Etiqueta: Violencia machista

Extracto de ‘Adana’, de Rax Rinnekangas

Adana

«Cuando el féretro estaba ya en la tumba y la gente empezó a depositar las coronas y las flores sobre las ramas de abeto que la cubrían, fijé la atención en cierta persona que estaba sentada tan apartada de los demás como yo. Se encontraba detrás del resto de la gente, en el lado contrario al que yo estaba, por lo que al principio me pareció haber visto tan solo su silueta. Fijé la atención en esa persona porque miraba el final del entierro desde un lado, como si fuera un objeto invisible en algún lugar fuera del cementerio.

Cuando el párroco empezó a dar la mano a los parientes cercanos y a las primeras personas que abandonaban el lugar, me trasladé a un segundo plano, muy a la derecha, para ver mejor a esa persona. Ahora distinguí que se trataba de una mujer, quizá algo mayor que yo y completamente extranjera. En toda su esencia y forma de estar presente sin estar presente, no encajaba, de ninguna manera, en la imagen general del funeral.

La mujer estaba de pie a un lado del grupo de gente, varios metros por detrás de los últimos visitantes, como si hubiera acabado allí por casualidad y ya no fuera capaz de irse. Sin embargo, parecía que había ido expresamente a la ceremonia. Llevaba el cabello negro de longitud media atado en una trenza lateral. Con una mano sujetaba la correa de su bolso de mano; la otra mano la tenía dentro del bolsillo del abrigo. Por debajo del dobladillo del abrigo se distinguía un vestido rojizo de terciopelo con pliegues. Cuando la mujer sacó la mano del bolsillo y se rozó el pómulo, su muñeca dejó ver un aro cuyo material no pude distinguir en la distancia.

Sentí que se me formaba un nudo en el estómago y empezaba a cubrirme de sudor; en ese momento, la mujer empezó a moverse al lado de la gente hacia la tumba. Avanzaba con paso firme, como una persona que toma todas las decisiones en su vida. Finalmente, se quedó de pie al lado de la tumba, inmóvil, sin depositar nada sobre las ramas; se limitó a mirar hacia abajo, como si el dolor la presionase en esa posición y la dejase paralizada en el sitio. Finalmente, esta mujer que parecía mulata se enderezó y, sin dejar de mirar al frente, regresó con calma a su sitio; entonces, se quedó mirando fijamente al horizonte del cementerio.

Todo esto lo observé por detrás, sin distinguir la cara de la mujer en ningún momento. Solo veía su estrecha figura, su cabello negro y su perfil. Tampoco tuve tiempo de más, ya que varias miradas alrededor de la tumba se dirigieron hacia mí: algunos parientes del difunto me habían reconocido. Era mi turno de acercarme al féretro. «

Adana, Rax Rinnekangas.

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