William Morris o cómo asir la felicidad

May 22, 2020 Autores
William Morris

Quiero ser feliz y, a veces, hallarme exultante; me cuesta creer que esto no sea un anhelo universal.

William Morris. Los propósitos del arte

I.

El valor que tiene la obra de William Morris (1834-1896) para la historia del arte hace que cualquier intento de describirlo pueda parecer sesgado e incompleto. A su vez, el interés que tiene su historia personal, especialmente como ejemplo de coherencia en la búsqueda de una vida más justa y más placentera para todos, puede ser comprendido con una facilidad relativamente mayor que su legado a la llamada alta cultura; basta con leer sus textos relativos a la sociedad con la suficiente atención, para encontrar en ellos múltiples ideas para vivir mejor. Las cuales, en su totalidad, tienden a promover el disfrute del hombre en todo momento: tanto al realizar su trabajo cotidiano —que debe idealmente ser el que cada uno elija, y no uno impuesto—, como al caminar por una ciudad o por el campo, hasta en el necesario y reiterado acto de comer. 

Se podría pensar que sus ideas serían fácilmente compartidas por la mayoría de la gente, que lo que dice es lo que todos queremos. Pero no es tan así. La versión del disfrute que Morris propone supera esencialmente al disfrute considerado desde el punto de vista contemporáneo y —como verán luego— también al de su tiempo. Porque le parece aborrecible que la sociedad les permita a sus miembros tener sólo un momento de ocio cada tanto, que no es más que el maquillaje de una vida monótona, triste, igual a la de todos los demás, porque todos los demás hacen —y dejan de hacer— lo mismo.

Morris, en cambio, recomienda vivir bien, disfrutando, todo lo que se pueda, de la vida. Lo cual, seguramente, sea imposible; pero, si de utopías se tratara, la que consiste en ser feliz siempre parece ser la más conveniente. 

A pesar de los estragos del tiempo

Sin embargo, hay mucho por hacer, mucho por cambiar; no es como esos adolescentes eternos —en su versión cínica—, que creen que basta con pasarla bien ellos, si total el mundo no tiene arreglo. No: él propone cambios estructurales, que afectarían al sistema económico y político tal como lo conocemos, porque es, como han explicado numerosos teóricos de antes y después de Morris, garante de una desigualdad social tan exagerada que se caracteriza por la existencia de hombres que esclavizan a otros. Aunque sólo endilgarle culpas a todo un sistema es bastante abstracto: Morris sabe bien que los ricos tienen mucha responsabilidad en la desigualdad, pero también la tiene todo el resto de la sociedad, que siempre, en menor o mayor medida, podrá hacer algo para salir del rebaño que, en teoría, muchos se dicen desesperados por abandonar, pero a la larga, que es toda la vida, prefieren no arriesgar para no perder las migajas de bienestar a las que consideran sus privilegios. Nos referimos a quienes el autor alude en Las artes menores:

«La desesperación de aquellos que no viven demasiado como para hacer algo por sí mismos, y no tienen el coraje ni la previsión suficientes para comenzar a trabajar y poder legar lo hecho a quienes vendrán después».

Andrea Costanza Ferrari y Tomás García Lavín 

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