llaman ‘madurar’ consiste de hecho en la amputación de expectativas. En cuanto a la literatura, no creo que juegue un papel especial en la toma de conciencia de esa realidad.

-¿Cómo define estas historias y qué identidad literaria las une?
-El elemento común a todas ellas es la desolación de sus personajes, seres comunes y corrientes cuya inercia vital es rota en cada una de las historias por un incidente de apariencia insignificante que les fuerza o impulsa a manifestar lo esencial de su humanidad y a reaccionar en ocasiones más allá de lo previsible y de sus propios propósitos. Cada uno de los relatos ha exigido planteamientos estilísticos y estructurales diferentes, al servicio de la mayor eficacia narrativa posible: lograr que el lector encuentre en cada párrafo una invitación casi imperiosa a continuar la lectura.
-¿Escribir es hoy, sobre todo, un acto de resistencia?
– Si declarar la propia existencia y reclamar la atención de los otros es resistir, supongo que sí. A estas alturas de la historia toda ocupación que no sea embrutecerse ante el televisor, convertirse en un ‘trabajólico’ o ser un comprador compulsivo podría ser considerado como un acto de resistencia. Así de barato está el concepto de resistencia, reducido a la no complicidad.
-¿No se planteó llegar a convertir en una novela algunos de los cuentos que forman parte de este volumen?
– No, porque mi propósito era escribir relatos. Considero que una novela es el arte mayor de la narrativa, una construcción más compleja y amplia que la habitual en el relato. Digamos que, en términos geométricos, un relato es una pirámide o un cubo, mientras una novela, cuando menos, es un octaedro. Dada mi forma de escribir los relatos, dejando que los hechos fluyan y concediendo autonomía a los personajes, podría ocurrir que algún día, creyendo escribir uno más, descubra de pronto que tengo entre manos una novela, pero lo dudo mucho.
-Se habla mucho de este género como si respondiera a una fórmula (Quiroga…). ¿Cree que está más sujeto que otros?
-Muy al contrario, creo que el relato puede ser libérrimo, tanto o más que cualquier otro género. Personalmente nunca he creído en cánones o en fórmulas. No dudo que los ‘santos mandamientos de Quiroga’ o de cualquier otro puedan ser de utilidad para alguien, pero sí dudo que atendiéndolos de un modo fiel y exclusivo se pueda llegar muy lejos. El siglo XX acabó con la mayoría de esas convenciones y declaró la libertad omnímoda del artista. Mal andamos si regresamos a los conceptos normativos y a las ortodoxias. Sólo hay un límite para la literatura, uno tan obvio como es la inteligibilidad.
-Su pasado como periodista, ¿lastra de alguna manera su presente de cuentista o, por el contrario, le da otras alas?
-La escritura periodística y la literaria no tienen nada en común y no puedo planteármelas del mismo modo. Al escribir relatos tengo que renunciar a mi tendencia a conceptualizar, pero no sé si esa tendencia se la debo al periodismo o a una inclinación natural, aunque me inclino más por esta última opción. La aportación positiva de la práctica periodística viene dada más a nivel humano, en la medida que propicia un conocimiento más extenso y profundo de la realidad, que a nivel técnico, donde sólo destacaría la utilidad puntual de la capacidad de síntesis que el periodismo exige.
-Tras su larga e intensa experiencia como periodista, ¿qué ha supuesto reencontrares con la escritura sin estar mediatizado por la actualidad, el espacio o el tiempo?
-Simplemente una liberación estrictamente necesaria. Si sumo los tiempos resultan más de cuarenta años de relación con el periodismo y ésta es una profesión muy absorbente, que coexiste difícilmente con otras formas de expresión o comunicación. Apenas inicié mi retiro fue como si se abriera la esclusa de un canal represado y, para mi sorpresa, lo primero que fluyó fue poesía, algo que había abandonado hace bastante tiempo. Luego, una vez definida la fecha de publicación, me concentré en este libro, semipactado con ‘El Desvelo’ antes de mi retiro profesional, cuando sólo uno de los relatos estaba terminado. También ha aumentado mi participación en Internet, aunque la atención que prestaba a mis blogs ha decaído a favor de las redes sociales, cosa que me propongo corregir.
-¿Comparte la idea de Paul Auster de que la realidad no existe si no hay imaginación para verla?
– Absolutamente. Lo evidente no es la realidad, toda la realidad. Con frecuencia es sólo un indicio, una de las dimensiones -la más superficial- de ella.
-¿Teme que el libro, tal como lo conocemos hoy, pueda llegar a desaparecer?
– Esa idea no me produce ningún temor. Tanto en el caso de la prensa como en el del libro la desaparición de sus soportes tradicionales no amenaza ni al periodismo ni a la literatura, cuya desaparición sí que sería temible. Es sólo una consecuencia del progreso tecnológico que aumentará el espacio disponible en nuestras casas, salvará innumerables árboles y mejorará nuestra atmósfera viciada.
-A su juicio, ¿hoy existe más necesidad que nunca de contar y de que nos cuenten historias?
-Si juzgamos por los contenidos televisivos parece evidente. Habitamos una aldea gigantesca ansiosa de fagocitar la privacidad ajena y capaz de generar ‘cuentahistorias’ más o menos impresentables. En otros ámbitos no percibo que esa necesidad sea superior a la de otras épocas.
-¿Qué opinión le merece la vida cultural de la ciudad y, en particular, del ámbito literario?
-En términos generales, creo que ha mejorado sensiblemente en los últimos tiempos. Hay más actividad, más variada, más contemporánea y menos clasista. En el terreno específicamente literario también se registra mayor ebullición y ésta va siendo correspondida, lentamente, por el interés del público, lo cual es tan alentador como imprescindible.
-Transmite la sensación de que los pequeños detalles, los incidentes menores desencadenan grandes historias…
-No tiene que ser necesariamente así, pero así es en este libro, que, por otra parte, no contiene grandes historias. La vida cotidiana está llena hoy en día de irrelevancias potencialmente dramáticas que les suceden a personajes también aparentemente irrelevantes. Ese aspecto de la realidad me interesa mucho, ese intento de captar los innumerables rostros de la desolación.
-¿La música, muy unida a su vida, influye en su escritura?
-Si lo hace no soy consciente de ello. Lo cierto es que sí está presente, por mera alusión, en varios de los relatos. La influencia de la música, concretamente la del el ‘jazz’, seguramente sí incide sobre mi escritura poética, pero en mi narrativa creo que sólo es una referencia puntual.
-Hábleme de su disco…
– La concepción de ‘Nación humana’ es similar a la de ‘Tierra de nadie’ (anterior trabajo), con una mezcla de temas digamos que ‘afectivos’ y otros con mayor componente social o político. Algunas de las canciones hace diez años podrían considerarse proféticas. Hoy, cuando las consecuencias de la globalización y de la orgía financiera han dado sus lamentables frutos quizás suenen incluso oportunistas.

