Un poeta malogrado

José de Ciria y Escalante (Santander, 1903-Madrid, 1924) fue una figura fundamental del ultraísmo español. Muerto a causa del tifus antes de alcanzar la mayoría de edad, fue inmortalizado por García Lorca, con el sobrenombre de Giocondo, en un famoso soneto. Bajo el escueto título de Prosas y poemas, los también poetas santanderinos Juan Antonio González Fuentes y Alberto Santamaría nos ofrecen una interesante edición de su escasa obra literaria, de la que tan sólo existen dos ediciones previas, aparte de la recopilación de sus poemas que prepararon sus amigos (Gómez de la Serna, Gerardo Diego, García Lorca?) a modo de homenaje en 1924: la de Leopoldo Rodríguez Alcalde (1950) y la de Francisco Javier Díez de Revenga (2004), mucho más rigurosa, completa y documentada.

Por entregas

Se trata, por un lado, de trece poemas publicados entre 1919 y 1921 en el periódico La Atalaya, en el suplemento literario de La Verdad de Murcia y, sobre todo, en las revistas ultraístas Grecia, Ultra y Reflector, cuyo único número fundó y dirigió el propio José de Ciria, junto a Guillermo de Torre, que era su secretario de redacción. Después de esa última fecha, sabemos que comenzó a distanciarse de la vanguardia. De otro lado, están los artículos literarios publicados en La Atalaya, más el texto de presentación de la revista Reflector (1920) y el capítulo III de una novela colectiva -e inacabada- publicada por entregas en 1923, bajo el curioso título de Memorias del futbolista Zarzamora, de tono humorístico y tema deportivo.

Su poesía entra de lleno en la estética ultraísta y deshumanizada, y, en ese sentido, cabe decir que es muy representativa del espíritu de una época, la de las primeras vanguardias en España, y está marcada por el magisterio de Gerardo Diego y Gómez de la Serna, muy visible en muchos de sus textos («Los peces humoristas / ensayan en el agua / pinturas puntillistas», «La pantalla cinematográfica aborta / un paisaje lunar»).

En la sombra

También tiene sus peculiaridades, como su obsesión por la pérdida de las canciones («Las canciones perdidas / duermen en los faroles») y por arrojar luz sobre lo que permanece en la sombra, que de alguna forma resulta premonitoria («Los poemas aún no nacidos / gimen bajo la lámpara») y encuentra su eco en las pretensiones de su revista: «Proyectar su luz en el encrespado mar de las Artes y las Letras, no dejando por iluminar el más pequeño intersticio entre las rocas, es el propósito de nuestro Reflector».

De sus prosas llaman especialmente la atención aquellas que se ocupan del pintor José Gutiérrez Solana («un tío que tiene una sonrisa siniestra, una sonrisa como de borracho que se da cuenta de todo de un modo desatado, una sonrisa de una crudeza y una claridad como la del rayo») o de la famosa tertulia de Pombo («una de las curiosidades madrileñas que se deben enseñar a los forasteros, como se les lleva al Rastro los domingos por la mañana»), presidida por Gómez de la Serna, que le dedicó todo un libro, e inmortalizada en un conocido cuadro por el citado pintor. En definitiva, estamos ante un poeta malogrado que, debido a su inventiva, podría haber dado mucho de sí y ante un gran animador y cultivador del ultraísmo.

luis garcía jambrina

ABC Cultural

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