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Recorrer los pasillos de la casona nueva y huronear en sus habitaciones y pasearse por sus rellanos y subir y bajar sus escaleras era para Alberto volver, casi táctilmente, al tiempo de sus abuelos: y entonces Santander entero se le echaba encima, y de esta agresión salía siempre rejuvenecido.

Al verle tan extático, el joven arquitecto respiró, agobiado como había estado bajo las arbitrarias ocurrencias de su exigente y enloquecido cliente, que le traía a mandamiento con su constante insistencia en lo importantes que eran todos los detalles, incluso lo más nimios, para rematar triunfalmente el conjunto final.

“Sí, de acuerdo”, se decía él, “pero es muy difícil reducir y unificar tantas cosas dispares en armoniosa realidad”.

El arquitecto, empero, hubo de reconocer al final que era Alberto quien tenía razón: lo mejor del contenido y el ambiente de la casona grande había pasado intacto y exacto a la pequeña, incluso en sus menores detalles. Y lo mismo cabía decir de la decoración interior, llevada a cabo por un experto llegado de Madrid: el despacho de Alberto era copia perfecta del de su tío; y la capilla del sótano estaba minuciosamente instalada en el entresuelo, con su bello retablo y sus cuadros y toda su plata y adminículos; y hasta su vetusta unción renacía en su nuevo domicilio, concentrada bajo una reproducción minuciosa de su ceñuda bóveda paleomedieval.

Archivo y biblioteca cubrían todas las paredes del desván, bellamente instalados por un bibliotecario veterano: allí seguirían, hasta que Alberto encontrase tiempo y humor para escrutar con lupa libros y papeles.

Las mejores y mas vistosas antigüedades, y alfombras y tapices y bibelotes y cuadros del tío Alberto se esparcían ahora hidalgamente por la casa entera, algo apretujados, pero exudando buen gusto; y la sala exhibía con mate arrogancia la colección de grabados renacentistas italianos, magníficamente enmarcados de época, y con todos sus datos y cifras impresos y encuadernados en un librito cuyos doscientos ejemplares se irían distribuyendo cauta- mente entre los entendidos.

En Chola, flamante señora de casa grande, se había producido una especie de milagro: su gusto plebeyo cambió de tono como por arte de magia, y a Alberto le dejaban estupefacto sus aciertos para embellecer los más difíciles rincones; e incluso en sus ocurrencias y genialidades súbitas solía acertar. Él, así y todo, se mantenía siempre a su lado en esos trances, pronto a salir al paso de cualquier renacimiento de su antigua horterez.

Todo lo que no cupiera en la casona nueva, Alberto lo había mandado quemar en una enorme hoguera, haciendo caso omiso al principio de protestas y quejas. Acabó por ceder a medias, empero, a las súplicas de Chola:

–Bueno, mira, dáselo a los pobres –le dijo, señalando olímpicamente el gran montón–, y lo que no quieran los pobres, lo quemas tú misma con la conciencia tranquila.

Chola y Alberto congeniaban muy bien. El cortejo, como llovía sobre mojado, fue breve e intenso, pero casto, pues ambos acordaron desde el principio llevar vida impecablemente cristiana. Ella no estaba muy convencida, pero acabó aceptándolo sin reservas, pues Alberto se lo presentaba como perspectiva conyugal cuya erótica pureza la deslumbraba y cosquilleaba por su gran novedad.

Les casó el cura párroco de San Benituco, iglesia muy vieja y antigua, situada en lo más hondo del valle del Pas. (…)

Dos semanas antes de la boda, Chola había pedido modosamente permiso a Alberto para desaparecer sola duran- te una semana por esos mundos del diablo, pues, como le confesó francamente, quería echar su “última cana al aire” antes de sumirse en la minicastidad conyugal, que ella calificaba de “ayuno erótico”, a que su inminente marido la invitaba.

 

 

 

 

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