Ramón Qu y ‘Un fracaso ineludible’

PRESENTACIÓN FRACASO INELUDIBLE

Lo pueden tomar ustedes como ese chiste ineludible con el que se suelen comenzar estos actos; pero la verdad es que a mí esto de presentar un libro me recuerda un poco al oficio de celestina. En principio, no hay nada de malo en esta actividad, y hasta podríamos destacar su larga tradición literaria, sin embargo no puedo evitar la sospecha de que en ella late un fondo de desconfianza del alcahuete, en las habilidades expresivas de los alcahuetados. Opinión que si en el caso de ciertos amigos o amigas podríamos considerar correcta, es discutible cuando se trata de un libro, que es libro precisamente por su capacidad de darse a conocer por sí mismo, y más que discutible cuando se refiere a los lectores quienes, como su propio nombre indica, saben leer y, por lo tanto, están capacitados para enfrentarse al abordaje de cualquier libro que tenga la aviesa intención de capturar su atención para ser leído. Porque de leer se trata; y no de leer en general, sino de leer en particular, es decir, de leer este libro titulado: “Un fracaso ineludible y otros relatos”. Y es el caso de que en él, como en todo libro, habita una voz. Pero ¡cuidado! esa voz no es la voz del autor, aquí presente mal que le pese, esa voz es la voz que el autor ha creado para contar. Parece lo mismo, pero no lo es; como, por ejemplo, no es igual la mano del pintor y la pincelada que traza… o la cara de atención que ustedes me ponen y la atención que en realidad me están prestando.

