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Crítica de ‘Pensadores, ¡al rincón!’ en la revista de Filosofía ‘Azafea’, de la Universidad de Salamanca

Pensadores, ¡al rincón!’
Aquí reproducimos una estupenda crítica que ha hecho Fernando Martínez Llorca del libro de Pablo Redondo ‘Pensadores, ¡al rincón!’. La crítica ha sido publicada en la revista Azafea de la Facultad de Filosofía de la USAL (Universidad de Salamanca):

Pablo Redondo reúne las dos cualidades más importantes que se espera que tenga un ensayista: muchos conocimientos y capacidad literaria. El ensayo subtitulado El eclipse de la filosofía es, paradójicamente, iluminador. Está escrito desde una larga experiencia como docente en secundaria. Pablo está convencido de que, a lo largo de sus años como profesor, los alumnos han ido perdiendo la capacidad de mantener la concentración y la atención que requiere la lectura filosófica. En varias ocasiones expone la excusatio non petita de que no se trata de una visión pesimista ni al hilo manriqueño que asegura que cualquiera tiempo pasado fue mejor. Partiendo de esa situación, el libro propone un análisis de cuáles son los elementos que están haciendo que en los últimos años haya disminuido la comprensión lectora entre los jóvenes escolares. El libro tiene dos partes: en la primera se presentan observaciones muy meditadas acerca de las opiniones de diversos filósofos en torno a la pedagogía y cómo encajan (o más bien no) con las propuestas que predominan en la actualidad. Ahí aparece, des- de Sócrates hasta Emilio Lledó, una selección de ideas acerca de cómo debe ser la enseñanza. Encontramos muchos de los nombres más relevantes en la historia de la Filosofía, como los de los ilustra- dos Descartes, Hume o Kant, o los más recientes de Gadamer y Hannah Arendt. Evita, en cambio, alguno de los que se encuentran con mayor frecuencia al hablar de la educación desde la filosofía, como Jean-Jacques Rousseau. El análisis que hace Pablo Redondo en cada uno de los casos es muy limpio: claro y clarificador. El contraste que establece entre las ideas de esos filósofos y el modelo impuesto en la enseñanza secundaria actual autoriza al autor para señalar algunos de los principales defectos de este último. La segunda parte se apoya en otro tipo de lecturas y abandona el enfoque historicista para analizar quirúrgicamente las dificultades que plantean a los lectores más jóvenes su situación actual. Las ideas que pone el autor aquí en común con el lector son más novedosas. Evidentemente, nunca ha habido más lectores ni más medios que en la actualidad. Otra cosa es que contribuyan a fomentar la actitud que requiere la apro- ximación a los textos filosóficos. Acostumbrados al relampagueo constante de mensajes breves, los epigramas resultan largos. Efectivamente, el microrrelato que escribía el ordenador reuniendo los asuntos exigidos para escribir una novela de éxito (ambiente aristocrático, religiosidad e intriga) convierte el texto “¡Dios mío!, ¿estaré embarazada?, preguntó la condesa” puede parecer a algunos lectores impacientes no solo una novela, sino que pueden sentirse tentados a dividir- la en tres capítulos. Asumiendo que el tiempo pasado es meramente  anterior, en opinión del autor, uno de las circunstancias actuales que amenaza a la filosofía es que las pantallas se han convertido en la fuente fundamental de información, que llega en píldoras pequeñas y hacen adictos a quienes las consumen, llevando a cabo un consumo compulsivo y exagerado. Si la paciencia es madre de la ciencia, la impaciencia es enemiga de la filosofía. No se encuentra el tiempo que permite la lectura lenta y atenta.

¿Quién sabe? Lo cierto es que nunca ha habido tanta gente capaz de leer y tantos conocimientos. Aparecen filósofos en diferentes lugares del mundo y de orígenes muy diversos. Como el autor reconoce, la sensación de que no son buenos tiempos para la filosofía ha sido constante en la historia de nuestra dis- ciplina. Y seguro que lo que importa es que vaya bien a la humanidad, más que a

un campo del saber. Otra cosa es que la contribución de la filosofía al bienestar humano sea mucho mayor de lo que parece a primera vista. Y, para una mirada más profunda, libros como el de Pablo Redondo son excelentes anteojos.

Fernando Martínez Llorca

Instituto Lucía de Medrano, Salamanca.

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