Permítanme ahora que fusile al prologuista, también aquí presente mal que les pese, y lea uno de sus abigarrados párrafos de crítica crítica de la crítica literaria crítica, referente a esa voz que habita en el cuerpo y alma de este libro. Dice así: “Es una voz narrativa eficaz, precisa y reflexiva. Una voz que trabaja más con acciones y diálogos, que con técnicas descriptivas. Una voz grave, austera, parsimoniosa en el uso de adjetivos, metáforas y demás figuras retóricas. Podríamos decir que es una voz más naturalista y analítica, que lírica y sintética. Sin embargo, hay en ella como un eco de tristeza que va poseyendo a nuestro lector…” Pero alto, un momento, ¿lo han escuchado?, ¿se han dado cuenta?… Se lo repito: ¡Lector!, ¡nuestro lector! ¡Qué anhelado posesivo!, ¡qué escurridizo substantivo!, ¡qué Romeo y qué Julieta! Porque, díganme por favor, ¿hay algo más triste que un libro cerrado, solo, abandonado, acumulando tiempo y polvo, en una librería, estantería o biblioteca? No, no lo hay, sabemos que no lo hay, ¿cómo podría haberlo, sabiendo como sabemos, que todo libro es una voz que musita, dice o clama en busca de un oído que recree sus palabras?, ¿cómo podría haberlo sabiendo como sabemos que los amores reñidos…?

Pero no, no convirtamos este texto en un pretexto para escalar pendientes poéticas y precipitarnos por líricos excesos. Volvamos a lo que aquí nos ha traído y preguntémonos: ¿qué oído busca esta voz, a veces austera como una piedra, a veces amarga como ceniza? Mis queridos amigos y amigas…, permítanme llamarles así, porque ahora quisiera que me acompañasen en un corto viaje por la imaginación y sus palabras. Hágase la noche, enciéndase la hoguera, descríbase un corro y en el soplo de la brisa y en la danza de las llamas trasladémonos a Yonville, una pequeña y ficticia ciudad de Normandía a mediados del siglo diecinueve…

Recién llegados a Yonville, el matrimonio Bovary está en la posada del pueblo. Charles Bovary habla con Homais, el farmacéutico; Emma Bovary con León, un joven pasante. Presentados por el farmacéutico, Emma y León charlan y se dan a conocer mutuamente. En ese momento, el farmacéutico interviene en la conversación de los dos jóvenes y recomienda a Emma la jardinería. Charles tercia entonces aclarando que su mujer no se ocupa de eso, que a pesar de tener recomendado el ejercicio prefiere quedarse en casa leyendo. Aquí León salta con entusiasmo y dice:

“ – Como yo: ¿y que mejor ocupación que permanecer al lado del fuego con un buen libro, mientras que el viento suena en la calle y azota los cristales del balcón?

– ¿No es verdad que sí? – exclamó Emma fijando en él sus grandes ojos muy abiertos.

– No se piensa en nada – continúa León – ; las horas pasan; paséase uno inmóvil por los países que cree ver, enlazándose el pensamiento con la ficción; se goza en los detalles, se prosigue el hilo de las aventuras, mézclase con los personajes; en una palabra,… parece que uno palpita bajo sus vestidos.

– ¡Es cierto! ¡Es cierto! – dijo ella – Detesto los héroes vulgares y los sentimientos normales como se dan en la naturaleza.

– Efectivamente – observó el pasante – esas obras no llegan al corazón; se apartan a mi modo de ver, del verdadero objeto del arte: ¡Es tan dulce, entre los desencantos de la vida, poder aproximarse con el pensamiento a los caracteres nobles, a las afecciones puras y a los cuadros de la dicha!”.

Sin duda, habrán ustedes captado que en esta apasionada escena el autor ha pretendido crearnos la expectativa de un próximo idilio entre Emma y León, al tiempo que nos ha descrito toda una teoría, que podríamos calificar de romántica, sobre la lectura. Y es precisamente a este cruce de intenciones al que queríamos llegar en nuestro breve viaje por la ficción literaria. De modo que dejemos a Homais, el farmacéutico, discurseando al buen cornudo de Charles; dejemos también a Madame Bovary y a León lanzándose ardientes palabras y miradas, y vayamos hasta el mostrador de la posada, pidamos unas copas de Calvados y preguntémonos chasqueando de placer la lengua: ¿Son Emma y León los oídos que busca la voz de Un fracaso ineludible y otros relatos?

Pero no nos apresuremos en nuestra respuesta, contengamos nuestro primer impulso, no sea que una decisión precipitada frustre un posible y nunca desdeñable enlazar el pensamiento con la ficción, un mezclarse con los personajes y un palpitar bajo sus vestidos.

Armados de paciencia – y si me permitís que os tutee – quisiera que me acompañaseis ahora en otro breve viaje. Cojamos el vuelo de bajo coste de la fantasía, dejemos atrás Yonville y trasladémonos a Centroeuropa… ¡Ya hemos llegado!, ¡ya hemos aterrizado en la bella Praga! Estamos sentados en la terraza de un café de una recoleta plaza de la ciudad vieja.

Es de noche, y en el aire se deshilachan los alientos blanquecinos del cercano río; de vez en cuando se oyen pisadas con ecos de empedrado; de pronto, nos parece ver un rostro pálido de ojos grandes, negros y profundos rompiendo en sombra fugaz el cono de luz de una farola. Entonces, sacamos un libro y leemos: “Si el libro que leemos no nos despierta, como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? ¡Dios mío! También seríamos felices si no tuviéramos libros y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hagan felices. Pero un libro debe ser como un pico de alpinista que rompa el mar helado que tenemos dentro”. Sí, lo han adivinado: se trata de Kafka. Un joven Kafka que nos habla, también de forma apasionada, de un tipo de libro y de lectura muy diferente al preferido por Madame Bovary y León. Y también habrán adivinado en que nueva pregunta se ha convertido aquella, que líneas atrás, dejamos en suspenso en Normandía.

En efecto, ahora la pregunta rezaría así: ¿Es para oídos como los de Emma y los de León o, por el contrario, para oídos como los del joven Kafka, para los que narra la voz de Un fracaso ineludible y otros relatos?

La respuesta debemos buscarla en la mirada que da aliento a esa voz. Porque detrás de toda voz hay una mirada. Porque detrás del tono, el timbre, la intensidad de toda voz narrativa está, como origen y fundamento de sus palabras, acentos y silencios, una forma de ver el mundo, de ver al otro, de verse a uno mismo. Y la mirada que habita en Un fracaso ineludible y otros relatos nos habla de un mundo hostil y violento; de un “otro”, que si no el infierno, es el purgatorio; de un yo en permanente conflicto consigo mismo, atrapado por la impotencia y la melancolía, con una lacerante atrofia en su capacidad para expresar deseos y sentimientos.

Sin embargo, en ciertos rincones de ese mundo hostil, en alguno de los condenados a ese purgatorio, en las grietas de esos individuos inadaptados, laten unas ansias de vivir que, aunque heridas por la desolación, me atrevería a decir que pugnan por mantener el débil pulso de algo parecido a la esperanza o al deseo de felicidad. Ha llegado el momento de que dejemos Praga y volvamos, mal que nos pese, a este incomparable marco incomparable que incomparablemente nos enmarca.

Y también ha llegado el momento de que termine y conteste de una vez a la postergada pregunta.

Creo que la voz de un “Fracaso ineludible y otros relatos” no quiere renunciar, ni renuncia, al placer, el juego y la seducción que buscan Madame Bovary y León cuando leen un buen libro al lado del fuego, mientras el viento suena en la calle y azota los cristales del balcón. Sin embargo, a mi modo de ver, su aliento más íntimo, su acento más fuerte se dirige a quienes, como el joven Kafka, buscan un tipo de libro cuya lectura rompa el mar helado que todos llevamos dentro.

Si me permitís que lo diga con una frase sentenciosa: hay literaturas que nos distraen de la realidad y otras que nos traen la realidad. Y considero que “Un fracaso ineludible y otros relatos” se encuentra entre las que nos traen y nos atraen a la realidad. Pero esto no es más que una opinión, es decir, el último rabo de lagartija y el último colmillo de serpiente que he echado a esta pócima, en la confianza de que en cuanto la bebáis, os poseerá el impulso ineludible de arrojaros en brazos de este libro y engolfaros con él en unas apasionadas veladas de amor… a la lectura.

Muchas gracias.

Ramón Qu, 19 de marzo 2011

Pablo y José Ramón en el DM

020311 DM desvelo

Ya están aquí, ya son tocables

Ya están aquí, ya son tocables. Sabes sus dimensiones de memoria, sus características técnicas, los has presupuestado, hecho acopio del material, se ha leído, ordenado y corregido varias veces, puesto en página, ajustado, sacado pruebas, planchado, impreso, encuadernado, empaquetado, distribuido, disertado, querido, odiado… pero nada, nada, es comporable a tocarlo y esa interiorización palpable de lo que es una entelequia y acaba siendo.

Pablo y José Ramón, en El Mundo

Un fracaso ineludible y otros relatos

Nuestra segunda novedad para el mes de marzo es un compendio de cinco relatos bajo el título de ‘Un fracaso ineludible y otros relatos’, de José Ramón San Juan. Con este libro, la colección de narrativa ‘El legado del Barón’ cumple su quinta entrega y lo hace con una obra de autor inédito en este campo. Un fracaso ineludible… son cinco historias de hombres y mujeres que se afanan por hacer merecer la vida, aunque la desolación aceche. La obra está prologada por Ramón Qu y el diseño corre por cuenta de Alvarez Careaga Arte Contemporáneo.

“La voz de José Ramón San Juan nos habla de un mundo hostil en el que pululan gorgonas, maledicentes, violentos, ambiciosos, gente mala por naturaleza, de un mundo en que el otro, si no el infierno, es el purgatorio; sin embargo, no es la descripción de ese mundo su verdadero interés. Porque, más allá, o mejor, más adentro de los argumentos, temas y peripecias, e incluso a veces a pesar de ese propio material narrativo, esa voz de lo que realmente quiere tratar es de las ansias de vivir heridas por la desolación.”

Ramón Qu

José Ramón San Juan (Santander, 1946) es periodista, poeta y cantautor. También, desde finales de los años noventa, participa activamente en Internet como webmaster y blogger. Su actividad profesional como periodista estuvo ligada gran parte de su vida a El Diario Montañes, donde ejerció como redactor jefe desde 1974 hasta 2010. Entre 1981 y 1984 compatibilizó ese trabajo con la dirección de Hoja del Lunes, editada por la Asociación de la Prensa de Cantabria. Como poeta, figura en la antología Poetas de Cantabria hoy y varias entregas de sus poemas fueron publicadas en la revista Peña Labra, editada por la Institución Cultural de Cantabria. Como cantautor, formó parte en los últimos años sesenta del colectivo Canción del Pueblo y participó en la génesis de Cantera en los noventa. Editó el disco Tierra de Nadie en 1998 y trabaja en la preparación de otro bajo el título Nación Humana. Un fracaso inevitable y otros relatos es su primer libro publicado.

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